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Las llegadas desde África occidental caen un 59 % y aumenta el riesgo
Europa registra menos llegadas desde África occidental, aunque el desplazamiento de las rutas hacia el sur aumenta la distancia y el riesgo.

Por Irish Defence Forces - Flickr, CC BY 2.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Las llegadas desde África occidental a Europa caen un 59 %
- Las rutas migratorias se desplazan al sur y son más largas
- Canarias recibe menos llegadas, pero la mortalidad apenas baja
La llegada por mar a Europa de migrantes procedentes de Mali, Senegal, Guinea y Gambia cayó un 59 % durante el primer semestre de 2026 respecto al mismo periodo del año anterior. Fueron registradas 4.566 personas de esas cuatro nacionalidades en las principales rutas marítimas hacia territorio europeo. La cifra baja con claridad; el problema, sin embargo, no se ha encogido al mismo ritmo.
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) advierte de que una parte relevante de este descenso responde a un cambio de las rutas migratorias, no necesariamente a una reducción equivalente del número de personas que intentan salir. Los controles en puntos tradicionales de Marruecos, Mauritania y Senegal han desplazado algunas partidas hacia zonas situadas más al sur, lo que alarga las travesías y aumenta el peligro de naufragio, deshidratación y desaparición.
Una caída del 59 % que no significa que haya desaparecido la presión
El nuevo mapa migratorio de África occidental resulta menos sencillo de lo que sugiere ese 59 %. Llegan menos personas por determinadas vías, sí, pero los movimientos continúan y se redistribuyen entre itinerarios diferentes.
La OIM ha estudiado las llegadas por la ruta atlántica de África occidental, el Mediterráneo occidental y el Mediterráneo central. En el conjunto analizado, España sigue ocupando un lugar central como destino de buena parte de quienes alcanzan Europa desde esta región africana.
La ruta atlántica hacia Canarias continúa teniendo un peso fundamental. Entre enero y junio, las cuatro nacionalidades estudiadas representaron el 83 % de las llegadas contabilizadas en ese corredor. Pero el dibujo empieza a moverse por los bordes: ganan relevancia otros caminos hacia el Mediterráneo.
Ahí está una de las claves. Un control fronterizo puede reducir las salidas desde un punto concreto sin eliminar las razones que empujan a alguien a marcharse. El flujo busca entonces otra puerta de salida. A veces está cientos de kilómetros más lejos.
Canarias muestra la paradoja: menos llegadas, casi las mismas muertes
Los datos recientes de la ruta canaria permiten entender esa diferencia entre reducir llegadas y reducir riesgos. Entre 2024 y 2025, las llegadas a Canarias descendieron un 62 %. Las muertes y desapariciones relacionadas con esa ruta, en cambio, apenas disminuyeron un 4 %: pasaron de 1.215 a 1.172.
Es una brecha enorme. Sobre el papel, muchas menos embarcaciones consiguen completar el recorrido; en el mar, la mortalidad no retrocede de manera proporcional.
El Atlántico que separa las costas africanas de Canarias ya era una ruta exigente por las distancias, las corrientes, el estado de algunas embarcaciones y la dificultad para localizar cayucos cuando se desvían de su trayectoria. Si el punto de partida se desplaza todavía más al sur, el tiempo de exposición en alta mar aumenta.
Los puntos de salida se desplazan hacia Gambia y Guinea
El endurecimiento de los controles en Marruecos, Mauritania y Senegal ha contribuido a trasladar parte de las salidas hacia Gambia, Guinea y Guinea-Bisáu. El mapa se estira.
Desde algunas de estas costas, el recorrido hasta Canarias puede acercarse a los 2.200 kilómetros, alrededor de 750 kilómetros más que determinadas rutas utilizadas anteriormente. No es una diferencia menor: supone más horas o días navegando, mayores necesidades de combustible, agua y alimentos, y una ventana mucho mayor para que cualquier avería o cambio meteorológico termine en emergencia.
Más distancia significa también rescates más difíciles
Las salidas desde zonas costeras remotas introducen otro problema. Una embarcación puede permanecer más tiempo fuera del alcance inmediato de los sistemas habituales de vigilancia y rescate. Si pierde el rumbo o queda a la deriva, localizarla en el océano se vuelve todavía más complicado.
De ahí que el descenso estadístico de llegadas necesite cierta cautela. Una persona interceptada antes de alcanzar Europa no aparece como llegada; tampoco quien abandona el intento, queda bloqueado en tránsito o desaparece durante el viaje. El contador en puerto solo explica una parte de la historia.
El Mediterráneo occidental gana peso entre las rutas
Mientras disminuye la presión sobre algunos recorridos atlánticos, otras vías están adquiriendo mayor protagonismo. La proporción correspondiente al Mediterráneo occidental aumentó hasta el 21,9 %, frente al 15,6 % registrado en 2025, mientras que el Mediterráneo central pasó del 8,6 % al 10,5 % dentro de los movimientos analizados.
El fenómeno encaja con una tendencia europea más amplia. Durante el primer semestre de 2026 se registraron algo más de 43.000 llegadas por las rutas del Mediterráneo y del Atlántico occidental, un 37 % menos que un año antes. Al mismo tiempo, el Mediterráneo occidental fue la única gran ruta que superó los niveles de 2025, impulsada especialmente por las llegadas de ciudadanos argelinos.
Son estadísticas diferentes y no conviene mezclarlas como si midieran exactamente lo mismo: unas se refieren específicamente a cuatro nacionalidades de África occidental; las otras, al conjunto de movimientos registrados. Pero juntas dibujan una tendencia bastante nítida: Europa recibe menos llegadas mientras cambian los corredores utilizados.
España sigue en el centro del nuevo mapa migratorio
España aparece de forma recurrente porque convergen dos accesos distintos: Canarias a través del Atlántico y la Península y Baleares mediante el Mediterráneo occidental.
Los datos disponibles hasta julio también reflejan ese cambio de composición. En España, argelinos y marroquíes se situaban como las nacionalidades más numerosas entre las llegadas registradas en 2026, por delante de malienses, senegaleses, guineanos y gambianos. En la ruta mediterránea occidental, el peso de Argelia y Marruecos era todavía más acusado.
Eso ayuda a explicar una aparente contradicción: pueden caer con fuerza las llegadas procedentes de determinados países de África occidental mientras una ruta española concreta crece. La migración no funciona como un único grifo que se abre o se cierra. Se parece más a una red de vasos comunicantes: cuando una vía se estrecha, otra puede empezar a recibir presión.
Y las causas de fondo siguen ahí. La reducción registrada no equivale a una mejora automática de las condiciones que provocan la migración irregular. Los controles modifican el recorrido con mayor rapidez de la que pueden modificar las razones económicas, sociales, políticas o de seguridad que llevan a emprenderlo.
Menos personas llegan, pero el viaje se vuelve más largo
El 59 % es el dato que salta a la vista y, aislado, podría interpretarse como un vuelco radical de la migración desde África occidental hacia Europa. El detalle cuenta otra cosa. Han disminuido las llegadas registradas, mientras una parte de las salidas se desplaza hacia costas más lejanas y recorridos marítimos más largos.
Ese movimiento importa especialmente para España. Canarias puede recibir menos embarcaciones que en anteriores periodos y, al mismo tiempo, enfrentarse a travesías más difíciles y rescates más complejos, con una mortalidad que no cae al mismo ritmo.
La frontera, en definitiva, se mueve aunque permanezca dibujada en el mismo sitio del mapa. Los controles pueden cerrar una salida habitual; el océano no se hace más pequeño. Y cuando el viaje gana cientos de kilómetros, el descenso de las llegadas deja de ser por sí solo una medida suficiente del riesgo humano.

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