Economía
Bangkok reúne al FMI y al Banco Mundial entre guerra y deuda récord
El FMI y el Banco Mundial se reúnen en Bangkok con la deuda mundial, el petróleo caro y la guerra en Oriente Próximo dominando una agenda crítica.
Resumen
- La cumbre del FMI y Banco Mundial llega a Bangkok del 12 al 18 de octubre
- Deuda récord, energía cara y guerra en Oriente Próximo dominan la agenda
- El Banco Mundial habla con 30-40 países sobre posibles ayudas de crisis
La guerra en Oriente Próximo y una deuda pública mundial en niveles históricos van a marcar las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que se celebran en Bangkok entre el 12 y el 18 de octubre. Ministros de Economía, gobernadores de bancos centrales y responsables financieros llegan a Tailandia con un problema bastante menos teórico que en otras cumbres: el petróleo vuelve a encarecerse, los intereses permanecen elevados y muchos gobiernos tienen cada vez menos margen para apagar incendios sin pedir prestado más dinero.
La cita reunirá a más de 15.000 participantes de 191 países y tendrá como telón de fondo un crecimiento mundial debilitado por el choque energético derivado del conflicto, la presión sobre los mercados de deuda y una inflación que se resiste a desaparecer del todo. Bangkok debía ser una gran conversación sobre crecimiento, inteligencia artificial y desarrollo. Todo eso seguirá sobre la mesa, claro. Pero la geopolítica ha entrado por la puerta principal.
Bangkok recibe una cumbre económica en plena tormenta
Las reuniones del FMI y el Banco Mundial suelen funcionar como una radiografía de la economía mundial. Esta vez la imagen llega movida. El conflicto en Oriente Próximo ha provocado una alteración extraordinaria del suministro energético, el estrecho de Ormuz continúa condicionado por fuertes tensiones y los países consumidores han tenido que recurrir a reservas, nuevas fuentes de suministro y medidas de ahorro para amortiguar el golpe. La economía mundial ha resistido mejor de lo inicialmente temido, aunque el peligro está lejos de haber desaparecido.
El petróleo Brent terminó el 8 de octubre por encima de los 104 dólares por barril, impulsado tanto por las tensiones en Oriente Próximo como por nuevos problemas de oferta. El combustible caro no se queda en la gasolinera: acaba entrando en el transporte, la agricultura, la industria, la electricidad y, finalmente, en la cesta de la compra. La factura geopolítica tiene esa desagradable costumbre de aparecer en lugares aparentemente domésticos.
Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, ha descrito una economía atrapada entre dos fuerzas poco compatibles. Por un lado, un choque energético que empuja los precios; por otro, el enorme ciclo inversor alrededor de la inteligencia artificial, especialmente intenso en Estados Unidos y Asia, que sostiene actividad y demanda, pero exige cantidades crecientes de electricidad, infraestructuras y capital.
La deuda ya no es un problema lejano
El otro gran protagonista de Bangkok será menos visible que un oleoducto bloqueado, pero quizá más incómodo: la deuda. El endeudamiento público mundial se encuentra en su nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial y las previsiones apuntan a que superará el 100% del PIB global antes de que termine la década.
El problema no es únicamente cuánto deben los Estados. Importa, sobre todo, cuánto cuesta financiar esa deuda. Con los tipos de interés altos y los rendimientos de los bonos bajo presión, refinanciar vencimientos consume una parte creciente de los presupuestos públicos. Un préstamo barato puede tolerarse durante años; uno caro empieza a comerse las paredes de la casa.
Durante mucho tiempo, unas condiciones financieras extraordinariamente benignas permitieron a numerosos gobiernos aumentar el endeudamiento sin sentir inmediatamente todo su peso. Esa época se ha evaporado. Cada crisis provoca un nuevo salto de deuda y, cuando pasa la emergencia, el endeudamiento apenas retrocede.
Pandemia, guerra de Ucrania, gasto energético, defensa, transición climática, envejecimiento de la población. La acumulación termina estrechando el margen presupuestario. Un Estado que dedica más recursos a pagar intereses dispone de menos para inversión, sanidad, educación o protección social, salvo que recaude más o vuelva a endeudarse. Y vuelta a empezar.
Países pobres: el golpe doble de intereses y energía
La situación es especialmente delicada en los países de renta baja y media. Muchos llegaron al nuevo choque energético con las cuentas deterioradas por la pandemia y tienen que comprar combustible, alimentos y fertilizantes en mercados internacionales mucho más caros.
Los países en desarrollo afrontan alrededor de 400.000 millones de dólares en pagos a acreedores externos durante 2026, con los intereses representando aproximadamente un tercio de esa cantidad. Al mismo tiempo, el encarecimiento del diésel y los fertilizantes amenaza presupuestos, cultivos y sistemas de ayudas públicas. Es una combinación conocida y bastante cruel: necesitan gastar más justo cuando pedir dinero cuesta más.
No se trata únicamente de balances contables. Las anteriores crisis del coste de la vida dejaron una huella persistente en las expectativas de inflación y golpearon con mucha mayor dureza a los hogares pobres, que destinan una proporción mayor de sus ingresos a alimentos, vivienda y energía. Cuando sube el petróleo, para unos cambia la factura; para otros cambia la dieta.
Oriente Próximo se cuela en cada previsión
La guerra obliga también a rehacer previsiones que hace apenas unos meses parecían razonables. Las tensiones sobre rutas marítimas, instalaciones petroleras y mercados de gas siguen condicionando el escenario económico y mantienen elevada la prima de riesgo energética.
El FMI mantiene un crecimiento mundial alrededor del 3% en 2026, pero detrás de esa cifra conviven economías con comportamientos muy distintos. Las inversiones relacionadas con inteligencia artificial han sostenido la actividad en varios países, mientras economías altamente dependientes de energía importada o próximas al conflicto sufren un golpe mucho mayor.
Durante las reuniones está prevista una nueva actualización de las grandes previsiones económicas del Fondo. Mercados y gobiernos observarán especialmente las estimaciones de crecimiento, inflación y riesgos financieros. No será un ejercicio académico: unas décimas menos de actividad, combinadas con inflación persistente, pueden modificar las expectativas sobre tipos de interés y, con ellas, el coste de la deuda pública y privada.
Para Europa, y también para España, el mecanismo es sencillo. Un petróleo persistentemente caro puede trasladarse al transporte y a la producción, dificultar la desinflación y reducir el margen de los bancos centrales para abaratar rápidamente el dinero. Para familias y empresas significa hipotecas, préstamos e inversiones pendientes durante más tiempo de lo previsto.
El Banco Mundial prepara más capacidad de emergencia
La preocupación ya se ha traducido en conversaciones concretas. El presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, ha explicado que la institución mantiene contactos con entre 30 y 40 países sobre posibles ayudas para afrontar el encarecimiento energético y otras consecuencias económicas de la crisis.
El Banco dispone inicialmente de unos 25.000 millones de dólares para responder a crisis, a los que pueden sumarse recursos procedentes de proyectos ya aprobados. Si la situación empeora, la capacidad total podría alcanzar los 100.000 millones. Parte de los países afectados está optando por reconvertir programas existentes para disponer de liquidez con mayor rapidez.
Fertilizantes, combustible y seguridad alimentaria aparecen estrechamente conectados. Para una economía desarrollada, una subida fuerte de las materias primas significa principalmente más inflación. Para determinados países pobres puede traducirse en cosechas más costosas, menos subvenciones disponibles y alimentos fuera del alcance de millones de hogares.
Bangkok vuelve al centro de las finanzas mundiales
Hay cierta ironía histórica en el escenario. Tailandia vuelve a acoger las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial después de haberlo hecho por última vez en 1991, pocos años antes de convertirse en epicentro de la crisis financiera asiática de 1997 y necesitar un rescate internacional.
Tres décadas después, Bangkok recibe a las instituciones financieras mundiales mientras el propio país lidia con otra clase de deuda: la de sus hogares. El endeudamiento familiar ronda el 85% del PIB tailandés, una carga que limita el consumo y dificulta que la economía recupere ritmos de crecimiento más elevados.
El Gobierno quiere atraer inversión hacia semiconductores, centros de datos, vehículos eléctricos y energías renovables, presentando al país como una plataforma estable dentro de una región decisiva para la economía global. El objetivo oficial pasa por recuperar un crecimiento más fuerte después de años en los que Tailandia ha avanzado a menor velocidad que varios de sus vecinos asiáticos.
La elección de Bangkok tiene, por eso, algo más que valor protocolario. Asia concentra una parte creciente de la producción mundial, las cadenas tecnológicas y las inversiones vinculadas a la inteligencia artificial. También importa enormes cantidades de energía. Las dos grandes fuerzas que inquietan al FMI, energía y tecnología, prácticamente se cruzan en la puerta del centro de convenciones.
Una semana para medir hasta dónde aguanta la economía global
Las reuniones terminarán el 18 de octubre, pero las decisiones difíciles quedarán abiertas. Los gobiernos deben contener una deuda en máximos históricos sin hundir el crecimiento; los bancos centrales intentan sofocar la inflación sin asfixiar la actividad; y el Banco Mundial necesita responder a un número creciente de países que llegan al nuevo choque con poco margen financiero.
Estados Unidos llegará además con una ausencia llamativa. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, no participará en las reuniones de Bangkok y Washington estará representado por otros altos cargos, una baja significativa precisamente cuando la deuda, los mercados de bonos y la respuesta internacional al conflicto ocupan buena parte de la agenda.
Bangkok mostrará hasta qué punto la economía mundial ha aprendido a convivir con las crisis sucesivas o simplemente se ha acostumbrado a financiarlas. Por ahora ha resistido: crecimiento todavía positivo, comercio funcionando, mercados abiertos. Pero cada nuevo golpe llega sobre una montaña de deuda algo más alta y unos presupuestos algo más estrechos. Esa es la verdadera inquietud que sobrevuela la reunión: no únicamente la próxima crisis, sino cuánto margen queda para pagarla.
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