Naturaleza
Emisiones récord en 2025: la ONU prevé 2,6 °C de calentamiento global
Las emisiones marcaron récord en 2025 y la ONU proyecta 2,6 °C de calentamiento este siglo si los países cumplen sus compromisos climáticos actuales
Resumen
- Las emisiones mundiales marcaron un nuevo récord durante 2025
- La ONU sitúa el calentamiento global en 2,6 °C con las promesas actuales
- El límite de 1,5 °C exige recortes mucho más rápidos y retirar CO₂
Las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero se mantuvieron en niveles récord en 2025 y los compromisos climáticos aprobados por los gobiernos siguen siendo insuficientes para frenar el calentamiento global. El nuevo informe de Naciones Unidas coloca al planeta en una trayectoria de 2,6 °C de aumento de la temperatura durante este siglo, incluso suponiendo que los países cumplan íntegramente sus promesas actuales.
El escenario es todavía peor si se observa lo que los gobiernos hacen realmente, y no lo que prometen hacer: con las políticas actualmente vigentes, el calentamiento podría alcanzar 2,8 °C en 2100. El límite de 1,5 °C acordado en París hace más de una década ya no aparece como una barrera que pueda evitarse por completo. La discusión ha cambiado, y bastante: se trata de cuánto se superará, durante cuánto tiempo y si después será posible volver a bajar.
El mundo se dirige a 2,6 °C incluso cumpliendo las promesas
El informe sobre la brecha de emisiones elaborado por Naciones Unidas dibuja una diferencia incómoda entre las metas políticas y la física del clima. Las llamadas contribuciones determinadas a nivel nacional, los planes con los que cada Estado concreta sus objetivos de reducción, apenas permitirían limitar el aumento de temperatura a 2,6 °C si se cumplen por completo y el esfuerzo continúa durante el resto del siglo.
Con las políticas que ya están efectivamente implantadas, sin conceder a los gobiernos el beneficio de sus promesas futuras, la previsión empeora hasta 2,8 °C. Incluso el escenario más optimista, basado en el cumplimiento de todos los compromisos nacionales y los objetivos adicionales de emisiones netas cero, dejaría el calentamiento en torno a 2,1 °C.
Son diferencias que parecen pequeñas escritas detrás de una coma. Climáticamente no lo son. Una décima adicional modifica la frecuencia y la intensidad de las olas de calor, aumenta la presión sobre los cultivos y los recursos hídricos y eleva los riesgos asociados a incendios, inundaciones y otros fenómenos extremos. Unas pocas décimas en el termómetro del planeta pueden traducirse en cambios enormes sobre el terreno.
La nueva proyección es, además, más desfavorable que la presentada un año antes. Parte del deterioro está relacionado con cambios políticos y con la revisión de las estimaciones históricas de emisiones. Los nuevos planes climáticos presentados por los países apenas han modificado la trayectoria prevista, señal de que la distancia entre los objetivos anunciados y lo necesario continúa siendo considerable.
El límite de 1,5 °C ya no puede mantenerse sin rebasarlo
Durante años, el objetivo de 1,5 °C respecto a la era preindustrial funcionó como la referencia más ambiciosa del Acuerdo de París. El nuevo escenario introduce un cambio sustancial: mantener el calentamiento por debajo de ese umbral sin superarlo, o haciéndolo únicamente de manera mínima, ya no se considera una posibilidad realista.
Eso no significa que 1,5 °C haya dejado de importar. Ocurre casi lo contrario. El nuevo enfoque consiste en reducir al mínimo el llamado overshoot, el periodo durante el cual la temperatura mundial rebasa temporalmente ese nivel, y tratar después de devolverla a 1,5 °C o menos antes de 2100.
El mejor escenario analizado contempla un pico de calentamiento de aproximadamente 1,7 a 1,8 °C hacia mediados de siglo, seguido de un descenso progresivo. Incluso siguiendo esa trayectoria extraordinariamente exigente, la posibilidad de regresar a 1,5 °C o menos al finalizar el siglo estaría lejos de estar garantizada.
Los recortes que exige la senda menos dañina
Para mantener abierta esa posibilidad, las emisiones globales tendrían que caer un 18 % antes de 2030, un 45 % en 2035 y un 69 % para 2040, tomando 2025 como referencia. Es una transformación enorme concentrada en apenas década y media.
Ahí aparece el tamaño real del agujero. Los compromisos nacionales actuales únicamente llevarían a reducciones del 5 % al 8 % en 2030 y del 11 % al 15 % en 2035. No es un pequeño retraso de calendario ni una desviación estadística: entre la política climática anunciada y la compatible con el escenario menos dañino hay un salto enorme.
El ritmo necesario equivaldría aproximadamente a reducir las emisiones mundiales una media del 5,7 % anual entre 2025 y 2035. Mantener un descenso semejante durante una década implicaría cambios profundos en la generación eléctrica, el transporte, la industria, los edificios, la agricultura y, sobre todo, en el uso de combustibles fósiles.
La brecha climática convierte cada año perdido en más calentamiento
El informe utiliza una expresión bastante gráfica: la brecha de emisiones. Es la distancia que separa las toneladas de gases de efecto invernadero que el mundo probablemente emitirá de las que podría permitirse emitir para seguir una determinada trayectoria de calentamiento.
Esa brecha continúa abierta pese al despliegue de energías renovables y a las políticas aplicadas durante los últimos años. Es la paradoja de esta fase de la transición energética: las tecnologías limpias avanzan con rapidez, pero la demanda energética mundial y el peso todavía enorme del carbón, el petróleo y el gas hacen que las emisiones no caigan al mismo ritmo.
El problema tampoco consiste únicamente en llegar tarde a 2030. Cuanto más tiempo permanezcan las emisiones cerca de los niveles actuales, mayor será la temperatura máxima que alcance el planeta antes de poder estabilizarse. El calendario, aquí, no es un detalle administrativo: forma parte de la ecuación física.
Cinco años al ritmo actual añaden alrededor de 0,1 °C
Naciones Unidas calcula que cada cinco años de emisiones de CO₂ en los niveles actuales pueden añadir unos 0,1 °C al pico de calentamiento. Ese dato convierte el tiempo en una variable tan importante como el objetivo final: retrasar una reducción profunda no significa simplemente hacer el mismo trabajo unos años después.
Significa acumular más dióxido de carbono en la atmósfera, obligar a reducciones futuras todavía mayores y aumentar la dependencia de tecnologías capaces de retirar CO₂. La física, poco dada a negociar calendarios electorales, mantiene su propia contabilidad.
Recortar emisiones y retirar CO₂, la doble exigencia
El escenario de menor rebasamiento no descansa únicamente sobre recortes drásticos. También necesita retirar de la atmósfera y almacenar permanentemente alrededor de 320 gigatoneladas de CO₂ a lo largo del siglo, una cantidad gigantesca que refleja hasta qué punto el margen disponible se ha estrechado.
Esa cifra equivale aproximadamente a varios años de las emisiones mundiales actuales de dióxido de carbono. Aquí aparece una de las mayores incertidumbres del planteamiento: las tecnologías y sistemas de absorción de carbono existen en distintas formas, desde la recuperación de ecosistemas hasta soluciones industriales, pero desplegarlos a semejante escala plantea dificultades tecnológicas, económicas, territoriales y sociales.
Depender excesivamente de futuras retiradas de carbono sería, en la práctica, hipotecar parte de la respuesta climática a capacidades que todavía no existen con el volumen necesario. Retirar CO₂ será importante, pero reducir las emisiones en origen sigue siendo decisivo. Cuanto menos carbono se acumule durante las próximas décadas, menor será la cantidad que habrá que intentar extraer después.
Y eso explica por qué el concepto de overshoot no equivale a dar por perdido el objetivo climático. Un calentamiento máximo de 1,7 °C durante un periodo limitado y uno de 2,6 °C mantenido a finales de siglo describen mundos muy distintos en términos de riesgos físicos, costes de adaptación y exposición de millones de personas.
Las energías renovables, mientras tanto, continúan avanzando a una velocidad que hace una década habría parecido extraordinaria. La capacidad mundial de electricidad renovable ha crecido con mucha más rapidez de la anticipada y la expansión de la energía solar fotovoltaica ha sido especialmente intensa.
La política climática tampoco ha sido irrelevante. Distintas medidas aplicadas en numerosos países han conseguido reducciones medibles de emisiones, especialmente en el sector eléctrico y mediante instrumentos como los mercados de carbono o los impuestos sobre las emisiones. El problema es la escala: son avances reales, pero todavía insuficientes frente al volumen global de gases que sigue llegando a la atmósfera.
Para acercarse a la trayectoria menos dañina tendría que disminuir con mucha mayor rapidez el peso de los combustibles fósiles. El carbón afrontaría los recortes más profundos, seguido del petróleo y el gas, mientras las emisiones de metano, otro gas de potente efecto invernadero, también tendrían que caer de forma sustancial durante la próxima década.
El termómetro deja cada vez menos margen
El nuevo análisis climático de Naciones Unidas no describe un planeta condenado a una temperatura concreta. Describe varias rutas posibles, y la distancia entre ellas depende de lo que ocurra con las emisiones durante los próximos años. No es lo mismo estabilizar el calentamiento cerca de dos grados que consolidar un mundo de 2,6 o 2,8 °C.
La trayectoria que dibujan los compromisos actuales lleva a 2,6 °C de calentamiento; mantener las políticas existentes sin cumplir esas promesas eleva la proyección hasta 2,8 °C. El escenario capaz de limitar mucho más el pico exige, en cambio, una reducción mundial de emisiones bastante más rápida que cualquiera de las previstas actualmente.
El dato incómodo está precisamente ahí. La tecnología renovable crece, existen políticas que funcionan y todavía hay margen para evitar los escenarios más dañinos. Pero las emisiones permanecieron en niveles récord en 2025 y los planes nacionales continúan lejos de la velocidad necesaria. El mundo conserva opciones; lo que se estrecha, cada año un poco más, es el margen para escoger las menos costosas.
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