Tecnología
Un jubilado de Miño fabrica un andador eléctrico usando un hoverboard
Un jubilado de Miño ha convertido un hoverboard en el motor de un andador eléctrico artesanal capaz de alcanzar aproximadamente 10 km/h en pruebas.
Resumen
- José Luis, de 73 años, ha motorizado un andador con un hoverboard
- El aparato artesanal alcanza alrededor de 10 km/h en movimiento
- Su creador aclara que es un experimento y no un producto sanitario
A sus 73 años, José Luis Martínez Domínguez ha encontrado un uso bastante menos convencional para un hoverboard que recorrer un paseo marítimo. Este jubilado de Miño, en A Coruña, ha acoplado el patín eléctrico de dos ruedas a un andador convencional y ha construido un peculiar vehículo motorizado capaz de alcanzar alrededor de 10 km/h.
El invento funciona, y bastante. Quizá demasiado. Su propio creador advierte de que no pretende convertirlo en un producto para personas con problemas de movilidad ni presentarlo como alternativa comercial a un andador eléctrico homologado. Es, ante todo, ingeniería casera, entretenimiento y la obra de alguien que pasó buena parte de su vida laboral rodeado de maquinaria pesada y que sigue desmontando, conectando y probando cosas porque, sencillamente, le gusta hacerlo.
Un hoverboard convertido en motor para un andador
La idea parece elemental cuando se ve terminada: aprovechar los motores eléctricos, las ruedas y la batería de un hoverboard para impulsar otro objeto. Llevarla a la práctica ya es otra historia. José Luis adapta el patín autoequilibrado para incorporarlo al conjunto y convertir un dispositivo pensado originalmente para desplazarse de pie en la fuente de propulsión del andador.
No se ha quedado ahí. El vecino de Miño ha experimentado también con una silla de ruedas, bicicletas y pequeños karts. En una bicicleta, por ejemplo, sustituye la rueda trasera por el sistema del hoverboard; en otros montajes utiliza el patín para proporcionar el empuje eléctrico. Su pequeña colección de máquinas demuestra hasta dónde puede llegar una pieza cuando deja de utilizarse para aquello que figuraba en su caja.
La materia prima tiene sentido. Un hoverboard incorpora dos motores eléctricos independientes, batería y sensores para controlar el movimiento. Es una pequeña plataforma de propulsión prácticamente preparada para funcionar; hace falta, eso sí, encontrar la manera de trasladar esa fuerza a una estructura que jamás fue diseñada para recibirla.
Un andador capaz de alcanzar los 10 km/h
El resultado llama la atención por una razón evidente: corre. El andador artesanal puede alcanzar aproximadamente 10 kilómetros por hora, una velocidad considerable para un aparato construido alrededor de una estructura destinada originalmente a ayudar a caminar.
Ahí aparece también la frontera entre la ocurrencia mecánica y un producto de movilidad real. José Luis no intenta disfrazarla. Ha explicado que estos vehículos no están concebidos para su uso cotidiano y que su diversión consiste precisamente en hacer las conexiones, construirlos y aprender a manejarlos. El propio inventor reconoce que el andador tiene mucha potencia y resulta un artefacto bastante «loco».
Conviene detenerse en ese detalle. El aparato ha sido presentado como un andador extraordinariamente potente, pero no existe una certificación técnica pública que permita convertir esa expresión en un récord. Lo comprobable es bastante más interesante que la hipérbole: un jubilado gallego ha conseguido motorizar artesanalmente un andador mediante un hoverboard y hacerlo circular a una velocidad que obliga a manejarlo con prudencia.
De las excavadoras al pequeño taller de Miño
José Luis Martínez Domínguez no parte de cero. Durante su vida laboral trabajó con grandes palas y maquinaria pesada empleadas en excavaciones, carreteras y minas. El escenario ha cambiado —del hierro de toneladas a cables, ruedas y pequeños motores eléctricos—, pero cierta lógica permanece intacta: entender cómo se mueve una máquina y averiguar qué puede hacerse con ella.
La jubilación le ha dejado tiempo para experimentar. Cuenta que algunas ideas aparecen de manera espontánea, incluso mientras duerme, y luego terminan tomando forma entre piezas y conexiones. No hay detrás, al menos por ahora, una empresa emergente, una ronda de inversión ni uno de esos discursos tecnológicos donde hasta una tostadora parece destinada a cambiar la humanidad. Hay curiosidad mecánica. Bastante más tangible.
El andador tampoco es su primer artefacto en llamar la atención. Su afición consiste precisamente en reaprovechar objetos y motores que nacieron con una función concreta para hacerlos trabajar de una manera completamente distinta.
Ernesto, Salvador y una colección de máquinas improbables
Hace unos dos años, José Luis ya se hizo conocido por motorizar un carrito de la compra. Le incorporó el motor de un coche de juguete y consiguió que avanzase junto a él durante sus desplazamientos al supermercado. Lo bautizó Ernesto, en homenaje a un vecino que le ayuda con sus proyectos.
Después llegó Salvador, el nombre que dio a un kart con remolque. Los vídeos de aquel vehículo consiguieron miles de reproducciones en TikTok. Su catálogo doméstico ha seguido creciendo con bicicletas modificadas, la silla asistida y este andador que, probablemente, sería el último objeto que uno imaginaría asociado a un hoverboard.
Hay algo muy de taller tradicional en todo ello: reutilizar una máquina para una función distinta, observar qué sobra, qué falta y dónde puede encajar una pieza que nació para otra cosa. Solo que la caja de herramientas del siglo XXI contiene baterías de litio, motores eléctricos y controladores electrónicos.
La idea del hoverboard como propulsor tiene antecedentes
El ingenio de José Luis es genuino como construcción personal, aunque la utilización de hoverboards para impulsar otros vehículos tiene antecedentes. En España se presentó en 2018 una solicitud de patente para un sistema de propulsión de carros y sillas de ruedas mediante un patinete eléctrico tipo hoverboard, cuya publicación se produjo posteriormente.
Aquel concepto empleaba mecanismos para acoplar el hoverboard en la parte posterior y aprovecharlo como elemento de empuje y control. Es una buena muestra de por qué estos aparatos resultan atractivos para inventores profesionales y aficionados: concentran en poco espacio motores, batería, ruedas y electrónica de control.
El trabajo del jubilado de Miño pertenece a otra categoría. No busca presentar una solución industrial ni presume de homologación. Es un montaje artesanal nacido del placer de construir y experimentar. Esa diferencia resulta esencial cuando el objeto modificado es un andador o una silla de ruedas, dispositivos vinculados a personas que pueden tener problemas de equilibrio o movilidad.
Un invento que no debe confundirse con una ayuda técnica
En el mercado existen andadores eléctricos desarrollados específicamente para asistir a personas con movilidad reducida, con sistemas de control, distintas velocidades y mecanismos destinados a reducir riesgos. El aparato fabricado por José Luis no es un producto sanitario homologado ni ha sido presentado como tal.
Y quizá eso sea precisamente lo que hace más simpática la historia. No necesita convertirse artificialmente en «la revolución de la movilidad» para resultar interesante. Un hombre de 73 años que trabajó con excavadoras ha cogido uno de esos hoverboards que parecían condenados a acumular polvo en un trastero y lo ha transformado en el corazón eléctrico de un andador.
De paso ha construido karts, bicicletas y una silla asistida. Las piezas cambian; el mecanismo mental, no demasiado: mirar un objeto y pensar qué otra utilidad puede tener.
Ingenio de taller con los pies todavía en el suelo
El andador eléctrico de Miño tiene algo de prototipo y algo de juguete para adultos, una máquina improbable que funciona mejor de lo que su apariencia podría hacer pensar. Alcanza unos 10 km/h, aprovecha la tecnología de un hoverboard y forma parte de una colección de inventos domésticos que ha dado notoriedad a José Luis Martínez Domínguez más allá de su localidad.
Pero su mejor atributo quizá no sea la velocidad. Es el recordatorio de que la creatividad técnica no se jubila. A veces solo cambia de garaje, reduce el tamaño de las máquinas y empieza a mirar con otros ojos ese viejo patín eléctrico que nadie sabía muy bien dónde guardar.
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