Historia
Hallan en Córcega una casa romana del siglo IV excavada en la roca
El hallazgo de una casa romana excavada en la roca de Córcega aporta nuevas pistas sobre un asentamiento costero activo hace unos 1.600 años.
Resumen
- Una casa romana del siglo IV aparece tallada en la roca de Córcega
- El edificio conserva unos 50 metros cuadrados y restos de vida doméstica
- El hallazgo está junto a un desembarcadero tardorromano excavado en 2025
Una excavación arqueológica en Meria, al norte de Córcega, ha sacado a la luz parte de una vivienda de época tardorromana construida en el siglo IV d. C. sobre un pequeño promontorio frente al mar Tirreno. Lo extraordinario no está solo en su antigüedad: sus constructores recortaron directamente la roca de esquisto y la incorporaron a los muros y cimientos de la casa.
El edificio conserva una superficie conocida de al menos 50 metros cuadrados y apareció durante una excavación preventiva realizada por el Instituto Nacional francés de Investigaciones Arqueológicas Preventivas, el Inrap, entre mayo y junio de 2026, antes de la construcción de una vivienda particular. La intervención abarcó unos 150 metros cuadrados y completa una pieza que faltaba: en 2025 los arqueólogos habían encontrado más abajo un pequeño desembarcadero de la Antigüedad tardía.
La relación entre ambas estructuras todavía debe demostrarse con precisión, pero la cercanía, la cronología y los objetos recuperados están cambiando la imagen arqueológica de este rincón del Cap Corse. Donde podía haber una instalación costera aislada empieza a perfilarse algo bastante más interesante: un asentamiento habitado y conectado con el Mediterráneo.
Una vivienda del siglo IV adaptada a la roca
La casa se levantó en la vertiente norte de un promontorio rocoso que domina el arroyo de Meria y la bahía. Los constructores antiguos no allanaron simplemente el terreno para edificar encima. Hicieron algo más elaborado: cortaron el sustrato natural de esquisto, crearon los espacios necesarios para colocar las cimentaciones y reutilizaron esa misma piedra en la obra.
Los cimientos conservados alcanzan al menos tres hiladas y están formados por bloques de esquisto cuidadosamente escuadrados. Algunas piezas fueron dispuestas longitudinalmente y otras de forma perpendicular al paramento, una técnica que proporcionaba consistencia al muro. No parece, por tanto, una construcción improvisada junto al agua.
Conviene hacer una precisión. Hablar de una casa «excavada en la roca» no significa que los romanos vaciaran una cueva y vivieran dentro. Es algo arquitectónicamente más sutil: la roca natural forma parte del edificio. En determinados puntos fue tallada hasta convertirse en prolongación de los propios muros, de modo que arquitectura y terreno terminan casi cosidos uno al otro.
Muros que nacen de la propia montaña
La organización interior también tiene detalles poco corrientes. Los arqueólogos han localizado grandes placas monolíticas de esquisto colocadas verticalmente para dividir algunos ambientes. Esas losas permanecían sujetas mediante piedras de calce y elementos de madera.
Era una manera bastante práctica de trabajar: usar lo que había literalmente bajo los pies. Esquisto para cimentar, levantar y separar estancias, madera para completar la estructura y la propia montaña como pared allí donde resultaba útil. Una arquitectura adaptada al paisaje mucho antes de que la expresión se convirtiera en jerga de catálogo inmobiliario.
El edificio descubierto solo representa la parte alcanzada por la excavación, de modo que sus dimensiones completas y la distribución original todavía no están cerradas. Los datos disponibles permiten distinguir dos grandes sectores, pero sería prematuro reconstruir una planta doméstica completa.
Cerámica, vidrio y una piedra de molino revelan la vida cotidiana
La interpretación como vivienda no depende únicamente de los muros. En las esquinas de diferentes espacios aparecieron pequeñas fosas utilizadas para arrojar restos y objetos relacionados con las actividades cotidianas. Ahí estaba, como tantas veces ocurre en arqueología, la verdadera letra pequeña de la historia: los objetos de uso diario.
Se han recuperado fragmentos de cerámica vinculados a la cocina y al consumo de alimentos, recipientes de vidrio, herramientas de hierro y una piedra de molino o catillus. No son restos monumentales ni piezas concebidas para impresionar en una vitrina. Precisamente por eso resultan valiosos: hablan de comida, utensilios, trabajo y gestos repetidos dentro de una casa hace unos 1.600 años.
El conjunto permite descartar, al menos con los datos disponibles, que se tratara simplemente de un almacén o una estructura auxiliar relacionada exclusivamente con la costa. Allí se desarrollaba vida doméstica. Había recipientes, herramientas y objetos cotidianos; pequeñas huellas materiales de personas de las que probablemente nunca conoceremos el nombre.
Una cubierta de madera y tejas romanas
Dentro del edificio también se han documentado varios agujeros de poste, algunos reforzados con piedras. Los arqueólogos consideran posible que alojaran soportes de madera pertenecientes a la cubierta.
La hipótesis encaja con otro hallazgo abundante en los niveles de abandono: las tegulae, las características tejas planas utilizadas en el mundo romano. Todo apunta a una cubierta sostenida mediante una estructura de madera y protegida, al menos parcialmente, con tejas.
Son detalles aparentemente menores, pero ayudan a reconstruir el edificio por encima de esas pocas hiladas que han sobrevivido. De pronto ya no hay solamente paredes a ras del suelo: aparece una casa romana habitada, con divisiones, techo, recipientes de vidrio, cerámica junto al fuego y una piedra utilizada para moler.
El desembarcadero descubierto en 2025 cambia el hallazgo
La vivienda de Meria sería interesante por sí misma. Su posición respecto al descubrimiento realizado un año antes es lo que abre una incógnita mucho mayor. Durante la campaña de 2025, otra excavación preventiva localizó en la orilla meridional del arroyo una construcción de piedra interpretada como un pequeño acondicionamiento portuario de los siglos IV y V d. C.
La casa descubierta en 2026 se encuentra en una posición superior y muy próxima a esa zona de desembarco. Cronológicamente, ambas pueden pertenecer al mismo periodo. La conexión resulta tentadora: una vivienda arriba, un punto para alcanzar la costa abajo y el mar Tirreno delante. Pero la relación funcional entre las dos estructuras todavía está siendo estudiada.
Lo importante es que dos campañas sucesivas han encontrado elementos complementarios. Ya no se observa únicamente un lugar donde podían atracar pequeñas embarcaciones, sino también un espacio habitado en sus inmediaciones. Eso permite plantear la existencia de un núcleo costero de mayor entidad, quizá un pequeño asentamiento, aunque su naturaleza exacta permanece abierta.
Meria estaba conectada con el comercio mediterráneo
Los objetos encontrados complican todavía más la fotografía. Entre las cerámicas de las campañas de 2025 y 2026 hay producciones características de la Antigüedad tardía poco documentadas en Córcega, junto con materiales importados que muestran contactos con otros puntos del Mediterráneo.
Eso importa. Una casa junto a un pequeño desembarcadero puede parecer un rincón periférico del Imperio romano visto desde un mapa moderno, pero el mar era una vía de comunicación, no una frontera. Mercancías, recipientes, alimentos, personas y técnicas viajaban entre las costas mediterráneas con una intensidad que los objetos arqueológicos permiten reconstruir pieza a pieza.
El yacimiento ha proporcionado también materiales metálicos, vidrio y herramientas de piedra vinculados a diferentes actividades, desde las domésticas y artesanales hasta las relacionadas con la navegación. El estudio detallado de su procedencia permitirá precisar hasta dónde llegaban esas conexiones comerciales.
Hay, además, antecedentes que convierten Meria en un lugar difícil de reducir a una simple vivienda tardía. En el siglo XIX apareció en la zona un elemento de mármol relacionado con una mesa de altar y una inscripción dedicada al emperador Claudio. En 2012 se recuperó asimismo otra pieza marmórea en las aguas de la bahía. Son indicios de una presencia antigua más extensa, aunque por sí solos no permiten dibujar la forma exacta del asentamiento.
Una pequeña casa que agranda el mapa romano de Córcega
Los arqueólogos continúan estudiando tanto los objetos como el paisaje antiguo de Meria. No basta con saber dónde estaban los muros. También interesa reconstruir cómo era entonces la desembocadura del arroyo, dónde terminaba exactamente la costa o qué condiciones naturales rodeaban aquel punto de atraque romano.
Para ello se analizan sedimentos y restos ambientales, incluidos pólenes y moluscos, capaces de revelar cómo evolucionaron el cauce y el litoral. La línea de costa que vemos desde una playa actual no tiene por qué coincidir con la que contemplaron quienes vivieron allí hace dieciséis siglos.
Eso es, quizá, lo más sugerente del hallazgo. La casa excavada en el esquisto no aparece sola. Debajo está el desembarcadero; alrededor, cerámicas importadas y objetos domésticos; frente a ella, el Tirreno. Las piezas empiezan a encajar y Meria emerge como un enclave costero activo durante la Antigüedad tardía, posiblemente más complejo de lo que se había supuesto.
Queda por precisar su extensión, organización y relación exacta con las rutas comerciales, pero la imagen inicial ya tiene bastante fuerza: hace unos 1.600 años, alguien decidió construir aquí aprovechando la propia roca de Córcega. Cocinó, molió alimentos, utilizó vidrio y herramientas, cubrió la casa con tejas y vivió mirando hacia un Mediterráneo intensamente conectado.
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