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Trump pierde fuerza en el Iowa rural por costes, diésel y aranceles

El alza del diésel, los aranceles y los costes agrícolas desgastan a Trump y abren una oportunidad demócrata entre los votantes rurales de Iowa.

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Trump pierde apoyo en el Iowa

Resumen

  • El voto rural de Iowa muestra un desgaste creciente con Trump
  • El diésel, los costes agrícolas y los aranceles alimentan el malestar
  • Los demócratas avanzan en sondeos, pero la disputa sigue abierta

El paisaje político de Iowa empieza a moverse bajo los pies de Donald Trump. En un estado que durante la última década se convirtió en terreno cada vez más cómodo para los republicanos, parte del voto rural muestra síntomas de desgaste y los demócratas llegan a las elecciones legislativas del 3 de noviembre con una oportunidad que hace no tanto parecía improbable. No hay una conversión ideológica repentina entre los campos de maíz y soja; hay algo bastante más terrenal: facturas.

El encarecimiento del diésel, los fertilizantes, los seguros y las reparaciones agrícolas, unido a los efectos de los aranceles sobre los mercados de exportación, está erosionando la confianza de agricultores que habían respaldado a Trump. Matt Russell, director ejecutivo del Sindicato de Granjeros de Iowa y agricultor de quinta generación, sostiene que se percibe un movimiento político en las zonas rurales y que los sondeos están registrando un desplazamiento hacia los demócratas. Todavía está por ver si bastará para cambiar las urnas. Ese matiz importa.

Los datos, sin embargo, han dejado de ser una simple señal amarilla para los republicanos. Una encuesta de Marist realizada entre el 8 y el 11 de octubre sitúa al candidato demócrata al Senado Josh Turek con un 48%, frente al 45% de la republicana Ashley Hinson entre los votantes considerados probables. En la carrera por la gobernación, el demócrata Rob Sand alcanza el 52%, siete puntos por encima de Zach Lahn. El mismo estudio coloca la desaprobación de Trump en Iowa en el 53%, frente a un 44% que aprueba su gestión.

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El bolsillo empieza a pesar más que la lealtad a Trump

La grieta aparece donde suelen empezar muchas rebeliones electorales: en la economía doméstica. Un 42% de los probables votantes de Iowa asegura que su situación financiera ha empeorado durante el último año, frente a solo un 20% que dice encontrarse mejor. No significa que ese malestar vaya automáticamente a transformarse en votos demócratas, pero sí altera un terreno sobre el que Trump construyó buena parte de su fortaleza política: la promesa de prosperidad para la América alejada de las grandes ciudades.

En el campo, las cifras adquieren otra textura. No es lo mismo hablar de inflación desde un supermercado que hacerlo delante de una cosechadora cuyo precio puede acercarse al millón de dólares, con tractores que exigen reparaciones caras y hectáreas enteras pendientes del coste del combustible. Agricultores de Iowa describen márgenes estrechos, dificultades para planificar varias campañas por adelantado y unos costes de producción que siguen apretando aunque los precios agrícolas no se hayan desplomado.

El diésel se ha convertido en el símbolo más visible. A comienzos de octubre, el precio medio en Iowa superaba los 6,23 dólares por galón. La gobernadora republicana Kim Reynolds permitió temporalmente utilizar diésel teñido, normalmente reservado a usos exentos de determinados impuestos, para transportar productos agrícolas por carretera, una medida vinculada a otra decisión federal impulsada por Trump para aliviar la factura energética durante la cosecha. El remedio deja bastante clara la magnitud del problema.

Los aranceles complican todavía más las cuentas

El combustible no viaja solo. Los aranceles de la Administración Trump han añadido incertidumbre a agricultores cuya rentabilidad depende de vender maíz, soja y otros productos en mercados internacionales. En una explotación agrícola, decidir qué plantar no es una apuesta para el próximo martes: la planificación, la compra de insumos y la comercialización pueden extenderse durante varias campañas.

Cuando cambian las condiciones comerciales, esa cadena se vuelve más imprevisible. Agricultores de Iowa describen precisamente ese problema: saben cuánto cuesta sembrar, pero tienen menos certezas sobre qué mercados estarán abiertos y a qué precio podrán vender. La agricultura tolera muchas cosas. La incertidumbre permanente, bastante peor.

La tensión energética provocada por la guerra con Irán también ha elevado el coste de los combustibles. La presión llegó al punto de que Trump levantó temporalmente restricciones para facilitar importaciones de diésel ruso, una operación presentada por la Casa Blanca como una forma de rebajar precios pero discutida incluso dentro de Estados Unidos por su alcance económico y sus implicaciones respecto a Moscú.

Iowa dejó de ser un estado bisagra y Trump lo hizo suyo

Para medir el alcance del movimiento hay que recordar de dónde viene Iowa. Durante décadas fue uno de esos territorios estadounidenses capaces de votar a republicanos y demócratas sin demasiados complejos. Barack Obama ganó allí en 2008 y 2012. Después llegó Trump y el mapa cambió de color.

El presidente consolidó una coalición especialmente fuerte entre votantes blancos de zonas rurales, pequeñas localidades y condados agrícolas. En las presidenciales de 2024 ganó Iowa por unos 13 puntos porcentuales. El vuelco respecto a la época de Obama había sido enorme y parecía estructural, no un accidente de una noche electoral.

Por eso los demócratas no necesitan necesariamente conquistar cada condado rural para alterar el equilibrio. Les puede bastar con perder por menos. Josh Turek lo ha convertido prácticamente en una ecuación electoral: reducir las ventajas republicanas fuera de las ciudades mientras se mantienen los márgenes demócratas en las zonas urbanas y suburbanas.

Turek y Sand encuentran una rendija entre los independientes

El comportamiento de los independientes explica buena parte del optimismo demócrata. En el sondeo de Marist, Turek obtiene un 51% entre los independientes considerados probables votantes, frente al 31% de Hinson. Rob Sand logra una ventaja todavía mayor en ese grupo: 67% frente al 26% de Lahn.

Sand ha construido su campaña alejándose deliberadamente de algunas de las guerras culturales que identifican al Partido Demócrata nacional e insistiendo en problemas muy de Iowa: agua, tierras públicas, escuelas, eficiencia administrativa y economía rural. También ha cultivado una imagen política menos urbana, consciente de que en muchos pueblos el logotipo del partido puede ser una carga antes incluso de empezar una conversación.

Los demócratas nacionales han comprendido el aviso y están poniendo dinero detrás de esa estrategia. La asociación de gobernadores demócratas ha destinado inversiones millonarias a Iowa y otros estados competitivos, mientras el comité electoral de la Cámara de Representantes ha estrenado un programa específico para recuperar presencia en la América rural. Ya no se trata de ganar Manhattan con más ventaja. Se trata de volver a llamar a puertas que el partido dejó de visitar durante años.

El giro existe, pero Iowa todavía no se ha vuelto demócrata

Conviene enfriar cualquier tentación de declarar terminada la era republicana en Iowa. Los mismos datos que muestran problemas para Trump dejan claro que la disputa sigue abierta. En el voto genérico para la Cámara de Representantes, los republicanos conservan una ventaja de 50% a 47% entre los probables votantes del sondeo de Marist. Y aunque Turek aparece tres puntos por delante en el Senado, el margen de error de esa muestra es amplio.

Tampoco todos los agricultores responsabilizan al presidente. Hay votantes rurales que reconocen perjuicios derivados de los aranceles y, aun así, consideran que Trump está aplicando medidas necesarias. Esa resistencia explica por qué el movimiento puede ser electoralmente decisivo sin constituir una estampida. Reducir diez puntos una derrota rural puede importar tanto como convertir un condado de rojo a azul.

Trump lo sabe. Tiene previsto regresar a Iowa antes de las elecciones para movilizar a una base republicana que durante años fue extraordinariamente fiable. Los republicanos también han aumentado su presencia en varios estados del Medio Oeste ante unas legislativas en las que territorios que parecían seguros han empezado a consumir tiempo, dinero y visitas de dirigentes nacionales.

Del maíz a Washington: por qué Iowa vuelve a importar

Lo que ocurra en Iowa trasciende sus fronteras. El estado sirve como prueba de una cuestión mucho mayor: hasta dónde puede llegar el desgaste republicano en la América rural que llevó a Trump a la Casa Blanca y que después permaneció fiel a él incluso cuando las ciudades y los suburbios cambiaban de humor.

Si los demócratas consiguen reducir las enormes ventajas republicanas en pequeños municipios y condados agrícolas, el mapa electoral estadounidense vuelve a ensancharse. Kansas, Nebraska, Ohio y otros estados con características similares dejan de ser piezas completamente inmóviles. No hace falta que todos cambien de partido; basta con que dejen de funcionar como muros.

En Iowa, por el momento, el movimiento tiene un motor poco ideológico. Un depósito de diésel cuesta más, reparar un tractor cuesta más, producir cuesta más y los mercados exteriores ofrecen menos certezas. La política nacional puede parecer remota cuando uno conduce una cosechadora entre kilómetros de maíz. Hasta que llega la factura. Entonces Washington queda bastante cerca.

Ese es el peligro para Trump a dos semanas de las legislativas: una parte del electorado rural está juzgando resultados, no etiquetas políticas. Los demócratas todavía tienen que demostrar que pueden convertir ese cansancio en votos. Pero Iowa, que parecía firmemente instalada en el mapa republicano, vuelve a comportarse como algo que conoció muy bien durante décadas: un estado capaz de sorprender.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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