Historia
Hallan una ventana romana que revela un piso alto en Augusta Raurica
Una ventana romana conservada en Augusta Raurica ayuda a reconstruir un edificio de seis metros y confirma la existencia de una planta superior.
Resumen
- Una ventana romana apareció conservada dentro de un muro derrumbado
- El vano estaba a unos cinco metros y revela una planta superior
- La pared original alcanzaba al menos seis metros de altura
Una ventana romana excepcionalmente conservada ha permitido reconstruir algo que la arqueología rara vez puede ver con tanta claridad: la altura real de un edificio de Augusta Raurica, una de las grandes ciudades romanas de la actual Suiza. El vano apareció dentro de un tramo de pared que se desplomó manteniendo buena parte de su estructura, con restos del marco elaborado con bloques de toba y mortero. Los arqueólogos calculan que aquella pared alcanzaba al menos seis metros de altura y que la ventana se abría a unos cinco metros del suelo, una posición que confirma la existencia de una planta superior.
Hay un matiz importante. No estamos ante una ventana completa como la entenderíamos ahora, con su cristal, hojas y herrajes milagrosamente congelados durante casi dos milenios. El hallazgo corresponde al vano y su marco arquitectónico, preservados dentro de la mampostería caída. Y precisamente ahí está lo extraordinario: el derrumbe conservó suficiente orden entre las piedras como para que los investigadores pudieran leer la antigua fachada casi en vertical, aunque llevase siglos tumbada sobre el terreno. La excavación se realizó en 2022 en Curiastrasse 1 y sus resultados fueron estudiados dentro de las investigaciones de la Insula 20 de Augusta Raurica.
Una pared de seis metros que cayó sin deshacerse
El descubrimiento tuvo lugar en el llamado espacio 1 de la Insula 20, durante una excavación de urgencia desarrollada entre abril y junio de 2022 antes de un proyecto de construcción. Buena parte de este sector de Augusta Raurica ya había sido investigado durante la década de 1960, pero todavía quedaban zonas intactas bajo el suelo moderno. Aquella pequeña parcela terminó proporcionando una fotografía arquitectónica bastante poco corriente.
La pared identificada por los arqueólogos había caído hacia el interior de la habitación conservando las hiladas de mampostería asociadas entre sí. La posición del derrumbe, la distancia respecto al fragmento de muro que seguía en su lugar y el número aproximado de filas de piedra permitieron calcular una altura original mínima de seis metros.
Dentro de ese bloque derrumbado apareció la ventana. Su marco estaba construido con sillares de toba, una roca ligera y manejable muy utilizada en arquitectura, y revestido con mortero. El hueco habría estado situado aproximadamente a cinco metros de altura. No era, por tanto, una pequeña abertura junto al suelo: pertenecía a la zona superior del inmueble.
La ventana que delató un segundo piso
Ese detalle cambia bastante la imagen del edificio. Los cimientos pueden indicar dónde comenzaba una habitación; un muro bajo permite intuir su trazado. Pero encontrar una ventana caída desde semejante altura ofrece algo más raro: información sobre el volumen vertical de la construcción.
La interpretación de los investigadores apunta a que, al menos en su fase constructiva más reciente, esta parte de la Insula 20 contó con un piso superior. La pared no solo era considerablemente alta, sino que el propio vano demuestra que había espacios arquitectónicos varios metros por encima de la cota de circulación de la planta baja.
Es uno de esos casos en los que la arqueología trabaja casi como si alguien hubiese volcado una casa de lado. La fachada perdió su verticalidad, sí, pero no toda su sintaxis. Entre las piedras quedó atrapada la geometría del edificio romano.
La Insula 20 estaba en pleno corazón de la ciudad romana
La posición del edificio tampoco era secundaria. La Insula 20 ocupaba una zona privilegiada de Augusta Raurica, muy cerca del foro y de la curia, el edificio asociado al gobierno municipal. El complejo incluía una construcción con peristilo —un patio rodeado de columnas, característico de residencias de cierto rango— y otra zona vinculada a actividades comerciales o productivas.
La historia del lugar había comenzado mucho antes de aquella ventana. Las primeras construcciones de la manzana fueron probablemente de madera, entre finales del siglo I a. C. y comienzos del I d. C. Durante el siglo I, aquellas edificaciones fueron sustituyéndose progresivamente por arquitectura de piedra. Las excavaciones posteriores han permitido seguir especialmente bien la evolución de este sector entre los siglos II y III.
No existe, sin embargo, una fecha exacta que permita afirmar que la ventana fue instalada en un año concreto. El hallazgo se encuadra en las fases de construcción pétrea y se relaciona con una de las últimas ampliaciones arquitectónicas del inmueble. Hablamos, en cualquier caso, de una estructura plenamente romana imperial, anterior al abandono progresivo de esta zona durante el siglo III.
Por qué sobrevivió algo que normalmente desaparece
Las ciudades antiguas tienen una costumbre poco romántica: se reciclan. Cuando un edificio queda abandonado, los muros se convierten en canteras improvisadas; desaparecen sillares, tejas, columnas, metales y cualquier elemento capaz de tener una segunda vida. Augusta Raurica no fue una excepción y buena parte de sus construcciones sufrió la reutilización de materiales.
La propia Insula 20 atravesó ese proceso. Durante la crisis del siglo III, grandes zonas urbanas fueron quedando desocupadas y el complejo terminó deteriorándose. Los arqueólogos han documentado señales de extracción sistemática de piedras y otros materiales constructivos que podían aprovecharse en nuevas obras.
Por eso importa tanto que parte de aquel muro se precipitara conservando sus piedras unidas. Un muro todavía en pie puede ser desmontado piedra a piedra. Uno desplomado y enterrado queda, paradójicamente, mejor protegido. La destrucción del edificio terminó funcionando como una cápsula arqueológica.
Y aquí aparece una diferencia esencial frente a muchos hallazgos de arquitectura doméstica romana. Habitualmente quedan cimentaciones y las primeras hiladas. Son magníficas para dibujar planos, pero bastante menos elocuentes cuando se intenta saber cómo era una fachada, dónde comenzaba el piso superior o a qué altura se abrían sus ventanas.
No es una ventana con el cristal romano intacto
La imagen resulta tan poderosa que merece eliminar una posible confusión. Lo conservado es una abertura de ventana con su marco constructivo integrada en el muro derrumbado; el hallazgo no corresponde a una ventana completa que mantenga en su sitio un panel de vidrio, hojas de madera y herrajes.
Los romanos sí utilizaron vidrio arquitectónico. Las hojas destinadas a cerrar ventanas se extendieron por el Imperio desde época romana imperial y también se conocen ejemplos en asentamientos de la actual Suiza. Eran piezas muy distintas del cristal perfectamente transparente de una vivienda contemporánea: podían ser más gruesas, presentar tonos azulados o verdosos y dejar pasar la luz con una transparencia limitada.
Pero una cosa es conocer ese uso general y otra colocar hipotéticamente un cristal donde la excavación no lo ha demostrado. En Augusta Raurica, lo extraordinario y documentado es la propia arquitectura de la ventana y la posición que ocupaba dentro de la pared.
Augusta Raurica conserva paredes que Roma suele perder
El hallazgo encaja con una característica que ha convertido Augusta Raurica en un enclave especialmente valioso para estudiar la arquitectura romana al norte de los Alpes. Su extensión arqueológica conserva edificios domésticos, calles y monumentos públicos, además de instalaciones artesanales y sucesivas fases de ocupación que permiten seguir la transformación de la ciudad durante siglos.
No es siquiera el único caso excepcional de una ventana conservada en el yacimiento. Excavaciones realizadas en otros sectores de Augusta Raurica han documentado paredes de varios metros de altura y aberturas pertenecientes a edificios romanos, una clase de conservación poco habitual porque las estructuras verticales suelen desaparecer con los siglos.
La ventana de la Insula 20 aporta otra clase de información. Al haber caído el muro manteniendo su organización, es posible devolver mentalmente cada elemento a su posición original. Cinco metros hacia arriba, la ventana; algo más arriba, el remate de una pared que alcanzaba al menos seis. Debajo, habitaciones, suelos y personas moviéndose por una ciudad romana junto al Rin.
La altura que devolvió una pared caída
Los grandes hallazgos arqueológicos no siempre brillan como una moneda de oro ni llegan envueltos en mármol. A veces son simplemente un hueco entre piedras. Y ese hueco basta para reconstruir una parte del paisaje urbano perdido.
La ventana romana de Augusta Raurica permite recuperar una dimensión que los yacimientos suelen perder: la altura de los edificios. Donde actualmente vemos muros cortados casi a ras de suelo hubo fachadas de varios metros, pisos superiores, habitaciones iluminadas y construcciones bastante más complejas de lo que su esqueleto arqueológico deja imaginar.
El derrumbe destruyó aquella construcción, pero dejó atrapado su diseño. Cerca de dos milenios después, una pared tumbada todavía conserva la posición de una ventana abierta a unos cinco metros sobre el antiguo suelo. Poco material, mucha información. Así funciona, cuando hay suerte, la arqueología.
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