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El malestar social impulsa a la extrema derecha en una Europa desigual

El avance de la extrema derecha en Europa se apoya en el malestar social, el coste de vida, la desigualdad territorial y la crisis de representación.

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Estatua de la extrema derecha en Europa

Resumen

  • El malestar económico y social empuja a la extrema derecha en Europa
  • El coste de vida y la sensación de abandono alimentan el voto de protesta
  • La inmigración y la identidad convierten ese enfado en batalla política

La extrema derecha avanza en Europa sobre un terreno que lleva años agrietándose: pérdida de poder adquisitivo, vivienda cada vez menos accesible, servicios públicos desiguales, empleos inseguros y territorios que sienten que las grandes ciudades corren mientras ellos permanecen en el arcén. No existe una explicación única, pero sí un sentimiento que se repite de país en país: una parte de la población cree que está perdiendo posición, oportunidades y capacidad para decidir sobre su futuro.

Pol Morillas, director del CIDOB, describe una creciente sensación de ser “ciudadanos de segunda”. El hartazgo hacia los partidos tradicionales se mezcla con frustraciones económicas, territoriales y generacionales, y ese cóctel está siendo capitalizado especialmente por fuerzas de derecha radical cuando la conversación política gira hacia la inmigración, la identidad nacional o la percepción de competencia por recursos públicos.

La fotografía europea, sin embargo, es bastante más compleja que la cómoda explicación de que el continente se haya vuelto repentinamente ultra. El coste de la vida sigue siendo la principal preocupación personal de muchos europeos, mientras el respaldo al proyecto comunitario resiste. Malestar y europeísmo pueden convivir en la misma persona. Y de hecho conviven.

El malestar no nace de una sola herida

Durante años se intentó explicar el crecimiento de la derecha radical casi exclusivamente mediante la inmigración. Es una pieza importante, desde luego, pero tomarla como causa única deja media película fuera de plano. El descontento tiene raíces económicas, sociales, culturales y territoriales que se superponen de manera distinta en cada país.

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El deterioro de las expectativas económicas pesa. También lo hace la comparación. Una familia puede no vivir objetivamente peor que hace una década y, sin embargo, sentirse rezagada al comprobar que comprar una vivienda se ha convertido en una hazaña, que el sueldo pierde terreno frente al alquiler o que sus hijos necesitarán más formación para alcanzar una estabilidad menor. La sensación de descenso social puede resultar políticamente tan poderosa como el descenso real.

Los sondeos europeos dibujan precisamente ese bolsillo inquieto: la inflación, los precios y el coste de la vida permanecen entre las grandes preocupaciones ciudadanas, junto con la economía y la creación de empleo. Son problemas muy terrenales. La geopolítica ocupa titulares, pero la factura del supermercado llega todos los meses.

Quedarse atrás ya no es solo una metáfora

Hay también una fractura geográfica. Capitales dinámicas frente a pequeñas ciudades; regiones conectadas frente a territorios envejecidos; barrios donde se concentra inversión frente a otros en los que cerrar una sucursal bancaria, perder una línea de autobús o esperar semanas para una consulta médica se convierte en parte del paisaje.

La investigación europea sobre las llamadas “narrativas de pérdida” ha encontrado una relación entre el deterioro de determinados servicios públicos y un mayor apoyo a fuerzas de derecha radical. Las dificultades económicas producen un efecto político especialmente fuerte cuando la población interpreta que detrás existe un abandono continuado por parte del Estado.

Cuando desaparece un servicio también desaparece algo de Estado

Una escuela que cierra, un hospital cada vez más lejano o un tren que deja de pasar parecen problemas administrativos. En realidad tienen una dimensión política bastante más profunda: transmiten quién está dentro del progreso y quién contempla el progreso desde la cuneta.

La prestación de servicios funciona también como una señal de pertenencia. Cuando se debilita, aumenta la percepción de que otros territorios, generaciones o colectivos reciben más atención. Ahí germina el agravio. Después llegará la política para ponerle nombre, culpables y bandera.

No significa que cada recorte produzca automáticamente un voto ultra. Sería una caricatura. Importan el contexto local, las instituciones, el relato político y la manera en que una comunidad interpreta lo ocurrido. Dos lugares golpeados por una crisis parecida pueden responder electoralmente de forma completamente distinta. El malestar necesita una traducción política, y no siempre encuentra la misma.

La inmigración transforma el enfado en una batalla identitaria

El descontento social no pertenece ideológicamente a nadie. Una crisis de vivienda puede fortalecer a la izquierda, alimentar la abstención, castigar al Gobierno de turno o empujar hacia opciones populistas. La dirección cambia cuando el problema se presenta como una disputa sobre quién merece primero los recursos, quién pertenece y quién amenaza una determinada forma de vida.

Ahí la derecha radical dispone de un terreno especialmente fértil. Cuando cuestiones como el empleo, la vivienda o los servicios sociales dominan la discusión, el malestar puede canalizarse hacia espacios políticos diferentes; cuando el debate se desplaza hacia inmigración, diversidad e identidad, la extrema derecha suele encontrar mejores condiciones para apropiárselo.

La inmigración se convierte así menos en una explicación universal que en un marco capaz de reorganizar otras frustraciones. El alquiler sube, el centro de salud está saturado o el empleo es precario; después aparece un discurso que une todos esos problemas bajo una misma causa, aunque la realidad económica sea bastante menos obediente y mucho más aburrida.

Las redes sociales aceleran esa operación. No fabrican desde cero el enfado, pero lo amplifican, simplifican y distribuyen a una velocidad formidable. Los matices viajan regular; el agravio, estupendamente. En sociedades altamente politizadas y polarizadas, una experiencia individual termina convertida con facilidad en prueba de que todo un sistema está amañado contra determinado grupo.

Alemania ofrece la fotografía más reciente del cambio

Alemania permite observar hasta qué punto este fenómeno ha dejado de ser marginal. La Alternativa para Alemania (AfD) logró en septiembre de 2026 una victoria histórica en Sajonia-Anhalt y se convirtió en la primera fuerza del Parlamento regional, aunque quedó a tres escaños de la mayoría absoluta y continúa teniendo enormes dificultades para encontrar socios con los que gobernar.

El 7 de octubre llegó otro movimiento simbólico: Tobias Rausch, de AfD, fue elegido presidente del Parlamento de Sajonia-Anhalt. El resultado abrió además interrogantes sobre el denominado cordón sanitario con el que los grandes partidos alemanes han intentado mantener aislada a la formación. El canciller Friedrich Merz volvió a rechazar cualquier cooperación con AfD.

El caso alemán resulta especialmente ilustrativo porque el apoyo a la formación es particularmente fuerte en regiones orientales donde llevan décadas pesando diferencias económicas, demográficas y de expectativas respecto al oeste. No todo puede reducirse a ingresos. Aparecen reconocimiento, memoria territorial, representación y una sensación persistente de haber ocupado durante demasiado tiempo una posición periférica dentro del propio país.

La paradoja europea: protesta sin ruptura total

Sería tentador interpretar el crecimiento de los partidos euroescépticos como prueba de que los europeos están abandonando masivamente el proyecto comunitario. Los datos cuentan algo bastante menos limpio. El desencanto con la política nacional puede coexistir con una valoración positiva de la Unión Europea.

El Eurobarómetro de primavera de 2026 situó la confianza en la Unión Europea en el 51%, tres puntos más que en otoño de 2025. Seis de cada diez ciudadanos se mostraban optimistas sobre el futuro de la UE, un 57% estaba satisfecho con el funcionamiento de la democracia europea y un 72% consideraba que su país se había beneficiado de pertenecer a la Unión. El apoyo al euro alcanzaba el 74% en el conjunto comunitario.

Ahí aparece una contradicción fascinante. Muchos europeos quieren más capacidad común para afrontar seguridad, defensa, cambio climático o crisis internacionales y, simultáneamente, votan a formaciones que prometen devolver competencias desde Bruselas a los Estados. No necesariamente porque hayan elaborado una sofisticada teoría constitucional sobre la soberanía. A menudo porque las elecciones nacionales sirven para castigar un presente que consideran decepcionante.

La extrema derecha ha entendido bastante bien esa brecha. Su discurso combina protección económica, soberanía, control migratorio y reivindicación cultural con una idea sencilla: alguien ha dejado de escuchar a una parte de la sociedad. El mensaje cambia según el país, pero el hilo permanece.

La política vuelve a jugarse en la sensación de pertenencia

El auge de la extrema derecha europea no puede explicarse diciendo que Europa se haya empobrecido, ni que la inmigración lo explique todo, ni que las redes sociales hayan hipnotizado de repente a millones de votantes. Es un fenómeno acumulativo. Inseguridad económica, deterioro de expectativas, desigualdad territorial, crisis de representación e identidad se mezclan en proporciones distintas dependiendo del lugar.

Lo decisivo quizá sea la percepción de pertenencia. Una democracia puede exhibir crecimiento económico y, al mismo tiempo, acumular ciudadanos convencidos de que ese crecimiento pasa por delante de su puerta sin llamar. Puede mantener servicios públicos razonablemente sólidos y tener pueblos que sienten que el Estado se aleja unos kilómetros cada año. Puede sostener instituciones estables mientras una parte de sus votantes piensa que nadie habla realmente por ellos.

La derecha radical está entrando precisamente por esas rendijas. No crea todo el malestar que capitaliza, aunque a menudo lo ordena alrededor de enemigos reconocibles y respuestas mucho más simples que los problemas originales. El voto de protesta ha dejado de ser únicamente protesta cuando empieza a modificar gobiernos, parlamentos y el vocabulario de los partidos tradicionales.

Europa conserva un respaldo ciudadano considerable, pero bajo esa superficie existe una sociedad más impaciente y desigual en sus expectativas, bastante menos dispuesta a conceder confianza automática a quienes llevan décadas gobernando. El mapa político que está emergiendo nace justamente ahí: entre quienes creen seguir formando parte del centro de la historia y quienes sienten que, poco a poco, alguien los desplazó hacia el margen.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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