Síguenos

Mundo

De París a Tirana: la nueva generación que vuelve a tomar las calles

Francia, Italia, España, Alemania, Bélgica y Albania viven protestas juveniles distintas, unidas por precariedad, vivienda y desconfianza política.

Publicado

el

Jovenes protestando en grupos en una plaza

Imagen: Patxi Beltzaitz / Berria / CC BY-SA 4.0.

Resumen

  • Las protestas juveniles se extienden por varios países de Europa
  • Vivienda, educación, guerra y precariedad cambian según cada país
  • No hay una revuelta común, pero sí una crisis compartida de futuro

Algo se mueve entre los menores de treinta años en Europa y, esta vez, no ocurre únicamente detrás de una pantalla. En Francia se bloquean institutos y universidades; en Italia miles de estudiantes marchan contra el Gobierno de Giorgia Meloni; Bélgica encadena protestas educativas; decenas de miles de jóvenes alemanes han salido contra el posible regreso del servicio militar obligatorio; Albania vive enfrentamientos mucho más duros alrededor de universidades, corrupción y falta de futuro. España tiene su propia versión, menos específicamente estudiantil pero profundamente generacional: la vivienda se ha convertido en el gran detonador de una población joven que trabaja, estudia y hace cuentas sin conseguir que las cuentas salgan.

No existe una organización europea que esté dirigiendo esta oleada ni un manifiesto común que viaje clandestinamente de París a Tirana. Tampoco estamos, al menos de momento, ante un nuevo Mayo del 68. Lo que sí aparece es una coincidencia difícil de despachar como casualidad: una generación muy joven está convirtiendo problemas concretos —educación, alquiler, precariedad, corrupción, guerra, acceso al empleo— en una discusión sobre el funcionamiento del sistema político. Y está recuperando una herramienta que algunos daban por envejecida: la calle.

La tendencia, en realidad, venía de antes. La European Students’ Union registró entre marzo y mayo de 2026 54 movilizaciones estudiantiles en 22 países, el mayor número observado por la organización en uno de sus periodos de seguimiento. Educación y financiación se mezclaban ya entonces con coste de vida, derechos civiles, guerras, transparencia institucional y democracia. Las manifestaciones aparecieron en 50 de los 54 casos analizados. Mucho TikTok, sí; pero después hay que ponerse las zapatillas y salir de casa.

Europa comparte un malestar, no una sola rebelión

Hay una tentación periodística comprensible: colocar todas las protestas sobre un mapa, unir los puntos con rotulador rojo y proclamar que Europa se ha levantado. Queda precioso. La realidad es más incómoda y bastante más interesante. No existe una única rebelión europea, sino movimientos distintos que empiezan a respirar un aire parecido.

Los jóvenes franceses reclaman profesores y escuelas que funcionen; los españoles encuentran cada vez más difícil emanciparse; los alemanes discuten si el Estado puede volver a exigirles prepararse para combatir; los italianos mezclan educación, gasto militar y rechazo al Gobierno; los albaneses hablan de corrupción, universidades caras y empleos que no llegan. No protestan exactamente por lo mismo, pero varias carreteras terminan conduciendo al mismo lugar: la sensación de que el contrato ofrecido por sus sociedades se ha deteriorado.

Estudia, fórmate, trabaja, respeta las reglas y construirás una vida razonablemente mejor. Esa vieja promesa europea no ha desaparecido, pero para muchos veinteañeros empieza a sonar como esas instrucciones que siguen impresas en un aparato que ya no funciona. El ascensor social, para una parte de esta generación, sube muy despacio o directamente se ha quedado detenido entre dos plantas.

Los datos explican parte del ruido. En una gran encuesta juvenil del Parlamento Europeo, el coste de la vida aparecía entre las principales preocupaciones de los europeos de 16 a 30 años, seguido por asuntos como educación, formación y vivienda. Las redes sociales se han convertido además en una puerta principal hacia la información política. La protesta contemporánea nace así en un ecosistema peculiar: frustraciones muy materiales circulando a velocidad digital.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Francia, el epicentro que ha cambiado de escala

Francia ofrece la imagen más poderosa de esta nueva temporada de movilizaciones. Las protestas comenzaron en institutos de la periferia parisina durante septiembre y crecieron alrededor de problemas sorprendentemente poco revolucionarios: profesores ausentes, aulas abarrotadas, edificios deteriorados y desigualdad educativa. Después llegaron los bloqueos, las universidades, la Bastilla, los enfrentamientos y una actuación policial que se convirtió ella misma en motivo de protesta.

El salto decisivo se produjo cuando el malestar estudiantil dejó de pertenecer exclusivamente a los estudiantes. Este 17 de octubre, una movilización mucho más amplia contra el coste de vida y el deterioro de los servicios públicos reunió a una multitud en Francia, con incidentes en varias ciudades y numerosas detenciones. Sindicatos, trabajadores y antiguos chalecos amarillos convergieron con una rebelión que había empezado alrededor de los pupitres. La protesta ensanchó su base social.

Ahí aparece la verdadera incógnita política. Una protesta sectorial puede resolverse con profesores, presupuesto o reformas. Un movimiento que empieza a sumar colectivos distintos ya habla de otra cosa. El descontento deja de ser gremial y empieza a tocar el nervio de la representación política.

Sociólogos y politólogos franceses sitúan este momento dentro del agotamiento del ciclo político de Emmanuel Macron y de una pérdida de confianza que empuja a parte de la juventud hacia opciones más radicales, tanto por la izquierda como por la derecha. Hay otro detalle llamativo: las movilizaciones han alcanzado incluso centros privados y universidades de tradición conservadora. No es simplemente la habitual protesta de los mismos de siempre.

Italia y Bélgica: el contagio existe, pero no lo explica todo

Italia ha recibido el eco francés casi sin disimulo. El 16 de octubre, estudiantes salieron a las calles de Roma, Turín, Milán, Génova, Padua, Venecia, Florencia, Cagliari y otras ciudades durante el llamado No Meloni Day. Los convocantes hablaron de cientos de miles de participantes. El contenido político era reconocible: más inversión educativa, rechazo al aumento del gasto militar, oposición a determinadas políticas migratorias en las aulas y protesta por el deterioro de edificios escolares. “Más aulas y menos bombas” sintetizaba bastante bien el menú.

Bélgica lleva su propio calendario. Las protestas estudiantiles de la comunidad francófona comenzaron a principios de octubre contra recortes y reformas educativas. Los estudiantes belgas han insistido precisamente en que no están copiando a Francia, aunque las imágenes y métodos circulen inevitablemente entre países vecinos. Este sábado, 17 de octubre, Bruselas volvió a registrar choques entre jóvenes manifestantes y policías.

La imitación existe, por supuesto. Las protestas siempre han aprendido unas de otras, desde las barricadas parisinas del siglo XIX hasta los campamentos universitarios contemporáneos. Las redes sociales simplemente han sustituido semanas de circulación de panfletos por segundos de vídeo vertical. Pero conviene no confundir el fósforo con la gasolina. TikTok puede enseñar cómo bloquear un instituto; no inventa las goteras del techo.

España y Alemania cambian el guion: alquiler y servicio militar

España muestra por qué hablar simplemente de “rebelión estudiantil” resulta insuficiente. Aquí el malestar juvenil está concentrándose especialmente alrededor de la crisis de la vivienda. A comienzos de octubre, decenas de miles de personas se manifestaron en numerosas ciudades, con Madrid entre los principales focos, y el movimiento llegó a plantear formas de protesta más amplias vinculadas al derecho a una vivienda accesible.

Al mismo tiempo, Madrid ha vivido una huelga de enseñanza pública con manifestaciones de docentes, estudiantes y comunidad educativa, además de incidentes y detenciones en la Universidad Complutense. España, por tanto, comparte ingredientes con Francia pero tiene otro epicentro. Para un joven español, el problema político puede empezar delante de un anuncio de alquiler, no necesariamente delante de la puerta de un instituto.

Sociólogos españoles llevan tiempo relacionando este descontento con una percepción especialmente corrosiva: una parte considerable de los jóvenes siente que el Estado no funciona para ellos. La vivienda cristaliza esa sensación porque conecta sueldo, patrimonio, independencia, familia y expectativas de futuro en una sola cifra mensual. Y pocas cosas convierten una abstracción política en experiencia cotidiana con tanta eficacia como transferir medio salario al casero.

Alemania aporta otra preocupación, acaso todavía más áspera. Miles de estudiantes han participado en movilizaciones contra una posible vuelta de la mili obligatoria y contra nuevas obligaciones relacionadas con el modelo de servicio militar. Hubo protestas repartidas por numerosas ciudades y bloqueos escolares en Berlín. Aquí la fractura generacional adquiere una dimensión casi literal.

Los gobiernos europeos hablan de rearme, seguridad y amenaza rusa; quienes tienen dieciséis, dieciocho o veinte años escuchan también otra frase, menos geopolítica: quizá seas tú quien tenga que ponerse el uniforme. No significa que la juventud alemana sea pacifista en bloque ni que rechace la defensa europea. Significa algo más elemental: cuando una política afecta al propio cuerpo, la participación cambia.

Albania y Serbia: cuando el aula se convierte en crisis política

En Albania la temperatura es mucho más alta. Las protestas comenzaron alrededor de las condiciones universitarias, el elevado coste de los estudios, la falta de ayudas y las pobres perspectivas laborales. Muy pronto se mezclaron con denuncias de corrupción y con la exigencia de dimisión del primer ministro, Edi Rama. Hubo ataques contra edificios públicos, incendios, piedras contra la policía, gases lacrimógenos, arrestos y heridos. El conflicto dejó rápidamente de ser solo universitario.

Sería irresponsable romantizar esa violencia como si romper un escaparate otorgara automáticamente profundidad política. Tampoco sería serio reducir todo el movimiento al escaparate roto. Analistas albaneses recuerdan que los estudiantes llevaban meses presentando reclamaciones pacíficas y que muchas fueron ignoradas o desacreditadas. La advertencia es importante: una movilización exclusivamente estudiantil difícilmente produce por sí sola un cambio sistémico; necesita ampliar alianzas sociales e institucionales.

Y luego está Serbia, probablemente el recordatorio más importante de que esta historia europea no empezó en octubre. El movimiento estudiantil surgido tras el derrumbe de la marquesina de la estación de Novi Sad en noviembre de 2024 convirtió una tragedia mortal en una campaña prolongada por la rendición de cuentas, la transparencia y contra la corrupción. Casi dos años después, aquella movilización ha terminado proyectándose directamente sobre la política electoral serbia. Del campus se pasó a una discusión sobre el propio Estado.

Ese recorrido —del aula a la exigencia democrática y de ahí a la arena electoral— es precisamente lo que otros gobiernos europeos observan con interés. O con bastante menos entusiasmo, según desde qué ventana se mire. Serbia demuestra que una protesta estudiantil puede sobrevivir al primer estallido y transformarse en algo políticamente mucho más incómodo.

No es aburrimiento: es una crisis de futuro y de voz

La explicación más cómoda consiste en atribuir las movilizaciones a adolescentes hiperconectados, radicalizados por algoritmos y encantados de encontrar una buena excusa para no entrar en clase. Alguno habrá. Europa tiene millones de jóvenes; estadísticamente también tiene que haber algún estudiante que prefiera una barricada a un examen de matemáticas. Pero el aburrimiento explica mal la geografía y peor todavía las reivindicaciones.

Historiadores y sociólogos han comenzado a describir lo que ocurre como una crisis de esperanza: una generación que recibe simultáneamente mensajes sobre precariedad económica, guerras, extremos políticos, cambio climático, desempleo y el posible impacto de la inteligencia artificial sobre sus carreras. En Francia aparece además otro fenómeno revelador: la dureza policial ha llevado a padres, sindicatos y otros adultos a acercarse a unas protestas que al principio parecían estrictamente juveniles.

La cuestión de fondo es la eficacia política percibida: creer que participar sirve para algo. Distintos estudios europeos sobre confianza institucional vienen mostrando una distancia considerable entre el acto de votar y la sensación de ser realmente escuchado por quienes gobiernan. Esa grieta importa. Cuando una persona considera que el cauce institucional apenas modifica las decisiones, la calle deja de parecer una reliquia y recupera utilidad.

Ahí encaja esta vuelta a la protesta física. Firmar una petición digital es fácil. Ocupar un instituto, dormir en una plaza, perder una jornada de clase o enfrentarse a una identificación policial cuesta más. Pese a toda la fama de la generación digital, la calle sigue siendo el instrumento predominante: las campañas en internet complementan las manifestaciones, no necesariamente las sustituyen.

Más que una lucha entre jóvenes y mayores

Hay un componente generacional evidente, pero llamarlo guerra entre generaciones sería demasiado fácil. Un jubilado con una pensión modesta y un estudiante sin vivienda asequible pueden estar sufriendo partes distintas de un mismo problema. Tampoco los jóvenes europeos forman un bloque ideológico. La juventud protesta, pero no vota ni piensa en una sola dirección.

Ese detalle importa mucho. En Francia, el descontento puede alimentar simultáneamente a fuerzas de izquierda radical y a la derecha nacionalista. En Italia, la actual movilización estudiantil se dirige claramente contra Meloni; en Albania buena parte de los manifestantes intenta mantener distancia también respecto de la oposición tradicional; en Alemania el rechazo a la militarización mezcla argumentos pacifistas, económicos y políticos. El denominador común no es “la izquierda joven”. Es algo más imprevisible: desconfianza hacia estructuras que parecen incapaces de ofrecer resultados.

Ahí puede estar naciendo una conciencia política nueva, aunque todavía sea demasiado pronto para bautizarla. Menos afiliación estable, más causas concretas; menos paciencia con partidos y sindicatos tradicionales, pero capacidad para colaborar con ellos cuando conviene; mucha comunicación digital y, paradójicamente, una revalorización del cuerpo en el espacio público. Estar allí. Cortar una calle. Bloquear una puerta. Hacerse visible.

La filosofía política europea lleva tiempo describiendo sociedades donde votar cada pocos años ya no basta para producir sensación de participación. Conceptos como la contrademocracia, basada en vigilancia, protesta y control ciudadano entre elecciones, ayudan a entender parte del fenómeno. También la idea de sociedades aceleradas en las que instituciones y biografías corren a velocidades distintas: jóvenes obligados a decidir muy pronto sobre estudios, trabajo, vivienda, deuda, guerra o clima mientras perciben que las estructuras políticas avanzan con zapatos de plomo.

Europa no ha vuelto a 1968, pero tampoco está dormida

Comparar cualquier revuelta estudiantil francesa con Mayo del 68 es casi una tradición nacional, como discutir sobre quesos o bloquear una carretera. Conviene resistirse. 1968 tuvo otra estructura social, otra universidad, otros partidos, otros sindicatos y otro mundo. La Europa de 2026 está fragmentada políticamente, envejecida demográficamente y conectada de manera instantánea. Sus jóvenes tampoco comparten una gran ideología capaz de coser todas sus reivindicaciones.

Pero tampoco estamos ante cuatro algaradas independientes que casualmente han decidido aparecer en el mismo otoño. Los datos de movilización estudiantil de 2026 muestran una actividad creciente y repartida por numerosos países; las protestas actuales añaden una velocidad de contagio evidente. Francia ofrece imágenes y repertorios. Bélgica e Italia los adaptan. Alemania discute el cuerpo y la guerra. España, el techo bajo el que vivir. Albania y Serbia colocan sobre la mesa corrupción, instituciones y democracia. Lo verdaderamente europeo no es la pancarta. Es la incertidumbre sobre el futuro.

Durante años se ha descrito a los jóvenes como despolitizados porque militaban menos, cambiaban de partido, desconfiaban de las organizaciones tradicionales o preferían expresarse en internet. Quizá se estaba midiendo la política con una regla antigua. La nueva generación no parece particularmente obediente a etiquetas, líderes o siglas; tampoco es necesariamente más progresista, más liberal ni más democrática que las anteriores. Puede avanzar en direcciones contradictorias. Y esa es, precisamente, la parte que debería interesar a Europa.

Porque una juventud que protesta no constituye por sí misma una crisis democrática. En una democracia saludable, protestar forma parte del mobiliario. La señal preocupante aparece cuando una generación empieza a creer que debe salir a la calle para conseguir aquello que las instituciones prometieron resolver dentro de ellas.

Europa no se ha despertado una mañana convertida en 1968. Algo menos cinematográfico está sucediendo, quizá más profundo: miles de jóvenes están comprobando, país por país, que los problemas que consideraban privados se parecen demasiado a los de quienes tienen su misma edad al otro lado de la frontera.

Y cuando una generación descubre que su problema particular tiene vecinos, la política suele empezar exactamente ahí.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído