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Dinamarca frena a Trump y niega a EEUU privilegios sobre Groenlandia

Dinamarca niega que EEUU tenga derechos preferentes sobre los recursos de Groenlandia y separa el pacto militar del control de sus materias primas

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Casas de colores en Groenlandia

Resumen

  • Dinamarca niega a EEUU derechos preferentes sobre los recursos de Groenlandia
  • El acuerdo militar no concede privilegios mineros ni petroleros a Washington
  • Groenlandia mantiene el control legal sobre la explotación de su subsuelo

Dinamarca ha marcado un límite claro a Donald Trump: Estados Unidos no tiene derechos preferentes sobre el petróleo, el gas ni los minerales de Groenlandia. El Gobierno danés ha precisado que el acuerdo de seguridad firmado en septiembre por Washington, Copenhague y Nuuk no concede ventajas especiales a los inversores estadounidenses y que cualquier proyecto deberá someterse a las leyes groenlandesas, exactamente igual que los de otros países aliados.

La aclaración llega después de que Trump anunciara una próxima exploración «masiva» de petróleo, gas y minerales en la isla y se refiriera a ella como «nuestra nueva y hermosa Groenlandia». La frase sugería que el pacto militar alcanzado hace apenas unas semanas había abierto también la puerta del subsuelo. No es así. El acuerdo amplía la posición militar estadounidense, pero no entrega a Washington derechos mineros o petroleros. Groenlandia, además, niega que exista en este momento una explotación a gran escala a punto de comenzar.

Dinamarca separa la seguridad militar de las materias primas

La respuesta del Ministerio de Exteriores danés entra directamente en el núcleo de la disputa. Si una compañía estadounidense quiere explorar el subsuelo groenlandés, tendrá que hacerlo dentro del marco jurídico que regula los recursos naturales del territorio. Ser estadounidense no coloca a una empresa al principio de la cola.

Según la posición defendida por Copenhague, el pacto del 22 de septiembre no establece un trato preferente para los inversores de EEUU frente a los procedentes de otros países de la OTAN, Estados miembros de la Unión Europea o socios de la Alianza Atlántica. El matiz es importante porque el acuerdo sí introduce restricciones en otro sentido: busca impedir que determinados actores de países ajenos a la OTAN, la UE o su círculo de socios puedan controlar o acceder a sectores considerados especialmente sensibles para la seguridad.

Washington ha ganado, por tanto, margen militar. No una escritura sobre las montañas.

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El texto pactado permite reforzar considerablemente la presencia estadounidense en Groenlandia y contempla nuevas instalaciones, mayor libertad operativa y cooperación en defensa. A la vez, reafirma expresamente la soberanía del Reino de Dinamarca y el derecho de los groenlandeses a la autodeterminación. El documento tampoco contiene una cesión general de derechos sobre yacimientos minerales, petróleo o gas.

Groenlandia también rebaja el anuncio de Trump

La réplica no ha llegado únicamente desde Copenhague. Jørgen Hammeken-Holm, viceministro groenlandés de Minería, ha reconocido que existen actividades de empresas estadounidenses en el territorio, pero ha dejado una distancia considerable entre esa realidad y la imagen de excavadoras avanzando de forma inminente sobre el Ártico.

Groenlandia está muy lejos de una exploración masiva. Hay proyectos pequeños y trabajos de prospección, pero pueden pasar años antes de que alguno llegue a convertirse en una operación comercial. La geología promete mucho; la economía del Ártico, bastante menos romanticismo.

Trump había asegurado que la exploración a gran escala estaba preparándose para comenzar y sostuvo que expertos consideran que Groenlandia podría albergar cantidades extraordinarias de petróleo fácilmente accesible. Las autoridades locales ofrecen una fotografía bastante más fría: no existe una oleada inmediata de perforaciones ni el nuevo acuerdo militar equivale a una autorización para realizarlas.

El petróleo tiene además una barrera legal

Groenlandia decidió en junio de 2021 dejar de conceder nuevas licencias para la exploración de petróleo y gas. La medida respondió tanto al impacto ambiental de las operaciones como a la voluntad del Gobierno autónomo de no contribuir al agravamiento de la crisis climática. Las licencias antiguas pueden plantear situaciones distintas, precisamente porque fueron otorgadas antes del cambio de política.

Ese detalle explica el interés suscitado por Greenland Energy, una compañía de Texas que pretende perforar en 2027 en una cuenca de la costa oriental utilizando derechos vinculados a permisos anteriores. Sin embargo, el proyecto todavía necesita autorizaciones y no supone una reapertura general del territorio a nuevas explotaciones petroleras. Las autoridades groenlandesas estudian si la empresa puede operar bajo esos permisos históricos.

La política respecto al uranio es aún más explícita. Una ley aprobada en 2021 prohíbe nuevas licencias destinadas a su prospección, exploración o explotación, con las excepciones técnicas fijadas para depósitos cuyo contenido de uranio permanezca por debajo de determinados umbrales y cuya extracción persiga otros minerales.

El verdadero tesoro groenlandés está también en los minerales críticos

El interés de Estados Unidos por Groenlandia no se explica únicamente con barriles de petróleo. Bajo su enorme superficie existen depósitos de tierras raras y otros minerales estratégicos esenciales para fabricar sistemas electrónicos, baterías, turbinas, vehículos eléctricos y tecnologías militares.

Ahí aparece inevitablemente China. Pekín conserva una posición dominante en distintas fases de la cadena mundial de minerales críticos, desde la extracción hasta el refinado. Para Washington, reducir esa dependencia se ha convertido en una cuestión industrial y de seguridad nacional. Groenlandia emerge en ese mapa como una reserva potencial excepcional, aunque la palabra «potencial» importa mucho.

Extraer minerales en el Ártico dista de ser una operación sencilla. Buena parte de los depósitos se encuentran en zonas remotas, con infraestructuras escasas, hielo, costes logísticos elevados y condiciones climáticas extremas. La isla puede esconder una despensa geológica de primer orden y, al mismo tiempo, resultar cara y lenta de abrir.

De hecho, décadas de interés empresarial no han producido todavía la revolución minera que periódicamente anuncian los mapas de recursos. Grandes reservas sobre el papel no equivalen automáticamente a una mina rentable. Entre ambas cosas están las carreteras que no existen, los puertos que hay que construir, las plantas de procesamiento, la financiación y los permisos ambientales.

El pacto con EEUU cambia la defensa, no la propiedad de Groenlandia

La confusión nace en parte de la enorme dimensión del acuerdo firmado en Nueva York el 22 de septiembre. Estados Unidos obtiene derechos militares mucho más amplios y el pacto permite reforzar instalaciones, movimientos de fuerzas y sistemas defensivos en una zona fundamental para vigilar el Ártico y las rutas septentrionales hacia Norteamérica.

También se restringe la capacidad de Estados o inversores considerados potencialmente hostiles para conseguir control o influencia significativa en sectores sensibles de Groenlandia. Es una cláusula geopolítica de enorme relevancia porque limita especialmente el margen de penetración económica de rivales estratégicos de Washington. Pero limitar a China o Rusia no significa entregar automáticamente esos activos a empresas estadounidenses.

El propio acuerdo reconoce expresamente los derechos económicos, sociales y culturales de la población groenlandesa y mantiene la integridad territorial del Reino de Dinamarca. Incluso contempla el escenario de una futura independencia de Groenlandia, incorporando mecanismos para preservar entonces determinados compromisos de seguridad.

Es una arquitectura bastante más compleja que la idea de que EEUU haya obtenido las llaves de la isla. Groenlandia conserva el control jurídico de sus recursos naturales, y su Gobierno administra los derechos relacionados con la exploración y explotación minera. Su legislación minera constituye el marco que deben respetar las compañías, sean estadounidenses, europeas o de otra procedencia autorizada.

Por qué Groenlandia resulta tan importante para Trump

Hay una razón geográfica antes incluso de mirar bajo el hielo. Groenlandia ocupa una posición extraordinaria entre Norteamérica, Europa y el océano Ártico. Para los sistemas de alerta temprana, seguimiento espacial y defensa frente a misiles, prácticamente funciona como un gigantesco puesto avanzado del Ártico situado sobre las rutas más cortas entre Rusia y Estados Unidos.

Washington mantiene la base espacial de Pituffik, en el noroeste de la isla, fundamental para vigilancia espacial, detección de misiles y operaciones relacionadas con la defensa estadounidense y de la OTAN. La presencia militar norteamericana, enorme durante la Guerra Fría, se redujo durante décadas, pero el giro estratégico del Ártico está invirtiendo esa tendencia.

El retroceso del hielo añade otra pieza. Las rutas marítimas septentrionales ganan relevancia y Rusia y China llevan años tratando el Ártico como un espacio económico, militar y logístico de primera magnitud. Groenlandia queda justo en medio de ese tablero.

Trump comprendió pronto ese valor —ya intentó promover la compra del territorio durante su primer mandato—, aunque su lenguaje ha provocado repetidos choques con daneses y groenlandeses. Durante su segunda presidencia llegó incluso a negarse a descartar el uso de la fuerza para hacerse con la isla antes de que el acuerdo de septiembre rebajara la tensión.

Y ahí está una de las peculiaridades del episodio actual: las tres partes acababan de firmar un pacto pensado precisamente para estabilizar sus relaciones. Menos de un mes después, una publicación presidencial ha obligado a Dinamarca y Groenlandia a volver a explicar dónde acaba el acuerdo militar y dónde empieza la soberanía económica.

Groenlandia sigue teniendo la última palabra sobre su subsuelo

Estados Unidos ha conseguido una presencia estratégica mucho más sólida en el Ártico, pero seguridad militar y propiedad de los recursos son asuntos diferentes. Esa es la línea que Copenhague ha querido dibujar después de las declaraciones de Trump.

Las empresas estadounidenses podrán participar en proyectos groenlandeses cuando cumplan la legislación y obtengan los permisos correspondientes. No existe, sin embargo, un derecho automático a perforar, una prioridad general sobre los competidores aliados ni una explotación petrolera masiva preparada para arrancar por efecto del acuerdo de septiembre.

La paradoja groenlandesa permanece intacta. Bajo el hielo hay materias primas que interesan a medio mundo; sobre él, una población de apenas decenas de miles de habitantes intenta decidir cómo explotarlas, cuáles dejar bajo tierra y qué precio —económico, ambiental y político— está dispuesta a pagar. Washington tiene más poder militar en Groenlandia. El subsuelo, de momento, sigue siendo otra historia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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