Cultura
José Coronado recuerda la obra que cambió su forma de ver a los demás
José Coronado revive el impacto de Algo en común, la obra tras la que muchos espectadores gais fueron a su camerino para agradecerle su trabajo.
Imagen: Pedro J Pacheco / CC BY-SA 4.0.
Resumen
- José Coronado sitúa Algo en común entre los trabajos que más le marcaron
- Muchos espectadores gais fueron a su camerino para darle las gracias
- El actor asegura que aquella experiencia cambió su forma de mirar a los demás
José Coronado ha vuelto sobre uno de los trabajos que más profundamente le transformaron, y no fue uno de esos policías de mirada fatigada, delincuentes con media España en contra o tipos duros que terminaron convirtiéndose en una segunda piel para el actor. Fue Algo en común, una obra de teatro de Harvey Fierstein que protagonizó en 1996 y en la que interpretaba a un hombre homosexual cuya pareja había muerto de sida.
Casi tres décadas después, Coronado recuerda especialmente lo que ocurrió fuera del escenario. Muchos hombres gais acudieron a su camerino llorando para darle las gracias por aquel trabajo. El actor, que entonces llevaba alrededor de diez años de carrera, asegura que aquella experiencia modificó su manera de mirar a los demás. «No volví a ser el mismo», ha explicado al recordar un montaje que, según sus propias palabras, le enseñó a ser más tolerante y a no prejuzgar a las personas.
El papel que desarmó al galán José Coronado
Resulta curioso visto desde la distancia. Coronado había entrado en la profesión con una presencia física difícil de esconder: buena planta, voz grave, cámara agradecida. El papel de galán parecía venir de fábrica. Y, como tantas etiquetas cómodas, servía estupendamente hasta que empezó a quedarse pequeño.
Algo en común le ofreció justo lo contrario. No había pose que resolviera el personaje. Había duelo, enfermedad, miedo, afecto y una pareja homosexual atravesada por el sida en una época en la que esos dos asuntos todavía llegaban al escenario cargados de prejuicios sociales. Coronado ha explicado en distintas ocasiones que allí comenzó realmente a sentirse actor, no simplemente alguien capaz de funcionar delante de una cámara.
La obra se estrenó el 6 de septiembre de 1996 en el Teatro Infanta Isabel de Madrid, bajo la dirección de Paco Pino, con María Barranco, José Coronado, Arantxa de Juan y Alejandro Martínez en el reparto original. Era un texto de Harvey Fierstein y colocaba el sida y la homosexualidad en el centro del escenario sin convertirlos en mero decorado dramático.
Ahí estaba, probablemente, parte de su fuerza. Cuando el montaje seguía representándose meses después, ya se había consolidado como una función de fuerte carga emocional que abordaba las consecuencias sociales del sida poniendo el amor por encima del estigma. No era precisamente material neutro en la España de mediados de los noventa.
Los espectadores que fueron a buscarle al camerino
Coronado ha contado que aquellas reacciones del público terminaron atravesando la frontera, a veces bastante cómoda, que separa al intérprete del personaje. Algunos espectadores se acercaban después de la función. No iban a pedir una fotografía —tampoco había todavía esa liturgia universal del móvil levantado—, sino a agradecerle lo que acababan de ver.
El actor recuerda especialmente a hombres homosexuales que llegaban emocionados al camerino. Para él, aquellas conversaciones terminaron dando otra dimensión al oficio: descubrió que interpretar no consistía únicamente en entretener, sino que una historia podía tocar experiencias privadas, poner palabras a una pérdida o romper, siquiera durante dos horas, determinados prejuicios.
La idea no aparece de repente. Coronado lleva años señalando Algo en común como un punto de inflexión. Ya había contado anteriormente que aquella obra le hizo comprender que le importaban más los silencios del público que los aplausos y recordaba a espectadores acercándose después de las funciones con lágrimas en los ojos. En otras conversaciones también la había identificado como una de sus interpretaciones teatrales más difíciles y decisivas.
«No volví a ser el mismo»
La formulación que utiliza es contundente porque va más allá de una valoración artística. Coronado sostiene que aquella experiencia cambió su concepto del respeto hacia otras personas y que interpretar personajes muy distintos de él ha contribuido, con el paso de los años, a volverlo menos propenso a prejuzgar.
No es poca cosa para un oficio que, visto desde fuera, suele reducirse a focos, alfombras rojas y esa extraña disciplina nacional de preguntar a los actores si se parecen a sus personajes. La respuesta interesante está justamente en el sentido contrario: qué parte del personaje acaba quedándose con el actor cuando cae el telón.
En el caso de Coronado, aquel hombre que cuidaba a su pareja enferma de sida le obligó a entrar en un territorio que no conocía personalmente. Él mismo ha explicado que allí comprendió lo que denomina «el amor con mayúsculas», una idea que ha repetido durante años al referirse al montaje y a la huella que dejó en su vida profesional y personal.
Un montaje nacido en los años del estigma del sida
El contexto importa. Mucho. Algo en común llegó a los escenarios españoles en 1996, cuando la percepción social del VIH y del sida arrastraba todavía un pesado equipaje de miedo, desinformación y estigmatización, particularmente ligado a la comunidad homosexual.
La obra de Fierstein llevaba esa realidad al teatro desde un lugar íntimo: la pérdida de una pareja y el cuidado durante la enfermedad. La enfermedad estaba ahí, pero el centro emocional era otro. Amor, duelo, compañía. Elementos universales que chocaban contra una época demasiado acostumbrada a clasificar primero a las personas y escucharlas después.
Coronado ha señalado precisamente eso como parte del aprendizaje. Meterse en una vida distante de la propia le hizo cuestionar categorías y prejuicios que hasta entonces podía haber asumido sin examinarlos demasiado. El teatro, en ese caso, no funcionó como sermón —por fortuna, pocas cosas envejecen peor— sino como una experiencia concreta.
De Algo en común a los personajes duros que marcaron su carrera
La paradoja es bonita: uno de los papeles que más cambió al actor ocurrió antes de que el gran público terminara de asociarlo con los personajes que acabarían definiendo buena parte de su carrera. Después llegaron policías, delincuentes, empresarios, padres atormentados y hombres con aspecto de haber dormido poco y confiar todavía menos.
Coronado terminaría consolidándose como uno de los intérpretes más reconocibles del cine y la televisión españoles. Ganó el Goya al mejor actor protagonista por No habrá paz para los malvados y años después el de mejor actor de reparto por Cerrar los ojos, de Víctor Erice.
Aquella evolución también le permitió desprenderse del encasillamiento inicial. El galán fue dejando sitio al tipo duro; el tipo duro, a personajes cada vez más quebrados. Pero Coronado sitúa el verdadero cambio bastante antes de esos grandes reconocimientos. En un escenario, con un personaje homosexual y con una fila inesperada de espectadores esperando tras la función.
José Coronado, de nuevo en primer plano con El problema final
El recuerdo reaparece además en un momento de renovada exposición para el actor madrileño. A sus 69 años, Coronado encabeza El problema final, la miniserie de Netflix basada en la novela homónima de Arturo Pérez-Reverte y estrenada el 25 de septiembre de 2026.
La producción, dirigida por Félix Viscarret, tiene cuatro episodios y sitúa la acción en la primavera de 1959. Coronado interpreta a Benjamin Basil, un actor retirado que alcanzó la fama dando vida a Sherlock Holmes y que termina ejerciendo de detective cuando una mujer aparece muerta en un hotel aislado por un temporal en un pequeño islote próximo a Mallorca. Junto a él aparecen María Valverde, Martiño Rivas, Maribel Verdú, Gonzalo de Castro, Pepón Nieto y Cristina Kovani, entre otros.
Hay incluso cierta simetría entre Basil y el propio Coronado. Uno es un intérprete veterano obligado a escapar de aquello por lo que el público lo conoce; el otro lleva décadas haciendo justamente eso. Primero tuvo que demostrar que detrás del galán había un actor. Después, que detrás del tipo duro cabían bastantes más hombres.
El personaje que siguió acompañándole treinta años después
Algo en común no fue el papel más popular de José Coronado ni el que llenó más portadas. Muchos espectadores que lo identifican inmediatamente con Periodistas, El Príncipe, Entrevías o No habrá paz para los malvados quizá ni siquiera sepan que existió. Y, sin embargo, es el trabajo al que él vuelve una y otra vez cuando habla de aquello que realmente le enseñó algo.
Treinta años después del estreno, permanece la imagen más sencilla: unos espectadores entrando en un camerino para dar las gracias. Nada de premios, audiencias o recaudaciones. Personas explicándole a un actor que durante un rato habían visto sobre las tablas algo que se parecía a sus propias vidas.
Para Coronado, aquello modificó su relación con la interpretación y también, según admite, su forma de mirar a quienes tenía delante. El escenario hizo lo que a veces consigue el buen teatro cuando se libra de la grandilocuencia: acercar dos mundos que parecían alejados. Y dejar algo detrás cuando se apagan las luces.
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