Cultura
Sean Connery: Ron Perlman le escupió 16 veces en El nombre de la rosa
Ron Perlman recuerda cómo tuvo que escupir 16 veces a Sean Connery durante el rodaje de El nombre de la rosa y por qué repitieron la escena.
Foto: Miguel Discart, CC BY-SA 2.0.
Resumen
- Ron Perlman tuvo que escupir 16 veces a Sean Connery durante una escena
- Connery le animó a hacerlo de verdad para evitar más repeticiones
- La secuencia se rodó desde varios ángulos para completar el montaje
Ron Perlman ha recuperado una de las historias más insólitas del rodaje de El nombre de la rosa: durante una escena tuvo que escupir en la cara de Sean Connery hasta 16 veces. No fue una gamberrada entre actores ni una bronca fuera de cámara. Era parte de la película y, sobre todo, consecuencia de repetir la toma desde diferentes ángulos.
El detalle tiene una ironía considerable. Perlman admiraba profundamente a Connery y precisamente por eso, cuando llegó el momento de rodar la secuencia, se quedó bloqueado. Le costaba escupir de verdad al hombre que tenía delante. Fue el propio Sean Connery quien terminó animándole a hacerlo, consciente de que una versión tímida del gesto podía obligar al equipo a repetir todavía más la escena.
Ron Perlman no quería escupir a Sean Connery
La historia ha vuelto a circular cuatro décadas después del estreno de la película gracias a los recuerdos de Perlman sobre el rodaje del clásico dirigido por Jean-Jacques Annaud. El actor estadounidense interpretaba a Salvatore, uno de los habitantes más inquietantes de la abadía, mientras Connery encarnaba al franciscano Guillermo de Baskerville.
Para Perlman, sin embargo, aquello tenía poco de rutinario. Connery era una figura enorme incluso dentro de un reparto de cine. El actor estadounidense ha explicado que aprovechaba cuanto podía para observarlo trabajar, escuchar sus historias y compartir tiempo con él. Tener que plantarse frente a uno de sus referentes y lanzarle un escupitajo directamente al rostro era, digamos, una forma bastante peculiar de conocer a un ídolo.
La primera reacción fue contenerse. No lograba hacerlo de verdad. Connery entendió enseguida el problema y le dejó claro que la escena necesitaba el gesto completo; de lo contrario, tendrían que repetirla una y otra vez. Perlman finalmente se decidió. Y entonces apareció ese pequeño detalle que cualquier espectador olvida cuando ve una película terminada: una escena rara vez se rueda una sola vez.
Por qué tuvieron que repetir la escena 16 veces
Había que obtener planos de perfil, primeros planos, planos medios, encuadres sobre el hombro y otras variaciones necesarias para construir posteriormente la secuencia en montaje. Así que aquel primer escupitajo, que para Perlman ya había supuesto cruzar una frontera psicológica bastante absurda y bastante humana, acabó convertido en rutina.
Al terminar la jornada calculó que había escupido unas 16 veces en la cara de Connery. Cine artesanal, literalmente. Sin efectos digitales capaces de colocar después una gota donde convenga ni demasiadas posibilidades de fingir cuando la cámara se acerca lo suficiente.
El propio Perlman ya había contado anteriormente una versión de esta anécdota, por lo que no se trata de un secreto descubierto cuarenta años después. Lo llamativo es que ha vuelto a relatarla al recordar la producción de El nombre de la rosa, aportando de nuevo detalles sobre su relación con Connery y sobre la mecánica concreta de aquella toma.
La escena encajaba con el extraño Salvatore
El episodio tampoco resulta gratuito dentro de la película. Perlman interpretaba a Salvatore, un personaje excéntrico y perturbador cuyo lenguaje es una mezcla de idiomas y expresiones. En el relato cinematográfico aparece durante la investigación que Guillermo de Baskerville lleva a cabo ante una sucesión de muertes misteriosas en una abadía medieval.
Perlman trabajó especialmente aquella forma de hablar. Según ha explicado al recordar la producción, recurrió incluso a distintas versiones lingüísticas de la novela de Umberto Eco y colaboró con un especialista en dialectos para construir el extraño discurso del personaje. No era exactamente un papel cómodo: maquillaje, gestualidad física, voz, postura. Todo estaba pensado para que Salvatore pareciera proceder de un rincón casi olvidado de aquella Europa medieval.
Ese trabajo dejó además una imagen difícil de separar del actor. Mucho antes de Hellboy o de su popularidad televisiva, Perlman aparecía prácticamente irreconocible, sepultado bajo maquillaje y caracterización, moviéndose entre las piedras húmedas y la oscuridad de una abadía donde casi nadie parecía tener las manos completamente limpias.
Connery tampoco era la primera opción evidente
El recuerdo de Perlman ha recuperado otra curiosidad importante del filme: Jean-Jacques Annaud no tenía inicialmente decidido entregar el papel protagonista a una gran estrella. El director buscaba en principio un rostro menos conocido para interpretar a Guillermo de Baskerville.
Connery terminó cambiando el plan. Annaud ha recordado que el actor se presentó personalmente y comenzó a leer diálogos del personaje. La interpretación le impresionó de inmediato: aquella voz y aquella manera de pronunciar el texto coincidían con el Guillermo que el cineasta había imaginado mientras preparaba la adaptación. Sean Connery consiguió el personaje leyendo; el antiguo James Bond entró en la abadía y se quedó con ella.
La elección terminó siendo una de las señas de identidad de la película. El registro reposado de Connery, su ironía y esa capacidad para parecer más inteligente que el resto sin convertir cada frase en una exhibición sostienen buena parte del misterio. Frente a él estaba Christian Slater como el joven Adso, mientras Perlman aportaba uno de los personajes secundarios más recordados. La película, dirigida por Annaud y estrenada en 1986, terminó convirtiéndose en una de las adaptaciones literarias más reconocibles de aquella década.
Un rodaje construido alrededor de una abadía casi real
Annaud llevó bastante lejos la búsqueda de autenticidad. Para levantar el universo medieval de la película recurrió a especialistas en la Edad Media y mandó construir cerca de Roma un complejo escenario que recreaba la monumental abadía en la que transcurre la historia.
Ese empeño explica parte de la textura que todavía conserva El nombre de la rosa. Hay barro, piedra, frío, túnicas ásperas, libros que parecen pesar y habitaciones donde casi puede olerse la humedad. La película no presenta la Edad Media como un decorado pulcro de museo. Es un lugar incómodo, físico y oscuro, justamente el terreno en el que personajes como Salvatore adquieren sentido.
También hubo momentos bastante menos pintorescos detrás de las cámaras. Annaud ha recordado accidentes e incidentes durante una producción compleja, incluida una situación relacionada con fuego que afectó al actor Feodor Chaliapin Jr. El rodaje, visto desde la distancia, parece bastante más cercano a aquella abadía hostil que a la imagen amable que solemos asociar a la trastienda de un clásico.
Una escena mínima que retrata todo un rodaje
Los 16 escupitajos funcionan porque resumen algo más grande que una historia divertida entre dos actores. Revelan una forma de trabajar: repetir una acción física hasta disponer de todos los planos necesarios, incluso cuando la acción consiste en escupirle a Sean Connery en plena cara.
Y revelan también bastante sobre Connery. Ante la incomodidad de Perlman, no pidió protegerse ni suavizar la escena. Hizo lo contrario: le pidió que interpretara el momento como debía. Para un actor joven que estaba trabajando frente a uno de sus héroes, la orden debió de sonar casi surrealista. Para Connery era simplemente trabajo.
Cuarenta años después, aquella jornada continúa siendo recordada precisamente porque detrás de una escena de unos segundos hubo muchas cámaras, muchas repeticiones y una paciencia considerable. El nombre de la rosa dejó asesinatos, manuscritos prohibidos, fanatismo religioso y uno de los papeles más singulares de Sean Connery. También dejó a Ron Perlman una historia difícil de superar: conocer a uno de sus grandes referentes y terminar escupiéndole en la cara, no una vez, sino dieciséis.
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