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El Salvador envía tropas de élite a Haití para rescatar a 4 militares
Cuatro militares salvadoreños siguen secuestrados en Haití mientras Bukele refuerza la búsqueda con fuerzas especiales y amenaza a las bandas
Imagen: U.S. Department of Defense / National Archives / Dominio público.
Resumen
- El Salvador envía fuerzas especiales para hallar a cuatro militares
- Los salvadoreños fueron secuestrados tras una emboscada cerca de Puerto Príncipe
- El rescate puede derivar en negociación, combate o una operación directa
El Salvador ha elevado de forma notable su presencia militar en Haití para tratar de recuperar con vida a los cuatro técnicos de aviación salvadoreños secuestrados después de una emboscada de grupos armados en Croix-des-Bouquets, a las afueras de Puerto Príncipe. Un primer contingente de 100 miembros de las fuerzas especiales llegó al país y otro centenar estaba previsto a continuación; las informaciones conocidas sitúan en hasta 200 efectivos de operaciones especiales el refuerzo destinado a la búsqueda.
La situación, sin embargo, está lejos de poder darse por resuelta. No se ha anunciado el rescate, no se conoce públicamente el lugar donde permanecen los cuatro salvadoreños y ninguna banda ha reivindicado oficialmente el secuestro. Las autoridades trabajan con la hipótesis de que continúan vivos, mientras Nayib Bukele ha advertido de una respuesta mucho más contundente si no son entregados sanos y salvos. Detrás de la frase de presidente enfadado hay algo más serio: sobre el terreno ya hay tropas especializadas, combates y una operación internacional que ha entrado en una fase bastante más delicada.
La emboscada que desencadenó la operación salvadoreña
Los cuatro desaparecidos pertenecen a la Fuerza Armada de El Salvador y desempeñaban labores como técnicos de aviación dentro del contingente salvadoreño integrado en la Fuerza de Supresión de Pandillas, conocida por sus siglas en inglés como GSF. Su trabajo estaba relacionado principalmente con el apoyo aéreo y las evacuaciones médicas, no con patrullas terrestres de combate.
El domingo 18 de octubre, el vehículo blindado en el que circulaban fue atacado en el área de Santo, dentro de Croix-des-Bouquets. Los agresores utilizaron armas de fuego y explosivos. El vehículo terminó incendiado, los cuatro militares consiguieron abandonarlo y, a partir de ahí, se perdió el contacto con ellos. Las primeras búsquedas se encontraron con una resistencia considerable y las fuerzas internacionales han seguido enfrentándose a hombres armados en la zona.
El escenario tampoco ayuda. Croix-des-Bouquets forma parte del cinturón oriental de Puerto Príncipe donde operan estructuras como Chèn Méchan, 400 Mawozo y Kraze Barye. Ninguna ha asumido públicamente la autoría. Tampoco se ha difundido una petición de rescate ni una prueba de vida de los secuestrados. Es decir, se sabe que fueron capturados, pero sigue sin saberse con certeza quién los tiene, dónde están o qué pretende obtener a cambio.
Esa falta de interlocutor convierte una operación de rescate en algo parecido a buscar una aguja en un pajar donde, además, el pajar dispara. La dificultad no reside únicamente en disponer de soldados preparados, sino en obtener inteligencia suficientemente fiable como para distinguir un escondite real de una pista falsa.
Fuerzas especiales sobre el terreno y combates en la zona
El salto cualitativo se produjo con la llegada de tropas salvadoreñas especializadas. Un primer despliegue situó sobre el terreno a 100 miembros de fuerzas especiales, con los preparativos para incorporar otros 100. No todos los detalles militares se han hecho públicos, algo previsible cuando se intenta localizar a rehenes dentro de un territorio hostil y bajo el dominio parcial de grupos armados.
La búsqueda se desarrolla junto a la Policía Nacional de Haití y la GSF, que ha pedido a los residentes de Santo y de las comunidades cercanas que eviten las zonas donde se realizan operaciones. El Gobierno haitiano considera la liberación de los salvadoreños una prioridad absoluta y ha movilizado recursos para apoyar la búsqueda.
El Gobierno salvadoreño también trata de mantener abiertas vías de negociación, aunque los grupos armados no habrían respondido a esos contactos. Mientras tanto, las bandas han seguido ofreciendo resistencia a las fuerzas desplegadas por el área, un elemento que aumenta el riesgo para los secuestrados y para la población civil atrapada entre ambos lados.
El despliegue, por tanto, no significa que las fuerzas salvadoreñas conozcan ya el edificio, barrio o escondite donde se encuentran los cuatro militares. Significa algo más sobrio: tienen más capacidad para buscar, entrar y combatir si finalmente consiguen información suficientemente precisa. La diferencia parece pequeña sobre el papel. Sobre el terreno lo cambia prácticamente todo.
Los escenarios que abre el despliegue de Bukele
El desenlace menos peligroso sigue siendo una liberación negociada. Un secuestro de estas características puede servir como instrumento de presión territorial, política o económica. Los cuatro salvadoreños tienen un valor considerable para cualquier grupo armado precisamente porque pertenecen a una fuerza internacional: conservarlos multiplica la capacidad de negociación de sus captores, pero matarlos multiplicaría también la presión militar contra ellos.
No se ha hecho pública una petición formal de dinero. Eso deja abierta la posibilidad de que los rehenes estén siendo utilizados, más que para obtener un rescate convencional, para frenar operaciones de seguridad en zonas controladas por las bandas. Un rehén extranjero integrado en una misión internacional es una moneda bastante más incómoda que un secuestro ordinario.
Negociación, rescate o una ofensiva más amplia
El segundo escenario es una operación directa de rescate. Para que tenga posibilidades razonables de éxito hacen falta una localización fiable, vigilancia, inteligencia sobre los movimientos de los captores y una entrada rápida. El problema es que el área está densamente poblada y los grupos criminales conocen sus calles, pasos y refugios. El margen de error es mínimo. Una fuerza especial puede resolver un asalto en minutos; encontrar el lugar correcto entre kilómetros de territorio hostil es otra historia.
Después está la amenaza de Bukele de ampliar las operaciones contra las bandas si los cuatro hombres no regresan vivos. Conviene separar la retórica de la arquitectura jurídica. El Salvador no dispone de carta blanca para lanzar una guerra unilateral en Haití. Sus efectivos actúan en un país soberano dentro de una estructura internacional coordinada con las autoridades haitianas.
El mandato internacional permite a la Fuerza de Supresión de Pandillas realizar operaciones contra las bandas y adoptar medidas contundentes para cumplir sus objetivos, pero exige respeto a las reglas de enfrentamiento, al derecho internacional y a la soberanía haitiana. La misión cuenta con autorización para actuar; eso no equivale, ni de lejos, a poder hacer cualquier cosa.
Una misión internacional que todavía está lejos de su tamaño previsto
El secuestro también ha expuesto una debilidad que lleva meses sobre la mesa. La GSF nació para sustituir a la anterior misión multinacional encabezada por Kenia y fue concebida con un máximo autorizado de 5.500 efectivos uniformados y 50 civiles. El objetivo era pasar de una misión esencialmente de apoyo a otra capaz de realizar directamente operaciones para neutralizar y aislar a las bandas.
Pero el despliegue real continúa por debajo de esa cifra. Los datos conocidos antes de los últimos refuerzos situaban el componente uniformado en torno a 1.500 efectivos. La distancia respecto al tamaño previsto sigue siendo grande, especialmente para una misión que debe operar en un país donde el control efectivo del territorio está tremendamente fragmentado.
Y esa diferencia pesa mucho cuando una fuerza intenta recuperar terreno en una capital donde las organizaciones criminales no funcionan como pequeñas pandillas juveniles, sino como estructuras armadas capaces de controlar barrios y carreteras, desplegar explosivos, levantar barricadas y responder a operaciones policiales con una potencia de fuego considerable.
Naciones Unidas lleva tiempo advirtiendo de otra evolución incómoda: conforme aumenta la presión de las fuerzas de seguridad, los grupos armados recurren con mayor frecuencia a represalias contra civiles, intimidación y toma de rehenes para conservar su dominio territorial. El secuestro de los salvadoreños encaja, al menos tácticamente, en ese patrón.
El método Bukele se enfrenta a un Haití muy distinto de El Salvador
La amenaza del presidente salvadoreño tiene una resonancia evidente porque Bukele ha construido buena parte de su imagen internacional alrededor de su ofensiva contra las maras en El Salvador. Su mensaje a las bandas haitianas fue, en esencia, que ya había derrotado a las pandillas en su país y podía hacer lo mismo con ellas. Pero Haití no es El Salvador y la diferencia no es precisamente un detalle.
El Estado salvadoreño mantiene una cadena institucional, territorial y militar mucho más sólida. En Haití, la crisis de seguridad coincide con instituciones debilitadas, desplazamiento masivo y deterioro económico después de años de inestabilidad política. Exportar una política de seguridad como quien instala la misma aplicación en otro teléfono queda estupendo en una proclama; la realidad suele tener la mala costumbre de exigir algo más.
Solo en unos meses, la violencia ha dejado más de 1.000 muertos y más de un centenar de secuestros, mientras alrededor de 1,5 millones de personas permanecen desplazadas dentro del país. Las bandas cambian sus tácticas cuando aumenta la presión y el control territorial sigue siendo uno de los grandes obstáculos para recuperar una mínima normalidad institucional.
Por eso el rescate de cuatro militares puede tener consecuencias que van bastante más allá de esos cuatro hombres. Si la operación tiene éxito, la GSF demostraría que puede penetrar en territorio controlado por las bandas y recuperar a su personal. Si fracasa o termina con víctimas, el episodio podría convertirse en propaganda para los grupos armados y aumentar la presión para lanzar operaciones todavía mayores.
El secuestro pone a prueba toda la estrategia internacional en Haití
La información esencial sigue siendo incómodamente sencilla: cuatro militares salvadoreños continúan secuestrados, El Salvador ha enviado fuerzas especiales para encontrarlos y no existe todavía un anuncio público de liberación. Las autoridades creen que siguen vivos, pero su ubicación exacta y la identidad definitiva de sus captores no han sido reveladas.
El desenlace dependerá de algo mucho menos espectacular que las amenazas presidenciales: inteligencia fiable. Saber quién los tiene, localizar dónde están y decidir si resulta más seguro negociar o entrar por la fuerza. Hasta entonces, cada movimiento militar tiene un coste potencial para los rehenes y para los civiles que viven en la zona.
Haití lleva demasiado tiempo demostrando que el vacío del Estado no se rellena con comunicados solemnes. Las bandas ocupan ese espacio con armas, dinero y control territorial. Esta vez han tocado directamente a una fuerza internacional y han provocado la llegada de soldados de élite salvadoreños. El rescate de los cuatro técnicos se ha convertido así en una prueba de credibilidad para Bukele, para el Gobierno haitiano y para una misión internacional creada precisamente para demostrar que las bandas no pueden seguir decidiendo dónde termina la autoridad del Estado.
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