Síguenos

Historia

Numerosos poblados del norte peninsular se vaciaron hacia 400 a. C.

La arqueología revela un cambio profundo hacia 400 a. C.: viejos poblados del norte peninsular desaparecieron antes de que surgiera un nuevo paisaje.

Publicado

el

poblados del norte

Resumen

  • Numerosos poblados del norte peninsular se vaciaron hacia 400 antes de Cristo
  • El abandono fue rápido, pero el nuevo paisaje tardó décadas en consolidarse
  • El estudio analiza 266 dataciones de radiocarbono procedentes de 107 yacimientos

Algo importante ocurrió en el norte de la península ibérica alrededor del 400 a. C. Numerosos poblados de la Primera Edad del Hierro dejaron de ocuparse en un periodo sorprendentemente corto, en algunas zonas de menos de un siglo. No fue, sin embargo, una estampida simultánea ni una especie de apagón humano que borrara el mapa de golpe: cada región siguió su propio ritmo.

La gran novedad está precisamente ahí. Una investigación basada en 266 dataciones por radiocarbono procedentes de 107 yacimientos muestra que el abandono de los antiguos asentamientos fue mucho más rápido que la construcción del mundo que vino después. Los poblados desaparecieron con cierta brusquedad; la nueva red de asentamientos tardó bastante más en consolidarse. Entre ambas cosas hubo mudanzas, regresos, lugares ocupados apenas durante unas décadas y comunidades probando otras maneras de vivir.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Un cambio rápido que recorrió el norte peninsular

El trabajo del arqueólogo Samuel Nión-Álvarez, investigador del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC, estudia la transición entre la Primera y la Segunda Edad del Hierro aproximadamente entre 450 y 350 a. C. El territorio analizado comprende la fachada atlántica, los sectores cantábricos occidental y oriental y dos áreas de la Meseta Norte.

La cronología obtenida rompe con una imagen demasiado cómoda: la de una antigua sociedad que abandona sus aldeas, levanta otras al lado y sigue adelante. La arqueología cuenta algo bastante menos ordenado. Los abandonos fueron relativamente rápidos, mientras que la aparición del nuevo sistema de poblamiento resultó desigual y prolongada.

Las primeras señales del proceso aparecen antes en el área cantábrica occidental. Después, la transformación se aprecia en otros sectores del arco atlántico y de la Meseta. No hubo, por tanto, un 400 a. C. en el que alguien cerrara metafóricamente la puerta de todos los poblados a la vez. La fecha funciona como una bisagra histórica, no como una jornada exacta.

El radiocarbono, además, exige cierta cautela. Una muestra orgánica puede fechar una vivienda, una reforma, un incendio o una fase final de utilización, pero no equivale automáticamente al abandono de todo un asentamiento. Importan la posición del material, el contexto de la excavación y la relación de cada fecha con el resto de evidencias arqueológicas.

Los viejos poblados desaparecieron más deprisa que los nuevos

La diferencia entre ambas velocidades es uno de los elementos más llamativos del estudio. Buena parte del sistema de asentamientos de la Primera Edad del Hierro pudo deshacerse en menos de cien años, un intervalo breve cuando se habla de transformaciones arqueológicas de semejante alcance.

Las nuevas ocupaciones comenzaron a hacerse visibles con mayor claridad a partir del siglo IV a. C., pero su expansión necesitó más tiempo. En determinadas zonas, los poblados característicos del nuevo periodo no adquirieron una presencia consolidada hasta bastante después. El cambio, visto desde lejos, parece limpio; sobre el terreno fue lento, irregular y lleno de excepciones.

Aquello se parece poco a una sustitución mecánica de casas viejas por casas nuevas. Entre un mundo y el siguiente hubo un territorio mucho más líquido. Algunos emplazamientos fueron abandonados y después reocupados; otros apenas tuvieron una existencia fugaz. También aparecen asentamientos abiertos, espacios sin grandes sistemas defensivos y ocupaciones que no terminaron convirtiéndose en poblados permanentes.

Es una parte incómoda de la historia porque deja menos monumentos espectaculares. Las sociedades que ensayaron modelos que duraron poco suelen lucir peor en una vitrina que una muralla de cuatro metros. Pero esas experiencias breves, precisamente por eso, permiten ver la incertidumbre del cambio.

Valles, tierras productivas y nuevas formas de ocupar el territorio

Uno de los movimientos apreciables durante esta transformación fue el acercamiento hacia valles y tierras agrícolas. Muchos asentamientos anteriores habían elegido posiciones elevadas, dominantes y naturalmente defendibles, con una enorme visibilidad sobre el territorio circundante.

Ese modelo fue cambiando. En determinadas áreas, los nuevos emplazamientos tendieron a aproximarse a terrenos productivos y espacios con mejores comunicaciones, útiles tanto para la agricultura como para las relaciones entre comunidades. El paisaje habitado empezó a organizarse de otra manera.

No significa que las murallas desaparecieran. Más bien ocurrió lo contrario a medio plazo: tras aquella etapa de experimentación surgieron poblados fortificados más grandes y complejos. Cambió su ubicación, cambió su escala y también fue modificándose la organización interna de quienes vivían dentro.

Punta de Muros muestra hasta qué punto pudo ser brusco el cambio

Uno de los yacimientos que permite observar de cerca esta época es Punta de Muros, en la costa de A Coruña. El asentamiento conserva una larga secuencia de ocupación desde aproximadamente el siglo IX a. C. hasta comienzos del IV a. C., cuando fue abandonado de manera abrupta.

Antes de ese desenlace, el poblado había experimentado transformaciones importantes. Se aprecian diferencias entre unidades domésticas, modificaciones en la distribución de los espacios y una mayor especialización de determinadas actividades. Son indicios de una comunidad que estaba cambiando por dentro antes de que el asentamiento terminara vaciándose.

Eso no permite concluir que las desigualdades provocaran el abandono. Sería tentador; también demasiado sencillo. Entre las explicaciones manejadas aparecen tensiones sociales, movilidad, conflictos y modificaciones en la organización de las comunidades, pero ninguna puede utilizarse como explicación universal para todo el norte peninsular.

El registro arqueológico conserva también ejemplos de ocupaciones breves, recintos fortificados que no tuvieron continuidad y lugares abiertos sin grandes defensas. Esos intentos, aunque durasen poco, cuentan algo importante: durante la transición hubo comunidades ensayando alternativas al modelo que había dominado durante generaciones.

No fue un colapso general ni una gran migración demostrada

La investigación tampoco permite afirmar que el norte peninsular quedara despoblado. Las comunidades siguieron existiendo; lo que cambió fue la manera de distribuirse por el territorio, relacionarse con el paisaje y organizar sus asentamientos.

Ese matiz resulta esencial. Abandonar un poblado no equivale necesariamente a desaparecer, emigrar cientos de kilómetros o sufrir una catástrofe. Sus habitantes pudieron trasladarse a otros núcleos, reunirse con comunidades cercanas, ocupar temporalmente otros lugares o participar en la formación de asentamientos diferentes.

Tampoco existe una única causa demostrada para todas las regiones. Europa atravesó alrededor del 400 a. C. importantes transformaciones sociales y políticas, y se han planteado explicaciones relacionadas con movilidad, conflicto y reorganización social. La nueva cronología ayuda a ordenar esos fenómenos, pero no convierte ninguna hipótesis en una respuesta definitiva.

Lo que sí muestra con bastante claridad es que las distintas regiones no cambiaron simultáneamente. Y esa falta de sincronía complica cualquier explicación basada en una sola crisis repentina capaz de barrer de una vez decenas de asentamientos.

Después llegaron castros mayores y sociedades más complejas

Tras aquella etapa de transición comenzó a consolidarse un paisaje diferente. En el noroeste peninsular crecieron los asentamientos, se desarrollaron nuevas fortificaciones y aparecieron formas de ocupación más elaboradas. En algunas zonas también se hicieron más visibles las diferencias sociales y económicas entre familias y grupos.

La transformación afectó incluso a actividades productivas. Durante la Edad del Hierro avanzaron la especialización y nuevas formas de organizar el trabajo, dentro de sociedades que iban adquiriendo una estructura más compleja. El proceso no fue recto ni uniforme: hubo avances, retrocesos y soluciones locales.

Yacimientos como Viladonga, cuya larga secuencia comienza después de buena parte de estos abandonos y continúa durante siglos, sirven para contemplar la otra cara de la historia. Los grandes castros que asociamos visualmente al noroeste peninsular no aparecieron terminados de una pieza; fueron resultado de fases sucesivas de construcción, reforma y reorganización.

Mucho más tarde, Roma encontraría un territorio modelado por siglos de cambios anteriores. Las campañas romanas no explican esta transformación: ocurrieron siglos después. El paisaje castreño que conocieron los romanos tenía detrás una historia propia, larga y bastante menos ordenada de lo que durante mucho tiempo se creyó.

Un siglo de incertidumbre que cambió la forma de habitar

El episodio ocurrido alrededor del 400 a. C. deja una imagen bastante más interesante que la de una simple mudanza prehistórica. El norte peninsular atravesó una ruptura rápida en parte de su viejo sistema de poblamiento, seguida por una reconstrucción lenta, regionalmente desigual y llena de experimentos.

Algunos asentamientos desaparecieron, otros volvieron a utilizarse y determinadas comunidades probaron espacios abiertos o zonas más próximas a valles y tierras agrícolas. Después llegaron nuevos castros, mayores defensas y formas distintas de organizar la vida.

Ese desfase entre abandonar un mundo y terminar de construir el siguiente resulta quizá lo más revelador. Durante varias décadas, quienes vivían en aquellas tierras no parecían disponer de un modelo acabado que simplemente debieran copiar. Estaban tanteándolo. Y hace unos 2.400 años, mientras unos poblados quedaban vacíos sobre las colinas, el paisaje del norte peninsular empezaba lentamente a convertirse en otro.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído