Naturaleza
EE.UU. elevó un 2,4% sus emisiones en 2025 y lideró el repunte global
EE.UU. aumentó un 2,4% sus emisiones en 2025, el mayor repunte entre las grandes potencias, impulsado por más carbón, frío y demanda eléctrica.
Resumen
- EE.UU. elevó un 2,4% sus emisiones de gases de efecto invernadero en 2025
- Fue el mayor repunte entre las grandes potencias durante el año
- Más carbón, frío y demanda eléctrica explican buena parte del aumento
Estados Unidos volvió a pisar el acelerador de las emisiones en 2025. Las estimaciones disponibles sitúan el aumento de sus gases de efecto invernadero en torno al 2,4%, después de dos años consecutivos de descenso, y colocan al país como la gran potencia que registró el incremento más acusado. Un giro especialmente significativo porque llegó mientras China, la Unión Europea, India, Rusia e Indonesia mantuvieron una evolución mucho más contenida.
El salto equivale a aproximadamente 133 millones de toneladas adicionales de CO₂ equivalente y tuvo detrás una combinación bastante terrenal: más consumo eléctrico, un invierno frío, gas natural más caro y un regreso parcial del carbón a las centrales. También aparece un nuevo actor en la fotografía energética estadounidense, los centros de datos. La nube, al final, necesita edificios, cables, refrigeración y cantidades muy poco etéreas de electricidad.
Conviene precisar la cifra para no mezclar magnitudes parecidas. El incremento del 2,4% corresponde al conjunto de gases de efecto invernadero expresados en CO₂ equivalente. Las estimaciones que contabilizan exclusivamente dióxido de carbono energético o fósil se mueven aproximadamente entre el 2% y el 2,5%, según la metodología utilizada. Cambia la décima; no cambia la dirección.
Estados Unidos rompe dos años de caída de las emisiones
El cambio resulta notable porque la trayectoria reciente apuntaba en sentido contrario. Las emisiones estadounidenses habían retrocedido en 2023 y 2024, prolongando una tendencia que permitió al país reducir considerablemente su contaminación climática respecto a los máximos alcanzados a mediados de la década de 2000. En 2025, sin embargo, esa secuencia se quebró y las emisiones volvieron a crecer con fuerza.
El contraste con la economía añade otra capa al dato. Mientras las emisiones avanzaron alrededor de un 2,4%, el PIB real estadounidense creció menos. Es decir, durante ese ejercicio la contaminación aumentó más deprisa que la actividad económica. Justo lo contrario del desacoplamiento que las economías desarrolladas necesitan para crecer sin arrastrar hacia arriba el consumo de combustibles fósiles.
Las distintas bases internacionales ofrecen pequeñas variaciones, pero coinciden en lo esencial: Estados Unidos registró el mayor aumento absoluto entre los grandes emisores. China prácticamente estabilizó su balance, India moderó claramente el ritmo de crecimiento y la Unión Europea mantuvo una ligera tendencia descendente. Washington destacó, esta vez, hacia arriba.
El carbón volvió cuando el gas se encareció
Una parte sustancial del repunte ocurrió dentro del sistema eléctrico. Estados Unidos produjo en 2025 alrededor de 4,43 billones de kilovatios hora, otro máximo histórico, mientras la demanda avanzaba en hogares, industria y, sobre todo, grandes consumidores comerciales.
Y cuando hubo que generar más electricidad apareció un viejo conocido que muchos daban por encaminado hacia una jubilación lenta: el carbón. Su producción eléctrica aumentó aproximadamente un 13% durante el año, un rebote considerable para una fuente que llevaba tiempo perdiendo terreno frente al gas natural y las renovables.
La explicación no está en un único cambio político ni en un repentino entusiasmo estadounidense por las chimeneas. Los precios relativamente elevados del gas natural hicieron que algunas centrales de carbón ya existentes volvieran a resultar competitivas durante más horas. Con una red que necesitaba energía adicional, esas plantas encontraron hueco.
Las emisiones del sector eléctrico crecieron aproximadamente un 3,8%. El carbón proporcionó cerca del 17% de la generación del país, mientras el gas natural siguió dominando el sistema con algo más del 40%. La paradoja estaba servida: Estados Unidos añadía cantidades récord de energía limpia y, al mismo tiempo, quemaba más carbón.
El frío también elevó el consumo de combustibles
El invierno de 2025 fue más frío que el del ejercicio anterior en numerosas regiones estadounidenses. Eso disparó la necesidad de calefacción y elevó el consumo directo de gas natural y otros combustibles en viviendas, oficinas y establecimientos comerciales.
Las emisiones directas procedentes de edificios aumentaron alrededor de un 6,8%, unos 56 millones de toneladas adicionales. Fue uno de los motores más importantes del repunte nacional y recuerda algo elemental que a veces se pierde entre modelos climáticos: unos cuantos meses especialmente fríos pueden alterar de forma visible el consumo energético de un país gigantesco.
El transporte, en cambio, apenas movió la aguja. Sus emisiones permanecieron prácticamente estables pese al elevado volumen de desplazamientos. La mayor eficiencia de los vehículos, la penetración de los híbridos y el crecimiento del coche eléctrico ayudaron a contener una factura climática que podría haber sido bastante mayor.
Centros de datos e inteligencia artificial disparan la demanda
Hay un elemento nuevo detrás del crecimiento eléctrico estadounidense: los centros de datos. No explican por sí solos el aumento de las emisiones de 2025, ni mucho menos, pero su consumo empieza a ser demasiado grande como para dejarlo perdido en una nota al pie.
La demanda comercial de electricidad creció alrededor de un 3%. En regiones como Texas, el valle de Ohio y el corredor del Atlántico medio, grandes instalaciones informáticas, centros de datos y otros consumidores intensivos contribuyeron de forma apreciable a esa subida. La expansión de la inteligencia artificial ha añadido presión a una red que llevaba décadas acostumbrada a incrementos de demanda bastante más modestos.
Entrenar y ejecutar modelos, almacenar información y mantener refrigerados miles de servidores exige electricidad durante las 24 horas. La tecnología puede parecer ligera en una pantalla, pero detrás hay naves industriales del tamaño de varios campos de fútbol. Mucho hormigón, kilómetros de cable y servidores que no duermen.
El impacto climático depende de cómo se produzca esa electricidad. Si la nueva demanda se cubre con solar, eólica, nuclear, almacenamiento u otras tecnologías bajas en carbono, el efecto sobre las emisiones se reduce. Si la red responde utilizando centrales fósiles existentes, el crecimiento digital acaba llegando a las chimeneas.
Esa será una de las grandes tensiones energéticas de Estados Unidos durante los próximos años. El consumo eléctrico vuelve a crecer después de un largo periodo de relativa estabilidad y las compañías tienen que responder justo cuando buena parte de la infraestructura necesita modernizarse. La cuestión ya no es únicamente cuánta energía limpia se instala, sino si llega antes que la nueva demanda.
Las renovables baten récords, pero todavía no bastan
Interpretar 2025 como un año de retirada de las renovables sería un error. La generación solar estadounidense a gran escala aumentó aproximadamente un 34% y la eólica también avanzó. Nunca se había producido tanta electricidad con estas tecnologías en el país.
Solar y eólica aportaron aproximadamente el 17% de la electricidad generada por las grandes instalaciones y, contando la producción solar distribuida en tejados y pequeñas plantas, su peso se acercó al 19%. El conjunto de las energías renovables rondó una cuarta parte de la generación nacional, mientras la energía nuclear aportó aproximadamente otro 18%.
La transición, por tanto, existe. Se ve en el paisaje eléctrico y en las estadísticas. El problema fue matemático: la demanda creció con suficiente rapidez como para que la expansión de las tecnologías limpias no evitara recurrir más a centrales fósiles. Instalar paneles y aerogeneradores no garantiza por sí mismo una reducción inmediata de las emisiones si el consumo total aumenta todavía más.
Ahí aparece uno de los grandes dilemas de esta década. Las fuentes limpias no solo necesitan crecer; deben hacerlo lo bastante deprisa como para cubrir el nuevo consumo y, al mismo tiempo, desplazar carbón y gas. Añadir generación renovable sin retirar producción fósil reduce el beneficio climático que cabría esperar de cada nuevo megavatio.
Trump, París y el peso climático de Estados Unidos
El tamaño de la economía estadounidense convierte cualquier variación en un asunto global. Estados Unidos continúa siendo el segundo gran emisor del planeta por volumen anual, por detrás de China, y ocupa una posición todavía mayor cuando se observan las emisiones acumuladas desde el comienzo de la industrialización.
Por eso unas décimas estadounidenses pesan tanto. Mientras otras grandes economías mantuvieron sus emisiones relativamente estables durante 2025, el repunte norteamericano sobresalió claramente. En un mundo que sigue registrando niveles históricamente altos de gases de efecto invernadero, más de cien millones de toneladas adicionales distan de ser una variación estadística menor.
El contexto político añade incertidumbre. Estados Unidos volvió a abandonar formalmente el Acuerdo de París en enero de 2026, después de que Donald Trump iniciara nuevamente el proceso de retirada al regresar a la Casa Blanca. La decisión no explica por sí sola el incremento registrado durante 2025, pero sí modifica el horizonte de la política climática federal.
Sería demasiado sencillo atribuir todo el rebote de emisiones a Trump. La mayor utilización del carbón durante 2025 respondió en buena medida al frío, los precios del gas y el incremento de la demanda eléctrica. Las políticas públicas tardan meses o años en trasladarse a centrales eléctricas, fábricas, vehículos y redes.
Otra cosa es lo que ocurra a partir de ahora. El recorte de incentivos a determinadas tecnologías limpias, los cambios regulatorios, el apoyo a los combustibles fósiles y una política menos favorable a la electrificación pueden alterar decisiones de inversión durante muchos años. Una central no cambia de combustible el día después de firmarse una orden presidencial; la infraestructura energética tiene una inercia enorme.
Y ese efecto puede volverse especialmente relevante cuando haya que responder al crecimiento de los centros de datos, nuevas fábricas y sistemas de inteligencia artificial. Estados Unidos necesita más generación y más redes. La tecnología elegida para construirlas determinará si el repunte de 2025 queda como una anomalía o se convierte en el comienzo de una tendencia más incómoda.
Un récord solar y más carbón: la contradicción de 2025
El aumento de las emisiones estadounidenses no demuestra que la transición energética haya fracasado. Expone algo más incómodo: su velocidad importa tanto como su dirección. Estados Unidos produjo cantidades récord de electricidad solar, mantuvo una enorme flota nuclear y siguió electrificando parte del transporte, pero al mismo tiempo necesitó más carbón y gas para alimentar una demanda creciente.
Todo eso puede ocurrir en el mismo país durante el mismo año. Un parque solar nuevo no borra automáticamente una central térmica si el consumo sube todavía más. La transición energética se parece menos a sustituir una bombilla y más a reformar una ciudad mientras sigue habitada: cada nueva pieza debe funcionar antes de retirar la antigua.
El resultado de 2025 fue un repunte excepcional entre las grandes economías justo cuando el margen mundial para contener el calentamiento continúa estrechándose. La estabilidad observada en otros grandes emisores tampoco basta por sí sola; para frenar el calentamiento global no alcanza con dejar de aumentar las emisiones. Tienen que caer, y hacerlo durante muchos años consecutivos.
El 2,4% puede parecer una cifra pequeña escrita junto a un símbolo de porcentaje. Traducida a centrales, edificios, combustibles y redes eléctricas, deja de serlo: supone más de cien millones de toneladas adicionales en un solo ejercicio. Un año no define una tendencia de décadas, pero sí revela dónde empieza a crujir el sistema. En 2025 crujió con fuerza en la segunda gran potencia emisora del planeta.
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