Salud
Pellai defiende frustración y esfuerzo para criar niños más fuertes
Alberto Pellai alerta del exceso de protección y pantallas y reivindica esfuerzo, aburrimiento y frustración para fortalecer a niños y adolescentes.
Resumen
- Pellai defiende que el esfuerzo ayuda a tolerar mejor la frustración
- El exceso de protección puede restar autonomía a niños y adolescentes
- Pantallas e IA no son el único problema, pero exigen límites y criterio
Criar a un niño no consiste en despejarle el camino hasta dejarlo liso como una pista de aeropuerto. El esfuerzo, la frustración, el aburrimiento y los pequeños fracasos forman parte del aprendizaje que permite desarrollar autonomía, tolerancia al malestar y capacidad para afrontar problemas. Esa es la tesis que defiende el médico y psicoterapeuta italiano Alberto Pellai ante una generación que, a su juicio, ha crecido demasiado protegida y demasiado acostumbrada a la gratificación inmediata.
Pellai sitúa buena parte del problema en una combinación muy contemporánea: padres que intentan evitar a sus hijos cualquier dificultad, pantallas capaces de llenar cada segundo vacío y una cultura del «todo y enseguida». El resultado, sostiene, no son necesariamente niños más felices, sino menores que pueden llegar peor preparados para convivir con la espera, el error o un simple no. Su planteamiento aparece desarrollado en su libro Ti farò correre in salita. Come e perché educare alla fatica le nuove generazioni.
La generación del «todo y enseguida»
La imagen elegida por Pellai es deliberadamente incómoda. Muchos adultos, explica, educan a sus hijos como si fueran vasos de cristal: retirando obstáculos, evitando decepciones, resolviendo por anticipado los conflictos y procurando que el niño apenas tenga que enfrentarse al malestar.
La intención suele ser buena. Nadie quiere ver sufrir a un hijo por gusto. El problema aparece cuando protección y sobreprotección dejan de distinguirse. Hacerle la mochila, intervenir ante cualquier desacuerdo con un profesor, resolver inmediatamente el aburrimiento con un móvil o convertir cada derrota deportiva en una injusticia puede aliviar el momento. Pero también roba experiencias necesarias.
Pellai considera que esa eliminación constante de dificultades termina debilitando precisamente las herramientas que los adultos pretenden proteger. La tolerancia a la frustración no llega instalada de fábrica. Se aprende esperando, equivocándose, insistiendo, perdiendo alguna vez y comprobando después que el mundo sigue en su sitio.
Ahí entra su metáfora de la subida. Correr cuesta arriba obliga a regular el esfuerzo, aceptar el cansancio y seguir adelante cuando el premio todavía no se ve. No se trata de glorificar el sufrimiento ni de recuperar una educación áspera por nostalgia. Se trata de asumir algo menos espectacular: crecer resulta incómodo a ratos.
El aburrimiento también tiene una función
Otro de los blancos de Pellai es la desaparición del tiempo vacío. Durante décadas, un niño aburrido tenía básicamente dos opciones: protestar o inventarse algo. Una caja podía convertirse en un barco, dos piedras en personajes y una tarde eterna en un partido improvisado en cualquier descampado. No era una arcadia infantil, claro. También había aburrimiento puro y duro.
La diferencia es que ahora llevamos en el bolsillo una máquina diseñada para que ningún segundo quede sin estímulo. Vídeos cortos, juegos, mensajes, recomendaciones automáticas, música, redes sociales. El tedio puede desaparecer con un movimiento del pulgar.
Pellai defiende que cierta dosis de aburrimiento obliga a buscar recursos propios y favorece la iniciativa. La psicología también ha estudiado la relación entre esos momentos sin estímulos constantes y procesos como la autorregulación, la creatividad y la autonomía, aunque convertir el aburrimiento por sí solo en una especie de vitamina cerebral sería simplificar demasiado.
El fondo de la cuestión es otro. Cuando cualquier sensación desagradable recibe una respuesta exterior instantánea —una pantalla, una compra, una recompensa— el niño dispone de menos ocasiones para descubrir qué puede hacer él con esa sensación. Esperar también se entrena. Y soportar que algo salga mal, también.
Deporte, juego y esfuerzo fuera de la pantalla
Para Pellai, el deporte resume buena parte de esa educación que echa de menos. Una piscina no acorta sus largos porque alguien esté cansado. Una portería continúa a la misma distancia después de perder un partido. Y una carrera no concede resultados porque el corredor tenga una autoestima estupenda.
El deporte introduce reglas, límites, compañeros, repetición y derrota. El premio no siempre llega. A veces ni siquiera llega después de esforzarse mucho. Es una pequeña vacuna contra una idea bastante instalada en la cultura contemporánea: que desear algo intensamente debería bastar para obtenerlo.
El psicoterapeuta amplía esa lógica a las excursiones, asociaciones juveniles, actividades al aire libre, grupos deportivos y otros espacios compartidos. Considera que la autonomía necesita mundo real, cuerpos, relaciones y conflictos que no puedan cerrarse pulsando una cruz en la esquina de una pantalla.
Proteger no significa resolverlo todo
Aquí aparece probablemente la parte más útil de su argumento. Permitir frustración no significa abandonar a un niño ante un problema. La diferencia está entre acompañar y sustituir.
Un menor que no consigue montar en bicicleta necesita quizá una mano sujetando el sillín. Si el adulto pedalea por él, aquello deja de ser aprendizaje. Con los deberes, las amistades, las discusiones familiares o el deporte sucede algo parecido: el apoyo funciona mejor cuando no elimina el esfuerzo.
También importa la proporción. Una dificultad asumible puede enseñar; una exigencia desmedida puede bloquear. Hablar de esfuerzo sin atender a la edad, las capacidades, el entorno familiar o las necesidades concretas de cada menor sería cambiar una receta simplista por otra.
Pellai carga contra los móviles y la IA en las aulas
La parte más polémica de su planteamiento llega al terreno educativo. Pellai sostiene que la escuela debería recuperar espacios libres de dispositivos y cuestiona con dureza la idea de que introducir herramientas digitales o inteligencia artificial equivalga automáticamente a mejorar el aprendizaje.
Hay una parte de esa crítica respaldada por la investigación educativa. El teléfono móvil puede convertirse en una fuente importante de distracción dentro del aula y numerosos sistemas educativos han endurecido sus normas de uso. La discusión ha dejado de girar únicamente alrededor de cuántos dispositivos hay en una clase y empieza a fijarse más en algo bastante elemental: qué aportan realmente al aprendizaje.
Pero aquí conviene separar el bisturí del hacha. La evidencia no permite concluir que toda tecnología educativa o toda inteligencia artificial sea dañina. Determinadas herramientas pueden resultar útiles en contextos concretos y la alfabetización digital continúa siendo una competencia necesaria. El debate serio no es pantalla sí o pantalla no, sino qué tecnología, para qué, durante cuánto tiempo y bajo qué supervisión.
Pantallas y ansiedad: una relación menos sencilla
Algo parecido ocurre con la salud mental. Pellai relaciona el aislamiento digital y la búsqueda continua de gratificación con una generación más frágil, ansiosa y enfadada. La preocupación existe y no es menor, pero establecer una causalidad única sería excesivo.
La relación entre tecnología y bienestar juvenil es compleja. Algunos usos digitales pueden asociarse a efectos negativos; otros ofrecen conexión social, información, aprendizaje o apoyo. También sucede que adolescentes con malestar psicológico pueden recurrir más intensamente a las pantallas, de modo que causa y consecuencia pueden mezclarse.
La escena familiar importa tanto como el cronómetro. No es igual pasar dos horas hablando con amigos, creando música o resolviendo un trabajo escolar que encadenar vídeos algorítmicos de madrugada. Meterlo todo dentro de la etiqueta «tiempo de pantalla» es un poco como medir la alimentación contando únicamente cuántos minutos pasa alguien sentado a la mesa.
El regreso de un verbo incómodo: esforzarse
La propuesta de Pellai llega en un momento curioso. Durante años, buena parte del discurso educativo intentó corregir modelos excesivamente autoritarios. Era necesario. El péndulo, sin embargo, puede terminar en el extremo contrario: adultos que confunden acompañar con evitar cualquier límite y niños a los que se intenta ahorrar incluso el disgusto normal de no conseguir algo.
Educar en el esfuerzo no equivale a educar mediante el sufrimiento. Tampoco significa negar la ansiedad, trivializar los problemas psicológicos o presentar cada dificultad como una prueba de carácter. Significa dejar espacio para experiencias proporcionadas en las que el menor tenga que hacer algo que cuesta, esperar, volver a intentarlo y descubrir que puede tolerar bastante más de lo que suponía.
Eso incluye tareas domésticas, responsabilidades apropiadas para la edad, actividad física, estudio sostenido, compromisos con otras personas y momentos sin entretenimiento programado. Pequeñas cuestas. Nada heroico.
El planteamiento de Pellai tiene un mérito incluso allí donde resulta demasiado categórico: devuelve al debate una palabra que había adquirido mala fama. Frustrarse no siempre es fracasar. A veces es exactamente el momento en que empieza el aprendizaje.
Crecer también ocurre cuando el camino se empina
La infancia necesita seguridad, afecto y protección. Pero una protección que elimina cada piedra termina fabricando un suelo que solo existe dentro de casa. Fuera habrá retrasos, derrotas, profesores exigentes, compañeros difíciles, trabajos aburridos, relaciones que se rompen y proyectos que no salen. Ninguna aplicación puede borrar todo eso.
El equilibrio está entre dos extremos: ni niños abandonados ante problemas que no pueden manejar ni menores encerrados en una burbuja confortable donde cada incomodidad recibe una solución inmediata. Acompañarlos mientras hacen el esfuerzo, no hacer el esfuerzo por ellos.
Pellai lo expresa mediante una cuesta. La metáfora funciona porque una subida no se supera leyendo sobre resistencia, viendo cómo corre otro ni pidiendo a una inteligencia artificial que llegue a la cima. Hay que caminarla. Y durante la infancia, con un adulto cerca pero sin que cargue siempre con la mochila, es donde empiezan a aprenderse esas piernas.
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