Historia
El ADN antiguo de Hispania revela un vacío clave sobre los astures
Un gran estudio de ADN antiguo reconstruye las migraciones de Hispania entre Roma y la Alta Edad Media, pero deja a los astures fuera del mapa.
Resumen
- El estudio reconstruye siglos de migraciones en la antigua Hispania
- Roma dejó una mezcla genética profunda de origen mediterráneo
- El noroeste sigue casi sin muestras para aclarar el pasado de los astures
Los astures apenas aparecen en el nuevo gran mapa genético de la Hispania romana y altomedieval. No porque el ADN haya demostrado su desaparición, su aislamiento o una identidad biológica particular, sino por una razón bastante más sencilla: el noroeste peninsular prácticamente no está representado en las nuevas muestras. El ambicioso estudio publicado en Cell reconstruye siglos de movimientos de población, pero deja un hueco considerable justo donde habría que buscar para conocer mejor a las poblaciones astures y galaicas.
La investigación analiza 243 genomas antiguos inéditos de 31 yacimientos, a los que suma otros 58 individuos publicados con anterioridad. El conjunto permite observar lo ocurrido en la península entre la época romana y los primeros siglos medievales con una resolución desconocida hasta ahora. Y dibuja una Hispania bastante menos estática de lo que puede sugerir un mapa político antiguo: Roma movió personas, no solo legiones, leyes, monedas y calzadas.
Roma cambió la población de Hispania más de lo esperado
Uno de los resultados centrales del estudio es contundente. La incorporación de la península al mundo romano estuvo acompañada de una transformación demográfica profunda. Las poblaciones de la Edad del Hierro estudiadas presentaban una estructura genética relativamente más homogénea; durante los siglos de dominio romano, en cambio, el panorama se vuelve mucho más variado.
Aparecen individuos con ascendencia relacionada con el Mediterráneo oriental, otros con componentes norteafricanos y numerosas mezclas con poblaciones locales. En la muestra romana analizada, la señal oriental resulta especialmente extensa: 55 de 66 individuos, alrededor del 83%, presentan algún componente asociado a poblaciones del Mediterráneo oriental.
Eso obliga a revisar una imagen demasiado sencilla de la romanización. Roma conquistaba desde Italia, sí, pero el Imperio era una enorme máquina de movilidad. Soldados, comerciantes, funcionarios, esclavos, libertos y familias recorrían miles de kilómetros. Hispania quedó enganchada a esas rutas humanas y el ADN conserva parte de aquella circulación dos mil años después.
La sorpresa está precisamente en Italia. La ascendencia vinculada directamente con la península itálica tiene una presencia mucho más limitada que la procedente de otros espacios mediterráneos. Romanizar no significó llenar Hispania de habitantes nacidos en Roma. El imperio que llegó a la península era ya profundamente mediterráneo.
El Estrecho funcionaba también como puente
La ascendencia norteafricana aparece con especial intensidad en algunas zonas del centro y del sur peninsular. El dato encaja con una realidad geográfica que los mapas políticos pueden disimular: entre ambas orillas del Estrecho hay pocos kilómetros de agua y siglos de intercambios. Aquella frontera era también un corredor.
La Hispania romana del estudio se parece así menos a un territorio periférico y cerrado y más a un cruce de caminos. Había movimientos desde Anatolia y otros territorios orientales, conexiones con el norte de África y continuidad de las poblaciones locales. Una mezcla desigual según cada región, pero mezcla al fin y al cabo.
Suevos, alanos y visigodos dejaron huella sin sustituir a la población
El segundo gran cambio llega a partir del siglo V, cuando el poder romano occidental comienza a deshacerse y entran en escena suevos, vándalos, alanos y visigodos. Aquí aparece otra conclusión importante: el terremoto político fue mucho mayor que el cambio demográfico.
Los investigadores detectan ascendencia relacionada con Europa central y septentrional, sobre todo en determinados cementerios y contextos vinculados con las nuevas élites. Pero no encuentran una sustitución masiva de la población hispanorromana. Cambió el poder con mucha más rapidez de la que cambió la gente.
La contribución genética asociada a aquellas migraciones se mueve, dependiendo de la zona y del contexto estudiado, aproximadamente entre el 12% y el 22%. Es una presencia real y medible, aunque bastante menor que la observada en otras regiones europeas después de Roma.
Gran Bretaña ofrece el contraste más llamativo. Allí las migraciones anglosajonas provocaron cambios demográficos mucho mayores. En Hispania, en cambio, la población que ya vivía bajo dominio romano muestra una continuidad considerable durante los siglos siguientes.
Hubo nuevos gobernantes, nuevas redes familiares y nuevas identidades políticas. Pero la gente del territorio no se esfumó de repente. La historia resulta, una vez más, bastante menos ordenada que los nombres de los reinos germánicos impresos en los atlas escolares.
Dos hermanos separados por unos 725 kilómetros
El ADN permite incluso bajar desde los grandes porcentajes hasta historias casi personales. El estudio ha identificado a dos hermanos biológicos enterrados a unos 725 kilómetros de distancia: uno en Mérida y otro en Hostalot-Ildum, en la actual provincia de Castellón.
Ambos presentaban ascendencia centroeuropea y aparecieron asociados a objetos de tradición póntico-danubiana. La relación familiar entre dos individuos sepultados a semejante distancia constituye un ejemplo extraordinario de la movilidad humana que siguió existiendo durante aquellos siglos turbulentos.
Las viejas vías romanas seguían cosiendo el territorio incluso mientras el poder que las había construido se descomponía. La caída administrativa de Roma no convirtió la península en una sucesión de comunidades inmóviles; las personas continuaban viajando, formando familias y estableciendo vínculos a grandes distancias.
En Mérida, el análisis de enterramientos asociados tradicionalmente a élites suevas aporta además un matiz revelador. Algunas personas enterradas con objetos considerados culturalmente germánicos tenían ascendencia local. Cultura, poder y genética no eran necesariamente la misma cosa. Una persona podía integrarse en una élite identificada como sueva sin proceder biológicamente de una comunidad llegada de Europa central.
El problema para los astures está en el mapa de las muestras
Y aquí aparece el gran vacío. Ninguno de los nuevos yacimientos estudiados permite reconstruir directamente lo ocurrido en buena parte del noroeste de la península. La investigación se concentra principalmente en áreas del valle del Ebro y Tarraco, la Meseta central, Mérida y el sureste.
No hay una batería comparable de genomas procedentes de la Asturia transmontana, la Asturia augustana o la antigua Gallaecia. Eso significa que el estudio no permite trasladar automáticamente a aquellas regiones lo observado en Mérida, Tarragona o el sureste. El mapa genético es amplio, pero tiene una esquina prácticamente en blanco.
Es un límite importante porque los astures ocuparon precisamente un territorio donde siguen abiertas cuestiones fundamentales: la continuidad de las comunidades de la Edad del Hierro después de la conquista romana, la llegada de población durante los siglos imperiales o el impacto demográfico real del reino suevo. El nuevo trabajo no dispone de muestras suficientes para resolverlas.
Hay referencias cercanas y restos procedentes de contextos relacionados con las Guerras Cántabras, pero no una cobertura genómica capaz de ofrecer para el territorio astur una secuencia comparable a la disponible en otras áreas de la península.
Conviene recordar además algo básico. Hablar de “ADN astur” como si existiera una firma genética perfectamente delimitada sería engañoso. Los nombres conservados por las fuentes antiguas describen comunidades, territorios, identidades políticas o culturales; no necesariamente poblaciones biológicas cerradas. La genética puede reconstruir parentescos y movimientos humanos, pero no convertir automáticamente una etiqueta histórica en un cromosoma.
El problema se agrava al retroceder hacia los siglos anteriores a Roma. El ADN antiguo depende de que existan restos humanos suficientemente conservados y eso no siempre ocurre. En amplias zonas de la península, la cremación funeraria reduce enormemente las posibilidades de recuperar material genético.
Por esa razón, la cantidad de individuos disponibles para reconstruir algunas poblaciones de la Edad del Hierro sigue siendo pequeña frente a la enorme diversidad cultural conocida por la arqueología. La fotografía mejora con cada nuevo estudio, pero todavía conserva zonas desenfocadas. El noroeste es una de las más evidentes.
Si faltan muestras anteriores, romanas y altomedievales de una misma región, resulta muy difícil distinguir entre continuidad local, inmigración, mezclas graduales o transformaciones producidas siglos después. Para los astures, precisamente, esa secuencia completa aún no existe.
El norte podría explicar parte de la genética de la España actual
Hay, sin embargo, una paradoja interesante. Aunque el norte está pobremente representado en el estudio, vuelve a aparecer cuando los investigadores intentan enlazar aquellas poblaciones antiguas con los habitantes actuales de la península. Los españoles contemporáneos son genéticamente más homogéneos que las poblaciones de la Hispania romana y tardoantigua analizadas.
Los modelos construidos únicamente con esas muestras antiguas no bastan para explicar por completo la composición posterior. Una de las posibilidades planteadas es que durante la Edad Media se produjeran movimientos internos que terminaron remodelando de nuevo el mapa demográfico peninsular.
La expansión de los reinos cristianos hacia territorios situados más al sur implicó desplazamientos y asentamientos de población procedente del norte peninsular. No fue un proceso único ni uniforme, sino una sucesión de movimientos desarrollados durante siglos y en contextos políticos muy distintos.
Ahí Asturias, León, Galicia, Cantabria y otras zonas septentrionales adquieren especial interés. No significa que pueda atribuirse a los antiguos astures un determinado porcentaje de la población española contemporánea. Los datos todavía no permiten semejante salto. Significa justo lo contrario: hacen falta muestras antiguas y medievales del norte para medir cuánto pesaron aquellas poblaciones en la configuración posterior.
El mapa genético de Hispania aún tiene un hueco al norte
El nuevo estudio cambia de manera importante la imagen demográfica de la Hispania antigua. Roma produjo una transformación genética considerable mediante movimientos de población procedentes de distintos puntos del Mediterráneo; siglos después, las migraciones suevas, alanas y visigodas incorporaron nuevas ascendencias, aunque sin borrar el sustrato hispanorromano.
Para los astures, sin embargo, el resultado más revelador es precisamente lo que todavía falta. El trabajo no demuestra que fueran inmunes a aquellos movimientos, ni que conservaran una genética aislada, ni permite medir cuánto cambió su población durante Roma o el periodo suevo. Simplemente, no existe todavía una base de muestras suficiente para sostener esas afirmaciones.
La paleogenómica ha iluminado buena parte de Hispania, pero el foco todavía deja una franja oscura en el noroeste. Cuando existan series amplias de genomas procedentes de Asturias, León, Galicia y áreas próximas, desde la Edad del Hierro hasta la Alta Edad Media, será posible comparar ese territorio con el resto de la península. Hasta entonces, el gran mapa del ADN antiguo conserva una ausencia difícil de ignorar: sabemos mucho más sobre cómo cambió Hispania que sobre cómo cambiaron los astures.
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