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Draghi señala el malestar juvenil que alimenta las protestas en Europa
Draghi vincula las protestas juveniles con expectativas bloqueadas, dificultades laborales y una sensación creciente de no ser escuchados en Europa.
Imagen: European Parliament / CC BY 2.0.
Resumen
- Draghi vincula las protestas juveniles con unas expectativas bloqueadas
- El empleo, el bajo crecimiento y la tecnología agravan la incertidumbre
- Europa afronta un problema de confianza entre jóvenes e instituciones
Mario Draghi ha situado el malestar de los jóvenes europeos en un terreno bastante más profundo que el de los disturbios, las consignas o las imágenes de una manifestación. El expresidente del Banco Central Europeo sostiene que detrás de parte de las protestas hay un bloqueo de las expectativas: una generación que encuentra dificultades para entrar en el mercado laboral, percibe escasa movilidad social y siente que las instituciones apenas la escuchan.
Su diagnóstico no pretende meter todas las movilizaciones europeas en el mismo saco. Draghi reconoce que cada país tiene conflictos políticos y sociales distintos y que las elecciones forman parte del contexto, pero busca algo debajo de esa primera capa: jóvenes que miran hacia delante y encuentran una puerta entreabierta, cuando no cerrada. Trabajo, crecimiento, tecnología y justicia entre generaciones aparecen conectados en una misma inquietud.
Draghi pone el foco en unas «expectativas bloqueadas»
La expresión elegida por Draghi es particularmente gráfica: «expectativas bloqueadas». No habla únicamente de desempleo. El problema, según su análisis, es la sensación de que el ascensor social funciona cada vez peor precisamente para quienes intentan subir al primer piso.
Durante una conversación con Lisa Abramowicz en una conferencia de Citadel Securities, el ex primer ministro italiano explicó que los jóvenes perciben unas dinámicas sociales demasiado rígidas. Encontrar trabajo cuesta, consolidar una posición también y, mientras tanto, la economía está cambiando a una velocidad difícil de digerir.
Ahí entra otro elemento incómodo: la transformación tecnológica acelerada. Inteligencia artificial, automatización y nuevas competencias están modificando profesiones enteras antes incluso de que una parte de los jóvenes consiga asentarse en ellas. Es una paradoja bastante contemporánea: se exige adaptación permanente a quien todavía no ha tenido tiempo de construir una estabilidad mínima.
Trabajo, movilidad social y una tecnología que corre más rápido
Draghi vincula esa incertidumbre con una cuestión que Europa arrastra desde hace años: el débil crecimiento económico. Cuando una economía crece poco, resulta mucho más complicado repartir oportunidades nuevas. Quienes ya disponen de empleo, patrimonio, contactos o una posición consolidada parten con ventaja; quienes llegan después encuentran un pasillo bastante más estrecho.
El antiguo presidente del BCE lo plantea también desde la perspectiva de la justicia social. Para una persona joven, esa justicia no consiste únicamente en redistribuir renta entre ricos y pobres, sino en garantizar cierta equidad entre generaciones. Que estudiar, trabajar y esforzarse siga ofreciendo una posibilidad razonable de avanzar.
La cuestión no es menor. Una sociedad puede ser rica en términos agregados y, al mismo tiempo, transmitir a una generación entera la sensación de haber llegado tarde al reparto. Hay viviendas, empleos estables, pensiones, patrimonio; sí. El problema aparece cuando una parte creciente de esos activos parece estar fuera del alcance de los más jóvenes.
Una Europa rica, envejecida y con poco crecimiento
Draghi describe Europa como una sociedad rica y envejecida que lleva demasiado tiempo creciendo poco. Ahí está probablemente la parte políticamente más delicada de su reflexión: en una economía estancada, las posiciones existentes pesan más que las oportunidades nuevas.
No significa que exista una guerra entre jóvenes y mayores, una simplificación bastante pobre para un problema mucho más serio. Significa que las decisiones sobre impuestos, vivienda, empleo, deuda, pensiones o educación tienen efectos distintos según la edad. Un presupuesto público, aunque tenga la apariencia gris de una hoja de cálculo, también reparte futuro.
Cuando la riqueza aumenta con lentitud, cada decisión se vuelve más áspera. Financiar una prioridad implica renunciar parcialmente a otra. Y una generación que todavía no posee vivienda, patrimonio ni una carrera profesional consolidada puede sentir que participa en la conversación desde la última silla de la mesa.
Los datos reflejan una fragilidad que sigue presente
Las estadísticas europeas ofrecen una fotografía menos dramática que algunos discursos políticos, aunque tampoco precisamente cómoda. En 2025, alrededor del 11% de los jóvenes de entre 15 y 29 años de la Unión Europea ni trabajaba ni estudiaba o recibía formación. La proporción ha mejorado considerablemente respecto a una década atrás, pero sigue representando a millones de personas en una etapa decisiva de sus vidas.
Otro dato completa el paisaje: aproximadamente el 24,2% de los jóvenes europeos de 15 a 29 años estaba en riesgo de pobreza o exclusión social en 2025, un porcentaje superior al del conjunto de la población. Las cifras no demuestran por sí solas toda la tesis de Draghi, pero sí muestran que la entrada en la vida adulta continúa teniendo importantes zonas de vulnerabilidad.
Y esto importa porque las expectativas funcionan de una manera peculiar. No se comparan solo con el pasado remoto, sino con lo que una sociedad promete. Una generación formada durante años bajo la idea de estudiar, especializarse y adaptarse puede tolerar mal que ese itinerario termine en empleos precarios, alquileres difíciles de asumir o una independencia económica aplazada indefinidamente.
Protesta, violencia y política no son la misma cosa
Draghi también introduce una distinción necesaria. Explicar el malestar no equivale a justificar la violencia. El ex primer ministro ha condenado los episodios violentos y considera que los actores políticos, las dinámicas de masas o los enfrentamientos pueden actuar como amplificadores del conflicto, pero no necesariamente como su causa de fondo.
La diferencia parece obvia, aunque en el debate público suele durar poco. Ante unos disturbios resulta tentador reducirlo todo a seguridad y orden público; ante una protesta masiva, hacer lo contrario y convertir cualquier comportamiento en una consecuencia inevitable de la frustración social. Las dos explicaciones dejan fuera media película.
Italia ofrece un ejemplo de esa tensión. Tras episodios de violencia en distintas ciudades, el debate político ha girado hacia nuevas medidas de seguridad y una respuesta más dura frente a determinadas conductas durante las manifestaciones. Al mismo tiempo, también aparece la necesidad de escuchar un malestar juvenil que difícilmente puede despacharse como simple vandalismo.
El aviso de fondo es político: quién puede esperar algo del futuro
La intervención de Draghi tiene una lectura que rebasa Italia. Europa lleva años preguntándose cómo recuperar productividad, inversión y crecimiento frente a Estados Unidos y China. Normalmente esa discusión aparece envuelta en palabras bastante poco seductoras —competitividad, capital, innovación, mercado único—, pero aquí adquiere una dimensión mucho más cotidiana.
Crecer no consiste únicamente en mejorar unas décimas el PIB. También significa crear espacios nuevos dentro de la sociedad: empresas que contratan, salarios que progresan, viviendas accesibles, carreras profesionales que no parecen decididas de antemano. Cuando esos espacios desaparecen, la frustración termina buscando otras salidas. Unas veces políticas. Otras, en la calle.
Draghi no afirma que todos los jóvenes europeos estén condenados ni que cada protesta responda al mismo motivo. Sería absurdo. Lo que plantea es algo más incómodo: una democracia tiene un problema cuando una parte relevante de quienes vivirán más tiempo con sus decisiones empieza a pensar que no participa realmente en ellas.
El malestar juvenil ya no cabe bajo la alfombra
Europa ha mejorado algunos indicadores laborales juveniles durante la última década y sería engañoso pintar un continente sin oportunidades. Pero la fotografía estadística convive con otra realidad menos fácil de medir: la distancia entre lo que una generación esperaba alcanzar y lo que cree que realmente puede alcanzar.
Ese es el nervio del mensaje de Draghi. Las protestas pueden surgir por causas distintas, las elecciones pueden calentarlas y la violencia puede deformarlas, pero debajo persiste una cuestión mucho más resistente: la confianza en que el futuro permita avanzar.
Una sociedad envejecida puede permitirse muchas cosas. Incluso crecer despacio durante bastante tiempo. Lo que difícilmente puede permitirse es que sus jóvenes lleguen a la conclusión de que todo está repartido antes de que ellos entren en la habitación.
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