Tecnología
El consejo de Meta choca con Zuckerberg por su enorme gasto en IA
Zuckerberg mantiene el control de Meta tras unas negociaciones tensas con un consejo preocupado por el gasto récord en inteligencia artificial
Resumen
- El consejo de Meta llegó a plantearse dimisiones ante Zuckerberg
- Meta prevé invertir hasta 145.000 millones de dólares en 2026
- Zuckerberg mantiene el control con una nueva clase de acciones sin voto
La apuesta de Mark Zuckerberg por la inteligencia artificial ha abierto una grieta poco habitual dentro de Meta. El consejo de administración llegó a contemplar la dimisión de varios de sus miembros durante unas negociaciones especialmente tensas con el fundador de Facebook, enfrentado con los directores por su remuneración, su control de la compañía y la manera de financiar una expansión en IA que está consumiendo cantidades inéditas de capital.
El choque ha salido a la luz justo cuando las cuentas empiezan a poner números al vértigo. Meta calcula unas inversiones de capital de entre 135.000 y 145.000 millones de dólares en 2026, mientras que en el tercer trimestre registró un flujo de caja libre negativo de 2.120 millones. La compañía sigue creciendo con fuerza —facturó 64.601 millones en el trimestre, un 26 % más—, pero la factura de centros de datos, chips y capacidad informática ha cambiado el tono de la conversación. La IA ya no es únicamente una carrera tecnológica: es una discusión sobre dinero, poder y quién conserva las llaves del edificio.
Una pelea que terminó llegando al consejo de Meta
La documentación corporativa de Meta dibuja unas negociaciones bastante menos plácidas de lo habitual en una tecnológica donde Zuckerberg conserva un dominio extraordinario. Un comité especial formado por Robert M. Kimmitt, Charles Songhurst y Tony Xu, todos ellos considerados independientes del fundador, llevaba meses estudiando cambios en la estructura accionarial de la empresa.
El problema era sencillo de formular y bastante complicado de resolver. Meta necesita cantidades enormes de dinero para financiar su nueva infraestructura de inteligencia artificial. Emitir acciones ordinarias podía diluir el poder de voto de Zuckerberg. Endeudarse todavía más tenía sus propios riesgos. Y el fundador no estaba dispuesto a aceptar una operación que erosionara de forma importante su control.
Las conversaciones fueron subiendo de temperatura. El comité llegó a valorar qué hacer si Zuckerberg no ofrecía concesiones suficientes a los accionistas de clase A. Entre las posibilidades figuraban disolver el propio comité o dimitir del consejo de administración. No era una amenaza soltada en un pasillo, sino una posibilidad contemplada durante el pulso interno.
Zuckerberg quería conservar el control aunque vendiera acciones
Aquí aparece el verdadero nudo de la historia. Zuckerberg controla aproximadamente el 60,6 % de los derechos de voto de Meta, pese a poseer alrededor del 13,4 % del capital económico, gracias a las acciones de clase B con derechos de voto reforzados.
Meta necesitaba una nueva herramienta para captar capital sin alterar demasiado ese equilibrio. La solución diseñada son las acciones de clase C, títulos cotizados pero sin derecho de voto. La empresa podrá utilizarlos para conseguir financiación, pagar adquisiciones o remunerar empleados sin entregar a los nuevos accionistas una capacidad equivalente para decidir el rumbo de la compañía.
Para Zuckerberg, la diferencia es fundamental. Podrá recibir y, bajo determinadas condiciones, vender acciones sin voto mientras mantiene buena parte del poder político que le proporcionan sus títulos de clase B. Es una arquitectura financiera sofisticada, aunque la idea de fondo cabe en una servilleta: conseguir dinero sin repartir demasiado mando.
El gasto en IA ha elevado la presión sobre Zuckerberg
Todo esto ocurre mientras Meta acelera de nuevo el gasto. La empresa comenzó 2026 calculando unas inversiones de capital de entre 115.000 y 135.000 millones de dólares. Después elevó la previsión y, tras presentar sus últimos resultados, dejó el intervalo en 135.000 a 145.000 millones.
Solo entre julio y septiembre, las inversiones de capital alcanzaron 34.910 millones de dólares. El flujo de caja procedente de las operaciones fue de 32.786 millones, insuficiente para absorber las compras de activos y los pagos ligados a arrendamientos financieros utilizados por Meta en su cálculo del flujo de caja libre. Resultado: menos 2.120 millones.
Es un dato llamativo precisamente porque Meta continúa siendo una gigantesca máquina publicitaria. Los ingresos del tercer trimestre avanzaron un 26 %, las impresiones publicitarias aumentaron un 10 % y el precio medio por anuncio otro 14 %. No estamos ante una compañía que haya dejado de vender. Al contrario. Lo incómodo es que incluso creciendo a ese ritmo necesita invertir cantidades colosales para ejecutar el proyecto de Zuckerberg.
Wall Street tomó nota. Las acciones de Meta sufrieron una fuerte corrección tras los resultados y aumentó la preocupación alrededor del coste de financiar semejante despliegue. La duda que recorre todo el sector tecnológico es cada vez menos abstracta: cuánto dinero puede absorber la IA antes de demostrar, con ingresos y no solo con expectativas, que merece una infraestructura de semejante escala.
Meta sostiene que la inteligencia artificial ya da dinero
La posición de la empresa no es que esté arrojando miles de millones a una hoguera experimental. Meta sostiene que sus sistemas de inteligencia artificial están generando más ingresos publicitarios, mejorando las recomendaciones, aumentando la interacción de los usuarios y haciendo más eficiente la monetización de Facebook, Instagram y el resto de sus aplicaciones.
Zuckerberg lleva tiempo defendiendo una lógica agresiva: construir capacidad antes de necesitarla. En una carrera tecnológica donde disponer de chips, electricidad y centros de datos puede convertirse en un cuello de botella, quedarse corto también tiene un precio. Meta prefiere arriesgarse a levantar demasiada infraestructura que descubrir dentro de dos años que carece de potencia suficiente para entrenar o desplegar los modelos que necesita.
El problema es el tamaño de la apuesta. Los chips especializados envejecen rápido, las instalaciones consumen cantidades enormes de energía y los modelos deben producir negocios suficientemente rentables para justificar inversiones que hace pocos años habrían parecido desmesuradas incluso para una de las mayores tecnológicas del planeta.
La remuneración de Zuckerberg añadió combustible al conflicto
Las necesidades financieras de Meta acabaron mezclándose con otro asunto más personal: el dinero de Zuckerberg. Durante las negociaciones, el fundador planteó discutir una nueva fórmula de compensación vinculada a acciones y objetivos de rendimiento, comparable a los paquetes concedidos a otros grandes fundadores empresariales.
El consejo llevaba años defendiendo lo contrario: la enorme participación accionarial de Zuckerberg ya alineaba suficientemente sus intereses con los de Meta y, por tanto, no necesitaba grandes premios adicionales. Su salario formal continúa siendo de un dólar al año, una cifra simbólica que convive, naturalmente, con una fortuna construida alrededor de sus acciones.
La discusión se enredó todavía más por una propuesta fiscal de California que podría imponer un gravamen extraordinario del 5 % sobre el patrimonio de los multimillonarios. Zuckerberg explicó que podía necesitar liquidez para afrontar una eventual factura de varios miles de millones y llegó a plantear la posibilidad de abandonar California. En septiembre comunicó incluso los pasos que tendría que dar para cambiar de residencia y manifestó su intención de poner a la venta su vivienda de Palo Alto si no se alcanzaba un acuerdo.
El comité ofreció fórmulas que habrían permitido al fundador disponer de unos 20.000 millones de dólares de liquidez inmediata para cubrir una posible obligación fiscal, pero pretendía impedir que Zuckerberg pudiera desprenderse de una parte sustancial de su inversión económica mientras conservaba intacto un porcentaje desproporcionadamente alto de derechos de voto.
Ahí estuvo uno de los choques más ásperos. Zuckerberg rechazó varias condiciones que podían reducir progresivamente su control. Los directores, por su parte, consideraban difícil justificar ante el resto de accionistas que el fundador pudiera vender una gran cantidad de capital sin entregar una proporción semejante de poder. El conflicto, al final, era casi tan antiguo como las sociedades mercantiles: dinero frente a control.
El acuerdo mantiene a Zuckerberg al volante
Las dos partes acabaron alcanzando un pacto el 14 de septiembre. Meta creará una acción de clase C por cada acción existente de clase A o B, una operación parecida a un desdoblamiento de dos por uno. Los nuevos títulos carecerán de derecho de voto y está previsto que comiencen a cotizar en enero de 2027.
Zuckerberg recibirá aproximadamente 342,4 millones de acciones de clase C. Solo una parte podrá venderse inmediatamente sin restricciones; el resto quedará sometido a condiciones destinadas a evitar que reduzca demasiado su interés económico mientras mantiene su posición dominante en las votaciones. Con el paso del tiempo se irán liberando más títulos si permanece vinculado a la dirección de Meta.
El fundador terminó retirando su petición inmediata de un nuevo paquete retributivo. El sistema acordado utiliza, en cambio, dividendos adicionales de acciones de clase C ligados al comportamiento bursátil de Meta y a la continuidad de Zuckerberg en la empresa. También se comprometió a mantener su residencia en California —o en la jurisdicción donde Meta tenga su sede— durante el periodo pactado, salvo circunstancias extraordinarias.
No es precisamente una rebelión que haya terminado destronando al fundador. Zuckerberg continúa siendo presidente, consejero delegado y accionista de control. Pero el episodio revela algo menos habitual en la historia reciente de Meta: los directores independientes pusieron límites, exigieron concesiones y estuvieron preparados para marcharse antes que aceptar cualquier estructura planteada por el hombre que lleva más de dos décadas dirigiendo la compañía.
La inteligencia artificial empieza a pasar su factura financiera
Meta puede permitirse gastar más que casi cualquier empresa del planeta. Tiene decenas de miles de millones en efectivo y valores negociables, una publicidad digital extraordinariamente rentable y miles de millones de usuarios. Esa fortaleza explica precisamente por qué Zuckerberg puede efectuar una apuesta tecnológica de esta escala.
Pero los mercados han cambiado de humor. Durante los primeros años de la fiebre de la IA bastaba con anunciar chips, modelos y centros de datos. El dinero parecía perseguir cualquier cosa que llevara esas dos letras pegadas. En 2026 la conversación es distinta: cuánto cuesta, cómo se financia y cuándo regresa el dinero.
Meta ha respondido doblando la apuesta, no reduciéndola. La nueva clase de acciones permitirá captar capital sin entregar más poder de voto y evitar depender exclusivamente de la deuda. Zuckerberg conserva el volante. El consejo ha conseguido imponer algunas condiciones. Y delante queda la parte más difícil: demostrar que una infraestructura de inteligencia artificial medida en cientos de miles de millones puede convertirse en un negocio de una magnitud parecida.
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