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Economía

La inflación de EEUU acelera al 3,7% y eleva la presión sobre la Fed

El IPC de Estados Unidos acelera al 3,7% en septiembre, empujado por la gasolina, y vuelve a tensar el debate sobre los próximos tipos de la Fed.

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La inflación de EEUU acelera

Resumen

  • La inflación de EEUU acelera al 3,7% en septiembre
  • La gasolina explica más de la mitad del avance mensual del IPC
  • La Fed llega a su reunión de octubre con menos margen para relajarse

La inflación de Estados Unidos volvió a acelerarse en septiembre y dejó un dato incómodo para la Reserva Federal. El índice de precios al consumo avanzó un 3,7% interanual, frente al 3,4% registrado en agosto y una décima por encima del 3,6% que esperaba buena parte del mercado. En términos mensuales, los precios aumentaron un 0,6%.

La cifra no es menor. Estados Unidos venía de varios meses en los que la discusión había pasado de cuándo bajaría la inflación a cuánto daño podría causar una nueva subida de tipos. Septiembre vuelve a torcer ligeramente ese guion: el IPC general se aleja de la zona de confort y la inflación subyacente, que elimina alimentos y energía por su volatilidad, también repunta hasta el 2,6% interanual. En el mes aumentó un 0,3%.

El detalle, sin embargo, importa más que el gran número rojo del 3,7%. Buena parte del salto procede de la energía, y especialmente de la gasolina. Ahí está el elefante en la habitación, aparcado junto al surtidor.

La gasolina dispara el IPC de Estados Unidos

El precio de la gasolina subió un 9,1% solo en septiembre, una sacudida suficiente para explicar más de la mitad del incremento mensual del IPC estadounidense. El conjunto de la energía se encareció un 5,2% respecto a agosto y acumula una subida del 20,4% en doce meses. La gasolina, en ese mismo periodo, se ha disparado un 34,2%.

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Es una diferencia fundamental para interpretar el dato. Una inflación provocada por un encarecimiento muy rápido de la energía tiene consecuencias distintas de otra en la que prácticamente todo —alquileres, restaurantes, coches, servicios médicos, ropa— avanza al mismo ritmo. La Reserva Federal puede enfriar el crédito elevando los tipos, pero no fabrica petróleo ni consigue que un barril llegue antes a una refinería. La política monetaria tiene poderes considerables; milagros, por ahora, no.

La vivienda también aportó presión. El índice de alojamiento y vivienda aumentó un 0,4% en septiembre y un 3,2% durante los últimos doce meses. Los servicios, excluidos los energéticos, mantienen una subida anual del 3,1%, una zona que la Fed observa con especial atención porque refleja presiones de precios menos volátiles y, a menudo, más difíciles de desmontar.

Los alimentos dan algo de tregua

En el supermercado la fotografía fue bastante más tranquila. El índice general de alimentos no varió durante septiembre. Los alimentos consumidos en casa bajaron un 0,1%, mientras que comer fuera se encareció un 0,2%.

En comparación con septiembre del año anterior, los alimentos acumulan una subida del 2,5%. La cesta doméstica se encarece un 1,8%, frente al 3,5% de los restaurantes y otros establecimientos de restauración. No es precisamente una vuelta a los precios de hace unos años —la inflación mide cuánto siguen subiendo, no borra las subidas anteriores—, pero sí muestra que el principal incendio de septiembre estuvo lejos de los estantes del supermercado.

La inflación subyacente también deja una señal incómoda

El contrapunto a la gasolina está en el IPC subyacente. Al excluir alimentos y energía, los precios aumentaron un 0,3% mensual y un 2,6% interanual, frente al 2,4% anual registrado en agosto. Dicho de otra manera: la energía explica gran parte del deterioro, pero no todo.

Entre los componentes que subieron durante septiembre aparecen la vivienda, los coches y camiones usados, la educación, los billetes de avión, la atención médica, el ocio y la ropa. Las tarifas aéreas avanzaron un 1,2% mensual y acumulan un llamativo 22,4% interanual, mientras que la vivienda se mantiene entre las piezas más resistentes del engranaje inflacionista.

Hay, eso sí, que evitar una comparación demasiado mecánica entre el IPC del 3,7% y el objetivo de inflación del 2% de la Reserva Federal. La Fed utiliza como referencia principal el índice de precios del gasto en consumo personal, conocido como PCE, cuya composición y ponderaciones son distintas. En agosto, el PCE subyacente estaba en el 3,0% interanual. Es decir, el problema inflacionista sigue vivo también con la vara de medir preferida por el banco central.

La Fed vuelve a encontrarse con una decisión incómoda

La publicación llega menos de dos semanas antes de la reunión de política monetaria de la Reserva Federal del 27 y 28 de octubre. El banco central elevó en septiembre los tipos de interés en 25 puntos básicos, hasta situarlos en una horquilla del 3,75% al 4,00%, en la primera subida en tres años.

Antes de conocerse el IPC, los mercados concedían alrededor de un 20% de probabilidad a otra subida en octubre. El enfriamiento del empleo y unos datos previos de inflación PCE menos agresivos habían permitido pensar que la Fed podía quedarse quieta unas semanas, observar el paisaje y reservar otra subida para diciembre. La vicepresidenta de Supervisión de la Fed, Michelle Bowman, había defendido precisamente que existía margen para esperar y observar cómo responde la economía al último endurecimiento monetario.

Septiembre complica esa comodidad. No necesariamente obliga a subir tipos otra vez este mes, porque una parte extraordinariamente grande de la inflación procede del combustible, pero reduce el espacio para declarar victoria. Y recuerda algo que los bancos centrales conocen demasiado bien: una subida de la energía puede comenzar como un shock puntual y terminar filtrándose al transporte, la industria, los billetes de avión o los precios finales de muchos productos.

Energía frente a economía real, el dilema que vigila Washington

La Fed tiene que distinguir precisamente entre esos dos escenarios. Si el petróleo y la gasolina retroceden y el resto de precios vuelve a moderarse, reaccionar con otra subida inmediata podría ser excesivo, sobre todo en una economía cuyo mercado laboral muestra signos de pérdida de impulso.

Si el encarecimiento energético acaba extendiéndose al resto de la cesta, la lectura cambia. Mantener durante meses una inflación claramente elevada puede modificar contratos, salarios y expectativas de consumidores y empresas. Entonces deja de ser solo gasolina cara y se convierte en inflación persistente, el término que ningún banquero central disfruta pronunciando ante un micrófono.

John Williams, presidente de la Reserva Federal de Nueva York, había dejado abierta la posibilidad de una subida adicional antes de terminar 2026, aunque considera que las presiones procedentes de la energía y otros factores externos deberían moderarse durante 2027. El IPC de septiembre no desmonta esa hipótesis, pero tampoco le regala tranquilidad a la Fed.

El coste de la vida vuelve al centro de la política estadounidense

El calendario añade otra capa. Estados Unidos afrontará el 3 de noviembre las elecciones de mitad de mandato, y el coste de la vida vuelve a ocupar un lugar incómodo para la Casa Blanca y el Partido Republicano. Los precios no necesitan convertirse en una abstracción macroeconómica para entrar en campaña: basta una gasolinera, una hipoteca o la factura de un restaurante.

Las encuestas recientes muestran un deterioro de la percepción económica ligado precisamente al encarecimiento de la vida. Para los hogares, además, que la inflación se modere desde los máximos anteriores no significa que los precios regresen a su punto de partida. Significa solamente que continúan aumentando más despacio. Es una distinción estadística impecable y políticamente bastante poco consoladora.

El dato también tiene implicaciones para millones de jubilados estadounidenses. La actualización anual de las prestaciones de la Seguridad Social utiliza el CPI-W, el índice de precios correspondiente a trabajadores urbanos y empleados administrativos. Ese indicador aumentó un 3,9% interanual en septiembre, un elemento que entra en el cálculo del ajuste del coste de la vida para 2027.

Un 3,7% que cambia el tono, aunque no resuelve el debate

La inflación estadounidense vuelve a ofrecer una de esas fotografías que permiten dos lecturas y hacen incómodas ambas. El 3,7% general es peor de lo esperado y supone una clara aceleración frente al 3,4% de agosto. La gasolina, sin embargo, explica una parte enorme del salto, mientras la inflación subyacente permanece bastante más cerca del terreno que la Reserva Federal considera manejable, aunque también haya repuntado.

Eso deja a la Fed exactamente donde menos le gusta estar: entre una economía que empieza a enseñar señales de menor fuerza y unos precios que todavía se resisten a volver de forma limpia hacia el objetivo. Subir tipos demasiado deprisa puede castigar actividad y empleo; quedarse corta puede permitir que la inflación vuelva a echar raíces.

Septiembre no ha decidido la reunión de octubre. Sí ha cambiado el tono. La inflación no está derrotada, el petróleo vuelve a pesar sobre los hogares y la Reserva Federal tendrá que mirar más allá del gran 3,7% para distinguir si está ante un sobresalto energético o ante el comienzo de algo bastante más difícil de apagar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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