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Naturaleza

El Niño puede alcanzar una intensidad sin precedentes, alerta la ONU

La OMM advierte de que El Niño podría superar todos los registros modernos y alterar el clima mundial con sequías, lluvias torrenciales y calor.

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El Niño puede alcanzar una intensidad récord

Resumen

  • El Niño podría alcanzar una intensidad sin precedentes a finales de 2026
  • El Pacífico puede situarse hasta 3,8 °C por encima de la media
  • El episodio eleva el riesgo de sequías, lluvias torrenciales e inundaciones

El episodio de El Niño que se intensifica en el Pacífico tropical puede entrar en territorio desconocido durante los próximos meses. Las últimas proyecciones contemplan anomalías de la temperatura de la superficie marina de hasta 3,8 °C por encima de la media entre noviembre de 2026 y enero de 2027, una magnitud capaz de situar este evento entre los más intensos observados.

No es simplemente una posibilidad lejana dibujada por un modelo. El océano ya está dando señales extraordinarias y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) espera que El Niño alcance su máximo alrededor de diciembre de 2026. El escenario eleva el riesgo de olas de calor, sequías, inundaciones y alteraciones de las lluvias en distintas partes del planeta, aunque sus efectos serán muy diferentes según la región.

El fenómeno, además, llega sobre un planeta que arrastra temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas. Esa combinación importa. El Niño es un proceso natural y recurrente, pero esta vez encuentra, por así decirlo, un depósito de calor particularmente lleno.

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El Pacífico se acerca a valores nunca observados

El dato que ha disparado las alertas está en el océano. Las previsiones climáticas apuntaban ya a que la anomalía media de la temperatura superficial en la región Niño 3.4, el área del Pacífico ecuatorial utilizada habitualmente para medir el fenómeno, podía rondar los 3,7 °C por encima de lo normal durante el último trimestre de 2026.

Sería un registro extraordinario. El anterior máximo comparable se situó alrededor de 2,6 °C entre noviembre de 2015 y enero de 2016, durante uno de los episodios de El Niño más fuertes de la historia reciente. Las previsiones actuales colocan el calentamiento claramente por encima de aquel nivel.

La nueva alerta eleva incluso ligeramente el techo y contempla valores de hasta 3,8 °C sobre la media entre noviembre y enero. Conviene no confundir estas cifras con la temperatura absoluta del mar: se trata de anomalías, es decir, de cuánto más caliente está el agua respecto al valor habitual para esa zona y esa época del año.

Las mediciones ya muestran un calentamiento extremo

Las observaciones realizadas durante los últimos meses han mostrado anomalías superiores a 4 °C en algunas zonas del Pacífico ecuatorial oriental. El calentamiento no se limita, además, a una fina capa superficial: también existe una importante acumulación de calor bajo la superficie del océano.

Ese detalle es importante porque El Niño necesita una interacción sostenida entre océano y atmósfera. Los cambios en los vientos alisios, la circulación tropical y las zonas donde se forman grandes sistemas de tormentas terminan desplazando patrones meteorológicos a miles de kilómetros. El Pacífico mueve una cantidad enorme de energía y, cuando cambia de ritmo, el resto del planeta rara vez queda al margen.

Un El Niño histórico no significa el mismo desastre en todas partes

La intensidad de El Niño no determina automáticamente la gravedad de cada inundación, sequía o episodio de calor. El clima no funciona como una fila de fichas de dominó perfectamente ordenadas. Un episodio más intenso aumenta la probabilidad de determinados impactos, pero no garantiza que todos ellos se produzcan ni que aparezcan exactamente donde ocurrieron durante fenómenos anteriores.

Aun con esa cautela, los números son poco habituales. Las previsiones apuntan a que el episodio seguirá siendo fuerte o muy fuerte durante el invierno boreal y podría mantenerse activo hasta comienzos de 2027. La cuestión ya no es solo cuánto durará, sino hasta dónde llegará su intensidad antes de empezar a debilitarse.

La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, ha advertido de que el episodio puede alcanzar niveles situados fuera de las escalas utilizadas durante las últimas cuatro décadas. Una frase poco habitual en un organismo acostumbrado a expresarse con mucha más cautela.

Lluvias torrenciales en unas regiones y sequía en otras

El Niño redistribuye calor y humedad alrededor del planeta. El resultado puede parecer paradójico desde tierra firme: mientras unas regiones reciben precipitaciones mucho más abundantes de lo normal, otras pueden atravesar meses excepcionalmente secos.

Las proyecciones apuntan a mayores probabilidades de precipitaciones en el Pacífico ecuatorial central y oriental y en diferentes zonas de América, África y Asia. En otros territorios puede ocurrir exactamente lo contrario, con falta de lluvia, temperaturas elevadas y presión creciente sobre las reservas de agua y la agricultura.

Esto puede traducirse en problemas bastante menos abstractos que una anomalía dibujada sobre un mapa: cosechas dañadas, inundaciones, embalses bajo presión, incendios favorecidos por la sequedad o pérdidas pesqueras cuando cambian las corrientes y la distribución de nutrientes. El Niño empieza en el océano, sí, pero acaba entrando en supermercados, centrales eléctricas, explotaciones agrícolas y presupuestos públicos.

Naciones Unidas teme también un impacto humanitario considerable. Las condiciones extremas asociadas al fenómeno podrían agravar la inseguridad alimentaria de decenas de millones de personas, especialmente en países con sistemas agrícolas, sanitarios o de abastecimiento de agua más vulnerables.

Qué puede significar para España

Para España conviene huir de equivalencias demasiado cómodas. Un El Niño extremadamente fuerte no permite afirmar por sí solo que el invierno español vaya a ser lluvioso, seco, frío o cálido. La influencia directa del fenómeno sobre Europa es bastante menos nítida que en amplias zonas del Pacífico o América.

Las previsiones estacionales favorecen temperaturas superiores a la media en buena parte de Europa durante el invierno, mientras que la señal sobre las precipitaciones resulta más incierta en el sur del continente. Trasladar el comportamiento del Pacífico directamente a España sería convertir una tendencia climática en una certeza meteorológica, y no funciona así.

Lo relevante será observar cómo El Niño interactúa con otros engranajes atmosféricos: la circulación del Atlántico Norte, la posición de la corriente en chorro, las altas presiones subtropicales o la temperatura del Mediterráneo. Ahí se juega buena parte del invierno español. El Pacífico empuja; Europa, después, responde a su manera.

Un fenómeno natural sobre océanos excepcionalmente cálidos

El Niño no está provocado por el cambio climático. Forma parte de una oscilación natural del sistema océano-atmósfera del Pacífico que alterna fases cálidas, neutrales y frías. Pero eso no significa que ambos fenómenos vivan en habitaciones separadas.

Las aguas de las que se alimenta este episodio presentan temperaturas excepcionalmente elevadas. El Niño puede liberar hacia la atmósfera parte del calor acumulado en el océano, elevando todavía más las temperaturas globales durante determinados periodos.

Por eso un evento tan intenso preocupa especialmente en un planeta que ya parte de una base térmica muy alta. El mismo mecanismo natural ocurre dentro de un clima distinto al de hace varias décadas: más cálido y con océanos que almacenan enormes cantidades de energía, un escenario capaz de amplificar determinados episodios extremos.

Un invierno marcado por un Pacífico fuera de escala

Las previsiones coinciden en que El Niño debería alcanzar su máximo hacia finales de 2026 y comenzar después una pérdida progresiva de intensidad. No desaparecerá de golpe. El calentamiento del Pacífico ecuatorial puede mantenerse por encima del umbral propio de El Niño incluso después del pico.

Eso deja varios meses delicados por delante. El verdadero alcance del episodio dependerá no solo de cuánto suba finalmente la temperatura del Pacífico, sino también de cómo responda la atmósfera y de su combinación con otros patrones climáticos regionales.

La cifra de 3,8 °C sobre la media resume bien lo excepcional del escenario, pero no es una sentencia meteorológica para cada país. Es otra cosa: una señal gigantesca en el mayor océano del planeta. Y cuando el Pacífico cambia de marcha de esta manera, buena parte del clima mundial termina notándolo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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