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Japón afronta escasez de crematorios ante el pico de muertes de 2040
Japón teme que el aumento de fallecimientos sature los crematorios de varias grandes ciudades, con esperas que en algunos casos ya alcanzan días.
Resumen
- Nueve de 20 grandes ciudades podrían quedarse cortas de crematorios en 2040
- Chiba ya registra esperas de entre siete y diez días en los meses de invierno
- El envejecimiento obliga a ampliar capacidad sin sobredimensionar el sistema
Japón empieza a enfrentarse a una consecuencia tan previsible como incómoda de su envejecimiento demográfico: los crematorios pueden quedarse pequeños. Al menos nueve de las veinte grandes ciudades designadas por el Gobierno y analizadas en una investigación nacional corren el riesgo de superar su capacidad de cremación en torno a 2040, cuando el número anual de fallecimientos se acerque a máximos históricos. En algunos lugares, de hecho, la tensión ha dejado de ser una hipótesis para dentro de catorce años.
Yokohama y Hiroshima reconocen que su capacidad anual ya puede resultar insuficiente, mientras otras ciudades han puesto fecha aproximada al problema: Saitama hacia 2030, Chiba en 2033, Sakai en 2035, Sagamihara entre 2035 y 2036 y Kawasaki alrededor de 2036. La imagen más elocuente aparece en Chiba, al este de Tokio, donde durante los meses de invierno algunas familias esperan actualmente entre siete y diez días antes de poder celebrar la cremación.
El envejecimiento de Japón llega también a los crematorios
La presión tiene detrás una matemática demográfica bastante menos abstracta de lo que parece. La generación japonesa del primer baby boom, conocida como generación dankai y nacida principalmente entre 1947 y 1949, está entrando en edades muy avanzadas. En 2022 comenzó a superar masivamente los 75 años, un movimiento poblacional que durante las próximas décadas tendrá consecuencias sobre hospitales, residencias, pensiones y, al final del recorrido, servicios funerarios.
Las proyecciones utilizadas por las autoridades japonesas sitúan alrededor de 1,65 millones de fallecimientos anuales en 2040. El problema es que la realidad está avanzando deprisa. Japón registró cerca de 1,6 millones de muertes en 2025, una cifra que mantiene al país en niveles históricamente elevados y anticipa la enorme presión que afrontarán determinados servicios públicos.
No es únicamente que Japón tenga muchos ciudadanos mayores. Es que concentra enormes cohortes de población en edades similares. Cuando esas generaciones atraviesan a la vez los últimos tramos de la esperanza de vida, las necesidades de determinados servicios suben casi como una ola: primero sanidad y cuidados, después servicios funerarios.
La infraestructura, en cambio, no envejece ni crece al mismo ritmo. Construir un crematorio, renovarlo o ampliar su número de hornos exige años de planificación, inversiones públicas, permisos y un ingrediente bastante humano: encontrar un lugar donde los vecinos acepten tenerlo cerca.
Un sistema prácticamente público que necesita más capacidad
A finales del ejercicio fiscal de 2025 Japón contaba con unos 1.350 crematorios, de los cuales aproximadamente el 97% eran instalaciones públicas gestionadas por municipios o agrupaciones de administraciones locales. Ese enorme peso del sector público convierte la falta de capacidad en algo más que una cuestión funeraria: es también un problema presupuestario para ciudades que deben renovar hornos, ampliar edificios o levantar nuevas instalaciones.
La legislación japonesa exige autorización de las autoridades prefecturales o municipales para operar estos centros y el modelo tradicional ha estado ligado a una concepción de servicio público sin ánimo de lucro. Eso limita la posibilidad de responder simplemente elevando precios o dejando que aparezcan nuevos operadores allí donde crezca la demanda.
De las grandes ciudades consultadas, todas salvo Okayama tienen previstos proyectos de construcción, rehabilitación o ampliación de instalaciones. El problema, claro, es el coste. Modernizar un crematorio significa suelo, obras, nuevos hornos, sistemas de filtrado y personal, además de superar una resistencia vecinal bastante comprensible pero que termina convirtiendo cada nuevo proyecto en una pequeña batalla urbanística.
Las ciudades piden ayuda financiera al Estado
El problema ha adquirido suficiente dimensión como para llegar a las cuentas nacionales. La asociación de alcaldes de las ciudades designadas reclamó por primera vez apoyo económico del Gobierno central para financiar la modernización de estos servicios.
Hasta hace pocos años los crematorios podían considerarse una infraestructura municipal bastante estable, casi invisible. Eso ha cambiado. La llamada sociedad de muchas muertes, expresión utilizada en Japón para describir esta fase demográfica, obliga a calcular cuántas cremaciones podrá asumir cada instalación y cuántos días tendrá que esperar una familia si la capacidad diaria se agota.
Y esperar una semana no es un detalle administrativo. Obliga a conservar los cuerpos durante más tiempo, retrasa ceremonias, incrementa determinados costes funerarios y añade una complicación especialmente desagradable en uno de los momentos más delicados para cualquier familia.
Tokio ya estudia nuevos crematorios
La capital ofrece quizá la versión más compleja del problema. Tokio ha creado un comité específico para estudiar la capacidad futura de sus crematorios y reconoce que la demanda seguirá aumentando y que será necesario ampliar la oferta disponible. El Gobierno metropolitano considera estas instalaciones una infraestructura pública esencial desde el punto de vista sanitario y del bienestar colectivo.
Tokio cuenta con 26 crematorios en el conjunto de la prefectura: nueve en los 23 distritos centrales, nueve en la zona de Tama y ocho en las islas. Ocho están gestionados por empresas privadas y siete de ellos se encuentran precisamente dentro de los 23 distritos. Allí el peso privado es excepcional para Japón: aproximadamente siete de cada diez cremaciones se realizan en instalaciones privadas.
La combinación ha generado dos problemas al mismo tiempo: capacidad y precio. Las autoridades metropolitanas reconocen tanto la existencia de esperas como el incremento de las tarifas en los crematorios privados y estudian fórmulas para garantizar nuevas plazas y una mayor intervención administrativa sobre el funcionamiento del mercado.
Pequeñas instalaciones para un problema enorme
Entre las posibilidades analizadas figura la construcción de pequeños crematorios públicos, con pocos hornos y distribuidos por distintos puntos de la ciudad, en lugar de apostar únicamente por enormes instalaciones centralizadas. Tokio también estudia cómo adaptar la normativa urbanística a tecnologías modernas de tratamiento de emisiones, porque encontrar suelo disponible en una de las mayores metrópolis del planeta no es precisamente la parte sencilla del asunto.
El problema de 2040 comienza bastante antes
Hablar de 2040 puede dar una engañosa sensación de distancia. Pero las previsiones municipales muestran algo distinto: varias ciudades sitúan la saturación durante la próxima década, y otras ya sufren periodos concretos en los que la demanda rebasa su capacidad habitual.
Eso obliga a construir pensando en una paradoja. Japón necesita más crematorios para afrontar el pico de fallecimientos de las próximas décadas, pero su población seguirá disminuyendo después. Una instalación levantada para responder a una demanda extraordinariamente alta podría acabar sobredimensionada cuando esa gran generación desaparezca y las cohortes posteriores, mucho menos numerosas, lleguen a edades avanzadas.
Ahí está una de las razones por las que Tokio estudia instalaciones pequeñas, modulares o más flexibles. No basta con construir mucho. Hay que construir para un pico demográfico que no durará eternamente, una diferencia importante cuando hablamos de infraestructuras caras pensadas para funcionar durante décadas.
La proyección nacional tampoco deja demasiado margen para mirar hacia otro lado. Los cálculos demográficos anticipan una sociedad todavía más envejecida durante las próximas décadas, con más de un tercio de la población por encima de los 65 años alrededor de 2040.
Una infraestructura invisible entra en la agenda demográfica
Durante años el debate sobre el envejecimiento japonés se ha contado mediante cunas vacías, escuelas que cierran, falta de trabajadores o presión sobre las pensiones. Los crematorios muestran la misma transformación desde el extremo opuesto de la vida.
El problema no significa que Japón vaya a encontrarse repentinamente sin lugares donde realizar cremaciones. Significa algo más concreto: la capacidad disponible puede no crecer al mismo ritmo que los fallecimientos, provocando esperas más largas, costes mayores y presión sobre unas administraciones locales que ya soportan el gasto creciente de una población envejecida.
Japón conoce desde hace décadas hacia dónde se mueve su pirámide poblacional. Lo difícil empieza cuando esa pirámide deja de ser un gráfico en un informe y se convierte en hospitales llenos, presupuestos municipales tensos y familias esperando varios días para despedirse de alguien. La demografía, al final, termina ocupando espacio físico. También después de la muerte.
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