España
El auge de la ignorancia y el falso prestigio del pensamiento crítico
Redes sociales, sesgos y desconfianza hacia los expertos alimentan una cultura donde opinar con seguridad puede pesar más que conocer los hechos.
Resumen
- Cuestionarlo todo no equivale a pensar mejor ni a ejercer pensamiento crítico
- Sesgos, redes y desconfianza pueden convertir la ignorancia en falsa autoridad
- España lee más, pero distinguir evidencia, opinión y ruido sigue siendo difícil
Hay una frase que se ha convertido en contraseña de nuestro tiempo: «demuéstrame que es cierto». Pronunciada con rigor, es una de las mejores herencias de la Ilustración. La ciencia, el periodismo serio, la justicia y cualquier sociedad democrática razonable viven precisamente de eso: pedir pruebas, contrastar afirmaciones y desconfiar de las certezas demasiado cómodas. El problema empieza cuando la exigencia de pruebas deja de ser un método para averiguar qué es verdad y se convierte en una técnica para no aceptar nunca ninguna verdad incómoda.
No estamos exactamente ante una epidemia de estupidez ni ante una repentina desaparición de la cultura. El fenómeno es más sofisticado, y también más inquietante. Sociología, psicología y filosofía llevan años describiendo distintas piezas de un mismo paisaje: desconfianza hacia la autoridad intelectual, sobrevaloración del propio conocimiento, dificultad para distinguir entre evidencia y opinión, repetición masiva de falsedades y un ecosistema digital donde una explicación de veinte segundos puede competir, en apariencia, con veinte años de investigación. En la pantalla todo ocupa el mismo rectángulo. Ése es parte del problema.
España ofrece una paradoja reveladora. Una gran mayoría de ciudadanos reconoce estar preocupada por distinguir lo verdadero de lo falso en internet, mientras la confianza en las noticias permanece en niveles bajos. Al mismo tiempo, las redes sociales, las plataformas de vídeo y los sistemas de recomendación pesan cada vez más en la dieta informativa. No falta información. Más bien sobra información sin jerarquía, contexto ni paciencia para digerirla.
La duda ha dejado de ser método y a veces se convierte en identidad
El pensamiento crítico empieza dudando, pero no puede terminar ahí. Ésa es la diferencia elemental que suele perderse en la conversación pública. Una persona razonablemente escéptica pregunta qué pruebas existen, examina su calidad y está dispuesta a modificar su posición. El escéptico radicalizado, en cambio, exige una demostración infinita y desplaza continuamente la portería.
Se aporta un estudio: está comprado. Se presentan diez: pertenecen al sistema. Habla una universidad: responde a intereses. Comparece un investigador: vive de ello. Se muestran datos oficiales: los ha fabricado el Gobierno. Los datos son internacionales: entonces los manipulan organismos globales. El proceso puede continuar eternamente porque ya no se está buscando una evidencia suficiente. Se está construyendo un mundo en el que ninguna evidencia contraria puede ser admitida.
Ahí aparece una confusión muy contemporánea: creer que cuestionarlo todo equivale a pensar por uno mismo. No necesariamente. También puede ser una manera bastante cómoda de evitar el esfuerzo que supone pensar de verdad.
La duda intelectual auténtica cuesta. Obliga a leer, comparar, soportar contradicciones, reconocer incertidumbres y comprobar dónde termina lo que sabemos. La duda teatral sale bastante más barata: una ceja levantada, un «eso lo dirás tú» y quizá un vídeo encontrado durante la sobremesa. Desconfiar no es analizar, aunque en las redes ambas cosas puedan adoptar exactamente la misma pose.
La sociología observa una autoridad del conocimiento cada vez más plana
Las sociedades modernas dependen inevitablemente de la especialización. Nadie puede dominar medicina, climatología, ingeniería, derecho tributario, estadística, física nuclear, historia medieval y seguridad informática antes de desayunar. Vivimos gracias a una inmensa división social del conocimiento.
Eso significa que buena parte de lo que sabemos procede del testimonio fiable de otras personas. No hemos medido personalmente la distancia entre la Tierra y el Sol, secuenciado nuestro ADN ni repetido en casa los ensayos clínicos de cada medicamento. Confiamos, con distintos grados y controles, en comunidades especializadas capaces de producir conocimiento, discutirlo y corregirse. La credibilidad no debería equivaler a obediencia ciega, pero tampoco puede reducirse a empezar de cero ante cada asunto.
Internet introdujo una transformación enorme: democratizó el acceso a la información, algo formidable, y al mismo tiempo aplanó muchas señales tradicionales de autoridad. En la misma pantalla aparece un epidemiólogo que lleva 25 años investigando virus y alguien que leyó tres hilos la noche anterior. El diseño no muestra años de laboratorio, revisión académica ni bibliografía. Muestra dos vídeos del mismo tamaño.
Ahí prospera una forma nueva de autoridad: la persona que parece experta porque habla con seguridad, acumula seguidores o domina el lenguaje de una plataforma. Un creador puede alcanzar prestigio hablando de viajes y acabar opinando con idéntica autoridad aparente sobre nutrición, guerras o vacunas. No siempre hay engaño consciente. El problema es más sencillo: la notoriedad viaja mejor que la competencia.
El extraño prestigio de parecer independiente
A esto se suma un cambio cultural. La experiencia puede despertar sospechas precisamente porque implica pertenecer a alguna institución: universidad, hospital, medio de comunicación, administración o empresa científica. El desconocido que habla desde su coche, paradójicamente, puede parecer más fiable porque no exhibe vínculos visibles. Se confunde así ausencia de credenciales con ausencia de intereses.
El antiintelectualismo tampoco nació con TikTok. Tiene una historia larga y suele enfrentar el conocimiento especializado con un supuesto sentido común puro, incorruptible y popular. La novedad está en la escala, la velocidad y la capacidad de transformar el rechazo al experto en identidad, comunidad y entretenimiento. La hostilidad al conocimiento establecido puede incluso presentarse como una prueba de autenticidad.
Sería demasiado sencillo atribuir esa actitud a una sola ideología. La soberbia intelectual cambia de camiseta con facilidad. Puede aparecer a derecha, izquierda o en territorios donde la política importa poco. Lo común es otra cosa: la convicción de que la intuición propia merece un privilegio especial frente a los datos que la contradicen.
La psicología explica por qué saber poco puede parecer saber bastante
La explicación popular suele despacharse con dos palabras: efecto Dunning-Kruger. Conviene manejarlo con cuidado. Internet lo ha convertido casi en un insulto clínico para llamar ignorante al contrario, lo que tiene cierta ironía. La idea útil es más sobria: para evaluar correctamente nuestra propia competencia necesitamos, hasta cierto punto, conocimientos que permitan reconocer nuestros límites.
Quien desconoce un campo puede tener dificultades no sólo para resolver un problema, sino también para advertir dónde termina aquello que sabe. Pero la realidad no permite una caricatura tan cómoda como imaginar que todos los menos informados se creen genios. Hay personas prudentes con pocos conocimientos y especialistas extraordinariamente arrogantes. El punto interesante está en la sobreconfianza: sentirse más seguro de lo que permiten las evidencias disponibles.
Nuestro cerebro tampoco funciona como una pequeña academia de ciencias. Usa atajos. Recuerda mal, completa huecos, selecciona información compatible con ideas previas y confunde con facilidad familiaridad con verdad. Uno de los mecanismos mejor conocidos es el efecto de verdad ilusoria: una afirmación repetida puede empezar a parecernos más cierta simplemente porque resulta más familiar.
Ahí las redes poseen una ventaja formidable. No necesitan convencer en el primer impacto. Basta con que una frase vuelva. La vemos en un vídeo, luego en un comentario, después en una captura, al día siguiente en un grupo de mensajería y finalmente en boca de alguien conocido. La quinta aparición ya no llega como extraña. Tiene el tacto mental de algo que «se lleva diciendo mucho tiempo». La repetición adquiere apariencia de consenso.
El algoritmo, por supuesto, no necesita creer en nada. Le basta con detectar aquello que retiene nuestra atención. La indignación, el miedo, la sorpresa y las afirmaciones contundentes funcionan especialmente bien. Una explicación llena de matices suele avanzar con botas de montaña; una falsedad brillante circula en patinete eléctrico. La velocidad favorece al mensaje simple.
La filosofía lleva siglos recordando que dudar también tiene reglas
El escepticismo filosófico nunca consistió simplemente en negar. Sócrates convirtió el reconocimiento de la propia ignorancia en una forma de inteligencia porque admitir «no sé» abría la investigación. Descartes llevó la duda hasta extremos radicales para intentar reconstruir después un suelo firme. La ciencia moderna heredó esa duda metódica, no un nihilismo donde cualquier afirmación vale exactamente lo mismo.
Hay una diferencia enorme entre «puedo estar equivocado» y «nadie puede saber nada». La primera idea expresa humildad intelectual. La segunda, llevada hasta sus últimas consecuencias, destruye las propias condiciones que permiten discutir, demostrar o aprender.
Incluso quien proclama que no confía en nadie confía constantemente. Confía en quien diseñó su teléfono, en el piloto del avión, en el laboratorio que analizó su sangre, en el arquitecto del puente y en la etiqueta que asegura que una botella contiene agua. Una sociedad compleja no puede verificar personalmente cada conocimiento. La cuestión adulta no consiste en eliminar la confianza, sino en saber dónde depositarla y qué controles exigir.
Ahí está también el límite del «demuéstramelo». Pedir demostraciones es razonable. Exigir certeza matemática para aceptar unas afirmaciones mientras se cree cualquier cosa favorable a la propia intuición constituye otra cosa: una doble vara para juzgar las pruebas.
España lee más: el problema no cabe en el tópico de que nadie abre un libro
Resulta tentador explicar todo esto culpando a la desaparición de los libros. Los datos españoles estropean esa explicación. El 66,2 % de la población leyó libros por ocio en 2025, el porcentaje más alto de la serie reciente, mientras entre los jóvenes de 14 a 24 años la cifra alcanzó el 76,9 %. El porcentaje de quienes nunca o casi nunca leen también ha seguido bajando.
Así que lectura e ignorancia no pueden medirse con la misma regla. Se puede leer mucho y escoger sólo textos que confirman lo que uno ya piensa. Se puede tener estudios superiores y razonar de manera tribal. También se puede conocer extraordinariamente bien una disciplina y opinar con temeridad sobre otra.
El problema contemporáneo quizá sea menos la ausencia absoluta de información que la pérdida de profundidad, contexto y jerarquía. Una dieta compuesta por cientos de fragmentos puede dejar una gran sensación de familiaridad con un asunto sin proporcionar un conocimiento equivalente.
Sabemos «algo» sobre Ucrania, inteligencia artificial, inflación, nutrición, inmigración, vacunas, energía nuclear, Oriente Próximo o psicología infantil porque todos esos asuntos cruzaron nuestra pantalla durante la semana. Otra cosa es saber cuánto sabemos. Ésa es una diferencia pequeña en apariencia y enorme en la práctica: estar expuesto a un tema no equivale a comprenderlo.
El ecosistema informativo refuerza esa ilusión. Las redes sociales y plataformas de vídeo ganan peso como puerta de entrada a las noticias mientras la confianza general en la información permanece dañada y crece la preocupación por la desinformación. Tenemos más ventanas abiertas, sí, pero cada vez cuesta más acordar qué paisaje estamos mirando.
Cuando la opinión pesa tanto como la evidencia
El auge de la ignorancia no consiste en que de repente todo el mundo sepa menos. Consiste en algo más extraño: la distancia entre conocimiento y confianza se ha vuelto difícil de percibir. Una persona puede expresarse con una seguridad extraordinaria sobre algo que apenas conoce, mientras otra, mucho más preparada, introduce reservas, probabilidades y matices. En internet, la segunda puede parecer dubitativa y la primera, convincente.
Antes, equivocarse podía resultar embarazoso. En ciertas zonas de la conversación digital, rectificar parece peor. Cambiar de opinión se interpreta como debilidad, mientras sostener una certeza contra veinte evidencias puede presentarse como valentía. Así, la arrogancia adquiere el disfraz del inconformismo.
Eso no convierte al experto en sacerdote ni obliga a aceptar mansamente cualquier consenso. Los expertos se equivocan. Las instituciones protegen intereses. La prensa comete errores. La ciencia rectifica precisamente porque su conocimiento es provisional. Una democracia necesita ciudadanos capaces de preguntar, impugnar y exigir cuentas. Pero existe una frontera decisiva: el pensamiento crítico admite la posibilidad de ser convencido.
Cuando ninguna prueba basta, ninguna fuente merece confianza, todo dato contrario está manipulado y cualquier intuición propia posee más valor que años de evidencia acumulada, ya no estamos ante pensamiento crítico. Estamos ante una certeza blindada que ha aprendido el vocabulario de la duda.
Quizá ése sea uno de los rasgos más peculiares de nuestra época: jamás habíamos tenido tanto conocimiento humano a unos centímetros de los dedos y, sin embargo, pocas veces había resultado tan sencillo construir una habitación informativa en la que nunca entra una idea que contradiga la nuestra. La abundancia de información no garantiza conocimiento; a veces sólo produce más materiales para decorar nuestros prejuicios.
La ignorancia siempre ha existido. Lo nuevo es que dispone de conexión rápida, audiencia, métricas y, algunas tardes, una seguridad verdaderamente admirable.
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