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Illa recibirá a Puigdemont con «normalidad y educación» en Cataluña

Salvador Illa asegura que tratará a Puigdemont con normalidad y educación cuando regrese a Cataluña, en pleno cambio de su situación judicial.

Publicado

el

Salvador Illa

Imagen: Generalitat de Catalunya / Attribution.

Resumen

  • Illa tratará a Puigdemont con normalidad y educación cuando regrese
  • La orden nacional de detención de Puigdemont ya ha sido levantada
  • Su regreso puede alterar el equilibrio político entre PSC, Junts y ERC

Salvador Illa ha dejado claro cómo piensa afrontar el eventual regreso de Carles Puigdemont a Cataluña: sin ceremonias extraordinarias ni gestos de hostilidad. El presidente de la Generalitat considera al líder de Junts «un dirigente político» y asegura que se comportará con él «con normalidad y educación» cuando vuelva, una declaración que resume bastante bien la línea política que el socialista lleva tiempo intentando consolidar en Cataluña.

Las palabras llegan, además, en un momento muy distinto al de hace apenas unas semanas. Puigdemont ya no tiene en vigor la orden nacional de detención que pesaba sobre él después de que el Supremo la dejara sin efecto tras el giro provocado por la doctrina del Tribunal Constitucional sobre la amnistía de la malversación. La situación judicial, eso sí, conserva trámites pendientes antes de quedar completamente cerrada.

El regreso, por tanto, ha dejado de ser aquella hipótesis política repetida durante años y empieza a convertirse en una cuestión de calendario. Puigdemont no ha comunicado una fecha definitiva y su entorno ha defendido que antes debe completarse la aplicación de la ley de amnistía a su caso. Ahí sigue estando el pequeño asterisco jurídico de una historia que, durante casi una década, ha acumulado matices suficientes para llenar unas cuantas páginas.

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Illa prepara una relación política ordinaria con Puigdemont

Preguntado por la vuelta del expresidente de la Generalitat, Illa ha optado por despojar el asunto de dramatismo. Su planteamiento pasa por tratar a Puigdemont como lo que considera que será cuando esté nuevamente en Cataluña: un dirigente de una formación parlamentaria relevante y uno de sus principales adversarios políticos.

«Es un dirigente político y voy a comportarme con normalidad y educación», ha señalado el presidente catalán. La elección de las palabras no es casual. Illa ha construido buena parte de su discurso institucional alrededor de la normalización, la convivencia y la recuperación de una política catalana menos dependiente del choque permanente entre bloques.

No significa proximidad política. PSC y Junts mantienen diferencias profundas en cuestiones como el modelo territorial, la independencia, la financiación o la estrategia seguida durante el procés. Pero el presidente de la Generalitat distingue esa discrepancia de la relación institucional y ha defendido que corresponde al propio Puigdemont decidir qué papel quiere desempeñar cuando regrese.

De la excepcionalidad a una foto mucho más corriente

La escena que anticipa Illa resulta políticamente significativa precisamente por su aparente vulgaridad: dos dirigentes que discrepan, se reúnen, hablan y después siguen discrepando. Nada especialmente revolucionario en una democracia parlamentaria; bastante menos habitual, sin embargo, después de años en los que cualquier encuentro relacionado con el procés adquiría proporciones casi geológicas.

Puigdemont abandonó España a finales de octubre de 2017, después de la declaración unilateral de independencia y la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Desde Bélgica ha continuado encabezando su espacio político y conserva una posición central en Junts per Catalunya y en el debate interno del independentismo.

Su ausencia física tampoco ha significado ausencia política. Junts fue decisivo para la investidura de Pedro Sánchez en 2023 y la posterior aprobación de la ley de amnistía convirtió la situación judicial de Puigdemont en uno de los asuntos más sensibles de la legislatura española.

El Supremo ha despejado el principal obstáculo para su vuelta

El cambio más relevante se produjo con la nueva interpretación sobre la aplicación de la amnistía a la malversación vinculada al procés. El Tribunal Constitucional abrió una vía que obligó a revisar el criterio seguido hasta entonces y el magistrado Pablo Llarena dejó posteriormente sin efecto la orden nacional de detención de Puigdemont, Toni Comín y Lluís Puig.

La retirada de esa orden modifica por completo el escenario práctico del regreso, aunque no equivale por sí sola al cierre definitivo de todos los trámites judiciales. Ese matiz explica la cautela con la que el entorno de Puigdemont ha manejado los tiempos y la insistencia en esperar a que la amnistía quede plenamente aplicada a su situación.

Su abogado, Gonzalo Boye, ha sostenido que el expresidente debe volver con su situación jurídica suficientemente despejada. Puigdemont tampoco ha fijado públicamente una fecha concreta. Puede regresar sin la amenaza inmediata de aquella orden nacional de arresto, pero el calendario continúa abierto.

El precedente de agosto de 2024

El futuro regreso tendrá una diferencia fundamental respecto al episodio vivido el 8 de agosto de 2024. Puigdemont apareció entonces en Barcelona coincidiendo con la investidura de Salvador Illa, pronunció un discurso ante sus seguidores y desapareció posteriormente sin que los Mossos lograran detenerlo, pese a la orden que seguía vigente en aquel momento.

Aquella jornada produjo una imagen difícil de olvidar: mientras el Parlament investía al nuevo presidente catalán, la policía desplegaba un operativo para localizar al antiguo. Dos momentos políticos superpuestos durante unas horas, con una Cataluña institucional estrenando presidente mientras la otra seguía atrapada en las consecuencias judiciales de 2017.

El escenario es radicalmente diferente. La orden de detención ha desaparecido y el debate se ha desplazado desde cómo ejecutar una posible detención hacia cuándo volverá Puigdemont y qué hará políticamente una vez instalado otra vez en Cataluña.

Puigdemont vuelve a una Cataluña distinta de la que dejó

Nueve años son una eternidad política. El propio Puigdemont ha reconocido que la Cataluña que dejó ya no es la misma y ha dado a entender que no pretende desempeñar de manera convencional el papel de jefe de la oposición en el Parlament. Su vuelta no supondrá colocar otra vez las piezas exactamente en el tablero de 2017. El tablero también ha cambiado.

El independentismo ya no dispone de la mayoría parlamentaria que tuvo durante el punto álgido del procés, el PSC gobierna la Generalitat con Illa y asuntos cotidianos como la vivienda, los servicios públicos, la inmigración, las infraestructuras o el coste de vida ocupan mucho más espacio en la conversación pública. La agenda catalana se ha ensanchado.

Junts, sin embargo, conserva en Puigdemont su figura más reconocible. Que pueda desarrollar actividad política presencial después de años instalado en Waterloo modifica inevitablemente la competición dentro del independentismo y su relación con el PSC. Su presencia física vuelve a contar, y no es un detalle menor después de tantos años haciendo política a distancia.

El regreso irrumpe en pleno calendario electoral

El contexto nacional añade otra capa. España afronta elecciones generales el 29 de noviembre y el eventual retorno de Puigdemont se produce en una etapa de fuerte distanciamiento entre Junts y el PSOE. La formación independentista ha endurecido su posición respecto a los socialistas y ha descartado reeditar sin más los acuerdos que marcaron la legislatura anterior.

La presencia de Puigdemont en Cataluña podría adquirir por ello una evidente dimensión electoral aunque no encabece una candidatura al Congreso. Junts lleva años haciendo política con su principal dirigente a cientos de kilómetros de Barcelona; recuperar su presencia en mítines, reuniones y actos supone un cambio práctico y simbólico.

De momento, no existe una fecha oficial para su regreso. Ese sigue siendo el límite entre lo confirmado y la especulación. El cuándo importa, naturalmente, pero también el cómo: una vuelta en plena campaña electoral tendría una lectura muy distinta de otra realizada una vez celebrados los comicios.

La «normalidad» de Illa afronta su prueba más visible

Illa lleva tiempo defendiendo que la aplicación de la amnistía y el regreso de los dirigentes independentistas forman parte de una nueva etapa política. La vuelta de Puigdemont permitirá comprobar hasta qué punto esa normalización institucional sobrevive cuando deja de ser un concepto pronunciado desde un atril y adquiere rostro, agenda y escaño.

El presidente catalán parece decidido a reducir el acontecimiento a sus dimensiones institucionales: Puigdemont será un adversario, pero también un interlocutor político legítimo. Educación, normalidad y discrepancia. Una fórmula deliberadamente poco épica para un asunto que durante años vivió rodeado de épica por todos los costados.

Y quizá ahí reside lo más relevante de sus palabras. El regreso de Puigdemont seguirá teniendo peso electoral, judicial y simbólico, pero Illa intenta evitar que vuelva a convertirse automáticamente en el centro gravitatorio de Cataluña. Después de nueve años de excepcionalidad, propone algo bastante menos espectacular: discutir de política con el adversario sentado enfrente. En determinados momentos de la historia catalana reciente, hasta semejante rutina habría parecido una extravagancia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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