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Irán alarga el diálogo con EEUU para debilitar a Trump en las midterm
Teherán mantiene abierto el diálogo con Washington, pero frena un acuerdo rápido para no reforzar a Trump antes de las elecciones de mitad de mandato.
Resumen
- Irán alarga el diálogo con EEUU para debilitar a Trump antes de las midterm
- Teherán evita concesiones que puedan dar al presidente una victoria política
- Ormuz, el petróleo y la economía iraní elevan el coste del pulso
Irán ha prolongado deliberadamente las conversaciones con Estados Unidos con un objetivo que va bastante más allá de la mesa de negociación: debilitar políticamente a Donald Trump antes de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre. Tres altos funcionarios iraníes y una fuente conocedora de la estrategia de Teherán sostienen que la República Islámica no quiere entregar al presidente estadounidense una victoria diplomática a escasos días de unas urnas decisivas para el control del Congreso.
La maniobra mezcla diplomacia, guerra y política doméstica estadounidense. Teherán mantiene abiertos los contactos, pero evita las concesiones que podrían permitir a Trump presentar un acuerdo como un éxito personal. Detrás también pesa algo menos electoral y bastante más peligroso: el Gobierno iraní teme nuevos ataques de Estados Unidos e Israel y considera que cualquier pacto firmado en estas condiciones puede quedar enterrado con rapidez.
No es, por tanto, una simple negociación nuclear encallada. Irán intenta administrar el tiempo como otra pieza del conflicto. Cuanto más se acerca el 3 de noviembre sin acuerdo, más difícil resulta para Trump ofrecer a los votantes el final de una guerra que está golpeando los precios energéticos y erosionando su posición política.
Teherán juega con el calendario electoral estadounidense
La estrategia iraní parte de una lectura bastante sencilla: Trump necesita resultados antes de las elecciones de mitad de mandato, mientras que Teherán puede obtener ventaja política precisamente evitando que esos resultados lleguen. No necesita romper las conversaciones; le basta con impedir que maduren a tiempo.
Según las fuentes iraníes conocedoras del proceso, el régimen está dispuesto a mantener una situación intermedia, ni paz definitiva ni regreso completo a las hostilidades, hasta que los estadounidenses voten. Un limbo diplomático incómodo, sí, pero bastante útil para quien considera que controlar el reloj también significa controlar una parte de la negociación.
La guerra comenzó en febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra Irán. Ocho meses después, el conflicto se ha convertido también en un problema doméstico para la Casa Blanca. Trump llega a las midterm con una aprobación muy deteriorada y con los republicanos sometidos a presión por el coste de la vida y la gasolina.
El estrecho de Ormuz convierte la guerra en un problema de bolsillo
La pieza económica es fundamental. El estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta, permanece prácticamente cerrado desde el inicio de la guerra, con un tráfico marítimo reducido a mínimos por las acciones y amenazas iraníes.
Eso convierte una disputa geopolítica aparentemente lejana en algo mucho más reconocible para el votante estadounidense: el precio que aparece iluminado sobre el surtidor cuando entra en una gasolinera. Trump ha asegurado que espera una bajada del petróleo después de las elecciones, pero no ha presentado un plan detallado capaz de poner fin al conflicto y normalizar plenamente el tránsito por Ormuz.
Teherán conoce perfectamente esa debilidad. Mantener la presión sobre la ruta marítima significa conservar una palanca no solo militar, sino también económica y electoral. La paradoja es considerable: Irán intenta aumentar el coste político de la guerra para Trump mientras su propia economía soporta consecuencias todavía más duras.
El acuerdo se atasca incluso antes de hablar del programa nuclear
Washington y Teherán tampoco consiguen ponerse de acuerdo sobre qué debe negociarse primero. Estados Unidos quiere que el programa nuclear iraní forme parte de las conversaciones desde el comienzo. Irán sostiene que sus condiciones previas deben cumplirse antes de abrir esa negociación.
Esa discrepancia sobre el orden de los asuntos ha convertido el propio procedimiento diplomático en una disputa política. La República Islámica ha planteado mediante mediadores cataríes un denominado plan de siete días, concebido para abrir una vía hacia la desescalada sin renunciar de inmediato a las principales herramientas de presión iraníes.
La propuesta permitiría reabrir el estrecho de Ormuz en ese plazo, aunque bajo control iraní, a cambio de que Washington levante el bloqueo marítimo, alivie las restricciones sobre las exportaciones de petróleo, libere activos iraníes congelados y ponga fin a las hostilidades en todos los frentes.
El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araqchi, ha asegurado que la oferta continúa sobre la mesa y que los mensajes siguen circulando mediante intermediarios. Hay conversación, por tanto. Otra cosa muy distinta es que exista confianza.
La desconfianza pesa tanto como las condiciones económicas
Teherán sostiene que anteriores intentos diplomáticos terminaron acompañados de acciones militares. En junio de 2025, una ofensiva israelí frustró los preparativos para una sexta ronda de conversaciones nucleares entre Irán y Estados Unidos en Omán. En febrero de 2026, Washington e Israel comenzaron la actual guerra poco después de otra ronda de contactos, cuando todavía estaban previstas reuniones técnicas posteriores.
Para el liderazgo iraní, esos antecedentes alimentan la idea de que un acuerdo con Washington puede convertirse rápidamente en papel mojado. Esa desconfianza explica una parte del bloqueo negociador; la otra es puro cálculo político. Uno de los responsables iraníes sostiene que el régimen se prepara para nuevos ataques estadounidenses e israelíes, no para cerrar precipitadamente un pacto.
El planteamiento de fondo es explícito: Teherán no quiere conceder a Trump una victoria política que pueda exhibir ante los votantes. El acuerdo, si llega, debería hacerlo después de las elecciones. Antes, piensa el régimen iraní, sería regalarle al presidente estadounidense una fotografía demasiado valiosa.
Trump promete no atacar antes del 3 de noviembre
Donald Trump ha afirmado que Estados Unidos no volverá a bombardear Irán antes del 3 de noviembre, fecha de las elecciones legislativas. La promesa introduce una pausa temporal, aunque deja completamente abierto lo que puede suceder después de que cierren las urnas.
En Teherán, de hecho, la expectativa sigue siendo que los ataques terminarán reanudándose tarde o temprano. Parte del liderazgo iraní considera que la política estadounidense persigue algo más profundo que limitar su capacidad nuclear y teme que el objetivo último sea provocar un cambio de régimen.
Ese temor se mezcla con la estrecha coordinación entre Washington e Israel. El secretario estadounidense de Defensa, Pete Hegseth, abordó la situación iraní con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante una visita no anunciada a Israel. El mensaje que recibe Teherán es bastante transparente: las conversaciones continúan, pero la opción militar no se ha evaporado.
De ahí que las elecciones estadounidenses hayan adquirido una importancia extraordinaria para Irán. Una derrota republicana podría limitar políticamente a Trump en Washington. No pondría fin automáticamente a la guerra ni transformaría de golpe la política exterior estadounidense, pero sí modificaría el equilibrio de poder en el Congreso durante los dos últimos años de su mandato.
La estrategia contra Trump también está asfixiando a Irán
Mantener la negociación congelada tiene un coste brutal para la propia República Islámica. La inflación iraní alcanzó el 73,6% en septiembre, mientras el rial perdió cerca de un 35% frente al dólar desde que Estados Unidos restableció el bloqueo naval en julio.
El golpe petrolero resulta todavía más gráfico. Las exportaciones iraníes de crudo por vía marítima cayeron hasta cero durante la segunda semana de septiembre, frente a una media de unos 230.000 barriles diarios al comienzo del mes, y permanecían en ese nivel a comienzos de octubre.
Teherán juega así una partida electoral en Washington mientras su propia economía se encoge bajo las sanciones, el bloqueo y el coste de la guerra. La presión funciona en ambas direcciones. Irán puede complicar las elecciones a Trump mediante Ormuz y los precios energéticos; Estados Unidos puede seguir deteriorando las principales fuentes de ingresos iraníes.
La cuestión está en cuánto tiempo puede sostener cada parte el pulso. Trump tiene una fecha marcada en rojo, el 3 de noviembre. El Gobierno iraní no afronta unas elecciones equivalentes, pero sí una población sometida a inflación extrema, deterioro de la moneda y una incertidumbre económica que se vuelve cada vez más difícil de administrar.
Después de las urnas, el problema seguirá sobre la mesa
La maniobra iraní introduce un elemento tan viejo como la diplomacia y, a la vez, muy reconocible: negociar no solo pensando en las condiciones del acuerdo, sino también en el calendario político del adversario. En esta ocasión, cada semana sin pacto tiene un valor electoral concreto.
Teherán parece haber concluido que firmar antes de las midterm ayudaría a Trump, mientras que esperar puede aumentar su coste político y mejorar la posición iraní para una negociación posterior. Es una apuesta arriesgada. El tiempo se ha convertido en un arma, pero utilizarla implica prolongar un conflicto que está dañando gravemente a los dos lados.
El resultado electoral del 3 de noviembre puede alterar el equilibrio político dentro de Estados Unidos, aunque difícilmente resolverá por sí solo el enfrentamiento. El programa nuclear seguirá allí, Ormuz continuará siendo una pieza estratégica y la desconfianza acumulada entre Washington y Teherán no desaparecerá cuando cierren los colegios electorales.
Lo que Irán intenta impedir es mucho más inmediato: que Trump llegue a esa noche proclamando una victoria sobre la República Islámica. Después quedará la parte más complicada, volver a sentarse ante la misma mesa y comprobar si, una vez utilizadas también las urnas como instrumento de presión, todavía existe espacio para un acuerdo.
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