Economía
El gas en la UE sube un 177% y alcanza los 89 euros/MWh por la crisis
El precio del gas en Europa alcanza unos 89 euros/MWh tras subir un 177%, mientras la UE afronta el invierno con reservas inferiores a lo habitual.
Resumen
- El gas europeo se dispara un 177% desde febrero y roza los 89 euros/MWh
- La UE afronta el invierno con depósitos claramente por debajo de lo habitual
- Europa tiene más rutas de suministro, pero paga otra vez precios de crisis
El precio del gas vuelve a convertirse en uno de los termómetros más incómodos de Europa. La cotización de referencia en la Unión Europea se ha disparado un 177% desde el inicio de la crisis en Oriente Medio, hasta situarse este 22 de octubre en torno a los 89 euros por megavatio hora (MWh). El mercado está pagando, otra vez, la factura de una geopolítica que queda a miles de kilómetros pero termina entrando por la cocina de casa.
El repunte no es una oscilación menor. Supone prácticamente triplicar el precio del gas desde febrero, cuando comenzó la escalada militar con Irán, y devuelve a Europa a niveles que parecían reservados para los momentos más tensos de la crisis energética. El petróleo sigue una trayectoria semejante: ronda los 111 dólares por barril, alrededor de un 54% más que a finales de febrero.
Hay, sin embargo, una diferencia importante respecto a 2022. La UE dispone de más terminales para recibir gas natural licuado, ha diversificado proveedores y consume menos gas que antes de la invasión rusa de Ucrania. No existe por ahora una alarma inmediata de desabastecimiento. Eso no convierte el invierno en cómodo: los depósitos llegan menos llenos, el gas importado es caro y cada sobresalto en Oriente Medio vuelve a mover las pantallas de negociación en cuestión de minutos.
El TTF vuelve a niveles de crisis, aunque lejos del récord de 2022
La referencia fundamental para entender el precio del gas europeo es el TTF neerlandés, el principal mercado mayorista del continente. Su cotización sirve de brújula para contratos, compras de energía y expectativas sobre cuánto costará abastecer Europa durante los meses siguientes.
Ese precio se mueve alrededor de los 87-89 euros/MWh, dependiendo del momento de negociación y del contrato tomado como referencia. Es una cifra extraordinariamente alta para los estándares anteriores a las sucesivas crisis energéticas de esta década, aunque todavía está muy lejos del pánico vivido tras la invasión rusa de Ucrania.
En agosto de 2022, el TTF llegó a alcanzar alrededor de 311 euros/MWh. Aquel episodio fue otra liga: Rusia reducía los flujos de gas hacia Europa, los países competían por rellenar depósitos antes del invierno y el mercado llegó a descontar escenarios extremos de escasez. El récord funciona como una comparación útil, pero también engañosa. Que el precio actual no sea de 311 euros no significa que 89 euros sean baratos. Ni de lejos.
De hecho, el salto de 2026 tiene una particularidad preocupante: Europa había construido buena parte de su nueva seguridad energética precisamente sobre el gas natural licuado, el GNL, transportado en grandes metaneros desde proveedores internacionales. Esa red ofrece más flexibilidad que depender casi exclusivamente de gasoductos rusos, pero también expone al continente a un mercado mundial en el que Europa compite con Asia por los mismos cargamentos.
La crisis con Irán golpea el punto débil del mercado energético
La explicación del encarecimiento está en el mapa. El conflicto en Oriente Medio ha alterado el tráfico energético alrededor del estrecho de Ormuz, paso estratégico entre el golfo Pérsico y el océano Índico por el que circula una parte esencial de las exportaciones mundiales de petróleo y gas.
Las restricciones al tráfico y los problemas de producción y exportación de los grandes suministradores del Golfo han reducido la oferta disponible de GNL. Europa puede comprar más gas en otros mercados, sí, pero esos cargamentos no aparecen por arte de magia. Hay capacidad limitada, contratos cerrados de antemano y compradores asiáticos dispuestos también a pagar precios elevados.
Las importaciones asiáticas de GNL han vuelto a aumentar pese al fuerte encarecimiento del combustible, mientras Europa trata de asegurarse suministro para atravesar el invierno. Esa competencia internacional por los cargamentos es decisiva: un metanero puede cambiar de destino cuando otro comprador ofrece mejores condiciones. El gas, a diferencia de un gasoducto, tiene ruedas —o casi—.
El mercado supera incluso algunos escenarios adversos de Bruselas
La velocidad del encarecimiento resulta aún más llamativa al compararla con las hipótesis que manejaba la propia Comisión Europea unos meses atrás. En mayo, su Centro Común de Investigación estudió qué ocurriría si la crisis de Oriente Medio se prolongaba y el tránsito energético por Ormuz se recuperaba lentamente.
En aquel escenario adverso se contemplaba que el gas europeo pudiera rondar los 80 euros/MWh durante el último trimestre de 2026. La cotización ha terminado superando esa referencia. Aquel ejercicio no era una predicción del precio exacto, sino una simulación económica, pero sirve para medir la magnitud del cambio: lo que hace pocos meses aparecía como una hipótesis severa ya forma parte del paisaje real del mercado.
Y eso importa más allá de la energía. El gas sigue participando en la formación de los precios eléctricos de numerosos países y constituye una materia prima esencial para la industria: química, cerámica, vidrio, fertilizantes y numerosos procesos productivos dependen de él. Cuando esa energía se encarece, el golpe puede acabar recorriendo toda la cadena hasta llegar al consumidor.
Europa llega al invierno con los depósitos más bajos de lo habitual
El precio sería menos inquietante si Europa tuviera los almacenes rebosantes. No es el caso. Las reservas comunitarias se encuentran aproximadamente en torno al 75% de su capacidad, claramente por debajo de los niveles habituales de los últimos años a estas alturas del calendario.
Bruselas sostiene que el sistema europeo dispone de suficiente flexibilidad para afrontar el invierno gracias a la diversificación del suministro, la capacidad para importar GNL y la reducción de la demanda. El matiz es importante. Europa no está diciendo que sobre gas; está diciendo que, con las condiciones actuales, puede cubrir el consumo. Son cosas distintas.
Un invierno relativamente suave permitiría administrar los depósitos sin demasiadas tensiones. Una sucesión prolongada de olas de frío aumentaría rápidamente el consumo de calefacción y obligaría a comprar más GNL en el mercado internacional. Y cuanto más gas tenga que comprarse cuando todos quieren comprarlo, más caro sale. Economía elemental, versión metanero.
No hay riesgo inmediato de suministro, pero el margen se estrecha
Bruselas insiste en que la situación no reproduce la emergencia de 2021 y 2022. Europa ha ganado capacidad de regasificación, dispone de más rutas de entrada y ha reducido estructuralmente parte de su demanda. La infraestructura actual permite absorber mayores importaciones de GNL y compensar unos depósitos menos llenos.
Pero el colchón es menor. Y los mercados no esperan a que falte físicamente una molécula de gas para ponerse nerviosos. Los precios incorporan por adelantado el riesgo de que una interrupción dure más de lo previsto, aparezca una ola de frío o Asia incremente sus compras. De ahí que pueda existir seguridad física de suministro y tensión de precios al mismo tiempo.
El elevado coste de la energía vuelve así a ocupar un lugar incómodo en la agenda económica europea. La factura pesa sobre los hogares, pero también sobre la competitividad industrial de la UE: fabricar en Europa resulta mucho más difícil cuando el gas cuesta varias veces más que antes de las grandes crisis energéticas de esta década.
España está mejor protegida, pero no vive en una isla energética
España parte con algunas ventajas respecto a los países del centro de Europa. Cuenta con una amplia infraestructura de plantas de regasificación, una elevada penetración de energías renovables y un sistema eléctrico menos dependiente del gas que en etapas anteriores.
Eso amortigua algunos golpes, no los elimina. El mercado español también ha registrado durante 2026 un fuerte encarecimiento. El producto diario del mercado organizado MIBGAS llegó a alcanzar los 85 euros/MWh en septiembre, después de un brusco repunte iniciado durante el verano. El aumento simultáneo del gas y del petróleo eleva los costes energéticos soportados por consumidores y empresas.
La transmisión a la factura doméstica tampoco es automática ni idéntica para todos. Depende del tipo de contrato de gas o electricidad, de cuándo se revise, de los impuestos aplicables y de la evolución del mercado mayorista durante los meses siguientes. Un hogar con precio fijo puede tardar en notar la subida; uno expuesto a tarifas que se revisan periódicamente puede sentirla antes.
Para las empresas intensivas en energía la película es menos paciente. Industrias que consumen grandes cantidades de gas comprueban el impacto con mucha más rapidez, bien mediante sus contratos directos, bien a través del precio de la electricidad. Son sectores donde unos pocos euros adicionales por MWh, multiplicados por miles de unidades de consumo, dejan de ser una anécdota contable.
Un invierno marcado por el precio más que por la escasez
Europa entra en los meses fríos con una paradoja incómoda. Está mejor preparada físicamente que en 2022, pero vuelve a pagar precios propios de una crisis energética. Ha reducido la dependencia de Rusia, diversificado rutas y levantado una enorme capacidad para importar GNL; al hacerlo, sin embargo, también se ha conectado todavía más a un mercado mundial extremadamente sensible a guerras, rutas marítimas y competencia asiática.
El 177% de subida desde febrero condensa esa vulnerabilidad. No significa que las facturas domésticas vayan a aumentar automáticamente en esa misma proporción —sería una comparación incorrecta—, pero sí revela cuánto ha cambiado el coste de la materia prima que alimenta una parte importante de la economía europea.
Por ahora hay gas suficiente. Lo caro es conseguirlo. Y mientras Oriente Medio siga alterando uno de los grandes corredores energéticos del planeta, el precio europeo continuará teniendo un ojo puesto en los termómetros del invierno y otro, inevitablemente, en el estrecho de Ormuz.
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