Naturaleza
La Tierra acumula más del doble de calor que hace 20 años: las claves
El desequilibrio energético de la Tierra se ha más que duplicado desde comienzos de siglo y los océanos almacenan cerca del 91% del exceso de calor
Resumen
- La Tierra retiene más del doble de calor que hace dos décadas
- Los océanos absorben alrededor del 91% del exceso de energía
- El desequilibrio energético acelera el calentamiento y el nivel del mar
La Tierra está acumulando calor a un ritmo muy superior al registrado hace apenas dos décadas. Las observaciones por satélite muestran que el desequilibrio energético del planeta, la diferencia entre la energía solar que entra y la que vuelve al espacio, se ha más que duplicado desde comienzos de siglo. No es una metáfora climática ni una proyección para finales de siglo: es energía que permanece dentro del sistema terrestre y termina calentando océanos, continentes y atmósfera o derritiendo hielo.
La actualización más reciente de los Indicadores del Cambio Climático Global, publicada en 2026 con datos hasta 2025, dibuja la misma trayectoria. El desequilibrio medio pasó de 0,40 vatios por metro cuadrado durante 1976-1995 a 1,04 W/m² entre 2006 y 2025. Puede parecer una cantidad pequeña. No lo es: aplicada continuamente sobre toda la superficie terrestre, representa una entrada gigantesca de energía adicional. La física, poco dada a tertulias, suma lo que entra y resta lo que sale; desde hace décadas, la cuenta no cuadra.
La Tierra está ganando energía más deprisa
El concepto se conoce como desequilibrio energético de la Tierra. En condiciones climáticas estables, la radiación solar absorbida por el planeta y la energía infrarroja enviada nuevamente al espacio tienden a compensarse. Ahora entra más energía de la que sale, de modo que el sistema climático continúa calentándose incluso cuando las temperaturas de un año concreto fluctúan por causas naturales.
Los gases de efecto invernadero, principalmente el dióxido de carbono y el metano, dificultan la pérdida de energía hacia el espacio. Esa es la causa de fondo del calentamiento provocado por las actividades humanas. A partir de ahí aparece una madeja bastante más compleja: cambian las nubes, disminuyen el hielo y la nieve, aumenta el vapor de agua y varía la cantidad de radiación solar reflejada por la superficie y la atmósfera.
Las mediciones del programa CERES de la NASA, que observa desde satélites los flujos de radiación en la parte superior de la atmósfera, han mostrado una aceleración especialmente llamativa. Un análisis científico situó el desequilibrio en 2023 alrededor de 1,8 W/m², después de haberse más que duplicado en aproximadamente dos décadas. Los investigadores advierten, eso sí, de que un año aislado contiene variabilidad natural y no debe confundirse con la tendencia climática de largo recorrido.
El planeta se ha vuelto algo menos reflectante
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes —y todavía no completamente resueltos— de la investigación. El aumento reciente no parece explicarse únicamente porque los gases de efecto invernadero impidan que escape energía. También está entrando más energía solar en el sistema porque la Tierra refleja una proporción menor de la radiación que recibe.
Las observaciones de CERES sitúan el aumento reciente del desequilibrio en torno a 0,3-0,5 W/m² por década durante buena parte de las dos últimas décadas. Una porción relevante de ese incremento aparece en la radiación solar absorbida. Dicho de manera menos académica: el planeta se ha vuelto ligeramente más oscuro, es decir, refleja menos luz hacia el espacio.
Menos hielo y nieve dejan al descubierto superficies más oscuras, capaces de absorber más radiación. Las variaciones en las nubes también importan. Y entra en escena otro actor peculiar: los aerosoles contaminantes. Algunas de estas partículas reflejan luz solar y favorecen nubes capaces de enfriar temporalmente el clima. Al reducirse determinadas emisiones contaminantes por las políticas de calidad del aire, parte de ese efecto refrigerante disminuye. Que limpiar el aire tenga este efecto colateral no convierte la contaminación en una solución climática, claro; simplemente muestra hasta qué punto el sistema está lleno de engranajes que se pisan unos a otros.
El 91% del exceso de calor acaba en los océanos
Hablar de que la Tierra retiene calor puede llevar a una imagen equivocada, como si toda esa energía permaneciera suspendida sobre nuestras cabezas. La realidad está sobre todo debajo de la superficie del mar. Las estimaciones utilizadas por la comunidad científica indican que aproximadamente el 91% del exceso de energía acumulado por el sistema climático termina almacenado en los océanos.
Alrededor de un 5% ha calentado los continentes, cerca de un 3% se ha empleado en fundir hielo y aproximadamente un 1% ha calentado directamente la atmósfera, según las estimaciones de largo plazo. Las actualizaciones posteriores mantienen al océano como el gran depósito térmico del planeta. Es una diferencia crucial: la temperatura que sentimos al salir a la calle solo cuenta una pequeña parte de la historia.
Eso explica por qué medir únicamente la temperatura del aire ofrece una fotografía incompleta. Un año puede ser algo menos cálido en superficie debido a La Niña, erupciones volcánicas u otras oscilaciones y, al mismo tiempo, el sistema climático puede seguir acumulando energía. El océano funciona como una enorme batería: recibe calor, lo almacena durante años o décadas y después condiciona temperaturas, circulación marina, humedad atmosférica y nivel del mar.
Hay incluso señales claras de que el calentamiento está penetrando progresivamente hacia zonas más profundas. Los datos muestran un aumento robusto del calor almacenado entre 700 y 2.000 metros de profundidad desde la década de 1990. Más de la mitad del incremento del contenido térmico oceánico ocurrido desde finales del siglo XIX se habría producido después de los años noventa. Un cambio enorme en muy poco tiempo, visto con el reloj del clima.
Más calor almacenado acaba apareciendo en el clima
El desequilibrio energético no determina por sí solo dónde caerá la siguiente tormenta ni permite atribuir automáticamente cualquier ola de calor concreta al cambio climático. Sí describe algo más básico: cuánta energía adicional existe dentro del sistema y, por tanto, cuánto combustible físico hay disponible para transformar océanos, hielo, atmósfera y continentes.
La subida del nivel del mar es uno de los efectos más directos. El agua caliente ocupa más volumen y, al mismo tiempo, glaciares y grandes masas de hielo continental pierden masa. Entre 1901 y 2025, el nivel medio global del mar aumentó alrededor de 23 centímetros. Más reveladora resulta la velocidad: la tasa media fue de unos 1,69 milímetros anuales durante 1976-1995 y alcanzó aproximadamente 3,67 milímetros al año entre 2006 y 2025.
El océano más caliente también está cambiando sus extremos. Los días afectados por olas de calor marinas se han multiplicado por más de tres desde comienzos de los años noventa. Durante 2016-2025 se registraron de media unos 58 días anuales de ola de calor marina a escala global, frente a 36 durante la década anterior; en 2025 fueron aproximadamente 65 días.
Para corales, pesquerías y ecosistemas costeros, no es una estadística abstracta. Significa semanas enteras viviendo por encima de las temperaturas consideradas normales para cada región, con consecuencias sobre la reproducción, la disponibilidad de alimento, las migraciones de especies y la supervivencia de organismos particularmente sensibles al calor.
El calentamiento humano alcanzó 1,37 grados en 2025
El balance energético ayuda también a entender por qué las temperaturas globales continúan aumentando aunque cada año tenga su propia personalidad meteorológica. La evaluación científica publicada en 2026 sitúa el calentamiento causado por el ser humano en 1,37 °C durante 2025 respecto al periodo preindustrial de 1850-1900.
Durante la década 2016-2025, el calentamiento atribuible a las actividades humanas avanzó a un ritmo estimado de 0,27 °C por década. Los investigadores relacionan esa velocidad con unas emisiones de gases de efecto invernadero que permanecen en niveles históricamente elevados y con el debilitamiento parcial del efecto refrigerante de determinados aerosoles.
Si ese ritmo y las emisiones actuales se mantuvieran, la estimación central sitúa el calentamiento antropogénico de 1,5 °C alrededor de 2030. No significa que una fecha concreta active de repente un interruptor climático ni que todos los impactos aparezcan al cruzar una raya decimal. El riesgo crece progresivamente: cada fracción adicional de grado modifica las probabilidades de temperaturas extremas, lluvias intensas, sequías, pérdida de hielo y calentamiento oceánico.
La aceleración todavía guarda incógnitas
Hay una diferencia importante entre conocer la causa principal del calentamiento y explicar con exactitud cada variación reciente del balance energético. Lo primero está sólidamente establecido: la acumulación de gases de efecto invernadero de origen humano ha desplazado al planeta de su equilibrio radiativo. Lo segundo continúa bajo investigación.
Los científicos intentan determinar cuánto del fuerte aumento reciente procede de cambios en las nubes, cuánto de una menor presencia de aerosoles, cuánto de la pérdida de superficies reflectantes y qué parte corresponde a oscilaciones naturales del océano y la atmósfera. Los modelos climáticos reproducen la dirección general del fenómeno, aunque han tenido más dificultades para representar la rapidez observada de algunos cambios recientes.
También conviene evitar otro error: asumir que el récord observado en 2023 significa que el desequilibrio aumentará de forma lineal todos los años. Las mediciones posteriores pueden subir o bajar por las oscilaciones naturales del sistema y por variaciones en la radiación que escapa al espacio. Eso modifica los valores a corto plazo, pero no borra la fuerte tendencia acumulada desde comienzos de siglo.
Un planeta con la cuenta energética cada vez más desequilibrada
La temperatura de la superficie es la cara visible del calentamiento, pero el desequilibrio energético terrestre cuenta una historia más profunda. Mide la energía que sigue acumulándose incluso cuando El Niño termina, llega una temporada relativamente fresca a una región concreta o un invierno particularmente frío vuelve a producir fotografías de coches enterrados bajo la nieve.
Las observaciones independientes de satélites y océanos convergen en una señal difícil de discutir: la Tierra está ganando calor mucho más deprisa que hace unas décadas. El último balance global sitúa el promedio de 2006-2025 en 1,04 W/m², frente a 0,40 W/m² durante 1976-1995, mientras la serie satelital muestra que el desequilibrio se ha más que duplicado desde comienzos de este siglo.
El problema no reside en un número pequeño escrito junto a la unidad W/m², sino en su persistencia. Se aplica sobre un planeta entero, día y noche, año tras año. Las estimaciones sobre la energía acumulada desde comienzos de siglo muestran una magnitud descomunal frente al consumo energético humano. Una comparación imperfecta, porque se trata de magnitudes distintas en su función física, pero sirve para hacerse una idea de la escala.
Mientras entre más energía de la que sale, el sistema climático seguirá calentándose. Puede hacerlo a trompicones, con años extraños, océanos que guardan calor durante décadas y nubes que complican las cuentas. Pero la dirección general aparece cada vez con mayor nitidez. Y esa, más que cualquier récord aislado, es la noticia.
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