Naturaleza
Hallan barriles radiactivos con fugas a 4.700 metros en el Atlántico
Una misión submarina encuentra barriles radiactivos corroídos y abiertos en el Atlántico, décadas después de que fueran arrojados al fondo marino.
Imagen: Wikimedia Commons / CC BY 4.0.
Resumen
- Más de 200.000 barriles radiactivos fueron arrojados al Atlántico
- El Nautile ha hallado recipientes corroídos, abiertos y con fugas
- Los científicos miden su impacto real en sedimentos y vida abisal
Más de 200.000 barriles con residuos radiactivos fueron arrojados durante décadas a las profundidades del Atlántico nororiental. Las campañas científicas que han regresado a aquella gigantesca escombrera submarina han comprobado que algunos de los recipientes presentan una degradación severa: hay bidones corroídos, otros abiertos, algunos prácticamente desintegrados y casos en los que el contenido se ha extendido sobre el fondo oceánico.
Eso no significa que los 200.000 barriles estén perdiendo material al mismo tiempo. La conclusión es más precisa, y también suficientemente inquietante: entre los recipientes inspeccionados existen fugas, corrosión avanzada y contenido derramado. El submarino tripulado Nautile descendió en 2026 a más de 4.700 metros para observar directamente los depósitos y recoger muestras prácticamente a su lado.
Los instrumentos utilizados durante la expedición han detectado radionucleidos artificiales asociados a estos residuos. Falta determinar hasta qué punto se han dispersado, cómo se incorporan a los organismos y qué consecuencias pueden tener para los ecosistemas abisales. Las muestras de agua, sedimentos y fauna continúan siendo estudiadas en laboratorio.
La imagen resulta difícil de separar de su época. Durante buena parte del siglo XX, lanzar residuos radiactivos al fondo del océano se consideró una solución aceptable. A varios kilómetros de profundidad y lejos de cualquier costa, el Atlántico parecía inmenso, estable y casi vacío. El tiempo ha desmontado las tres ideas: los barriles se degradan, el fondo tiene vida y los residuos siguen allí.
Más de 200.000 barriles en las profundidades del Atlántico
Los vertidos se produjeron principalmente durante la segunda mitad del siglo XX. En el Atlántico nororiental acabaron más de 150.000 toneladas de materiales con residuos radiactivos, depositados en distintas zonas de aguas profundas y, en muchos casos, a entre 3.000 y 5.000 metros de profundidad.
No se trataba de 200.000 recipientes llenos de combustible nuclear gastado. Esa imagen sería incorrecta. Buena parte de los residuos procedía de centrales nucleares, instalaciones del ciclo del combustible, hospitales, centros de investigación e industria, así como de operaciones de descontaminación y desmantelamiento.
Muchos de esos residuos de baja actividad eran inmovilizados previamente en cemento, resinas o betún y posteriormente introducidos en recipientes metálicos. Su peligrosidad y composición variaban, pero algunos radionucleidos conservan actividad durante periodos muy prolongados.
Los contenedores tampoco fueron diseñados como tumbas herméticas capaces de permanecer intactas durante siglos. Debían llegar enteros al fondo y mantener confinados los residuos el tiempo suficiente para permitir la desintegración de parte de los elementos de vida más corta. La liberación lenta y posterior dispersión en el océano formaba parte de la lógica técnica con la que aquellos vertidos llegaron a justificarse.
El Nautile encuentra barriles abiertos y material derramado
El nuevo conocimiento procede del proyecto internacional NODSSUM, dirigido por científicos franceses y desarrollado con participación de especialistas en oceanografía, física nuclear, geología, química marina y biología. Su objetivo es localizar los depósitos, comprobar su estado real y estudiar la interacción entre los residuos y el ecosistema.
La primera gran campaña moderna, realizada en 2025, empleó el vehículo submarino autónomo UlyX. Sus sonares y cámaras permitieron localizar varios miles de bidones dentro de una fracción de la extensa zona histórica de vertido. Aquella cartografía sirvió para elegir los lugares en los que descender un año después.
En 2026 llegó el turno del Nautile. El submarino tripulado realizó 20 inmersiones a profundidades superiores a 4.700 metros y pudo aproximarse directamente a varias decenas de recipientes. Los científicos recogieron muestras de sedimentos, agua, organismos y comunidades microbianas prácticamente en contacto con los barriles.
Corrosión, roturas y recipientes que ya han desaparecido
Las imágenes obtenidas despejan una de las incógnitas que llevaba décadas suspendida sobre estos vertidos. Los investigadores han documentado diferentes grados de degradación: todos los recipientes observados muestran corrosión, algunos están abiertos y con su contenido extendido por el fondo, mientras que otros aparecen completamente desintegrados.
La presión extrema no ha conservado los bidones como si fueran cápsulas detenidas en el tiempo. El contacto continuo con agua salada, sedimentos y procesos químicos ha ido atacando sus estructuras metálicas. En determinados puntos, lo que queda es poco más que una carcasa oxidada rodeada de material vertido.
El hallazgo confirma que la fuga física de algunos recipientes ya no es una hipótesis. Otra cuestión distinta, bastante más complicada, es saber cuánto material radiactivo se ha dispersado y hasta dónde ha llegado.
Hay radionucleidos, pero su impacto todavía se está midiendo
Las mediciones realizadas durante la campaña han identificado radionucleidos artificiales característicos de los residuos en niveles superiores a los esperados para algunos puntos estudiados. Aun así, las actividades medidas durante la misión fueron bajas y permitieron manipular las muestras sin grandes restricciones radiológicas.
El siguiente trabajo se desarrolla lejos del océano, en los laboratorios. Allí se analizan cantidades diminutas de radionucleidos presentes en agua, sedimentos, peces, crustáceos y otros organismos. La intención es determinar qué parte procede efectivamente de los bidones y cómo se mueve por el ecosistema.
La identificación no es trivial. El Atlántico contiene también radionucleidos artificiales procedentes de las antiguas pruebas nucleares atmosféricas, accidentes y otras actividades humanas. Separar unas señales de otras exige técnicas extremadamente sensibles y una comparación cuidadosa entre las zonas próximas a los barriles y áreas de referencia alejadas de ellos.
Por eso las imágenes de un recipiente abierto no equivalen a una contaminación masiva del océano. Lo demostrado hasta el momento es que existen bidones degradados y material derramado, además de señales radiológicas asociadas a los residuos. El alcance ambiental de esas liberaciones necesita todavía análisis más detallados.
La vida abisal ha colonizado los residuos radiactivos
La expedición ha dejado otra imagen casi paradójica. Los barriles industriales que cayeron desde la superficie hace décadas se han convertido en parte del paisaje del fondo marino. Sobre algunos crecen anémonas, corales y esponjas; alrededor aparecen peces, crustáceos y otros habitantes de los grandes fondos.
Cuando comenzaron los vertidos, las llanuras abisales todavía se describían con frecuencia como lugares casi estériles. Ese supuesto ayudó a convertirlas en destino de materiales que nadie quería tener cerca. La oceanografía moderna ha mostrado exactamente lo contrario: a varios kilómetros de profundidad existe una biodiversidad adaptada a condiciones extremas, lenta y difícil de estudiar, pero muy lejos de estar ausente.
La presencia de organismos sobre los barriles abre un interrogante especialmente relevante. Los recipientes proporcionan una superficie dura en una llanura dominada por sedimentos, de modo que atraen vida y crean pequeños puntos de concentración biológica. Si existen radionucleidos disponibles alrededor de ellos, algunos podrían incorporarse a los organismos y entrar en la cadena alimentaria abisal.
El problema no termina cuando el residuo sale del bidón
Un radionucleido liberado puede quedar fijado al sedimento, desplazarse con las corrientes, disolverse en el agua o ser absorbido por un organismo. Su comportamiento depende del elemento químico, de las condiciones ambientales y hasta de los animales que remueven continuamente el lecho marino.
Ese es precisamente uno de los grandes objetivos de la investigación: comprender los mecanismos de transporte y transferencia de la radiactividad en un ecosistema situado a casi cinco kilómetros bajo la superficie. No hay monstruos radiactivos ni escenas de ciencia ficción; hay procesos químicos y biológicos lentísimos, casi invisibles, que pueden continuar durante décadas.
De una práctica legal a un legado enterrado bajo el océano
Que semejante volumen de residuos acabara deliberadamente en el mar resulta difícil de imaginar desde las normas actuales. Durante décadas, sin embargo, los vertidos de residuos radiactivos de baja y media actividad estuvieron permitidos bajo distintos marcos internacionales y fueron realizados por varios países europeos.
El cambio llegó progresivamente. En 1983 se estableció una moratoria internacional sobre el vertido de residuos radiactivos al mar. Durante la década siguiente las prohibiciones se endurecieron hasta acabar con una práctica que había convertido zonas concretas del Atlántico nororiental en depósitos de materiales nucleares.
La prohibición resolvió los vertidos futuros, pero no hizo desaparecer los antiguos. Los barriles continúan a miles de metros bajo el agua. Recuperarlos supondría una operación técnica extraordinariamente compleja y podría incluso movilizar residuos actualmente estabilizados dentro de los sedimentos o de los propios recipientes degradados.
Por eso NODSSUM no pretende sacar los barriles a la superficie. Su misión es conocer dónde están, cómo se conservan, qué materiales han liberado y cuál puede ser su influencia sobre el entorno. La prioridad científica no es moverlos, sino entender qué ocurre alrededor de ellos.
Un vertedero que dejó de estar oculto en la oscuridad
Durante décadas se conocían aproximadamente las zonas donde se habían realizado los vertidos, pero faltaba una fotografía precisa de la situación. La tecnología submarina actual ha cambiado el escenario: sonares de alta resolución, vehículos autónomos y submarinos tripulados permiten observar un paisaje que hasta hace muy poco permanecía prácticamente fuera del alcance humano.
Los nuevos datos no permiten hablar de una contaminación masiva de las costas europeas ni justifican una alarma indiscriminada. Sí demuestran algo bastante más concreto: algunos barriles están rotos, abiertos o desintegrados y su contenido se ha extendido sobre partes del fondo oceánico.
Queda por conocer la escala real de sus consecuencias. Los laboratorios deberán determinar cuánto material radiactivo ha escapado, qué radionucleidos permanecen disponibles y en qué medida han pasado al ecosistema. Esa respuesta marcará la verdadera dimensión ambiental de una decisión tomada hace más de medio siglo.
Los barriles desaparecieron de la vista cuando atravesaron la superficie del Atlántico, pero nunca desaparecieron del planeta. Décadas después regresan convertidos en una herencia industrial oxidada a 4.700 metros de profundidad: visible en los sonares, colonizada por vida marina y, en algunos casos, abierta sobre el fondo.
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