Naturaleza
La Antártida registra su tercer máximo de hielo más bajo en 48 años
El hielo marino antártico vuelve a niveles muy bajos tras el invierno austral y prolonga una década marcada por anomalías cada vez más persistentes.
Resumen
- El hielo antártico marca su tercer máximo invernal más bajo en 48 años
- Copernicus sitúa el máximo de 2026 en 18,19 millones de km²
- Los científicos investigan un cambio persistente en el océano Austral
El invierno austral ha terminado con una señal difícil de ignorar. El hielo marino de la Antártida alcanzó en 2026 su tercer máximo anual más bajo desde que comenzaron las observaciones sistemáticas por satélite, una serie que abarca ya casi medio siglo. No es un récord absoluto, pero tampoco un episodio aislado: encaja en una sucesión reciente de años con extensiones excepcionalmente reducidas.
Los distintos sistemas de observación ofrecen cifras ligeramente diferentes por sus métodos de cálculo, aunque coinciden en lo esencial. Copernicus sitúa el máximo invernal en 18,19 millones de kilómetros cuadrados, alcanzados el 10 de septiembre, mientras que el National Snow and Ice Data Center calcula 17,59 millones el 14 de septiembre. En ambos registros, 2026 ocupa el tercer puesto entre los máximos más bajos de la era satelital.
El hielo antártico vuelve a quedarse muy por debajo de lo habitual
Durante el invierno del hemisferio sur, el océano que rodea la Antártida se congela progresivamente y crea un cinturón de hielo que multiplica varias veces su superficie antes de empezar a retroceder con la primavera. Es uno de los mayores cambios estacionales del planeta y su evolución se sigue con especial atención desde satélite.
En septiembre de 2026, la extensión media mensual quedó aproximadamente 1,2 millones de kilómetros cuadrados por debajo de lo normal según el registro empleado por Copernicus, una anomalía del 6,3%. Para hacerse una idea de la escala, esa superficie perdida respecto a la media supera ampliamente la extensión de España y Francia juntas.
Lo llamativo no es solamente el número final. El hielo permaneció en niveles muy bajos durante buena parte de la temporada de crecimiento y, después de alcanzar el máximo, comenzó a retirarse con rapidez. El NSIDC detectó desde el 2 de octubre mínimos diarios récord para esas fechas, incluso por debajo de los valores observados en 2023, el año que sacudió buena parte de las certezas sobre el comportamiento reciente del hielo austral.
Un cambio brusco después de décadas de comportamiento desconcertante
La historia del hielo marino antártico nunca ha sido tan sencilla como la del Ártico. Mientras en el norte la tendencia de pérdida es muy clara desde hace décadas, alrededor de la Antártida la superficie helada llegó incluso a crecer ligeramente durante buena parte de la era satelital. En 2012 y 2014 se registraron máximos extraordinariamente elevados.
Después llegó el vuelco. A partir de 2015 y, sobre todo, de 2016, el sistema entró en una fase distinta. Los registros comenzaron a mostrar descensos rápidos y varios mínimos extremos. Investigaciones recientes apuntan incluso a un posible cambio estructural del régimen del hielo marino, con anomalías más persistentes y una menor tendencia a regresar a los valores históricos habituales.
Eso obliga a ser prudentes con una idea bastante tentadora: atribuir cada temporada mala a una única causa. En la Antártida intervienen vientos, corrientes oceánicas, temperatura del agua, presión atmosférica y salinidad, además de conexiones climáticas que pueden empezar a miles de kilómetros de distancia. El tablero es enorme y las piezas se mueven a la vez.
El océano profundo aparece cada vez más en la explicación
Uno de los hallazgos más relevantes publicados en 2026 apunta precisamente hacia abajo, no hacia el cielo. Un estudio basado en alrededor de 110.000 perfiles hidrográficos concluyó que durante años se fue debilitando una capa de agua fría que actuaba como barrera entre el hielo y aguas profundas más cálidas.
Cuando unos vientos especialmente intensos favorecieron la mezcla vertical, ese calor almacenado en profundidad pudo acercarse más a la superficie. El resultado habría contribuido al gran giro observado desde mediados de la década pasada.
No significa que exista un interruptor que alguien haya accionado en 2016. Más bien se parece a una puerta cuya cerradura llevaba años aflojándose hasta que una ráfaga terminó por abrirla. El calor acumulado bajo el océano, combinado con determinados patrones atmosféricos, aparece como una de las explicaciones más sólidas de la persistencia de niveles bajos de hielo.
Por qué importa que haya menos hielo alrededor de la Antártida
Conviene separar dos conceptos que a menudo acaban mezclados. El hielo marino flota sobre el océano y se forma al congelarse el agua del mar. No es lo mismo que la enorme capa de hielo que cubre el continente antártico, asentada sobre tierra firme.
Por esa razón, cuando el hielo marino se derrite no eleva directamente el nivel del mar de una manera apreciable, del mismo modo que un cubito que se derrite dentro de un vaso apenas modifica su nivel. Pero de ahí a pensar que da igual hay un trecho enorme.
Una superficie cubierta de hielo refleja buena parte de la radiación solar. El océano oscuro, en cambio, absorbe más energía. Menos hielo puede favorecer así un mayor calentamiento del agua, alterar los intercambios de calor y carbono entre océano y atmósfera y modificar la circulación del océano Austral.
También cambia algo mucho más tangible: el hábitat. El hielo marino funciona como plataforma, refugio y zona de alimentación para numerosos organismos, desde microorganismos y kril antártico hasta focas y pingüinos. No es simplemente una sábana blanca que aparece y desaparece en los mapas meteorológicos.
El extraño verano de 2026 complica todavía más la fotografía
La temporada ofrece, además, una paradoja interesante. El mínimo de hielo registrado al terminar el verano austral de 2026 no fue especialmente extremo. Se situó alrededor de 2,86 millones de kilómetros cuadrados y ocupó una posición cercana a la mitad de la serie histórica, muy lejos de los mínimos excepcionales de 2023 o 2025.
Después, durante el invierno, el hielo volvió a quedarse rezagado hasta cerrar con ese tercer máximo más bajo. La secuencia recuerda por qué un único dato anual sirve de poco para describir un sistema tan variable.
El comportamiento regional también cambia. Un temporal puede empujar el hielo hacia fuera y aumentar aparentemente su extensión sin fabricar una sola tonelada adicional; otro patrón de viento puede compactarlo contra la costa. La temperatura del océano actúa por debajo mientras la atmósfera hace lo propio por encima. Extensión, concentración y volumen no son sinónimos.
Ahí reside parte del quebradero de cabeza científico: la Antártida no sigue una línea limpia, pero los últimos años dibujan una acumulación de episodios anómalos difícil de despachar como simple ruido meteorológico.
2023 dejó de parecer una anomalía solitaria
El año 2023 marcó un punto especialmente llamativo. Durante su invierno, la superficie de hielo llegó a situarse más de dos millones de kilómetros cuadrados por debajo de los niveles habituales. Estudios posteriores estimaron que un episodio de aquella magnitud habría sido extraordinariamente improbable en un clima sin calentamiento provocado por las actividades humanas.
Después no llegó una recuperación clara y sostenida. Las temporadas siguientes han continuado mostrando extensiones bajas en distintos momentos del año. No todos los récords caen cada doce meses —la naturaleza rara vez trabaja con esa cortesía estadística—, pero la acumulación empieza a ser lo relevante.
Los investigadores siguen discutiendo cuánto corresponde a la variabilidad natural del océano y la atmósfera y cuánto al calentamiento de fondo. Ambas cosas pueden coexistir. De hecho, esa superposición es precisamente lo que vuelve tan compleja la atribución en la Antártida.
Un continente rodeado por una señal que ya dura demasiado
El tercer máximo invernal más bajo de casi 50 años no demuestra por sí mismo que el hielo marino antártico haya cruzado un punto irreversible. La serie de observaciones continúa siendo relativamente corta y el océano Austral es capaz de producir oscilaciones enormes de un año a otro.
Pero 2026 tampoco llega solo. Se suma a una década en la que los antiguos patrones han empezado a fallar, los récords bajos aparecen con mayor frecuencia y la recuperación hacia valores históricos resulta menos consistente.
La incógnita científica ya no consiste únicamente en explicar por qué hubo poco hielo este invierno. El asunto más incómodo es determinar si la Antártida atraviesa una racha excepcionalmente larga o si el sistema climático del océano Austral que conocimos durante las primeras décadas de observación por satélite ha empezado, de verdad, a comportarse de otra manera.
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