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Irán amenaza con castigar a las mujeres que desafían el velo islámico

La Justicia de Teherán eleva la presión sobre las mujeres sin velo, símbolo de una desobediencia que creció tras la muerte de Mahsa Amini en 2022

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castigar a las mujeres que salgan sin velo

Resumen

  • Teherán amenaza con actuar contra las mujeres que salgan sin velo
  • La desobediencia creció tras la muerte de Mahsa Amini en 2022
  • El hiyab sigue siendo obligatorio pese a su menor aplicación práctica

La Justicia de la provincia de Teherán ha elevado de nuevo la presión sobre las mujeres que salen a la calle sin cubrirse el cabello. Su presidente, Naser Atabati, advirtió este martes de que las autoridades iraníes no tolerarán lo que califican de “desnudez” ni las conductas que, a juicio del régimen, normalicen el incumplimiento de las normas islámicas de vestimenta.

El aviso llega en un momento especialmente delicado para la República Islámica. Cada vez más mujeres caminan por Teherán y otras grandes ciudades sin hiyab, algunas también con camisetas de manga corta o tirantes, después de varios años de desobediencia civil iniciada tras la muerte de Mahsa Amini en 2022. El velo continúa siendo obligatorio por ley, pero su cumplimiento se ha relajado de manera visible y cotidiana. Ahí está, precisamente, el choque.

La Justicia iraní endurece el discurso sobre el velo

Atabati lanzó la advertencia durante una reunión dedicada al cumplimiento de las normas sobre el velo islámico, en la que participaron el fiscal de Teherán, Ali Salehi; el comandante de la Policía de la capital, el general Abás Alí Mohamadian, y responsables de otros organismos.

“No pasaremos por alto las conductas inapropiadas, el libertinaje ni los intentos de normalizar determinados comportamientos”, afirmó el responsable judicial. El lenguaje importa. Las autoridades iraníes están empleando conceptos como “libertinaje”, “desnudez” o “anomalías sociales” para referirse a comportamientos que incluyen salir a la calle con el cabello descubierto.

Según Atabati, en algunos espacios públicos la situación habría ido incluso “más allá de quitarse el velo”. El dirigente judicial habló de “escenas de desnudez” y reclamó utilizar los mecanismos legales disponibles contra quienes, según su interpretación, tratan de convertir esas conductas en algo socialmente aceptado.

También vinculó el fenómeno con una supuesta intervención extranjera en la cultura iraní, una acusación habitual dentro del discurso oficial de la República Islámica cuando aborda movimientos sociales que desafían sus normas.

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Pero en las calles la realidad tiene otra textura. No es una discusión abstracta sobre geopolítica: son mujeres que entran en una tienda, toman el metro, pasean por un bazar o quedan con amigas sin colocarse un pañuelo sobre el cabello. Gestos pequeños, repetidos miles de veces, que han terminado convirtiéndose en uno de los desafíos sociales más persistentes al sistema iraní.

El Gobierno relajó la aplicación, pero la obligación sigue vigente

La aparente contradicción iraní se entiende mejor separando dos cosas: la ley no ha desaparecido, aunque durante los últimos años su aplicación haya perdido intensidad.

Con el aumento del número de mujeres que rechazaban el hiyab obligatorio, el Gobierno anunció a finales de 2024 que no estaba aplicando las normas que castigaban la ausencia del velo. Desde entonces, especialmente en las grandes ciudades, se ha ensanchado considerablemente el margen para vestir de una manera que pocos años antes habría provocado una intervención inmediata de las autoridades.

Eso no significa que el Estado haya reconocido formalmente esa libertad.

El hiyab continúa formando parte del ordenamiento y de la identidad política de la República Islámica. De ahí el pulso actual: la sociedad ha avanzado más rápido que las normas oficiales y una parte del aparato conservador reclama recuperar terreno.

La semana pasada, el jefe del Poder Judicial iraní, Golamhosein Mohseni Eyei, ya había ordenado a la Fiscalía General perseguir con “firmeza” las denominadas “anomalías sociales”. Entre ellas situó precisamente a las mujeres que salen sin velo o que no utilizan el sobretodo tradicionalmente exigido para ocultar las formas del cuerpo.

No fue una frase aislada. La nueva advertencia de la Justicia de Teherán muestra que el debate ha escalado desde las críticas políticas hasta la posibilidad de reactivar mecanismos coercitivos.

El temor está en cómo se aplicará la amenaza

La incógnita no es tanto qué piensa el sector más conservador del régimen —eso está bastante claro— como hasta dónde está dispuesto a llegar.

Las autoridades judiciales hablan de actuar “de acuerdo con la ley”, pero el escenario iraní ha cambiado profundamente desde 2022. Imponer de nuevo de forma masiva el velo obligatorio exigiría enfrentarse a una realidad que ya forma parte del paisaje urbano: miles de mujeres han dejado de utilizarlo con normalidad.

Una marcha atrás no consistiría simplemente en recuperar una norma administrativa. Significaría volver a vigilar comportamientos que durante años se han ido normalizando, con el consiguiente riesgo de abrir otra fractura social.

Mahsa Amini convirtió el velo en algo mucho mayor que una prenda

El punto de ruptura llegó en septiembre de 2022. Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años, murió después de haber sido detenida por la Policía de la Moral por supuestamente llevar mal colocado el velo.

Su muerte desencadenó una oleada de protestas bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”. Las movilizaciones comenzaron como una denuncia de las restricciones impuestas a las mujeres y terminaron convirtiéndose en una contestación política mucho más amplia contra la República Islámica.

La respuesta de las autoridades fue durísima. Organizaciones de derechos humanos documentaron cientos de muertos y miles de detenidos durante la represión de aquellas protestas.

Las manifestaciones acabaron disminuyendo, pero una parte esencial de la protesta sobrevivió de una manera menos visible y, quizá por eso, más difícil de sofocar: mujeres que simplemente dejaron de ponerse el velo.

No hacía falta una pancarta. Bastaba salir a comprar.

Esa desobediencia cotidiana terminó modificando las calles de Teherán. Mujeres que años atrás habrían llamado inmediatamente la atención comenzaron a desplazarse con la cabeza descubierta, ropa más corta o prendas que se alejaban de los códigos tradicionales establecidos por la República Islámica.

El hiyab sigue siendo una frontera política en Irán

El velo obligatorio nunca ha sido únicamente una cuestión de vestimenta. Desde la revolución islámica de 1979 se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles del orden político instaurado por el ayatolá Ruholá Jomeiní.

Por eso su retroceso práctico tiene una dimensión que va mucho más allá de la moda.

Cuando miles de mujeres dejan de utilizarlo sin que el Estado consiga revertir esa conducta, no cambia solamente la apariencia de las calles. También cambia la relación entre autoridad y ciudadanía. La norma sigue escrita, pero pierde fuerza cuando una parte considerable de la sociedad deja de obedecerla.

El fenómeno explica la creciente inquietud de los sectores ultraconservadores. Desde su perspectiva, tolerar que cada mujer decida cómo vestir supone aceptar que el Estado pierda capacidad para imponer uno de los códigos sociales sobre los que construyó su identidad durante casi medio siglo.

Para muchas iraníes, en cambio, la cuestión se formula de una manera mucho más sencilla: quién decide sobre su propio cuerpo.

Ahí chocan dos Irán.

Entre la amenaza judicial y una calle que ya ha cambiado

Las últimas declaraciones de la Justicia de Teherán indican que las autoridades pretenden marcar un límite después de varios años de relajación. El empleo insistente de palabras como “desnudez” y “libertinaje” no parece casual: busca devolver una carga de reproche moral a comportamientos que en numerosas zonas urbanas han dejado de resultar excepcionales.

Pero el país al que se dirige esta advertencia no es el mismo que existía antes de Mahsa Amini.

Muchas mujeres han incorporado la ausencia del velo a su vida diaria. Lo que comenzó como un gesto desafiante se ha convertido, en algunos barrios y ambientes urbanos, en algo bastante más corriente. Intentar invertir esa transformación exigiría una presión policial y judicial considerable.

El régimen conserva las leyes, las instituciones y la capacidad de castigar. Las mujeres que desafían el hiyab obligatorio han ganado, mientras tanto, algo menos tangible pero difícil de borrar: la costumbre de ejercer una libertad que antes parecía imposible.

Ese es el verdadero problema para las autoridades iraníes. Un pañuelo puede imponerse mediante una norma. Conseguir que una sociedad vuelva a considerar normal lo que ya ha empezado a cuestionar es bastante más complicado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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