Síguenos

Mundo

Bulgaria pide a la OTAN cazas y defensas antidrones en el mar Negro

Bulgaria reclama cazas, misiles antiaéreos y sistemas antidrones de la OTAN tras una oleada de ataques contra buques mercantes en el mar Negro.

Publicado

el

Bulgaria pide a la OTAN cazas

Por Krasimir Grozev - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons

Bulgaria pide a la OTAN cazas y defensas antidrones en el mar Negro

Resumen

  • Bulgaria pide a la OTAN cazas, misiles y defensas antidrones
  • Siete buques mercantes han sido atacados desde el 5 de octubre
  • Sofía busca reforzar el flanco aliado y proteger el tráfico del mar Negro

Bulgaria ha pedido formalmente a la OTAN el despliegue de cazas, aviones de patrulla, sistemas de misiles antiaéreos y equipos antidrones en su territorio después de una sucesión de ataques contra buques mercantes en el mar Negro. Sofía quiere reforzar con rapidez una defensa que hasta hace poco miraba la guerra de Ucrania desde el flanco de la Alianza y que empieza a sentirla peligrosamente cerca.

La solicitud llega después de que siete buques comerciales hayan sido atacados desde el 5 de octubre frente a las costas de Bulgaria y Rumanía, ambos miembros de la OTAN. Uno de los cargueros se hundió frente al litoral búlgaro tras un ataque con drones y otros dos barcos resultaron alcanzados frente a Rumanía. El Gobierno búlgaro ha elevado así el asunto de incidente marítimo a problema de seguridad colectiva.

El ministro de Defensa, Dimitar Stoyanov, confirmó que Sofía ha escrito al secretario general de la Alianza y al comandante supremo aliado para solicitar fuerzas adicionales. Bulgaria todavía espera una respuesta concreta sobre qué capacidades podrían aportar sus socios. El objetivo declarado no es prometer una protección imposible, sino reducir al máximo el riesgo en una zona por la que circulan mercancías, cereales, combustible y buena parte del tráfico marítimo que conecta el este europeo con el Mediterráneo.

Bulgaria quiere cazas, misiles y equipos antidrones

La petición búlgara es bastante más amplia que un simple refuerzo de vigilancia. El Ejecutivo reclama aviones de combate y patrulla, defensas antiaéreas y tecnología capaz de detectar y neutralizar drones, una combinación pensada para cubrir desde posibles incursiones aéreas hasta amenazas que vuelan a baja altura y ofrecen muy poco margen de reacción.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Stoyanov ha reconocido al mismo tiempo una realidad incómoda: los recursos aliados no son infinitos. Rumanía también necesita refuerzos y los países bálticos llevan años reclamando una protección elevada en el este de Europa. Dicho de otra forma, la OTAN tiene muchos kilómetros de frontera y un número bastante menor de sistemas antiaéreos de alta capacidad para cubrirlos todos a la vez.

Bulgaria asegura disponer ya de dos sistemas de vigilancia y detección de amenazas en sus aguas y prepara un tercero equipado con una tecnología que, según el ministro, todavía no había utilizado. Pero Sofía considera insuficiente una respuesta exclusivamente nacional ante una amenaza que no entiende demasiado de mapas administrativos. Los drones, por desgracia, tampoco suelen detenerse a comprobar dónde termina una zona económica exclusiva.

La respuesta que espera de la OTAN

El Gobierno búlgaro quiere una reacción rápida, aunque evita presentar cualquier despliegue aliado como un escudo infalible. Incluso con más cazas, radares y defensas antiaéreas, reconoce Stoyanov, sería imposible garantizar una seguridad absoluta en el mar Negro.

La lógica militar consiste en aumentar la capacidad de detección temprana, identificación e interceptación. Un dron relativamente barato puede obligar a emplear sensores, guerra electrónica o misiles cuyo coste es varias veces superior. Esa aritmética, poco elegante pero muy real, se ha convertido en uno de los grandes quebraderos de cabeza de las fuerzas armadas europeas desde el comienzo de la guerra en Ucrania.

Sofía también pretende coordinar su respuesta con Rumanía y Turquía, los otros dos miembros de la OTAN con costa en el mar Negro. Stoyanov tiene previsto abordar con sus homólogos una actuación común, mientras Bulgaria ha planteado también una moratoria de los ataques contra barcos civiles en estas aguas.

Siete ataques en once días cambian el mapa del riesgo

La alarma no nace de un episodio aislado. Al menos siete cargueros han sido alcanzados en octubre frente a las costas rumanas y búlgaras, según los balances conocidos. Los ataques han dejado muertos y desaparecidos y han introducido una nueva variable en una guerra que durante años castigó sobre todo los puertos ucranianos y las rutas directamente vinculadas con Ucrania.

Ahora el peligro se desplaza hacia las aguas próximas a países aliados. Esta semana dos buques sufrieron incendios frente a Rumanía y el martes un barco comercial se hundió frente a Bulgaria tras ser atacado por un dron. Sofía llegó a convocar a la embajadora rusa después del incidente.

La autoría de todos los ataques no ha sido establecida de forma independiente. Esa cautela importa. La guerra del mar Negro incluye drones aéreos y navales utilizados por Rusia y Ucrania, y convertir una sospecha en certeza antes de disponer de pruebas sería tan cómodo como imprudente. Lo que sí está claro es que la extensión de los ataques hacia las rutas comerciales próximas al territorio aliado ha elevado la presión política sobre la OTAN.

El incómodo límite del artículo 5

Aquí aparece una cuestión jurídica y militar nada menor. Varios de los ataques han ocurrido en zonas económicas exclusivas, espacios marítimos en los que un Estado posee determinados derechos económicos pero que no equivalen jurídicamente a sus aguas territoriales.

Eso complica cualquier lectura automática del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la cláusula que considera un ataque armado contra un aliado como un ataque contra todos. Un incidente dentro del territorio soberano de un país miembro plantea un escenario; un ataque contra un mercante de bandera extranjera situado en su zona económica exclusiva, otro bastante más gris.

Precisamente esa zona gris preocupa. No hace falta imaginar una gran ofensiva convencional para tensar las costuras de una alianza militar. Basta con encadenar incidentes ambiguos, barcos de múltiples banderas, drones de procedencia discutida y escenarios donde la atribución tarda días. La incertidumbre también puede convertirse en un arma.

El mar Negro gana peso en la agenda de la OTAN

Stoyanov considera que los últimos ataques están obligando a la Alianza a dedicar más atención al mar Negro después de años en los que buena parte del esfuerzo de refuerzo se concentró en el Báltico y el norte del flanco oriental.

La OTAN, en realidad, ya estaba moviéndose en esa dirección. En julio lanzó NATO Drone Edge, una iniciativa con la que los aliados prevén invertir más de 40.000 millones de dólares durante los próximos cinco años en capacidades antidrones y multiplicar la formación de operadores. Bulgaria espera incorporarse al programa antes de que termine octubre.

La tecnología que se busca abarca radares capaces de detectar objetivos pequeños, sensores ópticos, sistemas de interferencia electrónica y diferentes formas de interceptación. Porque derribar todos los drones con sofisticados misiles de millones de euros sería una defensa técnicamente posible y económicamente absurda. La carrera consiste precisamente en encontrar soluciones capaces de neutralizar amenazas baratas sin arruinar al defensor.

Rumanía también está reforzando sus capacidades. El resultado es un cambio gradual del dispositivo aliado en la región: lo que antes era sobre todo vigilancia del espacio aéreo y protección territorial empieza a incluir con mayor intensidad seguridad marítima, defensa antidrones y protección de infraestructuras críticas.

Los ataques alcanzan también a las rutas comerciales

La consecuencia más inmediata de los ataques puede sentirse lejos de cualquier base militar. El mar Negro es una arteria comercial relevante para los cereales, materias primas y energía de Europa oriental. Cada incidente aumenta el riesgo para navieras y tripulaciones y termina apareciendo, tarde o temprano, en las primas de los seguros marítimos.

El puerto rumano de Constanza, uno de los grandes nodos logísticos de la región, no ha sufrido hasta el momento una interrupción significativa de su actividad por esta nueva oleada, pero el coste de asegurar los trayectos está aumentando. Para una naviera, que el misil o el dron no llegue a tocar su barco no significa que el conflicto salga gratis.

Ese efecto económico explica parte de la preocupación. La guerra en Ucrania ya alteró profundamente las exportaciones de cereal por el mar Negro y obligó a desarrollar corredores y rutas alternativas. Si los buques civiles empiezan a considerar inseguras también las aguas próximas a Bulgaria y Rumanía, la franja de riesgo se ensancha hacia territorio económico de la propia OTAN.

Y ahí cambia la naturaleza del problema. Ya no se trata solamente de ayudar a Ucrania o contener las consecuencias de una guerra vecina. Se trata de proteger la navegación comercial junto a las costas de Estados miembros sin provocar, al mismo tiempo, una escalada militar difícil de controlar.

El flanco sureste deja de ser una nota al pie

La petición de Bulgaria muestra cómo la guerra está modificando poco a poco la geografía defensiva europea. Durante buena parte del conflicto, Polonia y los países bálticos fueron el escaparate más visible del refuerzo oriental de la OTAN. El mar Negro reclama ahora su propia prioridad.

Sofía no está pidiendo una declaración grandilocuente, sino medios bastante concretos: cazas, patrullas, misiles, sensores y sistemas antidrones. Es una señal de hasta qué punto la amenaza se ha vuelto cotidiana y tecnológicamente incómoda. Un aparato pequeño puede terminar movilizando aviones de combate, radares militares, diplomáticos y ministros de tres países.

La respuesta aliada tendrá que encontrar ese equilibrio difícil entre proteger el tráfico civil y reforzar la disuasión sin convertir cada incidente marítimo en un mecanismo automático de escalada. En el mar Negro, donde una frontera militar puede quedar reducida a unos cuantos minutos de vuelo de un dron, el margen para equivocarse tampoco es especialmente ancho.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído