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Colombia fija el 31 de diciembre para evitar un apagón por El Niño
Colombia fija el 31 de diciembre para tener listas las medidas contra un posible apagón, mientras El Niño amenaza embalses y generación eléctrica.

Resumen
- Colombia fija el 31 de diciembre para activar medidas contra un apagón
- El Niño puede seguir fuerte o muy fuerte hasta marzo de 2027
- El plan refuerza térmicas, embalses y suministro de combustibles
Colombia ha puesto una fecha concreta a su carrera contra el riesgo de racionamiento eléctrico: el 31 de diciembre de 2026. El presidente, Abelardo de la Espriella, ha ordenado que para entonces estén en marcha las medidas destinadas a reforzar la generación térmica, gestionar los embalses y proteger el suministro ante un fenómeno de El Niño que amenaza con reducir las lluvias durante los meses más delicados para el sistema eléctrico.
La fecha no significa que Colombia vaya a sufrir un apagón el 1 de enero si el Gobierno incumple el calendario. Es el límite político y operativo fijado para dejar preparado el sistema antes de la fase más exigente de El Niño, que puede prolongarse durante buena parte del primer semestre de 2027. El riesgo existe y las autoridades llevan meses tomando medidas, pero un apagón generalizado no está anunciado ni es inevitable.
El 31 de diciembre se convierte en la fecha crítica
De la Espriella anunció la creación de un equipo especial con responsables, tareas concretas y un calendario cerrado. El objetivo es llegar al final del año con las medidas de choque desplegadas y reducir al máximo la posibilidad de que la falta de agua termine obligando a restringir el suministro eléctrico.
El razonamiento es sencillo, aunque detrás haya una maquinaria bastante más complicada. Colombia depende en buena medida de la generación hidroeléctrica. Cuando disminuyen las precipitaciones, bajan los aportes de agua a los embalses y aumenta la presión sobre las centrales térmicas, que funcionan como respaldo utilizando gas y otros combustibles.
El presidente cargó también contra el anterior Ejecutivo de Gustavo Petro por lo que considera una falta de previsión. Su tesis es que un fenómeno anunciado con meses de antelación no puede tratarse como una sorpresa meteorológica cuando empiezan a caer las reservas. El reproche político está servido; los kilovatios, bastante menos interesados en la disputa.
El Niño ya está oficialmente en Colombia
El aviso presidencial llega pocos días después de que el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, el Ideam, confirmara oficialmente el 8 de octubre la presencia del fenómeno de El Niño en Colombia.
La actualización climática dibuja un escenario especialmente exigente. El organismo estima una probabilidad del 83 % de que El Niño mantenga una intensidad fuerte o muy fuerte al menos hasta marzo de 2027, mientras las previsiones contemplan que sus efectos puedan prolongarse hasta finales del primer semestre.
No significa que vaya a dejar de llover de repente. Octubre y noviembre siguen formando parte de la segunda temporada lluviosa colombiana. El problema está en la cantidad: se esperan precipitaciones inferiores a las habituales en amplias zonas del país, con especial atención sobre las regiones Andina, Pacífica y Caribe.
Y ahí empieza la aritmética incómoda. Menos lluvia supone menores aportes a los embalses; menos agua disponible obliga a reservar cuidadosamente la generación hidráulica y a pedir más esfuerzo a las plantas térmicas.
Las térmicas tendrán que asumir más peso
El Gobierno lleva meses preparando ese segundo motor del sistema. Las nuevas reglas energéticas permiten que las centrales térmicas puedan obtener combustibles de diferentes proveedores cuando una contingencia ponga en peligro el abastecimiento.
La intención es evitar que una planta preparada para generar electricidad termine parada por un problema logístico de combustible, justo cuando más falta hace. El plan oficial incluye también actuaciones para asegurar el suministro de gas y facilitar proyectos de generación y transmisión, junto con inversiones anunciadas por aproximadamente 1,9 billones de pesos colombianos para proteger la continuidad del servicio.
También se han movido mantenimientos de grandes instalaciones hidroeléctricas. El Gobierno y las empresas implicadas acordaron evitar que coincidieran los trabajos previstos en El Guavio y Chivor, dos centrales importantes para el sistema, durante los meses considerados más delicados de El Niño.
No son retoques menores. Cuando el margen energético se estrecha, tener simultáneamente fuera de servicio dos piezas grandes del sistema puede convertir una situación manejable en un problema bastante más áspero.
Colombia ya había activado la alerta energética
El anuncio del 31 de diciembre tampoco parte de cero. La Comisión de Regulación de Energía y Gas, la CREG, activó en septiembre el periodo de riesgo de desabastecimiento, un mecanismo preventivo previsto precisamente para situaciones en las que varios indicadores del sistema empiezan a apartarse de los niveles considerados seguros.
La medida permite aplicar reglas especiales sobre la operación eléctrica, incluida una generación térmica mínima, mientras el Centro Nacional de Despacho mantiene una evaluación diaria de los principales indicadores del sistema.
Conviene no quedarse únicamente con una fotografía aislada de los embalses. Un nivel aparentemente cómodo puede dejar de serlo si los aportes de agua caen durante meses, crece la demanda o parte de la generación de respaldo queda indisponible. El sistema eléctrico trabaja mirando varias estaciones por delante, no la lluvia que cae esa tarde.
Por eso la preocupación está menos en una cifra concreta que en la trayectoria de las reservas durante El Niño y en la capacidad térmica disponible para sustituir la electricidad que deje de producirse con agua.
El precedente del racionamiento pesa en las decisiones
Colombia conoce bien ese riesgo. La combinación de sequía y elevada dependencia hidroeléctrica ha provocado episodios críticos en el pasado, y cualquier referencia a apagones despierta inevitablemente el recuerdo del gran racionamiento de comienzos de los años noventa.
El sistema actual es distinto, cuenta con más capacidad instalada, interconexiones y nuevas fuentes de generación. Pero la dependencia del agua continúa teniendo suficiente peso como para que una reducción prolongada de las lluvias pueda alterar el equilibrio entre la oferta y la demanda de electricidad.
De hecho, antes incluso de la confirmación oficial de El Niño, Colombia había declarado mediante el Decreto 802 de 2026 una situación de desastre de carácter nacional vinculada al fenómeno climático y al riesgo de racionamiento energético.
La norma señalaba que el periodo especialmente sensible podía aparecer entre finales de 2026 y comienzos de 2027, cuando los efectos hidrológicos suelen manifestarse con retraso respecto al calentamiento del Pacífico. No es, pues, una alarma nacida de un discurso presidencial de última hora: la amenaza lleva meses sobre la mesa de reguladores, operadores y compañías eléctricas.
La prueba decisiva llegará con la estación seca
Las próximas semanas servirán para saber con qué reservas entra Colombia en 2027 y hasta dónde puede compensar la generación térmica el descenso de la producción hidroeléctrica. Ese será el indicador realmente importante, bastante más que cualquier declaración política.
El escenario más favorable pasa por conservar suficiente agua en los embalses mientras las centrales térmicas aumentan producción, evitar indisponibilidades importantes y contener la presión sobre el sistema en los momentos más tensos. Si las lluvias sorprenden al alza, el margen crecerá. Si El Niño cumple los pronósticos más severos, habrá menos espacio para errores.
Por eso el 31 de diciembre no es la fecha de un apagón, sino la frontera que el Gobierno se ha impuesto para intentar que no ocurra. Después vendrá la prueba difícil: atravesar los primeros meses de 2027 con un fenómeno de El Niño fuerte, menos agua entrando en los embalses y todo el respaldo térmico que Colombia sea capaz de mantener funcionando.

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