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Albania: 71 policías heridos y 71 detenidos en tres días de protestas

Albania encadena tres días de protestas contra el Gobierno con 71 policías heridos, uno crítico, decenas de detenidos y graves disturbios en Tirana.

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Protestas en Alabania en 2026

Por Albinfo - Trabajo propio, CC BY 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Las protestas dejan 71 policías heridos, uno de ellos en estado crítico
  • Al menos 71 manifestantes han sido detenidos tras tres días de disturbios
  • El pulso contra Edi Rama crece y ya supera las reivindicaciones estudiantiles

Albania atraviesa uno de sus episodios de mayor tensión política de los últimos años. Tres días consecutivos de protestas y disturbios contra el Gobierno han dejado 71 policías heridos, uno de ellos en estado crítico, y al menos 71 manifestantes detenidos, según el balance conocido este jueves 15 de octubre.

Las movilizaciones, impulsadas en buena medida por el malestar estudiantil ante las condiciones de la educación y el coste de los estudios, han desbordado rápidamente ese marco. Las calles de Tirana han sido escenario de enfrentamientos, incendios y ataques contra edificios públicos y negocios, mientras las fuerzas de seguridad han utilizado gases lacrimógenos y cañones de agua para contener los incidentes más violentos. El primer ministro, Edi Rama, rechaza dimitir y afronta una protesta que ya cuestiona abiertamente a su Gobierno.

Tres días de disturbios desbordan Tirana

El director general de la Policía albanesa, Skënder Hita, situó en 71 el número de agentes heridos durante los tres días de altercados. Uno permanece en estado crítico y otros han sufrido lesiones de distinta consideración. La Policía ha advertido de que utilizará las grabaciones disponibles para identificar a quienes participaron en agresiones contra agentes o en ataques contra instituciones y propiedades.

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La capital ha vivido cerca de 72 horas de violencia intermitente, con lanzamiento de piedras, objetos contundentes y cócteles molotov. Los enfrentamientos se han concentrado en distintos puntos de Tirana y han provocado incendios y daños materiales en edificios públicos, entidades bancarias y comercios. El Ministerio de Educación ha quedado en el centro de algunos de los episodios más graves.

La intervención policial también ha despertado críticas. Los antidisturbios han recurrido al gas lacrimógeno y los cañones de agua para dispersar concentraciones, mientras algunos manifestantes denuncian actuaciones desproporcionadas. Hita sostiene que las fuerzas de seguridad deben garantizar el derecho de protesta pacífica, pero también impedir agresiones y destrozos.

No todos los participantes en las marchas han tomado parte en los disturbios. La Policía ha pedido a los ciudadanos que se alejen de los grupos encapuchados que protagonizan ataques y ha insistido en que la responsabilidad penal es individual. Una distinción importante cuando una manifestación acaba reducida, en las imágenes, a humo, cristales rotos y sirenas.

De las aulas a una protesta contra el Gobierno

El origen inmediato de la nueva ola de movilizaciones está en las reivindicaciones de estudiantes y jóvenes. Las protestas han denunciado el coste de la educación, las condiciones de las universidades y las escasas perspectivas laborales después de graduarse. Demandas concretas, en principio. En apenas unos días han acabado conectando con un descontento político bastante más amplio.

Entre las consignas aparece ya la exigencia de dimisión de Edi Rama, primer ministro desde 2013 y vencedor de las elecciones de 2025, que le dieron un cuarto mandato consecutivo. Para el Ejecutivo, sectores políticos han tratado de aprovechar y alimentar los disturbios. Para numerosos manifestantes, el problema es precisamente un sistema político demasiado cerrado y castigado por las sospechas de corrupción.

Educación, corrupción y un proyecto turístico polémico

La protesta tampoco puede entenderse únicamente desde las universidades. Durante los últimos meses Albania había vivido movilizaciones contra un proyecto turístico de lujo previsto en la costa meridional del país y respaldado por Jared Kushner, yerno de Donald Trump. Sus críticos cuestionan el impacto territorial y ambiental de la operación, además de las condiciones en las que se ha impulsado.

Ese conflicto está detrás de parte de la simbología del denominado movimiento de los Flamencos, que había protagonizado protestas antes de la actual explosión estudiantil. La llegada masiva de jóvenes a las calles ha cambiado, sin embargo, la dimensión de la contestación. Ya no es una protesta con un único objeto, sino una mezcla más difícil de encajar: educación, corrupción, empleo, coste de vida y rechazo político.

El fenómeno tampoco se limita estrictamente a Tirana. Las movilizaciones se han extendido a otras ciudades albanesas, entre ellas Durrës, Elbasan, Kukës, Shkodër y Vlora. Esa propagación territorial convierte el episodio en un problema considerablemente más incómodo para el Ejecutivo que una protesta aislada frente a un ministerio.

Rama descarta dimitir pese a la presión de la calle

Edi Rama ha dejado claro que no piensa abandonar el cargo. El primer ministro defiende que su legitimidad procede de las urnas y que las protestas, por intensas que sean, no pueden sustituir el resultado electoral. A la vez, el Gobierno se ha mostrado dispuesto a estudiar parte de las reclamaciones relacionadas con la educación.

La posición puede ser institucionalmente previsible, pero no despeja el problema político. Cuando una protesta estudiantil termina reuniendo reclamaciones sobre universidades, empleo, corrupción y funcionamiento del Estado, el conflicto deja de tener una única ventanilla donde resolverlo. Y esa es, precisamente, una de las dificultades que afronta el Ejecutivo.

La oposición también intenta aprovechar el desgaste de Rama y reclama su salida, aunque parte de los manifestantes mantiene las distancias con los partidos tradicionales. Es una característica relevante de la actual contestación: el rechazo supera al propio Gobierno y alcanza a sectores de una clase política que muchos jóvenes consideran incapaz de representar sus expectativas.

La Unión Europea observa una crisis incómoda

Bruselas sigue los disturbios con especial atención. Albania lleva años orientando buena parte de sus reformas y de su política exterior hacia la adhesión a la Unión Europea, uno de los principales objetivos estratégicos del país. El Gobierno de Rama quiere situar a Albania entre los próximos Estados en incorporarse al bloque comunitario.

La Unión Europea ha reclamado moderación y respeto al derecho de manifestación, al tiempo que ha condenado los episodios violentos. El equilibrio es delicado: proteger la protesta pacífica y exigir proporcionalidad policial sin convertir esa defensa en una justificación de ataques contra agentes, instituciones o propiedades privadas.

La contradicción resulta difícil de esconder. Albania quiere demostrar que sus instituciones están preparadas para avanzar en la integración europea mientras las calles de Tirana ofrecen una imagen bastante más áspera: barricadas, humo, antidisturbios y edificios dañados. Europa exige reformas, estabilidad institucional y Estado de derecho; justo los terrenos que una crisis de este tipo pone bajo la lupa.

La calle pone a prueba el rumbo europeo de Albania

El balance de 71 policías heridos y al menos 71 detenidos mide la gravedad inmediata de los disturbios, pero no explica por sí solo la dimensión política del problema. En apenas tres días, un movimiento impulsado por estudiantes ha conseguido reunir bajo una misma protesta frustraciones que llevaban meses acumulándose.

Rama mantiene su posición y la Policía promete actuar contra quienes hayan cometido delitos. Al otro lado permanecen estudiantes y ciudadanos que reclaman cambios más profundos y que difícilmente reducirán el conflicto a una negociación sobre tasas universitarias. La cuestión ya toca la confianza en las instituciones, el funcionamiento de la política y la capacidad del Gobierno para responder a una generación particularmente crítica.

Albania quería acelerar su camino europeo; de momento, tiene una crisis política desplegada en plena calle. Tras tres jornadas de enfrentamientos, lo que comenzó alrededor de las aulas ha terminado convertido en un pulso sobre el Gobierno, la corrupción, el futuro económico y la relación entre una sociedad impaciente y unas instituciones sometidas a una presión creciente.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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