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Felipe González votará en blanco el 29N y cuestiona al PSOE de Sánchez

Felipe González confirma que votará en blanco el 29N: no se siente representado por el PSOE de Sánchez ni ve una alternativa de país sólida.

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Felipe González con Bonilla

Resumen

  • Felipe González confirma que votará en blanco en las elecciones del 29N
  • No se siente representado por el PSOE ni ve una alternativa sólida en la derecha
  • El voto en blanco es válido y cuenta para calcular el umbral electoral

Felipe González votará en blanco en las elecciones generales del próximo 29 de noviembre. El expresidente del Gobierno ha confirmado en Málaga una decisión que llevaba meses dejando entrever: no apoyará al PSOE de Pedro Sánchez, pero tampoco trasladará su voto al PP, Vox ni a otra formación. Su diagnóstico es bastante más incómodo para todos. Dice no encontrar una opción política que le represente ni un proyecto de país alternativo que merezca su papeleta.

No es, por tanto, el salto de un histórico socialista hacia la derecha ni una llamada a la abstención. González acudirá a las urnas y depositará un voto válido, pero sin candidatura. Una forma deliberadamente visible de expresar lo que él mismo ha definido como una “carencia de representación”. El gesto tiene un valor electoral limitado; políticamente, en cambio, contiene dinamita suficiente para agitar una precampaña que apenas empieza.

El anuncio llega a poco más de cinco semanas de unas elecciones anticipadas convocadas para el 29N después de la disolución de las Cortes. La campaña arrancará oficialmente el 13 de noviembre y terminará el día 27, con casi 38,7 millones de electores llamados a votar. González, presidente del Gobierno entre 1982 y 1996 y una de las figuras que explican la historia contemporánea del PSOE, llegará a esa cita como militante socialista pero sin escoger la papeleta socialista. La imagen tiene algo de paradoja y bastante de época.

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González convierte su desencanto en voto en blanco

El expresidente hizo pública su decisión durante un coloquio empresarial celebrado este jueves en Málaga. Su crítica no se limitó al liderazgo de Pedro Sánchez. González sostuvo que no se siente representado por el comportamiento del PSOE actual, pero tampoco por una derecha cuya propuesta, a su juicio, parece concentrarse demasiado en “echar a Sánchez” y demasiado poco en explicar qué España pretende construir después.

Ahí está probablemente la parte más relevante de su intervención. González lleva años enfrentado políticamente a Sánchez, pero esta vez no ofreció a la oposición el cómodo refugio del enemigo de mi enemigo. Su reproche alcanza a ambos lados del tablero: al Gobierno por determinadas decisiones adoptadas durante la legislatura y al bloque conservador por no haber articulado, según su criterio, una alternativa nacional suficientemente reconocible.

Es una posición extraña en tiempos de trincheras, cuando la política española suele exigir adhesiones como quien pasa lista en un colegio. González elige otra cosa: quedarse dentro del colegio y entregar el examen en blanco.

Su decisión tampoco aparece de la nada. Ya en febrero había advertido de que, si Pedro Sánchez volvía a ser candidato, prefería votar en blanco antes que respaldar unas siglas distintas del PSOE. Entonces aquello podía interpretarse como una advertencia interna, incluso como una manera particularmente felipista de presionar al partido. Con las elecciones ya convocadas y Sánchez nuevamente al frente de la candidatura socialista, la hipótesis se ha convertido en compromiso público.

El choque con el PSOE viene de lejos

La distancia entre González y la actual dirección socialista no es nueva. La última conversación conocida entre el expresidente y Sánchez se remonta al Congreso Federal del PSOE celebrado en Valencia en 2021, y desde entonces las discrepancias públicas se han multiplicado. González ha cuestionado los pactos parlamentarios del Gobierno, la amnistía, la estrategia territorial y, más recientemente, el funcionamiento institucional durante el final de la legislatura.

A comienzos de octubre volvió a marcar distancias con Sánchez, pero también con Alberto Núñez Feijóo. Reprochó al presidente del Gobierno que pusiera en cuestión la representatividad del Parlamento después de perder votaciones relevantes y censuró al PP por sembrar sospechas sobre el sistema electoral y el voto por correo. No estaba repartiendo equidistancia con regla y compás; estaba señalando dos comportamientos que, en su opinión, deterioran la legitimidad institucional desde posiciones distintas.

Ese doble reproche ayuda a entender por qué González ha terminado en el voto en blanco. Su conflicto ya no consiste únicamente en que el PSOE actual no sea el PSOE que él dirigió —algo bastante inevitable después de medio siglo—, sino en que tampoco encuentra fuera una alternativa que considere suficientemente sólida. El viejo bipartidismo murió hace tiempo; algunos de sus protagonistas parecen seguir buscando entre los escombros una política reconocible.

Vivienda y presupuestos, dos reproches especialmente duros

González ha sido particularmente crítico con la aprobación de medidas sobre vivienda a través de la Diputación Permanente una vez disueltas las Cortes. En Málaga aseguró que ese procedimiento le “abochorna” y lo calificó de antidemocrático por considerar que fuerza las reglas de funcionamiento institucional al final de la legislatura.

También señaló como uno de los grandes errores del Gobierno haber encadenado varios ejercicios sin aprobar nuevos Presupuestos Generales del Estado. Su argumento tiene una carga política evidente: un Ejecutivo puede gobernar jurídicamente con unas cuentas prorrogadas, pero hacerlo durante años erosiona, según González, la capacidad de presentar un programa económico actualizado y someterlo al control parlamentario.

No es una crítica inédita. El expresidente lleva tiempo recuperando contra Sánchez algunos de los argumentos que el propio Sánchez utilizó en su etapa de oposición frente a Mariano Rajoy. González lo resume con ironía: sostiene que él continúa diciendo lo mismo mientras quien ha cambiado de posición es el actual presidente. Política española en estado puro; las hemerotecas, a diferencia de los militantes, no suelen guardar disciplina de partido.

Tampoco concede un cheque en blanco a la derecha

Sería fácil interpretar el distanciamiento de González del PSOE como una aproximación automática al PP. Sus últimas intervenciones desmienten esa lectura.

El expresidente ha reprochado a Feijóo y a otros dirigentes populares sus dudas sobre el voto por correo y ha defendido expresamente la fiabilidad del sistema electoral español. También considera insuficiente una alternativa política construida esencialmente alrededor del rechazo a Sánchez. Para González, sacar a un presidente de La Moncloa puede ser un objetivo electoral; no equivale a un proyecto de país.

La observación llega, además, cuando las encuestas dibujan un escenario complicado para el PSOE. El promedio de sondeos elaborado por RTVE situaba el 20 de octubre al PP alrededor del 31,5% de los votos y 135 escaños, al PSOE en torno al 26,8% y 106 diputados y a Vox cerca del 18,7% y 65 escaños. Esa proyección otorgaría una mayoría absoluta holgada a PP y Vox. El CIS ofrece, sin embargo, una fotografía radicalmente distinta y coloca al PSOE por delante, una divergencia que aconseja mirar cualquier pronóstico con la prudencia habitual de las campañas electorales.

González se coloca fuera de esa batalla sin abandonar las urnas. No pide votar al adversario, no anuncia campaña contra Sánchez y tampoco pretende convertir su decisión personal en plataforma política. Su papeleta estará vacía. El mensaje, obviamente, no.

Qué significa realmente votar en blanco el 29N

El voto en blanco no es lo mismo que abstenerse ni que emitir un voto nulo. En las elecciones generales españolas se considera voto válido el sobre del Congreso que no contiene ninguna papeleta; en el Senado, una papeleta en la que no se haya marcado ningún candidato. Se contabiliza en el escrutinio y forma parte del total de votos válidamente emitidos.

Eso tiene una pequeña consecuencia matemática. Para entrar en el reparto de escaños del Congreso, una candidatura necesita alcanzar al menos el 3% de los votos válidos emitidos en su circunscripción. Como los votos en blanco forman parte de ese total, un aumento significativo eleva ligeramente el número de votos necesario para superar el umbral. En la práctica, salvo concentraciones extraordinarias de voto en blanco, su influencia sobre el reparto suele ser reducida.

Su significado político es distinto. Quien se abstiene puede hacerlo por desinterés, imposibilidad, protesta o simple indiferencia; el voto en blanco deja constancia de que el elector ha querido participar pero ha rechazado las candidaturas disponibles. No ocupa escaños vacíos —un mito recurrente— ni resta directamente diputados al partido ganador. Cuenta, sencillamente, como voto válido sin destinatario.

En el caso de González, ese matiz importa. No está abandonando el proceso electoral, sino utilizándolo para formular una objeción. Y tratándose de alguien que dirigió el PSOE durante más de dos décadas y presidió cuatro gobiernos consecutivos, la objeción resuena bastante más que la de un elector anónimo.

Un expresidente frente al partido que construyó

La relación entre Felipe González y el PSOE actual tiene una dimensión que va más allá de la pelea cotidiana. González encabezó la transformación del socialismo español durante la Transición, llevó al partido a la mayoría absoluta de 1982 y gobernó España durante casi catorce años. Su PSOE tampoco fue una pieza inmóvil: abandonó el marxismo, abrazó plenamente la socialdemocracia europea, pilotó la integración comunitaria y terminó sufriendo desgaste, escándalos y una derrota electoral. Historia, no estampita.

Precisamente por eso sus críticas provocan reacciones tan intensas dentro del partido. Para una parte del socialismo, González conserva la autoridad de quien construyó la organización que convirtió al PSOE en fuerza central de gobierno. Para otra, representa una generación cuya España, cuyos equilibrios políticos y hasta cuyo electorado ya no existen. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, aunque la conversación pública prefiera normalmente escoger solo una.

Pedro Sánchez ha edificado buena parte de su liderazgo precisamente sobre una autonomía muy marcada respecto a los antiguos centros de poder socialistas. La ruptura generacional y política está a estas alturas bastante consolidada. Que González vote en blanco no la crea; simplemente la convierte en una imagen electoral difícil de ignorar.

El 29N convierte una vieja discrepancia en una papeleta

Felipe González no decidirá las elecciones generales con su voto. Tampoco pretende hacerlo. Pero su anuncio condensa una fractura política que lleva años creciendo dentro del espacio socialista: un expresidente del PSOE acudirá a las urnas sin votar al PSOE porque considera que el partido ya no le representa, mientras rechaza igualmente las alternativas que ofrecen sus adversarios.

El 29 de noviembre su sobre llegará vacío a la urna. Alrededor de él, en cambio, habrá bastante contenido: el enfrentamiento con Sánchez, la crítica a una oposición que juzga insuficiente, el debate sobre las instituciones y una incomodidad evidente para las grandes formaciones. En una campaña construida para escoger entre bloques, uno de los políticos que ayudó a levantar el sistema democrático contemporáneo ha decidido que ninguno merece su papeleta.

No es una revolución electoral. Es algo quizá más molesto para los partidos: un voto válido que no pertenece a nadie.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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