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El voto latino puede decidir un escaño clave del Congreso en Colorado

Gabe Evans y Manny Rutinel se disputan en Colorado uno de los escaños más reñidos de EE.UU., con el voto latino como árbitro de una carrera decisiva.

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El voto latino

Resumen

  • El voto latino supone hasta el 28,5 % del electorado registrado
  • Evans y Rutinel compiten por uno de los escaños más ajustados de EE.UU.
  • El resultado puede influir en el control de la Cámara de Representantes

El control de la Cámara de Representantes de Estados Unidos puede terminar dependiendo de lugares donde unos pocos miles de votos cambian de manos. Uno de ellos está al norte de Denver. Allí, el republicano Gabe Evans intenta conservar el Distrito 8 de Colorado frente al demócrata Manny Rutinel, en una elección extraordinariamente ajustada en la que el electorado latino tiene tamaño suficiente para mover la balanza.

Los números explican enseguida por qué las dos campañas lo buscan con tanta intensidad. Los latinos representan aproximadamente el 28,5 % de los votantes registrados del distrito, unos 131.460 electores, y suponen además el 30,1 % de los ciudadanos en edad de votar. No es un grupo testimonial ni una fotografía decorativa de campaña: en un distrito decidido dos veces por menos de un punto porcentual, puede determinar quién ocupa el escaño.

Un distrito donde cada puñado de votos cuenta

El Distrito 8 de Colorado nació tras el censo de 2020 y reúne realidades bastante distintas. Se extiende desde los suburbios situados al norte de Denver hasta Greeley y atraviesa zonas urbanas, comunidades de trabajadores, áreas agrícolas y territorios vinculados a la industria energética. Incluye partes de los condados de Adams, Weld y Larimer. Políticamente es, por decirlo suavemente, poco amigo de las certezas.

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En 2022, la demócrata Yadira Caraveo conquistó el nuevo escaño por apenas 1.632 votos. Dos años después, Evans se lo arrebató por unos 2.449 votos. En ambas elecciones la diferencia quedó por debajo de un punto porcentual. No hace falta una gran ola electoral para cambiar aquí de representante; basta una corriente pequeña, casi imperceptible desde Washington.

La campaña de 2026 mantiene ese patrón. Un sondeo de McLaughlin & Associates sitúa a Evans con un 48 % y a Rutinel con un 46 %, una diferencia incluida dentro de un margen de error de 4,9 puntos. La encuesta fue realizada por una firma republicana, un dato importante para leerla con la cautela habitual. En un distrito así, dos puntos no son una ventaja sólida; son prácticamente ruido estadístico.

Evans y Rutinel disputan también la identidad latina

Hay otra peculiaridad. Ninguno de los dos grandes candidatos llega al electorado hispano como un completo extraño. Los dos tienen raíces familiares latinoamericanas, aunque sus trayectorias políticas y sus recetas para el país sean muy diferentes.

Evans, de 40 años, es nieto de inmigrantes mexicanos, veterano del Ejército estadounidense, antiguo policía y exlegislador estatal. Ha utilizado sus raíces familiares como parte de su presentación ante los votantes hispanos y defiende una agenda republicana centrada en impuestos, seguridad, energía y reducción del coste de vida.

Rutinel es hijo de una inmigrante dominicana y construye parte de su biografía política alrededor de una infancia de recursos limitados. Antes de entrar en la política estatal trabajó como economista para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército y posteriormente como abogado. Ganó con claridad las primarias demócratas de junio y abandonó después su escaño estatal para concentrarse en la carrera al Congreso.

Ese origen compartido convierte la carrera en algo más complejo que la vieja pelea por ver quién pronuncia más palabras en español durante octubre. Los votantes latinos no constituyen un bloque uniforme y ambos partidos lo saben. Hay trabajadores del petróleo, empleados industriales, pequeños comerciantes, familias jóvenes, electores independientes y ciudadanos con posiciones muy diferentes sobre inmigración, impuestos o sanidad.

El supermercado pesa tanto como la inmigración

La economía doméstica atraviesa prácticamente toda la campaña. Evans presenta la reducción de impuestos y una mayor producción energética como herramientas para rebajar costes y sostiene que pequeños negocios como restaurantes, carnicerías o comercios familiares necesitan menos presión económica.

Rutinel intenta llevar la discusión hacia sanidad, vivienda, alimentación y salarios. Ha convertido Medicaid y el coste de los seguros médicos en uno de sus principales frentes contra Evans, mientras que el republicano acusa al demócrata de representar políticas demasiado progresistas para un distrito tan equilibrado. El debate celebrado el 7 de octubre en Berthoud dejó precisamente esa fractura: economía, sanidad, inmigración y seguridad pública dominaron el enfrentamiento.

Las etiquetas ideológicas hacen bastante ruido en una campaña estadounidense. El recibo del supermercado, en cambio, suele votar en silencio. El electorado decisivo del distrito incluye independientes que pueden preferir a un candidato en sanidad y al contrario en energía, inmigración o empleo. La fidelidad automática a un partido tiene aquí menos peso del que desearían las sedes electorales.

La inmigración divide, pero no explica todo el voto latino

La política migratoria de Donald Trump aparece inevitablemente en la contienda. Rutinel acusa a la Administración republicana de aplicar una política excesivamente agresiva y ha hecho de la oposición a las actuaciones del ICE uno de sus argumentos. Evans, por su parte, vincula inmigración, control fronterizo y seguridad pública dentro de una visión mucho más próxima a la agenda presidencial.

El asunto importa, pero reducir el comportamiento del electorado latino únicamente a la inmigración sería una simplificación considerable. Los sondeos nacionales de octubre muestran un deterioro del respaldo latino a Trump: un 69 % de los votantes latinos registrados desaprueba su gestión y un 59 % preferiría un Congreso controlado por los demócratas, frente al 35 % que optaría por los republicanos. También aparecen niveles elevados de desaprobación sobre el coste de vida y la economía.

Colorado, sin embargo, tiene su propia aritmética. Evans ganó en 2024 en un distrito que el propio Trump se llevó por menos de dos puntos, y el congresista intenta conservar una coalición donde cuentan tanto los conservadores como los independientes y parte del voto hispano. Rutinel necesita recuperar electores que permitieron a los republicanos avanzar hace dos años sin espantar al centro. Fácil de escribir; bastante menos fácil de hacer.

Un solo escaño con consecuencias nacionales

La dimensión de esta elección se entiende mejor mirando Washington. El 3 de noviembre se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y la mayoría republicana es muy estrecha. A mediados de octubre, los republicanos cuentan con 219 representantes frente a 214 demócratas, por lo que estos últimos necesitan una ganancia neta de tres escaños para hacerse con el control de la Cámara.

Ahí aparece Colorado 8, marcado desde hace meses como una de las carreras decisivas del país. Los dos grandes partidos y los grupos vinculados a ellos han destinado millones de dólares a publicidad en Colorado, buena parte concentrada en este distrito. Ya durante el verano, los comités nacionales habían reservado más de 14 millones de dólares en anuncios televisivos, digitales y otros formatos en el estado.

Formalmente la papeleta no contiene únicamente los nombres de Evans y Rutinel: el libertario David Wood también compite por el escaño. La lucha con posibilidades reales de victoria, sin embargo, está concentrada en republicano y demócrata, como muestran las inversiones de campaña y las evaluaciones electorales.

Colorado convierte al voto latino en árbitro del Congreso

Quedan menos de tres semanas para las elecciones del 3 de noviembre y el Distrito 8 vuelve a encontrarse donde parece sentirse más cómodo: al borde del empate. Evans necesita repetir la coalición que le permitió derrotar a Caraveo en 2024; Rutinel necesita desplazar apenas una pequeña porción del electorado para devolver el escaño a los demócratas.

En ese margen diminuto, más de 131.000 votantes latinos registrados representan una fuerza electoral imposible de tratar como nota al pie. No votarán todos igual —esa vieja fantasía de los bloques homogéneos funciona mejor en los despachos que en las urnas—, pero una variación modesta en participación o preferencias podría decidir el distrito.

Y el distrito, a su vez, podría ayudar a decidir quién controla la Cámara de Representantes. Colorado ofrece así una de esas paradojas deliciosamente estadounidenses: una batalla nacional de miles de millones de dólares y enorme carga ideológica puede terminar resolviéndose por unos pocos miles de papeletas depositadas entre Denver, Greeley y las llanuras de Weld.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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