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Historia

Casa Montero: la mina prehistórica de 7.000 años escondida en Madrid

Bajo Vicálvaro, Casa Montero conserva miles de pozos neolíticos excavados para obtener sílex, una pieza excepcional de la prehistoria de Madrid.

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la mina prehistórica

Resumen

  • Casa Montero es una mina neolítica de más de 7.000 años
  • En Vicálvaro se han localizado más de 4.000 estructuras subterráneas
  • El yacimiento se descubrió en 2003 durante las obras de la M-50

A comienzos del Neolítico, cuando Madrid no era Madrid, ni existían calzadas, murallas, plazas ni nada parecido a una ciudad, grupos humanos acudían a un cerro del actual distrito de Vicálvaro para abrir pozos en la tierra y extraer sílex. Casa Montero tiene algo más de 7.000 años de antigüedad y está considerada la explotación minera de sílex más antigua conocida de la península ibérica y una de las primeras de Europa.

Las dataciones sitúan su actividad principal aproximadamente entre 5350 y 5220 a. C., en los primeros compases del Neolítico del interior peninsular. Bajo algo más de cuatro hectáreas se han localizado miles de estructuras subterráneas, en su mayoría pozos excavados para alcanzar las vetas de piedra. No era un agujero ocasional en el terreno: aquello funcionó como un verdadero espacio de producción, organizado por comunidades que conocían bien el subsuelo y sabían exactamente qué buscaban.

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Una explotación neolítica bajo el sureste de Madrid

Casa Montero se encuentra en Vicálvaro, sobre los escarpes de la margen derecha del Jarama y cerca de su confluencia con el Henares. El paisaje era muy distinto al actual, claro. Nada de autovías, bloques residenciales ni rotondas: cerros, barrancos, vegas fluviales y unas formaciones geológicas especialmente generosas en materiales silíceos.

Esa geología explica buena parte de la historia. Las vetas de sílex aparecen intercaladas entre estratos relativamente blandos de arcillas, de modo que los grupos neolíticos podían excavar verticalmente hasta alcanzarlas. El material de Casa Montero poseía, además, buenas cualidades para la talla. Golpeado de la manera adecuada, proporcionaba filos cortantes y soportes regulares con los que fabricar herramientas.

Las investigaciones más precisas han afinado la cronología hasta un intervalo situado aproximadamente entre 5350 y 5220 a. C. El conjunto se encuadra entre las primeras grandes explotaciones mineras conocidas del continente y, en términos peninsulares, Casa Montero continúa siendo una referencia excepcional para comprender la minería del primer Neolítico.

Más de 4.000 estructuras excavadas para buscar sílex

Lo que sorprende al conocer el yacimiento no es únicamente su antigüedad. También su escala. En una extensión superior a cuatro hectáreas se han identificado más de 4.000 estructuras subterráneas, buena parte de ellas relacionadas con la minería neolítica.

Los pozos eran estrechos y verticales. Algunos alcanzaban varios metros de profundidad y podían llegar hasta unos siete metros. Los mineros descendían siguiendo los niveles donde aparecían los nódulos de sílex y trabajaban en espacios que, vistos desde nuestra comodidad contemporánea, tienen poco de acogedores. Tierra sobre la cabeza, luz escasa, herramientas elementales y ninguna brigada de prevención esperando junto a la boca del pozo.

No por ello trabajaban a ciegas. La distribución de las excavaciones muestra conocimiento del terreno y planificación. Los pozos aparecen muy próximos unos a otros y, pese a esa densidad, muchas veces evitan cortar explotaciones anteriores. Para comunidades sin cartografía, maquinaria pesada ni instrumentos de medición modernos, no está mal.

Trabajo, aprendizaje y organización entre pequeños grupos

Los estudios arqueológicos han ido dejando atrás la imagen del pequeño grupo prehistórico que golpeaba piedras al azar hasta obtener algo útil. Casa Montero revela una realidad bastante más interesante. Allí convivían la extracción del mineral, la preparación de los núcleos de sílex y el aprendizaje de las técnicas de talla por parte de personas menos experimentadas.

Entre los restos aparecen piezas con errores característicos de aprendices junto a trabajos mucho más depurados. Eso ha llevado a interpretar el lugar también como un espacio de transmisión de conocimientos. Había gente que sabía hacerlo y gente que estaba aprendiendo.

La minería pudo desarrollarse mediante visitas periódicas de pequeños grupos dispersos por el territorio. Durante determinados momentos se reunirían para trabajar conjuntamente, producir herramientas e intercambiar conocimientos. Casa Montero sería entonces algo más que una mina: un punto de encuentro en un mundo donde las comunidades eran pequeñas y la movilidad seguía teniendo un peso considerable.

La arqueología permite incluso asomarse a esa dimensión social. Excavar cientos de pozos, organizar el acceso al material y coordinar distintas tareas exige acuerdos. No hace falta imaginar una administración neolítica con ventanilla y sello, pero tampoco una suma de individuos actuando por su cuenta. Había cooperación, normas y experiencia acumulada.

El sílex era la tecnología punta de hace 7.000 años

Hoy una piedra de sílex puede parecer poco más que eso, una piedra. Para aquellas comunidades era otra cosa. Era una materia prima estratégica de la que dependía buena parte de su instrumental cotidiano.

Al tallarlo de forma controlada se obtenían láminas y filos empleados en cuchillos, hoces, elementos de proyectil y herramientas destinadas al trabajo de la madera, las pieles o las plantas. En una sociedad que estaba incorporando agricultura y ganadería, disponer de instrumental lítico eficaz tenía una importancia cotidiana difícil de exagerar.

En Casa Montero se elaboraban, entre otros productos, pequeñas láminas de sílex. Parte del proceso se realizaba junto a los propios pozos: se seleccionaba la materia útil, se descartaban fragmentos defectuosos y los residuos terminaban muchas veces rellenando estructuras que ya habían dejado de explotarse.

Esa montaña de desechos es precisamente una bendición para los arqueólogos. Lo que alguien tiró hace siete milenios permite reconstruir gestos, técnicas y decisiones con una precisión sorprendente. Una lasca fallida puede indicar quién estaba aprendiendo; la disposición de los residuos, cómo se organizaba una jornada de trabajo; el carbón atrapado en un pozo, cuándo ocurrió todo aquello.

La M-50 estuvo a punto de pasar por encima

Casa Montero permaneció olvidada durante milenios hasta que una infraestructura del siglo XXI obligó a mirar al subsuelo. El yacimiento fue localizado en 2003, durante las prospecciones arqueológicas realizadas antes de construir la M-50.

La paradoja tiene su gracia. Una carretera concebida para rodear el Madrid contemporáneo permitió encontrar una explotación minera abierta cuando la rueda ni siquiera formaba parte del paisaje peninsular. El desarrollo urbano, tantas veces enemigo de los restos arqueológicos, fue en este caso el motivo de su descubrimiento.

La importancia del hallazgo llevó a modificar el trazado previsto. La carretera se desplazó alrededor de 60 metros para preservar el área con mayor concentración de restos. Después llegaron años de excavaciones, análisis geológicos, dataciones por carbono 14 y estudios tecnológicos que convirtieron Casa Montero en uno de los conjuntos mejor investigados de la minería neolítica europea.

El lugar presenta, además, una secuencia histórica más larga que la propia mina. Se han identificado evidencias correspondientes a otras épocas, desde aprovechamientos del sílex durante el Paleolítico hasta restos de la Edad del Bronce y actividades extractivas posteriores. El cerro funcionó durante milenios como una especie de archivo mineral de Madrid.

Casa Montero entra en el nuevo Madrid de Los Cerros

El interés de Casa Montero no pertenece únicamente a los libros de Prehistoria. Su entorno forma parte de Los Cerros, uno de los grandes desarrollos urbanísticos del sureste de Madrid. Ahí se produce un contraste casi cinematográfico: viviendas, nuevas calles e infraestructuras levantándose sobre un territorio explotado por comunidades neolíticas miles de años antes de que existiera la primera piedra de la ciudad histórica.

La planificación del entorno contempla la protección de los restos arqueológicos y paleontológicos de Casa Montero y del Cerro de la Herradura. El yacimiento convive así con la expansión urbana, aunque su preservación obliga a mantener determinadas zonas libres de alteraciones que puedan dañar el subsuelo. No es un capricho ornamental: bajo unos metros de tierra queda una concentración extraordinaria de minería prehistórica.

La relación entre el barrio que viene y el pasado más remoto ha llegado incluso al callejero. En octubre de 2026, el Ayuntamiento de Madrid aprobó los nombres de 26 nuevas calles de Los Cerros y recuperó varios topónimos históricos de Vicálvaro. Entre ellos figura Calle de Casa Montero.

Hay cierta justicia poética en ello. Después de pasar siete milenios enterrado y de sobrevivir por pocos metros a una autovía, el nombre de aquella mina neolítica terminará escrito en las placas de una calle madrileña.

Un Madrid que empezó mucho antes que sus calles

Casa Montero obliga a modificar una imagen bastante extendida de la Prehistoria del centro peninsular. Los grupos que vivieron aquí durante el Neolítico no se limitaban a recoger piedras de la superficie y convertirlas en herramientas. Excavaban minas, coordinaban trabajos, transmitían técnicas y explotaban recursos de forma planificada.

Todo ello sucedía hacia el 5300 a. C., miles de años antes del Madrid medieval y también mucho antes de Roma. No había Gran Vía ni Puerta del Sol, evidentemente; tampoco había una ciudad esperando a ser fundada. Pero sí había personas que conocían este territorio, sabían dónde se encontraba el mejor sílex y descendían varios metros bajo tierra para conseguirlo.

Ese es quizá el detalle que vuelve a Casa Montero tan peculiar. Madrid suele mirar su historia a través de palacios, iglesias, murallas o edificios públicos. Aquí no hay ninguna fachada monumental. Hay pozos rellenos de tierra, fragmentos de carbón, cerámica, herramientas y millones de restos de talla. Un paisaje industrial de hace más de siete mil años, escondido bajo el sureste de una capital que todavía sigue creciendo sobre su propia prehistoria.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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