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Gadi Eisenkot adelanta a Netanyahu y sacude las elecciones de Israel
Eisenkot llega por delante de Netanyahu en las encuestas, aunque la batalla real sigue abierta: ningún bloque reúne por ahora los 61 escaños.
Imagen: Portavoz de las FDI / CC BY-SA 3.0.
Resumen
- Eisenkot supera a Netanyahu en las encuestas a seis días de votar
- Yashar ronda los 22,5 escaños y el Likud queda por debajo
- Ningún bloque alcanza los 61 diputados necesarios para gobernar
Gadi Eisenkot ha dejado de ser simplemente el general respetado que decidió probar suerte en política. A seis días de las elecciones israelíes del 27 de octubre, el líder de Yashar aparece por delante de Benjamin Netanyahu en las encuestas más recientes y se ha convertido en la amenaza electoral más seria para el primer ministro. No es una ventaja definitiva, ni mucho menos. En Israel, ganar votos es solo la primera mitad del problema; la otra consiste en encontrar 61 diputados dispuestos a compartir mesa.
La fotografía de la carrera, sin embargo, ha cambiado. El promedio de cuatro sondeos recientes sitúa a Yashar en 22,5 escaños, frente a los 19,75 del Likud. Otros estudios dibujan diferencias algo distintas, pero mantienen una constante: Eisenkot llega a la recta final por delante de Netanyahu mientras los dos grandes bloques continúan casi empatados. El detalle es importante. Ninguno dispone de una mayoría clara para gobernar.
Eisenkot gana terreno donde Netanyahu era más fuerte
Durante décadas, Netanyahu construyó buena parte de su autoridad política sobre una idea sencilla: ante un Oriente Próximo hostil, él era el dirigente que sabía mantener la cabeza fría y la mano cerca del botón. Seguridad, Irán, Hamás y Hizbulá. Su territorio político, casi su marca personal.
Ahí está precisamente la singularidad de Eisenkot. No llega a desafiar al primer ministro desde la izquierda pacifista ni desde un liberalismo urbano alejado del Ejército. Llega desde el corazón mismo del aparato de seguridad israelí. Fue jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y posee unas credenciales militares que hacen difícil caricaturizarlo como un dirigente blando.
Su discurso tampoco lo intenta. Eisenkot ha prometido destruir el brazo militar de Hamás en un plazo de 18 meses, mediante presión política o mediante la guerra, y reprocha a Netanyahu no haber conseguido ese objetivo pese a años de operaciones militares en Gaza. No es precisamente la paloma con una rama de olivo bajo el brazo. Esa es, justamente, una parte de su fuerza electoral.
La campaña se está disputando así en un terreno incómodo para Netanyahu: dos candidatos que presentan credenciales duras en materia de seguridad, pero solo uno de ellos puede presentarse como alternativa a un Gobierno desgastado por los acontecimientos posteriores al 7 de octubre de 2023.
El 7 de octubre sigue sentado en la mesa electoral
Las elecciones de 2026 son las primeras que Israel celebra desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Tres años después, aquella jornada continúa atravesando la política israelí como una grieta que nadie ha logrado cubrir del todo. Para una parte del electorado, la discusión no gira únicamente en torno a quién puede garantizar la seguridad futura, sino también sobre quién debe asumir responsabilidades por lo ocurrido.
Eisenkot reclama una comisión oficial de investigación sobre los fallos políticos, militares y de inteligencia que precedieron al ataque. Para Netanyahu, cualquier debate sobre responsabilidades termina inevitablemente acercándose a su despacho. Esa diferencia pesa porque el electorado no está votando solo sobre Gaza, Irán o el siguiente conflicto. También está juzgando cómo respondió el Estado a una de las mayores brechas de seguridad de su historia reciente.
Hay además una dimensión personal difícil de separar de la figura de Eisenkot. Su hijo, Gal Meir Eisenkot, de 25 años, murió durante los combates en Gaza en diciembre de 2023. También perdió familiares cercanos en la guerra. El antiguo general no ha convertido esa tragedia en el decorado central de su campaña, pero forma inevitablemente parte de cómo una sociedad profundamente marcada por el conflicto interpreta su candidatura.
Es una paradoja muy israelí: el candidato que desafía al primer ministro más identificado con la seguridad nacional no promete menos fuerza, sino otra manera de administrarla.
Las encuestas favorecen a Eisenkot, pero no le dan el Gobierno
La ventaja individual de Yashar puede resultar engañosa si se observa sin la aritmética parlamentaria. La Knéset tiene 120 escaños y hacen falta 61 para gobernar con mayoría. El promedio de los sondeos deja al bloque opositor sionista y al bloque de Netanyahu prácticamente empatados, con apenas unas décimas de diferencia entre ambos campos.
Los distintos estudios cambian algunos números, pero repiten el mismo dibujo. Unos colocan a Eisenkot claramente por delante del Likud; otros reducen la distancia. En varios, el bloque contrario a Netanyahu obtiene algo más de apoyo. En ninguno aparece, por sí solo, el número mágico de 61 diputados.
Eso significa que Netanyahu puede perder frente a Eisenkot en votos o escaños y, aun así, continuar teniendo opciones de permanecer en el poder. También puede ocurrir lo contrario: que Eisenkot quede primero y sea incapaz de fabricar una coalición viable.
La política parlamentaria israelí funciona así desde hace años. Un puñado de diputados puede convertir una victoria aparente en una larga noche de llamadas telefónicas, negociaciones y vetos cruzados. Las urnas reparten las cartas; después empieza otra partida.
El voto árabe puede acabar decidiendo quién gobierna
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de Eisenkot. Los ciudadanos árabes representan alrededor del 21% de la población israelí, y una movilización elevada podría dificultar seriamente la continuidad de Netanyahu y de sus aliados de derecha y extrema derecha. La participación de ese electorado, tradicionalmente irregular, puede mover varios escaños decisivos.
Pero Eisenkot ha rechazado hasta el momento formar Gobierno con los partidos árabes. Ese cordón político puede acabar convirtiéndose en una trampa matemática. Si los dos grandes bloques permanecen cerca de los 50 escaños, las formaciones árabes podrían convertirse en la bisagra imprescindible para permitir una investidura, sostener un Gobierno desde fuera o bloquear a Netanyahu.
Mansour Abbas y otros dirigentes árabes han dejado abierta la posibilidad de facilitar un cambio político mediante diferentes fórmulas parlamentarias. Eisenkot, por su parte, mantiene públicamente sus reservas. La contradicción resulta evidente: puede necesitar votos que asegura no querer incorporar a su coalición.
Netanyahu conoce perfectamente esa tensión y la explota en campaña, presentando a sus adversarios como dependientes de las formaciones árabes. Es un recurso conocido en la política israelí, aunque esta vez los números podrían convertirlo en algo bastante más importante que una simple consigna electoral.
Un rival menos carismático y posiblemente más peligroso
Netanyahu es uno de los políticos más experimentados de su generación. Domina la televisión, el mensaje corto y el combate electoral como pocos dirigentes israelíes. Eisenkot es casi lo contrario. Su imagen pública resulta más seca, menos teatral; habla como un militar jubilado que todavía espera que las frases marchen en formación.
Precisamente por eso puede funcionar. Después de años de polarización, gobiernos frágiles, guerra y enfrentamientos institucionales, una parte del electorado parece valorar en Eisenkot una cierta normalidad. Menos espectáculo y más previsibilidad. Su partido, Yashar, intenta convertir esa sobriedad en una identidad política reconocible.
Eso no convierte al antiguo general en un candidato centrista al estilo europeo. Sus posiciones sobre seguridad son duras y mantiene importantes diferencias con los sectores partidarios de acelerar una solución de dos Estados. Tampoco representa una ruptura completa con buena parte del pensamiento estratégico israelí. Su oferta es distinta: cambiar el mando sin desmontar el eje de seguridad sobre el que gira el país.
Ahí reside el problema para Netanyahu. Resulta relativamente sencillo movilizar al electorado conservador contra una izquierda presentada como ingenua ante Hamás o Irán. Es bastante más complicado hacerlo contra un antiguo jefe del Ejército que promete golpear a Hamás y, al mismo tiempo, acusa al Gobierno de haber gestionado mal la seguridad nacional.
Netanyahu conserva una vía clara para sobrevivir
Sería prematuro presentar a Eisenkot como vencedor. Netanyahu sigue plenamente en carrera, mantiene un electorado muy fiel y dispone de aliados religiosos y nacionalistas capaces de sostener un bloque competitivo. Algunos sondeos publicados durante las últimas semanas han llegado incluso a colocar su campo por delante de la oposición, señal de que el terreno continúa moviéndose.
También cuenta con otra ventaja: la fragmentación del campo contrario. Eisenkot necesita convivir con dirigentes procedentes de tradiciones políticas muy diferentes, desde la derecha nacionalista hasta sectores centristas y de centroizquierda. El denominador común más evidente entre ellos es querer sustituir a Netanyahu; convertir esa coincidencia en un Gobierno estable será bastante más difícil.
El primer ministro lleva años demostrando una capacidad casi artesanal para sobrevivir a coaliciones imposibles, crisis judiciales, protestas, guerras y elecciones. Darlo por acabado ha sido durante mucho tiempo una actividad de riesgo. Su maquinaria política sigue intacta y conoce mejor que nadie los pasillos donde se construyen las mayorías.
Pero esta campaña presenta una diferencia. Netanyahu ya no pelea únicamente contra una colección de adversarios. Tiene enfrente a un candidato que aparece primero en varias encuestas, compite con él en seguridad y puede presentar las elecciones como un referéndum sobre la gestión posterior al 7 de octubre.
Israel llega al 27 de octubre sin un ganador claro
Eisenkot entra en la última semana electoral con una posición que pocos habrían imaginado hace unos años: puede derrotar electoralmente al dirigente que ha dominado la política israelí durante buena parte de este siglo. La posibilidad es real. La victoria, sin embargo, tiene varias capas.
Quedar por delante del Likud no basta. Eisenkot necesita construir una mayoría parlamentaria y, con los números actuales, esa mayoría probablemente exigirá acuerdos difíciles, abstenciones incómodas o alguna fórmula de cooperación que varios partidos rechazan públicamente durante la campaña.
Netanyahu, mientras tanto, necesita demostrar que todavía puede convertir un Parlamento fragmentado en una mayoría propia. Es una especialidad que conoce bien. La combinación de partidos religiosos, nacionalistas y conservadores continúa ofreciéndole una ruta hacia el poder aunque el Likud no sea la primera fuerza.
Las urnas del 27 de octubre decidirán cuál de los dos queda primero. La batalla auténtica puede empezar justo después, cuando se apaguen los focos de campaña y comiencen las negociaciones. En Israel, últimamente, las elecciones sirven para repartir cartas. El Gobierno suele decidirse en la partida posterior.
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