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Naturaleza

El glaciar del Aneto pierde más de dos metros y entra en fase crítica

El mayor glaciar de España pierde más de dos metros de espesor en 2026 y los científicos sitúan su supervivencia en una ventana de pocos años.

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El glaciar del Aneto

Imagen: Faras / CC BY-SA 3.0.

Resumen

  • El Aneto ha perdido más de dos metros de espesor durante 2026
  • Los científicos creen que puede dejar de ser glaciar en cinco a diez años
  • El deshielo ya altera rutas de montaña y deja cada vez más roca expuesta

El glaciar del Aneto, el mayor de España y de toda la cordillera pirenaica, ha vuelto a sufrir un fuerte retroceso. Las mediciones realizadas al terminar el verano de 2026 apuntan a una pérdida superior a dos metros de espesor medio en apenas un año, un resultado que confirma que el hielo situado bajo la cumbre más alta de los Pirineos está entrando en una fase crítica. No es una oscilación menor ni un mal verano aislado: el glaciar lleva décadas encogiéndose y en los últimos años el proceso se ha acelerado.

La situación es especialmente delicada porque el Aneto llega a este nuevo golpe después de haberse fragmentado varias veces y de perder una parte importante de la superficie que todavía conservaba. En 2025, su cuerpo glaciar quedó reducido a unas 30 hectáreas después de que la masa situada bajo el Collado de Coronas se desconectara y pasara a considerarse un helero. El resultado se aprecia incluso sin instrumentos científicos: donde hace pocos años dominaba una continuidad blanca y gris azulada, ahora aparecen roca desnuda, hielo oscuro y manchas aisladas que apenas mantienen contacto entre sí.

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El Aneto vuelve a perder más hielo del que puede recuperar

Los datos de 2026 todavía son preliminares, pero dibujan una tendencia difícil de disimular. Las estimaciones científicas sitúan la pérdida de este año por encima de los dos metros de espesor, frente al aproximadamente metro anual que caracterizó buena parte de las dos décadas anteriores. En 2022 y 2023 ya se habían registrado descensos superiores a tres metros en algunos balances, dos temporadas especialmente duras para las masas de hielo pirenaico.

La comparación histórica da otra dimensión al fenómeno. Entre 1981 y 2022, el glaciar del Aneto perdió alrededor del 64,7 % de su superficie: pasó de 135,7 hectáreas a 48,1. Durante esos 41 años también desaparecieron, de media, más de 30 metros de espesor de hielo, con zonas donde la pérdida fue todavía mayor. No estamos hablando, por tanto, de un glaciar que simplemente se deshilacha por los bordes. Está cambiando de estructura.

Y deprisa. Entre 2020 y 2023, los glaciares estudiados en los Pirineos perdieron una media de 2,52 metros de espesor por año, más de tres veces el ritmo registrado entre 2011 y 2020. El Aneto perdió en ese trienio cerca de 7,8 metros. La sucesión de temporadas desfavorables está haciendo en pocos años lo que décadas atrás necesitaba mucho más tiempo.

Un glaciar con cada vez menos margen

Hay una precisión importante. A menudo se repite que el Aneto conserva alrededor de 12 metros de espesor medio, pero esa cifra procede de mediciones anteriores. Las reconstrucciones científicas estimaban para octubre de 2024 unos 11,6 metros de espesor medio. Después llegaron nuevas pérdidas en 2025 y el descenso superior a dos metros estimado para 2026. Las cifras no pueden restarse mecánicamente —la superficie medida cambia a medida que desaparecen o se reclasifican partes del glaciar—, pero la dirección del proceso resulta bastante evidente.

También importa cuánto hielo queda debajo. En 2024 solo una fracción de los grandes glaciares pirenaicos estudiados conservaba espesores superiores a 20 metros, mientras extensas zonas ya estaban por debajo de diez. Cuando una masa tan pequeña pierde grosor, se fragmenta y deja prácticamente de desplazarse, su supervivencia como glaciar activo se complica mucho más de lo que su superficie aparente podría sugerir.

De 135 hectáreas a un glaciar partido

El glaciar del Aneto era muy distinto hace cuatro décadas. En 1981 todavía formaba una masa de más de un kilómetro cuadrado. Incluso a comienzos de este siglo, la imagen desde las rutas de ascenso tenía poco que ver con la actual. Después llegaron las separaciones sucesivas entre distintos sectores de hielo y una pérdida de superficie que ha dejado el antiguo glaciar convertido en un mosaico cada vez más frágil.

Entre 2015 y 2016 el glaciar ya se dividió en dos cuerpos. Más tarde aparecieron nuevas fracturas y sectores desconectados. En 2025, la masa situada bajo el Collado de Coronas perdió la conexión con el cuerpo principal. Ese detalle geográfico tiene consecuencias científicas: cuando el hielo queda aislado y pierde el movimiento característico de un glaciar, acaba siendo clasificado como helero o masa de hielo residual.

Ahí está una de las peculiaridades del problema. Un glaciar no deja de existir exactamente el día en que desaparece el último pedazo blanco. Antes puede perder la dinámica que lo define. El hielo permanece durante un tiempo, como una fotografía envejecida de lo que hubo, pero deja de comportarse como aquella corriente lentísima que durante siglos había moldeado la montaña.

El verano de 2026 le dio muy poco respiro

La campaña de este año coincidió con unas condiciones meteorológicas extraordinariamente desfavorables. El verano de 2026 fue el más cálido registrado en España desde el comienzo de la serie oficial en 1961 y, según las reconstrucciones históricas disponibles, uno de los más cálidos desde el siglo XIX. La temperatura media peninsular alcanzó alrededor de 24,5 grados, claramente por encima de los valores habituales de referencia.

El calor, además, no apareció durante una semana extravagante de julio y se marchó. España acumuló numerosas jornadas bajo condiciones de ola de calor, con episodios prolongados desde junio hasta septiembre. El verano meteorológico fue también excepcionalmente seco. Para un glaciar pequeño, esa combinación pesa mucho: menos nieve capaz de sobrevivir al verano y más semanas durante las cuales el hielo queda directamente expuesto a la radiación solar.

La nieve funciona como una especie de parasol natural. Su superficie clara refleja buena parte de la energía solar; el hielo viejo, más oscuro y a menudo cubierto de polvo o partículas, absorbe más. Cuando la nieve desaparece pronto, el glaciar queda desnudo durante semanas y entra en un círculo bastante cruel: más hielo oscuro expuesto, más absorción de energía y, finalmente, más fusión.

La desaparición ya aparece en los modelos científicos

La cuestión dejó hace tiempo de ser si el glaciar conservará el tamaño que tenía. Eso ya no está sobre la mesa. La incógnita científica es cuánto puede durar todavía como glaciar propiamente dicho, es decir, como una masa de hielo suficientemente extensa y gruesa para mantener la dinámica que caracteriza a este tipo de formaciones.

Los modelos elaborados a partir del volumen de hielo reconstruido a finales de 2024 indican que, durante los próximos cinco a diez años, los principales glaciares pirenaicos pueden dejar de conservar suficiente masa y movimiento para seguir siendo considerados glaciares en sentido estricto. Aneto, Monte Perdido y Ossoue figuran entre las grandes masas de hielo cuya evolución se sigue con especial atención.

Para el Aneto, algunos escenarios son especialmente gráficos. Hacia 2030 podría haber desaparecido una parte muy importante del hielo existente en 2024. Pocos años después, la masa restante podría quedar fragmentada en pequeñas manchas aisladas, sin extensión suficiente para conservar la dinámica glaciar. Una repetición durante varias temporadas de condiciones extremas similares a las vividas recientemente podría acelerar todavía más ese proceso.

No es una fecha de caducidad impresa en una etiqueta. Los modelos climáticos trabajan con escenarios y márgenes de incertidumbre. Puede aparecer una sucesión de inviernos generosos en nieve o temporadas estivales menos agresivas y retrasar algo el desenlace. Lo difícil es que esas excepciones compensen la pérdida acumulada. El glaciar necesita una sucesión de años extraordinariamente favorables para estabilizarse; para seguir retrocediendo le basta, por desgracia, con condiciones parecidas a las que ya está soportando.

El deshielo también está cambiando la subida al Aneto

La transformación ya afecta a quienes pisan la montaña. En 2026, las recomendaciones de seguridad aconsejaron abandonar la ruta del Portillón Superior a partir del 7 de julio y utilizar el itinerario por el ibón del Salterillo cuando el hielo glaciar quedó descubierto. El cambio llegó mucho antes que en 2025, cuando esa recomendación no se produjo hasta septiembre. En 2024 ni siquiera fue necesario desaconsejar el Portillón durante el verano.

No es una simple cuestión de comodidad. Al desaparecer la nieve superficial queda expuesto un hielo viejo, duro y oscuro sobre el que progresar resulta más delicado. A la vez, la degradación del permafrost, el terreno permanentemente congelado que ayuda a mantener cohesionadas determinadas paredes y laderas, puede favorecer desprendimientos de piedras. El paisaje se vuelve más rocoso y, paradójicamente, algunos tramos pueden ser más complicados cuando queda menos hielo.

El Aneto seguirá siendo una montaña de 3.404 metros cuando su glaciar desaparezca. Seguirán ahí el granito, los ibones, las crestas, el viento de la Maladeta. Pero la ascensión no será la misma. Durante generaciones, cruzar el hielo formó parte física y cultural de alcanzar el techo de los Pirineos; ahora esa geografía está siendo reescrita a una velocidad perceptible incluso entre dos fotografías tomadas con pocos años de diferencia.

Un paisaje que puede cambiar dentro de una misma generación

Desde el final de la Pequeña Edad de Hielo, hacia mediados del siglo XIX, los Pirineos han perdido más del 90 % de su superficie glaciar. El macizo del Aneto-Maladeta, pese a conservar todavía el mayor conjunto de hielo de toda la cordillera, ha perdido alrededor del 93 % de la extensión que llegó a tener.

Esa escala histórica ayuda a entender lo que significan los dos metros perdidos en 2026. Aislados, serían una mala temporada. Colocados detrás de décadas de adelgazamiento, fragmentaciones sucesivas, veranos extremos y una superficie que ha pasado de más de 135 hectáreas en 1981 a alrededor de 30 cuatro décadas después, cuentan otra historia mucho más difícil de reducir a una anomalía pasajera.

El glaciar más grande de España no está desapareciendo en un futuro abstracto, de esos que siempre parecen corresponder a otra generación. Está desapareciendo mientras se mide. Cada campaña encuentra una montaña ligeramente distinta de la anterior; cada verano, un poco más de roca donde antes había hielo. Y esa quizá sea la dimensión más difícil de ignorar: en el Aneto, el cambio climático ya no necesita una gráfica para hacerse visible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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