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Francia: estudiantes exigen más profesores, becas y 250.000 plazas
Los estudiantes franceses reclaman más profesores, becas, plazas universitarias y mejores centros mientras crece la presión sobre el Gobierno
Foto: Guallendra, CC0.
Francia: estudiantes exigen más profesores, becas y 250.000 plazas
Resumen
- Los estudiantes reclaman más profesores, becas y mejores centros
- También exigen 250.000 plazas nuevas y cambios en Parcoursup
- El Gobierno promete respuestas mientras las protestas siguen activas
Las protestas estudiantiles que recorren Francia tienen un núcleo bastante concreto: más dinero para la educación, más profesores, menos alumnos por aula, mejores edificios y un acceso menos selectivo a la universidad. A esas reclamaciones se ha sumado el malestar universitario por las becas, el alojamiento y el coste cotidiano de estudiar. No es, pese al ruido de algunos disturbios, una revuelta sin programa.
Estudiantes de secundaria y universitarios han convertido ese descontento en una plataforma de diez medidas de emergencia con la que pretenden presionar al Gobierno de Sébastien Lecornu. Entre las peticiones más ambiciosas aparece la creación de 250.000 plazas adicionales en la enseñanza superior, junto con cambios profundos en Parcoursup y Mon Master, los sistemas utilizados para acceder a la universidad y a los másteres.
Más profesores y sustituciones para las clases que se pierden
Uno de los problemas que mejor explica el enfado está dentro del aula: simplemente, faltan docentes. Las organizaciones juveniles reclaman una contratación masiva de profesores y personal educativo, con especial atención a los centros donde las plantillas son más ajustadas y las desigualdades territoriales se hacen más visibles.
La cuestión de las sustituciones se ha convertido en símbolo del conflicto. Al comenzar este curso, el sindicato SNES-FSU calculó que en el 53 % de los colegios e institutos públicos faltaba al menos uno de los profesores previstos. El propio Ministerio de Educación estima que durante el curso 2024-2025 no llegó a impartirse alrededor del 10 % de las horas lectivas en los institutos. Dicho de otro modo: la falta de personal no es una abstracción presupuestaria; son horas sin clase.
También se reclama reforzar figuras que suelen quedar en segundo plano hasta que hacen falta de verdad: enfermería, psicología y orientación. La plataforma estudiantil plantea alcanzar aproximadamente un profesional de cada especialidad por cada 500 alumnos, además de aumentar los recursos destinados al alumnado con discapacidad.
Aulas más llenas que hace quince años
La presión demográfica dentro de los institutos tampoco ayuda. La media se situó en torno a 30 estudiantes por clase en 2025, frente a unos 27 en 2010. Tres pupitres más pueden parecer poca cosa vistos desde un despacho; multiplicados por cientos de horas de clase cambian bastante el paisaje.
Las organizaciones estudiantiles relacionan esas ratios con otro fenómeno: centros que disponen de menos personal precisamente allí donde las necesidades educativas son mayores. La protesta ha prendido con especial intensidad en zonas urbanas y en el área parisina, donde las diferencias entre establecimientos pueden ser muy acusadas.
Parcoursup, el gran cuello de botella hacia la universidad
El acceso a la enseñanza superior ocupa el otro gran frente. Una parte del movimiento reclama eliminar la selección asociada a Parcoursup y Mon Master, aunque manteniendo plataformas nacionales que permitan consultar y solicitar titulaciones. La diferencia no es menor: quieren conservar la ventanilla digital, pero cuestionan que esa ventanilla actúe como filtro.
El descontento tiene detrás un dato difícil de ignorar. Al terminar la fase principal de adjudicación del pasado julio, alrededor de 130.000 jóvenes seguían sin una plaza universitaria asignada. Para las organizaciones convocantes, el problema no puede solucionarse únicamente cambiando un algoritmo: hacen falta más plazas físicas, profesores, aulas y presupuesto.
De ahí la propuesta de crear 250.000 nuevas plazas en la enseñanza superior desde septiembre de 2027. La reivindicación alcanza también a quienes, después de obtener una licenciatura o grado, tropiezan con una barrera similar al intentar entrar en un máster.
Edificios deteriorados, calor y horarios difíciles de soportar
El movimiento ha puesto asimismo el foco en algo bastante menos abstracto que una reforma educativa: el estado de los edificios. Estudiantes y sindicatos piden un plan extraordinario para renovar institutos y universidades deteriorados, mejorar aseos, aislamiento, calefacción y sistemas de refrigeración.
Las sucesivas olas de calor han convertido esta demanda en una cuestión especialmente sensible. Un aula mal aislada puede pasar en pocas horas de lugar de estudio a invernadero. El Ejecutivo recuerda que los institutos dependen administrativamente de las regiones y señala que se han respaldado 6.200 proyectos de rehabilitación energética, pero los manifestantes consideran insuficiente el ritmo de las mejoras.
También quieren revisar los horarios. La plataforma plantea una reorganización de los ritmos escolares y universitarios y reclama una pausa mínima de una hora y media al mediodía. Es una crítica al modelo de jornadas muy largas que puede llevar a algunos adolescentes a pasar prácticamente todo el día entre clases, desplazamientos y tareas.
Becas, vivienda y comida: el bolsillo entra en la protesta
La universidad ha añadido un ingrediente propio al movimiento: la precariedad estudiantil. Entre las demandas aparecen una subida de 200 euros de las becas, su pago durante los doce meses del año y una ampliación del sistema para que pueda llegar a unos 300.000 beneficiarios adicionales.
Los sindicatos también rechazan la congelación de las ayudas al alquiler, conocidas como APL, y reclaman recuperar estas prestaciones para determinados estudiantes extranjeros. Otra petición consiste en garantizar suficientes recursos para extender los menús universitarios de un euro, una medida especialmente importante para quienes estudian lejos de su domicilio familiar.
Hay asimismo una batalla específica por los estudiantes procedentes de fuera de la Unión Europea. Las organizaciones piden eliminar las matrículas diferenciadas, considerablemente superiores a las que pagan los alumnos franceses y comunitarios.
La fotografía que emerge es bastante sencilla: el conflicto educativo francés ya no trata solo de qué ocurre delante de una pizarra. Habla también de cuánto cuesta comer, alquilar una habitación o seguir estudiando después del bachillerato.
Una movilización que ha saltado del instituto a la universidad
La protesta nació con especial fuerza entre estudiantes de secundaria y terminó encontrando aliados en los campus. Francia cuenta con unos 3.700 institutos y alrededor de 2,2 millones de alumnos en esa etapa educativa. La incorporación de los universitarios ha ensanchado el movimiento y también su catálogo de demandas.
El martes 6 de octubre salieron a las calles entre 266.000 y 450.000 personas, según los distintos recuentos, y los bloqueos y alteraciones se extendieron después por numerosos campus. El miércoles, la Union étudiante hablaba de más de 80 campus afectados, mientras que el Ministerio de Enseñanza Superior situaba en torno al 40 % la proporción de establecimientos perturbados.
Este jueves 8 de octubre la movilización continúa. El Gobierno ha empezado a moverse: Lecornu ha reconocido que el malestar juvenil no ha aparecido de la nada y ha prometido primeras respuestas a finales de octubre. Entre los asuntos que pretende abordar figuran las sustituciones de profesores, el estado de los centros, los horarios y la transparencia de Parcoursup.
La respuesta no ha convencido a las organizaciones convocantes. Tras reunirse con responsables gubernamentales, estudiantes de secundaria y universitarios denunciaron la ausencia de compromisos suficientes y mantuvieron las convocatorias. La distancia entre ambas partes sigue siendo considerable: representantes del movimiento han llegado a reclamar 10.000 millones de euros para financiar su paquete de medidas.
Francia discute cuánto cuesta realmente una educación pública
Detrás de pancartas, bloqueos y escenas más ásperas hay una discusión bastante reconocible en buena parte de Europa: qué ocurre cuando un sistema educativo conserva grandes ambiciones mientras profesores, edificios, plazas universitarias y ayudas económicas empiezan a quedarse cortos.
El movimiento francés ha conseguido, al menos, cambiar el marco de la conversación. Ya no gira únicamente alrededor del orden público o de los incidentes registrados durante algunas protestas. La discusión está entrando en las aulas: profesores ausentes, treinta alumnos por clase, edificios envejecidos, jóvenes sin plaza y universitarios que miran el precio del alquiler antes incluso que el horario de sus asignaturas.
Y ahí está el fondo del conflicto. Los estudiantes franceses no reclaman una sola reforma, sino más capacidad para estudiar en condiciones razonables. Queda por ver cuánto de ese diagnóstico está dispuesto a convertir el Gobierno en presupuesto. El malestar, de momento, sigue sentado en primera fila.
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