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Gaza, entre ratas e infecciones: 5.600 niños esperan evacuación médica
Ratas, aguas residuales e infecciones resistentes agravan la crisis sanitaria en Gaza, donde 5.600 niños siguen esperando una evacuación médica.
Foto: Jaber Jehad Badwan, CC BY-SA 4.0.
Resumen
- 5.600 niños de Gaza esperan una evacuación médica para recibir tratamiento
- Ratas, aguas residuales e infecciones resistentes agravan la crisis sanitaria
- La falta de agua y hospitales desbordados multiplica los riesgos para civiles
Gaza no solo arrastra edificios derruidos, familias desplazadas y hospitales exhaustos. La devastación ha abierto una segunda emergencia, menos visible que una explosión pero capaz de prolongarse durante años: agua escasa, aguas residuales, montañas de basura, plagas e infecciones resistentes a los antibióticos. En ese paisaje sobreviven cientos de miles de personas bajo tiendas de campaña y miles de niños que necesitan tratamiento fuera del enclave.
Unos 5.600 menores esperan actualmente una evacuación médica, según el Ministerio de Salud de Gaza. Para salir necesitan una derivación sanitaria, que otro país acepte recibirlos y la autorización de seguridad israelí. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud advierte de un sistema sanitario sometido a una presión extrema, con dificultades para introducir medicamentos, material médico y equipos esenciales.
El caso de Raseel, una niña de seis años, condensa buena parte de esa realidad. Lleva una pierna gravemente fracturada, heridas infectadas y un fragmento de metralla alojado en el cerebro. Sus médicos no podían realizarle el injerto de piel que necesita porque algunas lesiones no respondían a los antibióticos disponibles. Las heridas tuvieron que ser abiertas y limpiadas más de veinte veces.
Raseel, seis años y una infección que no cede
Raseel dormía con su familia en una tienda del campamento de al-Mawasi, cerca de Jan Yunis, cuando, según testigos, un ataque de un helicóptero israelí alcanzó el lugar el 30 de julio. Su hermana Rateel, de nueve años, y un primo de 20 murieron. Otros miembros de la familia resultaron gravemente heridos.
Las Fuerzas de Defensa de Israel aseguran que no tienen constancia de un ataque en ese momento y lugar. La niña, sin embargo, acabó ingresada durante dos meses en el Hospital Nasser. Allí los médicos detectaron bacterias multirresistentes en sus heridas. Tampoco podían retirar con seguridad la metralla alojada en su cerebro y Raseel había comenzado a sufrir convulsiones.
La resistencia a los antimicrobianos aparece cuando microorganismos como las bacterias dejan de responder a medicamentos que antes conseguían eliminarlos. Una infección corriente puede entonces convertirse en un problema mucho más serio: tratamientos más largos, riesgo de sepsis, amputaciones y, en los casos extremos, muerte.
No es un fenómeno exclusivo de Gaza —la OMS lo considera una de las grandes amenazas sanitarias mundiales—, pero hay pocos lugares que reúnan tantas condiciones para favorecer su expansión: hacinamiento, heridas abiertas, hospitales dañados, falta de agua y saneamiento deteriorado, además de enormes dificultades para aislar pacientes.
Una resistencia bacteriana que venía creciendo
Los médicos que trabajan sobre el terreno aseguran estar encontrando numerosas infecciones resistentes. Un estudio preliminar realizado a partir de casi 80.000 muestras bacterianas recogidas en 11 hospitales entre 2015 y 2025 apunta también a una resistencia extendida frente a antibióticos importantes.
El análisis ha sido elaborado por investigadores de Gaza con apoyo de especialistas vinculados a la Iniciativa Fleming del Imperial College de Londres y la Universidad Americana de Beirut. Conviene mantener una cautela esencial: el trabajo aún no ha superado la revisión por pares y sus conclusiones son preliminares. No demuestra que la guerra haya originado por sí sola la resistencia bacteriana, aunque sus autores sostienen que las actuales condiciones facilitan enormemente su transmisión.
Para un herido, esa diferencia deja de ser académica enseguida. Una bacteria que alcanza el hueso y no responde al tratamiento puede terminar haciendo necesaria una amputación. Los hospitales, además, deben intentar aislar a determinados pacientes para impedir que microorganismos resistentes circulen por unas instalaciones que ya funcionan con márgenes mínimos.
Agua para beber, cocinar o lavarse: escoger una cosa
El problema comienza muchas veces fuera del hospital. Casi el 90% de la infraestructura de agua y saneamiento de Gaza ha resultado destruida o dañada, según datos de Naciones Unidas. Más del 80% de las familias sufría inseguridad en el acceso al agua y hasta siete de cada diez no conseguían alcanzar siquiera los seis litros diarios por persona que la ONU considera un mínimo para beber y cocinar.
Seis litros por persona y día. Para hacerse una idea, no es una cantidad pensada para ducharse con cierta comodidad ni para poner una lavadora. Es agua para mantener el cuerpo y la cocina funcionando en condiciones extremas. Cuando una familia tiene que decidir cuánto guarda para beber y cuánto puede gastar limpiando platos, ropa o heridas, la higiene deja de ser una rutina y pasa a convertirse en un lujo matemático.
Israel cuestiona esa descripción. El organismo COGAT, encargado de coordinar aspectos civiles relacionados con Gaza, sostiene que el volumen de agua suministrado supera el umbral humanitario fijado por Naciones Unidas. También asegura que permite la entrada de medicamentos, incluidos antibióticos, sin restricciones. La OMS, sin embargo, advertía a comienzos de octubre de retrasos en la llegada de suministros médicos y pedía aliviar las restricciones sobre productos sanitarios esenciales.
La fotografía general sigue siendo precaria. La OMS calcula que casi dos millones de personas necesitan un alojamiento adecuado antes del invierno y Naciones Unidas ha alertado de riesgos sanitarios ligados a las aguas residuales, los residuos acumulados y la proliferación de ratas. El 94% de la población carece de un refugio apropiado y el 98% de los hogares vive cerca de algún riesgo ambiental, como escombros o aguas fecales.
Las ratas también han entrado en las tiendas
La recogida de residuos prácticamente desapareció en algunas zonas y alrededor de los campamentos se acumulan bolsas, restos de comida, agua contaminada y desechos humanos. No hace falta demasiada imaginación para saber qué viene después.
Una encuesta del Site Management Cluster señaló que roedores u otras plagas eran visibles con frecuencia en el 81% de los asentamientos analizados, donde vivían alrededor de 1,45 millones de desplazados. Hay testimonios de ratas y comadrejas entrando en las tiendas y mordiendo a personas mientras duermen.
Uno de los casos documentados es el de Basel al-Dahnoun. Según relató su hija Rana, de 14 años, el hombre sufrió graves heridas después de ser atacado durante la noche por comadrejas. Acabó perdiendo la pierna derecha por debajo de la rodilla después de que, siempre según el relato familiar, la falta de suministros dificultara inicialmente el tratamiento de la herida.
Es una historia extraordinaria, casi difícil de asumir fuera de ese contexto. Allí sirve para ilustrar algo bastante ordinario: una pequeña lesión puede convertirse en un problema enorme cuando faltan agua, higiene, medicamentos y capacidad hospitalaria.
La presencia de roedores tampoco es únicamente una molestia. Sus mordeduras pueden transmitir infecciones y la OMS ha advertido de que la combinación de plagas, falta de agua limpia y deficientes condiciones de alojamiento eleva el peligro de brotes de enfermedades prevenibles, especialmente con la llegada del frío.
5.600 niños esperando una puerta de salida
La evacuación médica es uno de los grandes cuellos de botella. El Ministerio de Salud de Gaza cifra en unos 5.600 los niños pendientes de tratamiento en el extranjero. Salir no depende únicamente de que un médico certifique la necesidad: hace falta encontrar un hospital receptor, coordinar el traslado y superar los procedimientos de autorización.
Raseel tuvo algo que miles de menores aún esperan. Después de varias semanas, las autoridades israelíes autorizaron su salida y a finales de septiembre viajó con su padre a Egipto con apoyo de la OMS. Fue ingresada inicialmente en un hospital de las afueras de El Cairo mientras su familia esperaba el traslado a un centro con mayores capacidades médicas.
Su historia, de momento, sigue abierta. Durante el ingreso en Gaza una prima le regaló una muñeca. Raseel la llamó Rateel, como su hermana muerta en el ataque. La medicina puede intentar reparar el hueso, combatir la infección o reconstruir la piel; hay otras heridas para las que no existe quirófano.
Naciones Unidas estima que prácticamente todos los niños de Gaza necesitan apoyo urgente de salud mental y atención psicosocial. No se trata solo de quienes han resultado físicamente heridos. Son menores que han perdido familiares, viviendas, escuelas y rutinas, muchos de ellos desplazados varias veces desde octubre de 2023.
Un alto el fuego que no ha devuelto la normalidad
El alto el fuego alcanzado en octubre de 2025 redujo la intensidad de una guerra iniciada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, en los que murieron unas 1.200 personas en Israel y 251 fueron secuestradas. Pero Gaza no ha regresado a una situación que pueda llamarse normal.
El Ministerio de Salud gazatí sitúa por encima de 74.000 los palestinos muertos desde el comienzo de la guerra y cifra en más de 1.400 los fallecidos desde la entrada en vigor del alto el fuego. Israel disputa los datos proporcionados por las autoridades de Gaza y afirma que intenta minimizar el daño a civiles. Naciones Unidas, por su parte, sigue denunciando ataques mortales, restricciones humanitarias y enormes dificultades para reconstruir servicios básicos.
A comienzos de octubre de 2026, la ayuda autorizada seguía entrando fundamentalmente por Kerem Shalom, mientras Rafah mantenía un tránsito limitado de personas, incluidos algunos pacientes que necesitaban recibir atención fuera del territorio. Otros pasos importantes permanecían cerrados.
Para un enclave donde casi toda la población ha sido desplazada y buena parte de las infraestructuras están destruidas, cada cuello de botella se nota enseguida. Una demora logística puede acabar escrita sobre una cama de hospital.
Gaza sigue pagando la guerra después de las bombas
La devastación de Gaza ya no puede medirse únicamente contando edificios destruidos o víctimas de los ataques. Está también en una tubería que no funciona, la basura que nadie puede retirar, una rata que entra de noche en una tienda o un antibiótico que deja de servir. También en un niño cuyo tratamiento existe a unos cientos de kilómetros pero permanece fuera de su alcance.
Esa es quizá la dimensión más áspera de la crisis sanitaria: sobrevivir al impacto inicial no garantiza sobrevivir a lo que viene después. Las heridas necesitan hospitales; los hospitales necesitan agua, electricidad, medicinas, laboratorios, personal y saneamiento. Cuando toda esa cadena se rompe a la vez, una infección tratable puede dejar de serlo y una evacuación médica puede convertirse en una carrera contra el calendario.
Raseel consiguió salir. Otros 5.600 niños continúan esperando. Y mientras Gaza entra en otro invierno entre tiendas, escombros y servicios básicos maltrechos, esa cifra no describe simplemente una lista administrativa. Describe a miles de menores para quienes una autorización, una ambulancia y una cama hospitalaria al otro lado de la frontera pueden separar la recuperación de una secuela irreversible, y a veces algo todavía peor.
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