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La CIA, señalada por los ataques con drones a pesqueros de Ecuador

Dieciséis pescadores sobrevivieron a un ataque con drones cerca de Galápagos. La autoría sigue sin aclararse y la CIA ha quedado bajo sospecha.

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Ataque con drones a pescadores de Ecuador

Resumen

  • Dieciséis pescadores sobrevivieron a un ataque con drones cerca de Galápagos
  • La tripulación fue esposada y entregada después a las autoridades de El Salvador
  • Una investigación vincula varios ataques con un supuesto programa de la CIA

Dieciséis pescadores ecuatorianos sobrevivieron al ataque con drones contra el pesquero Negra Francisca Duarte II el pasado 17 de marzo, cuando navegaban al norte de las islas Galápagos. La embarcación acabó envuelta en llamas y varios tripulantes resultaron heridos. Horas después, los supervivientes aseguran que fueron retenidos por hombres armados que hablaban inglés, esposados y encapuchados antes de ser entregados a las autoridades de El Salvador.

La autoría sigue oficialmente sin aclararse. Una investigación periodística estadounidense vincula los ataques sufridos por varios barcos ecuatorianos con un supuesto programa encubierto de la CIA, mientras el Comando Sur de Estados Unidos niega que sus fuerzas participaran en estos incidentes. La agencia de inteligencia estadounidense tampoco ha asumido responsabilidad. Entre ambas versiones queda algo bastante menos abstracto: un barco destruido, 16 hombres que volvieron a casa y una sucesión de indicios que ha terminado llegando al Parlamento ecuatoriano.

El ataque al Negra Francisca Duarte II cerca de Galápagos

El Negra Francisca Duarte II había salido de Manta el 2 de marzo con 16 tripulantes y varias embarcaciones auxiliares para faenar en aguas del Pacífico. La mayor parte de los pescadores procedía de San Mateo, una comunidad costera donde el mar no es una postal sino el lugar de trabajo, el sueldo y, demasiadas veces, el riesgo.

En la madrugada del 17 de marzo, horas antes del ataque, el pesquero fue sometido a una inspección de la Guardia Costera ecuatoriana. Según los testimonios recogidos posteriormente, los agentes no encontraron indicios de actividad ilícita y permitieron que la nave continuara su ruta. Existía una irregularidad administrativa relacionada con la identidad de algunos tripulantes sustitutos, pero no se hallaron drogas ni otra carga ilegal.

Poco después del mediodía apareció en la distancia una embarcación azul. Hacia las 13:00, cuando el Negra Francisca se encontraba aproximadamente a 170 millas náuticas al norte de Galápagos, dos drones se aproximaron al barco.

Los pescadores describen aparatos pequeños, blancos y con cuatro hélices. Entonces llegó la primera explosión. Sin aviso, sin una maniobra previa que los tripulantes pudieran interpretar como una orden y sin que supieran quién estaba detrás de aquellos aparatos.

El impacto alcanzó la zona de la cabina, cerca de las antenas y de los lugares donde descansaba parte de la tripulación. Uno de los hombres sufrió graves heridas en el pie y la pierna. El fuego empezó a extenderse por el interior. Una segunda explosión agravó el incendio y alcanzó a otro marinero que trataba de preparar una lancha para evacuar el pesquero.

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En cuestión de minutos, una jornada de regreso a puerto se convirtió en una huida sobre el agua. Los 16 tripulantes abandonaron el barco en dos lanchas auxiliares mientras el Negra Francisca Duarte II ardía detrás de ellos.

El rastreo satelital coincide con el relato de los pescadores

El caso no descansa únicamente sobre testimonios. El análisis posterior de los datos del sistema de seguimiento de embarcaciones sitúa la última señal del Negra Francisca a las 12:41 del 17 de marzo. Unos veinte minutos después, un sensor ambiental por satélite detectó una anomalía térmica compatible con un incendio prácticamente en la misma zona.

Otro pesquero ecuatoriano, el Solavil, navegaba por aquellas aguas. Su tripulación declaró haber visto una gruesa columna de humo y, horas más tarde, el Negra Francisca todavía envuelto en llamas. Los datos de navegación también sitúan al Solavil cerca de la última posición conocida del barco atacado.

El análisis de fotografías de las lesiones, documentación médica y datos de navegación añadió otro elemento al expediente. Un especialista forense consideró que las heridas sufridas por uno de los pescadores eran compatibles con el impacto de las hélices de un dron tal como había relatado la víctima.

Hay otro detalle incómodo. El seguimiento analizado posteriormente sitúa el último punto conocido del barco dentro de la zona económica exclusiva ecuatoriana de Galápagos, aunque inicialmente autoridades marítimas de Manta habían situado el incidente en aguas internacionales. La diferencia no es un pequeño matiz cartográfico: afecta al escenario jurídico en el que debería esclarecerse lo ocurrido.

El misterioso barco azul al que acudieron buscando ayuda

Con su pesquero incendiado, los pescadores navegaron hacia la embarcación azul que habían observado anteriormente. Pensaban que podía prestarles auxilio. Según sus declaraciones, cuando se aproximaron descubrieron a hombres armados con uniformes de aspecto militar, fusiles y chalecos.

La tripulación asegura que la mayoría hablaba inglés y que se utilizó un intérprete para comunicarse con ellos. Uno de los pescadores dijo haber visto una bandera estadounidense en la manga del uniforme de uno de aquellos hombres. Es un testimonio relevante, aunque no prueba por sí solo la identidad de quienes estaban en el barco.

Lo que ocurrió después se parece poco a un rescate marítimo convencional. Los supervivientes declararon que fueron obligados a subir a la embarcación, donde les colocaron capuchas y bridas en las muñecas. Algunos tuvieron que permanecer sentados o arrodillados sobre la cubierta metálica calentada por el sol.

No se les explicó por qué estaban detenidos ni quiénes eran exactamente las personas que les custodiaban. Uno de los pescadores, gravemente herido, recibió atención médica. Otros aseguran haber permanecido durante horas sin apenas asistencia pese a los golpes, quemaduras y problemas de audición provocados por las explosiones.

Tras unas 18 horas, los 16 hombres fueron transferidos a una patrullera de la Marina salvadoreña. Según el capitán Hernán Flores, allí les comunicaron que habían sido entregados por funcionarios estadounidenses en calidad de «náufragos».

La palabra tiene su propia ironía burocrática. Su barco no se había perdido por una tormenta, una avería o un golpe de mar: los pescadores sostenían que había sido alcanzado deliberadamente por explosivos.

De Galápagos a El Salvador y varios días sin sus familias

La tripulación pasó después varios días bajo custodia salvadoreña mientras navegaba hacia el puerto de La Unión. El trato cambió. Recibieron comida, agua, ropa y asistencia médica básica, después de las horas de incertidumbre posteriores al ataque.

Las Fuerzas Armadas salvadoreñas informaron públicamente el 24 de marzo del traslado de 16 ecuatorianos rescatados en el mar, dos de ellos heridos. La descripción de las lesiones coincidía con las documentadas entre los pescadores del Negra Francisca.

Una vez en tierra fueron interrogados y posteriormente derivados a las autoridades migratorias. No pudieron contactar con sus familias en Ecuador hasta el 25 de marzo. Los primeros heridos regresaron a su país a finales de ese mes y el resto lo hizo escalonadamente durante los primeros días de abril.

La Asamblea Nacional de Ecuador ha terminado ocupándose del asunto. En septiembre, la Comisión de Seguridad Integral recibió a tripulantes, familiares y representantes legales de Negra Francisca Duarte II, Don Maca y Fiorella dentro de un proceso destinado a esclarecer varios incidentes sufridos por pesqueros ecuatorianos durante 2026.

La investigación que pone el foco sobre una operación de la CIA

El elemento más delicado apareció meses después. Una investigación periodística estadounidense sostuvo que los misteriosos ataques podían formar parte de un programa encubierto de la CIA contra objetivos presuntamente relacionados con el narcotráfico.

La investigación atribuyó esa información a una persona conocedora de la operación y encontró otro rastro: un sofisticado avión ejecutivo equipado para tareas de vigilancia que voló desde El Salvador hacia la zona de los pesqueros durante los días en que se produjeron varios de los incidentes.

El aparato era un Cessna Citation Longitude identificado durante sus comunicaciones como FENIX 701. Los registros analizados mostraban desplazamientos desde el aeropuerto salvadoreño de Ilopango hacia el Pacífico antes de varios de los ataques. El avión disponía de modificaciones asociadas a misiones de vigilancia y utilizaba una matrícula estadounidense cuya situación despertó interrogantes.

Nada de esto equivale, por sí solo, a una identificación pública y oficial de los responsables. La CIA no ha confirmado su intervención. El Comando Sur de Estados Unidos ha negado conocer estos ataques y sostiene que sus fuerzas no participaron en ellos. Tampoco se ha presentado públicamente una prueba que demuestre que los tripulantes del Negra Francisca Duarte II transportaban drogas.

Esa cautela importa. Estados Unidos mantiene una ofensiva mucho más visible contra embarcaciones que identifica como vinculadas al narcotráfico en el Caribe y el Pacífico oriental, dentro de una política de seguridad endurecida por la Administración de Donald Trump. En esas operaciones, las autoridades estadounidenses sí anuncian acciones contra barcos que consideran relacionados con organizaciones criminales.

Los sucesos de Galápagos serían distintos precisamente por su supuesto carácter clandestino: nadie asumió públicamente la autoría y las embarcaciones ecuatorianas afectadas no aparecieron dentro de los comunicados habituales sobre operaciones militares estadounidenses.

Fiorella y Don Maca, otros dos casos bajo sospecha

El Negra Francisca tampoco es un episodio aislado. Dos meses antes, el Fiorella desapareció mientras navegaba en el Pacífico. Dos miembros de su tripulación sobrevivieron porque se encontraban faenando en una lancha auxiliar lejos del barco principal; otros ocho pescadores siguen desaparecidos.

Según los testimonios recabados durante las investigaciones, en los días previos a la desaparición del Fiorella se observaron drones, aeronaves y una embarcación que algunos tripulantes identificaron como estadounidense. No existe, sin embargo, una reconstrucción definitiva de lo que ocurrió con el barco.

El 26 de marzo, apenas nueve días después del ataque al Negra Francisca, el Don Maca, con 20 hombres a bordo, sufrió otro episodio semejante. Sus tripulantes describieron drones, explosiones, un barco próximo ocupado por hombres armados y un posterior traslado a manos de las autoridades salvadoreñas.

El patrón es demasiado concreto para despacharlo como una simple coincidencia, pero todavía insuficiente para convertir una hipótesis de investigación en una verdad judicial. Ese es, precisamente, el terreno incómodo sobre el que se mueve el caso.

Un ataque documentado y una autoría todavía por esclarecer

Hay aspectos de esta historia que permanecen sujetos a investigación, pero otros han ganado consistencia con el paso de los meses. El Negra Francisca Duarte II sufrió un incendio tras las explosiones denunciadas por sus tripulantes, hubo pescadores heridos, los registros de seguimiento sitúan la embarcación en la zona descrita y un satélite detectó fuego prácticamente allí y en aquel momento. El Parlamento ecuatoriano ha escuchado formalmente a los afectados.

Lo que falta es la pieza principal: determinar quién ordenó y ejecutó el ataque, con qué información y bajo qué autoridad. También queda por aclarar por qué una embarcación que había sido inspeccionada esa misma mañana por la Guardia Costera de Ecuador terminó atacada pocas horas después.

Otra incógnita atraviesa todo el episodio: los tripulantes aseguran haber sido tratados inicialmente como detenidos y terminaron después en manos de El Salvador como simples náufragos. Entre una condición y otra hay un vacío considerable, jurídico y político.

La posible participación de la CIA añade una dimensión internacional enorme, pero continúa pendiente de una confirmación oficial. Estados Unidos niega la intervención de sus fuerzas militares y la agencia de inteligencia guarda silencio sobre las acusaciones que la relacionan con el caso.

Para Hernán Flores y los hombres que estaban aquel 17 de marzo sobre la cubierta del Negra Francisca, la cuestión resulta bastante menos sofisticada que los vuelos de vigilancia, las operaciones encubiertas y la arquitectura de la lucha antidroga. Habían salido a pescar. Volvieron sin barco, heridos y después de haber sido esposados, y meses después siguen esperando una explicación sobre quién los atacó y por qué.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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