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Ataque con drones en un mercado de Abyei deja al menos 73 muertos
Un ataque con drones golpeó el mercado de Amiet, en Abyei, dejó al menos 73 muertos y 19 heridos y elevó la tensión entre Sudán y Sudán del Sur.
Imagen: Steve Evans / Flickr / CC BY 2.0.
Resumen
- El ataque con drones en Amiet deja al menos 73 muertos y 19 heridos
- Sudán del Sur acusa al Ejército sudanés, sin verificación independiente
- Abyei sigue atrapada entre la guerra de Sudán y una frontera sin resolver
Un ataque con drones contra el mercado de Amiet, en la disputada región de Abyei, entre Sudán y Sudán del Sur, ha dejado al menos 73 muertos y 19 heridos, según el balance comunicado por las autoridades locales. El bombardeo se produjo el lunes 19 de octubre en uno de los principales centros comerciales de la zona, a unos diez kilómetros de la ciudad de Abyei. Juba ha acusado al Ejército sudanés y ha convocado al embajador de Sudán para protestar formalmente por el ataque. La responsabilidad, sin embargo, no ha podido ser verificada de manera independiente.
Las primeras informaciones hablaban de 53 fallecidos y 27 heridos graves. El recuento fue aumentando conforme avanzaron las tareas de recuperación entre incendios, humo y edificios destruidos. El episodio llega, además, después de otra jornada especialmente sangrienta en Sudán: un ataque con drones contra Al-Dibab, en Kordofán Occidental, dejó alrededor de 80 muertos. La guerra sudanesa se libra cada vez más desde el aire y cada vez con menos distancia entre un objetivo militar y un mercado lleno de civiles.
Qué ocurrió en el mercado de Amiet
Los primeros drones aparecieron sobre Amiet hacia las 11.30 de la mañana, según las autoridades de Abyei. Los impactos alcanzaron distintos sectores del mercado, incluida una zona donde se almacenaba y comercializaba combustible, lo que provocó grandes incendios y complicó tanto la evacuación de los heridos como la recuperación de cadáveres.
Amiet no es un mercado cualquiera. Es un nodo comercial esencial utilizado por habitantes de Abyei, comerciantes procedentes de Sudán del Sur, miembros de la comunidad ngok dinka y pastores y mercaderes misseriya llegados desde territorio sudanés. En mitad de una frontera apenas dibujada sobre el terreno, allí circulan alimentos, ganado, combustible y mercancías que después siguen hacia otras regiones.
Parte de ese combustible, según informaciones locales, habría estado viajando desde Sudán del Sur hacia zonas occidentales de Sudán donde operan las Fuerzas de Apoyo Rápido, las RSF. Ese posible tráfico explica por qué el mercado puede haber adquirido interés militar, aunque por ahora no existe una explicación oficial y verificable del ataque ni pruebas públicas que permitan concluir que ese era realmente el objetivo.
Médicos Sin Fronteras informó de la llegada de más de veinte heridos al hospital Ameth Bek, algunos en estado crítico y otros con quemaduras graves. El balance comunicado por las autoridades de Abyei terminó elevándose hasta 73 muertos y 19 heridos, aunque la cifra todavía podría variar a medida que se complete la identificación de las víctimas.
Sudán del Sur reaccionó convocando al embajador sudanés en Juba. Su Ministerio de Exteriores expresó una protesta formal por un ataque que considera una amenaza no solo para los civiles, sino también para la ya precaria estabilidad de Abyei.
Quién lucha en Sudán y por qué comenzó esta guerra
Para entender por qué un mercado situado en la frontera acaba bajo las bombas hay que volver a abril de 2023. Sudán se rompió entonces en una guerra abierta entre las Fuerzas Armadas Sudanesas, encabezadas por el general Abdel Fattah al Burhan, y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido, dirigidas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti.
No eran enemigos históricos. Más bien al contrario. Ambos centros de poder habían convivido dentro del aparato militar que dominó Sudán tras la caída de Omar al Bashir en 2019 y participaron en el golpe de 2021 que liquidó buena parte de la transición civil. El problema llegó cuando hubo que decidir quién mandaba realmente y, sobre todo, cómo y cuándo las RSF debían integrarse en el Ejército regular.
Aquella pugna institucional terminó resolviéndose a tiros. Las Fuerzas Armadas representan el viejo aparato estatal sudanés y pretenden conservar un Ejército unificado bajo su mando. Las RSF nacieron de estructuras paramilitares vinculadas a las milicias árabes de Darfur, acumularon poder económico y militar durante años y terminaron convirtiéndose en una fuerza capaz de disputar al propio Ejército el control del país.
Tres años y medio después, la separación es casi geográfica. El Ejército domina Jartum y buena parte del norte, el este y el centro de Sudán. Las RSF mantienen el control de casi todo Darfur y de áreas importantes de Kordofán. Entre ambos bloques queda una enorme franja de territorio donde cambian las líneas de frente, se cruzan milicias locales y los drones han convertido carreteras, depósitos, mercados y pueblos en objetivos potenciales.
Las RSF llegaron además a establecer una administración paralela en Nyala, en Darfur del Sur. El peligro de una partición de facto del país, una especie de Sudán oriental y otro occidental gobernados por estructuras rivales, dejó hace tiempo de ser una hipótesis académica. Está dibujándose sobre el mapa.
La guerra se desplaza hacia Kordofán
Tras recuperar Jartum y buena parte del centro del país, el Ejército sudanés ha concentrado durante 2026 una parte creciente de sus operaciones en Kordofán, territorio estratégico porque comunica Darfur con las regiones centrales.
Controlar ese corredor significa cortar suministros, combatientes y rutas comerciales de las RSF. El Ejército ha conseguido avances en Kordofán del Norte, mientras los paramilitares conservan posiciones importantes más al oeste y mantienen capacidad para responder con drones incluso lejos de sus principales bastiones.
El resultado es una guerra extraña y brutalmente moderna: grandes extensiones de territorio sin un frente continuo, drones capaces de recorrer cientos de kilómetros y civiles intentando adivinar si el ruido sobre sus casas pertenece a un aparato de reconocimiento o a uno cargado de explosivos.
El domingo, en Al-Dibab, Kordofán Occidental, un ataque atribuido al Ejército golpeó un punto de transporte utilizado por personas que regresaban del mercado. Fuentes médicas y residentes elevaron el balance a unos 80 muertos. El lunes llegaron Abyei y otros bombardeos. En apenas dos días, la sucesión de ataques volvió a mostrar hasta qué punto la guerra aérea está ganando peso.
Por qué Abyei es territorio disputado entre dos países
Abyei arrastra una guerra mucho más antigua que el conflicto actual entre el Ejército y las RSF. Es una pequeña región situada entre Sudán y Sudán del Sur, pero reúne casi todos los ingredientes que suelen convertir una frontera africana en una herida permanente: petróleo, tierras de pastoreo, identidades étnicas, rutas ganaderas y soberanía nacional.
Cuando Sudán del Sur se independizó en 2011, Abyei debía celebrar su propio referéndum para decidir a qué país pertenecer. Nunca ocurrió.
El desacuerdo fundamental fue quién podía votar. Los ngok dinka, población asentada históricamente en la zona y estrechamente vinculada a Sudán del Sur, defendían un censo que les otorgaba un peso decisivo. Los misseriya, pastores árabes que cruzan estacionalmente Abyei desde el norte para llevar su ganado hacia zonas de agua y pasto, reclamaban también participar.
Jartum y Juba no llegaron a ponerse de acuerdo. El referéndum previsto quedó congelado y, quince años después, Abyei sigue sin pertenecer definitivamente a ninguno de los dos Estados. Ese limbo político explica buena parte de la fragilidad actual de la región.
La ONU mantiene allí desde 2011 la Fuerza Provisional de Seguridad de Naciones Unidas para Abyei, UNISFA. Su misión incluye proteger civiles, vigilar la desmilitarización de la zona y evitar que las disputas locales o nacionales vuelvan a provocar una guerra abierta. Su mandato actual se extiende hasta noviembre de 2026.
No es precisamente una frontera tranquila. En los últimos años Abyei ha sufrido enfrentamientos entre comunidades, desplazamientos y episodios de violencia armada. Naciones Unidas había advertido además de nuevas tensiones locales y reforzado sus patrullas en el sur de la región.
Una disputa territorial que se había calentado antes del ataque
El bombardeo llega en un momento especialmente delicado. Sudán del Sur ha incluido Abyei dentro de las circunscripciones previstas para sus elecciones generales de diciembre de 2026, una decisión rechazada por Jartum al considerar que prejuzga la soberanía sobre un territorio cuyo estatus definitivo sigue pendiente.
La tensión aumentó todavía más durante los días inmediatamente anteriores al ataque. El nuevo responsable sudanés del comité encargado de Abyei, el general retirado Al-Khair Abdullah Idris Abu Muridat, tomó posesión reafirmando la reivindicación de Sudán sobre el territorio, aunque defendió una solución negociada con Juba. Ocurrió apenas un día antes del bombardeo del mercado.
Eso no demuestra una relación directa entre ambos hechos. Conviene separar una coincidencia temporal de una causalidad que nadie ha probado. Pero sí muestra el clima político alrededor de Abyei: Sudán y Sudán del Sur mantienen abierto el litigio territorial mientras, unos kilómetros más al norte, la guerra entre el Ejército y las RSF se acerca cada vez más a esta frontera.
Y el mercado de Amiet está justo en medio. Un espacio comercial civil se ha convertido, de repente, en el punto donde confluyen rutas de abastecimiento, rivalidades militares y una disputa territorial que lleva década y media sin solución.
Sudán, un país partido y una población atrapada
La guerra sudanesa ha dejado decenas de miles de muertos documentados, aunque distintas estimaciones consideran que la cifra real puede ser mucho mayor. Cerca de 13 millones de personas han tenido que abandonar sus hogares y alrededor de 33,7 millones necesitan ayuda humanitaria durante 2026.
El daño tampoco se mide únicamente en cadáveres o desplazamientos. Campos abandonados, carreteras cerradas, hospitales destruidos, inflación y epidemias acompañan a la fragmentación militar. Darfur y Kordofán soportan algunos de los peores indicadores de hambre del país; cientos de miles de niños sufren desnutrición aguda grave.
La utilización creciente de drones ha añadido otra capa al desastre. Permiten atacar a larga distancia, con menor riesgo para quien dispara, pero también hacen mucho más difícil para la población saber dónde está realmente el frente. Jartum puede ser atacada por las RSF mientras el Ejército golpea Kordofán; una carretera aparentemente alejada de los combates puede convertirse de repente en un objetivo porque por ella circula combustible.
Abyei añade un riesgo distinto. Allí un ataque no afecta únicamente a la guerra civil sudanesa: puede deteriorar las relaciones entre Sudán y Sudán del Sur, dos países cuya separación en 2011 nunca terminó de resolver todas sus fronteras, recursos y lealtades.
Abyei vuelve a quedar atrapada entre dos conflictos
El ataque contra Amiet reúne dos crisis que hasta ahora habían permanecido parcialmente separadas. Por un lado está la guerra entre el Ejército sudanés y las RSF, con Kordofán convertido en uno de sus principales tableros militares. Por otro, la vieja disputa entre Jartum y Juba sobre quién debe gobernar Abyei.
No hay pruebas públicas que permitan afirmar que Sudán haya decidido abrir un nuevo frente contra Sudán del Sur. Tampoco está demostrado de manera independiente que el Ejército sudanés sea responsable del bombardeo, aunque así lo sostienen las autoridades de Abyei y el Gobierno sursudanés ha tratado el incidente como una agresión suficientemente grave para convocar al embajador de Jartum.
Lo que sí está claro es el resultado sobre el terreno: decenas de personas muertas en un mercado, una frontera nuevamente bajo presión y una región cuyo estatus lleva quince años pendiente de una solución política. Abyei sigue siendo tierra de nadie solo sobre el papel. Para quienes viven allí, es su casa. Y una vez más, esa casa ha quedado en medio de guerras que otros aún no han sabido terminar.
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