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Las protestas en Francia dejan choques con la policía y 135 detenidos
Francia afronta una nueva jornada de protestas con incidentes en Lyon, 135 detenidos y un gran despliegue policial en numerosas ciudades francesas.
Imagen: Aurelio Cárdenas / CC BY 4.0.
Resumen
- Los primeros choques con la policía se concentran en Lyon
- Interior contabiliza 135 detenidos durante las protestas en Francia
- El Gobierno moviliza 70.000 agentes tras los disturbios de la semana pasada
Francia ha vuelto a movilizarse este sábado 24 de octubre por segunda semana consecutiva y los primeros focos de tensión no han tardado en aparecer. La policía ha utilizado gases lacrimógenos en Lyon mientras las protestas se extendían por París, Marsella, Lille, Limoges y otras ciudades en una jornada marcada por un despliegue extraordinario de seguridad.
El Gobierno francés ha movilizado 70.000 policías y gendarmes para evitar una repetición de los graves disturbios del fin de semana anterior. A primera hora de la tarde, el ministro del Interior, Laurent Nuñez, cifraba en 135 las detenciones practicadas en todo el país. En París, mientras tanto, la principal marcha avanzaba sin incidentes graves y por un recorrido alejado del centro de la capital.
La protesta mezcla reivindicaciones distintas pero cada vez más conectadas: el encarecimiento de la vida, los salarios, las pensiones y los servicios públicos, junto con el malestar de estudiantes y profesores por la situación de la educación. A ese cóctel se han sumado de nuevo los chalecos amarillos, ocho años después de que aquel movimiento pusiera contra las cuerdas el primer mandato de Emmanuel Macron.
No es, por tanto, una manifestación con una única pancarta ni un conflicto sencillo de encajar en una etiqueta. Hay sindicatos, estudiantes, trabajadores públicos y colectivos sociales, pero también grupos radicales que las autoridades temen que aprovechen las marchas para provocar disturbios. Esa convivencia incómoda explica buena parte del pulso político y policial que atraviesa Francia.
Lyon concentra los primeros enfrentamientos
Lyon volvió a convertirse en uno de los principales focos de tensión. Las autoridades habían restringido las manifestaciones en amplias zonas de la ciudad después de los daños registrados el sábado anterior, cuando más de 150 establecimientos resultaron afectados y la oficina de turismo fue incendiada.
Durante la mañana, la policía intervino para dispersar una concentración formada principalmente por estudiantes que se encontraba fuera del recorrido permitido. La Prefectura justificó la actuación por la presencia de personas encapuchadas y el riesgo de nuevos actos vandálicos. Los agentes utilizaron gases lacrimógenos.
La tensión continuó por la tarde. Varios cientos de manifestantes se concentraron en la plaza Jean-Macé y comenzaron a avanzar pese al fuerte dispositivo de seguridad. Durante la mañana se habían producido 17 detenciones en Lyon y poco después de las 14.00 horas se registró un nuevo lanzamiento de gases lacrimógenos contra la concentración.
La escena resume bien la dificultad a la que se enfrenta el Ejecutivo: quiere garantizar el derecho de manifestación y, al mismo tiempo, impedir que los centros urbanos vuelvan a convertirse en escenarios de saqueos e incendios. Sobre el papel parece sencillo. En la calle, bastante menos.
París, blindada tras los disturbios de la semana pasada
En París, la jornada arrancó con una imagen poco habitual incluso para una capital acostumbrada a las protestas. Comercios protegidos con paneles de madera, más de veinte estaciones de metro cerradas y algunos de los grandes centros culturales de la ciudad sin abrir sus puertas. El Louvre, el Museo de Orsay y otros espacios permanecieron cerrados por precaución.
También se desplegaron efectivos militares del dispositivo Sentinelle en zonas sensibles como los Campos Elíseos. El objetivo era evitar que los manifestantes alcanzaran áreas comerciales o institucionales especialmente expuestas después de lo ocurrido una semana antes.
La marcha principal comenzó finalmente alrededor de las 14.00 horas desde Porte d’Italie hacia Porte de Vincennes, en la periferia sureste. La policía había modificado a última hora el itinerario inicialmente planteado por los organizadores, una decisión que sindicatos y dirigentes de izquierda denunciaron como una restricción excesiva del derecho a manifestarse.
El recorrido, sin embargo, avanzó durante las primeras horas sin incidentes de importancia. Hubo un intento de algunos grupos de acceder a la carretera de circunvalación parisina, pero la policía bloqueó el paso.
Marsella, Lille y Limoges también elevan la tensión
Marsella reunió por la tarde a decenas de miles de personas. La manifestación sindical había sido autorizada finalmente de forma excepcional después de que las autoridades anunciaran inicialmente fuertes restricciones a las concentraciones.
En otras ciudades la situación se complicó conforme avanzó la jornada. Se registró uso de gases lacrimógenos en Lille y Limoges, mientras en Clermont-Ferrand los agentes recurrieron a gases y granadas aturdidoras para impedir que grupos de manifestantes llegaran al centro urbano. En Niza, las fuerzas de seguridad utilizaron cañones de agua para desalojar una plaza.
Orléans ofreció un escenario político diferente. Allí coincidieron una movilización contra la extrema derecha y el congreso de Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen. Pese al amplio dispositivo policial y a la tensión previa, la manifestación autorizada transcurrió inicialmente sin incidentes importantes.
135 detenidos y controles antes de las marchas
A las 13.00 horas, Interior contabilizaba 135 personas detenidas en Francia. El Gobierno aseguró además que se habían realizado numerosos controles preventivos, incluidos más de un millar en la región parisina.
Las fuerzas de seguridad afirmaron haber encontrado durante esos registros objetos que podían utilizarse como armas, entre ellos morteros de artificio, bolas metálicas y réplicas de armas de aire comprimido. Parte de las detenciones se produjo, precisamente, antes de que comenzaran las grandes marchas de la tarde.
La cifra de participación era todavía provisional. A primera hora de la tarde, el Ministerio del Interior contabilizaba unas 35.000 personas movilizadas, frente a unas 60.000 a la misma hora el sábado anterior. Los grandes cortejos de París y Marsella apenas estaban comenzando entonces, por lo que ese dato no representaba todavía el balance completo de la jornada.
Una semana después de más de 2.000 detenciones
La dimensión del dispositivo de este sábado se entiende mirando siete días atrás. El 17 de octubre, las protestas reunieron a unas 550.000 personas según el Gobierno y a más de 800.000 según los organizadores. Lo que empezó como una movilización social acabó degenerando en graves disturbios en varias ciudades.
El balance posterior superó los 2.000 detenidos y dejó alrededor de 600 agentes, gendarmes y bomberos heridos. Unos 3.000 comercios resultaron dañados o saqueados durante aquel fin de semana y edificios públicos fueron atacados en diferentes puntos del país.
El caso más simbólico fue Limoges, donde el histórico Ayuntamiento sufrió un incendio provocado después de que varios manifestantes irrumpieran en el edificio. En Lyon hubo 160 detenidos y numerosos establecimientos quedaron vandalizados. Las autoridades reconocieron después que, en algunas ciudades, el dispositivo policial había sido insuficiente para controlar los disturbios.
De ahí las cifras de este sábado: 10.000 agentes más que la semana pasada, restricciones de circulación, itinerarios modificados, comercios protegidos y zonas enteras sujetas a prohibiciones o controles especiales. Francia afronta la protesta, pero también el temor a lo que pueda ocurrir alrededor de ella.
Del instituto a una protesta nacional por el coste de la vida
El movimiento no apareció de la nada. Parte de la movilización estudiantil comenzó en septiembre alrededor de los problemas de personal y recursos en centros educativos y terminó extendiéndose hasta confluir con reivindicaciones sociales mucho más amplias.
Los estudiantes reclaman más docentes, mejoras en colegios y universidades y 250.000 plazas adicionales en la enseñanza superior. También piden cambios en Parcoursup, el sistema francés de acceso a la universidad, un aumento de las ayudas estudiantiles y la congelación de los alquileres en residencias públicas.
A su lado aparecen trabajadores que exigen mejores salarios y pensiones y ciudadanos golpeados por el aumento de los precios. La inflación francesa se situó en el 3,1% en septiembre y los precios de la energía eran un 21,3% superiores a los de un año antes.
Ese malestar ha permitido que las reivindicaciones educativas terminen encontrándose con otras más antiguas. Y ahí reaparece una expresión que Macron conoce bien: los chalecos amarillos.
Macron afronta una crisis social en la recta final de su mandato
Emmanuel Macron llega a esta nueva oleada de protestas en un momento políticamente delicado. El presidente recibió el viernes a representantes de los estudiantes de secundaria, que salieron de la reunión reclamando medidas concretas y manteniendo su llamamiento a la movilización.
El Gobierno defiende que las restricciones adoptadas son necesarias para proteger a ciudadanos, comercios y edificios públicos. Los sindicatos y distintos colectivos, por el contrario, denuncian que algunas prohibiciones y cambios de recorrido van demasiado lejos y afectan al derecho de manifestación.
Ahí está uno de los debates que deja este segundo sábado consecutivo de protestas. Una democracia tiene que permitir que la calle proteste; también tiene que impedir que una manifestación se convierta en una licencia para quemar un ayuntamiento o saquear una tienda. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, aunque la política francesa parezca empeñada últimamente en exigir que se escoja solo una.
Francia mide hasta dónde llega esta nueva ola de protesta
La jornada del 24 de octubre confirma que el malestar social francés no terminó con los disturbios del fin de semana anterior. Miles de personas han vuelto a salir a las calles, con una presencia especialmente importante de estudiantes, sindicatos y trabajadores, mientras el Gobierno intenta contener los episodios violentos con uno de los mayores dispositivos policiales de los últimos años.
Los primeros enfrentamientos de Lyon y los incidentes posteriores en otras ciudades mantienen abierta la tensión, pero el panorama no es idéntico al del 17 de octubre: París avanzaba durante la tarde sin graves disturbios y numerosas marchas seguían desarrollándose de forma pacífica.
Lo que permanece intacto es el problema que está debajo. Coste de la vida, educación, salarios y servicios públicos han conseguido reunir reivindicaciones que hasta hace unas semanas circulaban por caminos distintos. El tamaño real y la duración de esa alianza social dirán si Francia atraviesa simplemente otro fin de semana difícil o si está ante una protesta capaz de marcar los últimos meses de la presidencia de Macron.
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