España
Page gana terreno como relevo de Sánchez y reabre el debate en el PSOE
Page gana peso en el debate sucesorio del PSOE y atrae apoyos fuera de la izquierda, aunque no hay sondeos que prueben que sumaría más votos.
Foto: Emiliano García-Page Sánchez, CC BY-SA 2.0.
Resumen
- Page gana peso como posible relevo de Sánchez dentro del PSOE
- Los sondeos le dan apoyos llamativos entre votantes de PP y Vox
- No hay encuestas que prueben que el PSOE sumaría más votos con Page
El PSOE podría encontrar en Emiliano García-Page un candidato con más capacidad para atraer voto transversal que Pedro Sánchez, pero hay una frontera que conviene no cruzar: las encuestas disponibles no permiten afirmar que los socialistas obtendrían más votos con Page al frente. Ningún sondeo nacional reciente compara, sobre una misma muestra, la intención de voto del PSOE con Sánchez y la que tendría sustituyéndolo por el presidente de Castilla-La Mancha.
Lo que sí existe es una acumulación de indicios bastante más interesante que el simple ruido sucesorio. Page aparece repetidamente entre los dirigentes mejor situados para un hipotético relevo, consigue apoyos llamativos entre electores que no votan al PSOE y mantiene una marca política propia mientras Sánchez afronta las elecciones generales del 29 de noviembre con el partido por detrás del PP en los principales sondeos privados. Ahí está la noticia. Y también la paradoja.
Page, además, no está postulándose como candidato para estas elecciones. Ha dejado claro que su horizonte político sigue siendo Castilla-La Mancha y que participará en la campaña socialista hablando de los asuntos de su comunidad. El candidato del PSOE es Sánchez. Todo lo demás pertenece, de momento, al territorio de la sucesión y de una cuestión que empieza a flotar sobre Ferraz aunque nadie quiera colocarla encima de la mesa demasiado pronto.
Lo que dicen de verdad las encuestas
El último barómetro de Sigma Dos sitúa al PP en el 32,6% de los votos y 140 escaños, mientras el PSOE se quedaría en el 25,6% y 103 diputados. Vox alcanzaría el 18,3% y 63 representantes. Otro sondeo, el flash de 40dB realizado después del anuncio electoral, mejora algo la posición socialista: eleva al PSOE hasta el 28,1%, frente al 31,9% del PP y el 18,9% de Vox. Aun así, la suma de las dos principales fuerzas de la derecha conservaría una mayoría holgada.
Es decir, Sánchez llega al 29-N con margen para recuperar terreno, pero parte de una situación complicada. El propio PSOE admite internamente que las encuestas apenas se han movido después del adelanto y que el bloque de PP y Vox conserva una elevada movilización. Una de las dificultades que detectan los socialistas resulta especialmente incómoda: existe un voto antisanchista muy consolidado, personas cuya principal motivación electoral es precisamente desalojar al actual presidente.
Es ahí donde el nombre de Page adquiere otra dimensión. No porque exista una encuesta que le conceda mágicamente diez puntos más al PSOE —no existe—, sino porque su perfil parece penetrar en electorados que Sánchez tiene mucho más lejos.
Page atrae fuera del PSOE, pero no domina dentro
El barómetro de Sigma Dos publicado a comienzos de octubre coloca a García-Page como opción preferida por los españoles para una hipotética sucesión de Sánchez, con alrededor del 24% de las preferencias. Lo verdaderamente llamativo aparece al abrir el dato por recuerdo de voto: el presidente castellano-manchego es señalado por el 47,5% de quienes votaron al PP y por el 32,3% de los electores de Vox como la alternativa socialista que prefieren.
Pero dentro del propio electorado socialista la fotografía cambia. En esa misma encuesta, Salvador Illa aparece por delante, con un 18,3%, seguido de Óscar Puente, con un 15,6%, mientras Page se queda en el 11,6%. La transversalidad tiene estas bromas: gustar mucho al vecino no significa necesariamente ser el favorito de casa.
Otros estudios ofrecen, sin embargo, una imagen distinta. SocioMétrica situó en septiembre a Page como el preferido de los votantes del PSOE para suceder a Sánchez, con aproximadamente un 29%, por delante de Puente y de Illa. Y una encuesta de DYM del verano también lo colocaba como la alternativa con mayor respaldo entre los nombres planteados, aunque una parte muy elevada del electorado socialista no escogía a ninguno.
No hay, por tanto, unanimidad demoscópica. Hay algo más modesto y, políticamente, quizá más significativo: Page aparece una y otra vez en la conversación sucesoria. No como una ocurrencia de tertulia, sino en institutos diferentes y entre electorados diferentes.
El problema electoral de Sánchez ya está medido
Pedro Sánchez conserva una baza que sus adversarios llevan años infravalorando: la capacidad de movilizar a una parte importante de la izquierda cuando la campaña se convierte en una elección entre bloques. Ya ocurrió en 2023, cuando PP y Vox parecían encaminarse hacia una mayoría suficiente en buena parte de las encuestas y el resultado terminó siendo bastante más estrecho.
Pero el escenario de 2026 presenta una dificultad añadida. Sánchez no sólo necesita movilizar al votante progresista; necesita recuperar a una porción del electorado que se ha alejado del PSOE durante la legislatura, mientras Vox absorbe voto procedente tanto del PP como de antiguos abstencionistas y, en menor medida, de la izquierda. La batalla ya no consiste únicamente en convencer. Consiste en conseguir que muchos antiguos votantes socialistas vuelvan a casa.
Las cifras de los últimos sondeos reflejan esa erosión. Sigma Dos coloca al PSOE más de seis puntos por debajo de su resultado de 2023. 40dB ofrece una fotografía algo menos severa, pero tampoco suficiente para disputar la primera posición al PP en este momento. Sánchez ha intentado cambiar el eje de campaña hacia la vivienda, las pensiones y la protección social, terrenos en los que espera reconstruir una mayoría progresista.
Cambiar de candidato no convierte simpatía en votos
La tentación es sencilla: si Page gusta a muchos votantes del PP y de Vox y Sánchez genera un fuerte rechazo entre esos mismos sectores, cambiar uno por otro debería sumar votos. La política, por desgracia para quienes adoran las hojas de cálculo, no funciona con semejante limpieza.
Una parte de los votantes conservadores puede valorar positivamente a Page precisamente porque no tiene que votarlo. Considerarlo razonable, moderado o preferible a otros dirigentes socialistas no implica introducir su papeleta en una urna. Al mismo tiempo, un PSOE encabezado por Page podría perder capacidad de movilización en sectores de la izquierda que se identifican más con Sánchez, con Illa o con perfiles más próximos a la actual dirección federal.
Hay otro elemento. La marca Page se ha construido durante años desde Castilla-La Mancha, donde gobierna con mayoría absoluta y puede presentarse como dirigente territorial, criticar decisiones de su propio partido y distanciarse de los pactos nacionales que considera equivocados. Gobernar España obligaría a escoger alianzas, programa, ministros y socios parlamentarios. El político transversal dejaría entonces de ser una silueta y pasaría a tener aristas.
Por eso preferencia personal e intención de voto no son la misma variable. Una encuesta sucesoria mide quién gusta más para sustituir a Sánchez; una encuesta electoral mide qué papeleta acabaría escogiendo cada ciudadano. Confundir ambas cosas permite fabricar un titular magnífico durante unas horas y una conclusión bastante endeble después.
Page convierte su distancia con Ferraz en una marca propia
La relación política entre Sánchez y García-Page atraviesa, mientras tanto, uno de sus momentos más fríos. El presidente de Castilla-La Mancha ha reconocido que las relaciones son “objetivamente muy malas” y ha lamentado que ministros y el propio jefe del Ejecutivo hayan visitado su comunidad sin contar con él institucionalmente.
Page tampoco ha disimulado sus discrepancias durante estos años: Cataluña, los acuerdos con partidos independentistas, la financiación autonómica, la estrategia electoral o determinados socios parlamentarios le han servido para construir un perfil diferenciado dentro del PSOE. A veces con argumentos de fondo; otras, con ese gusto tan castellano por dejar una frase encima de la mesa y marcharse mientras todavía rebota.
Pese a ello, ha despejado una cuestión esencial ante el 29-N. Hará campaña como socialista y ha reivindicado su pertenencia al partido con una frase inequívoca: se considera “más del Partido Socialista que algunos que lo dirigen”. Al mismo tiempo, limitará su implicación a los intereses de Castilla-La Mancha y asegura que no contempla ningún horizonte político fuera de la comunidad.
Ese último detalle enfría cualquier operación inmediata. Page no está disputando unas primarias, Sánchez no ha anunciado que vaya a abandonar la secretaría general y el PSOE afronta unas elecciones dentro de pocas semanas. Hablar de relevo antes de que se abran las urnas tiene algo de contar los muebles mientras la casa sigue habitada.
El relevo que sobrevuela el 29-N
Los datos permiten sostener una conclusión bastante precisa: Page tiene atributos electorales que el PSOE no debería ignorar, especialmente su capacidad para recibir valoraciones positivas fuera del perímetro habitual de la izquierda. También aparece recurrentemente como uno de los dirigentes mejor colocados en una eventual sucesión de Sánchez.
Lo que no permiten sostener es que el PSOE ganaría automáticamente más votos con él. Para afirmarlo haría falta una encuesta específica que enfrentara ambos escenarios —mismo partido, distinto candidato— y midiera trasvases, abstención, fidelidad y movilización. Esa comparación, de momento, no está sobre la mesa.
El 29 de noviembre ofrecerá un dato mucho más contundente. Si Sánchez logra remontar y acercarse de nuevo a la posibilidad de gobernar, buena parte de la conversación sucesoria quedará congelada. Si el PSOE sufre una derrota severa y pierde millones de votos respecto a 2023, los nombres que llevan meses apareciendo en los sondeos dejarán de ser una especulación lejana.
Y entonces Emiliano García-Page estará inevitablemente entre ellos. No porque una encuesta haya demostrado que ganaría más que Sánchez, sino porque varias llevan tiempo diciendo algo más sutil: existe una parte importante del país dispuesta, al menos, a mirarlo de otra manera.
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