Economía
Merz plantea jornadas de 12 horas tres días y cuatro libres por semana
El plan de Merz permitiría repartir la jornada semanal con más flexibilidad y abre la puerta a tres días de 12 horas y cuatro días de descanso.
Por Michael Lucan - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0 DE, Wikimedia Commons
Resumen
- Merz plantea concentrar la jornada en tres días de hasta 12 horas
- El cambio sustituiría el límite diario por un máximo semanal
- La reforma aún no está aprobada y deberá respetar los descansos
Alemania quiere cambiar una de las reglas más reconocibles de su mercado laboral. El canciller Friedrich Merz ha defendido la posibilidad de concentrar la jornada semanal en menos días y ha puesto sobre la mesa un ejemplo especialmente llamativo: trabajar 12 horas seguidas durante tres días y disponer después del resto de la semana libre.
La idea, sin embargo, necesita una precisión importante. Alemania no está aprobando una semana laboral obligatoria de tres días, ni Merz ha planteado que todos los trabajadores deban encadenar jornadas de 12 horas. Lo que impulsa su Gobierno es sustituir el actual límite máximo diario por un sistema basado en una jornada máxima semanal, de modo que empresas y trabajadores tengan más margen para distribuir las horas. El modelo de tres días fue citado por el canciller como ejemplo de lo que esa flexibilidad podría permitir.
Merz pone como ejemplo tres jornadas de 12 horas
El canciller volvió sobre el asunto durante el Día de los Empleadores celebrado en Berlín el 13 de octubre. Allí defendió el final del rígido corsé de la jornada diaria y recordó que existen empresas en otros países donde se trabaja durante 12 horas consecutivas, tres veces por semana, concentrando así buena parte de la actividad laboral.
Para Merz, ese tipo de organización puede ofrecer ventajas tanto a las empresas como a determinados empleados. No se trata, sostiene el Ejecutivo, de hacer trabajar más horas a todo el mundo, sino de permitir que unas mismas horas puedan distribuirse de otra manera.
La diferencia no es pequeña. Una jornada semanal de 36 horas, por ejemplo, podría repartirse en tres turnos de 12 en lugar de cinco jornadas más cortas. Cuatro días libres suenan, claro, bastante mejor que el despertador del lunes al viernes. La otra cara del asunto aparece a las diez de la noche del tercer turno: doce horas de trabajo siguen siendo doce horas de trabajo.
Qué quiere cambiar Alemania en su ley laboral
La legislación alemana parte actualmente de una regla general de ocho horas de trabajo al día. Ese límite puede ampliarse hasta diez horas siempre que, dentro del periodo legal de compensación, el promedio vuelva a ajustarse a las ocho horas diarias.
La coalición encabezada por Merz quiere modificar esa arquitectura. El objetivo recogido por el Gobierno es permitir una duración máxima semanal en lugar de diaria, respetando al mismo tiempo la normativa europea sobre tiempo de trabajo.
Eso daría bastante más libertad para diseñar turnos largos y concentrados. Sectores con fuertes oscilaciones de actividad —hostelería, turismo, producción industrial, servicios de temporada o determinados trabajos por turnos— llevan tiempo reclamando precisamente esa flexibilidad.
El Ejecutivo argumenta también que puede beneficiar a algunos trabajadores que prefieren sacrificar jornadas más intensas a cambio de acumular más días completos de descanso. Una madre que necesite liberar varios días, alguien que estudie al mismo tiempo que trabaja o un empleado con desplazamientos largos pueden valorar de manera distinta una jornada de 12 horas que quien realiza un empleo físico pesado. Ahí empieza, precisamente, la discusión de verdad.
El límite semanal no significa trabajar 12 horas para todos
La futura reforma no convierte automáticamente las 12 horas en la nueva jornada laboral alemana. Tampoco establece una semana estándar de tres días.
La referencia europea mantiene como principio una media máxima de 48 horas semanales, mientras que la regulación alemana conserva requisitos sobre descansos, pausas y protección de la salud. Entre ellos figura, con carácter general, un periodo mínimo de 11 horas consecutivas de descanso entre jornadas.
Eso significa que el cambio afecta sobre todo a la distribución de las horas y no equivale, por sí mismo, a elevar la jornada contractual de un trabajador de 35, 38 o 40 horas.
El propio Gobierno alemán insiste en este punto: la reforma busca que trabajadores y empresas dispongan de más flexibilidad dentro de la semana, no establecer por decreto que todo el país tenga que trabajar más.
Por qué Merz quiere acabar con el rígido límite diario
La propuesta forma parte de una reforma económica mucho más amplia. Merz lleva meses defendiendo que Alemania necesita un mercado laboral menos rígido ante el envejecimiento de la población, la escasez de trabajadores cualificados y la presión que soportan sus sistemas de pensiones, sanidad y cuidados.
Su argumento es conocido: una economía industrial avanzada no puede organizar necesariamente todos sus puestos de trabajo con horarios concebidos para otra época. La digitalización, el teletrabajo y los servicios internacionales, junto con cadenas de producción que funcionan durante prácticamente todo el día, han desdibujado el viejo esquema de entrada a primera hora, comida y salida por la tarde.
El problema es que la flexibilidad tiene dos direcciones. Puede permitir al empleado organizar mejor su semana, sí, pero también puede trasladar más poder sobre los horarios a la empresa si las salvaguardas legales y la negociación colectiva no están bien definidas.
Por eso el debate alemán está siendo bastante más áspero de lo que sugiere la imagen casi vacacional de trabajar tres días y descansar cuatro.
Sindicatos y oposición temen jornadas demasiado largas
Los sindicatos han mostrado importantes reservas ante la desaparición del límite diario tradicional. La preocupación principal es que normalizar jornadas prolongadas termine aumentando el riesgo de fatiga, accidentes laborales y problemas de conciliación, especialmente en empleos físicos, sanitarios o con elevada carga mental.
Durante el debate político ya se ha hablado incluso de jornadas que podrían acercarse a las 13 horas si la legislación alemana se ajustara simplemente a los márgenes máximos permitidos por las reglas europeas y al descanso obligatorio entre un día y otro.
No es un detalle menor. Un programador sentado en casa, un conductor profesional, una enfermera, un camarero de terraza en agosto y un trabajador de una cadena industrial pueden tener idéntico reloj y cuerpos sometidos a exigencias completamente distintas.
La discusión alemana, por tanto, difícilmente se resolverá con una sencilla operación aritmética de horas y días libres.
La negociación colectiva será decisiva
Uno de los puntos sensibles es determinar cuánto margen tendrán los convenios colectivos para decidir qué empresas pueden aplicar jornadas más extensas y bajo qué condiciones.
Los primeros borradores debatidos durante 2026 provocaron tensiones dentro de la propia coalición porque vinculaban determinadas excepciones a empresas sujetas a convenios colectivos, algo que una parte de los conservadores consideraba demasiado restrictivo.
El diseño definitivo sigue siendo relevante porque marcará la diferencia entre una flexibilidad voluntaria —un empleado que realmente elige concentrar sus horas— y otra mucho menos romántica en la que el cuadrante llega hecho y la libertad consiste básicamente en leerlo.
La reforma todavía no está aprobada
Ese es el matiz fundamental para entender la noticia. Alemania todavía no ha implantado una semana laboral de tres días con jornadas de 12 horas.
El Gobierno mantiene su compromiso de reformar la ley y Merz considera que el proyecto para flexibilizar los horarios lleva retraso. El nuevo ministro federal de Trabajo y Asuntos Sociales, Alexander Schweitzer, que acaba de asumir el cargo, recibe por tanto uno de los expedientes laborales más delicados de la legislatura.
Quedan por concretar el alcance exacto de las jornadas largas, las garantías para los empleados, el papel de los convenios y los mecanismos destinados a impedir que la flexibilidad termine convirtiéndose simplemente en disponibilidad permanente.
Tres días de trabajo, cuatro libres: atractivo y conflicto
La propuesta alemana toca una discusión que Europa lleva años bordeando: ya no solo cuánto se trabaja, sino cómo se reparte el tiempo de trabajo.
La tradicional semana de cinco días dejó de ser una pieza intocable. Algunos experimentos internacionales han ensayado semanas de cuatro jornadas reduciendo horas; Alemania estudia otra vía distinta, la de permitir concentrarlas. Sobre el calendario ambos modelos parecen primos. En la práctica casi son opuestos: uno pretende trabajar menos tiempo; el otro, colocar las mismas horas en menos días.
Merz ha colocado una imagen poderosa en mitad del debate: tres jornadas de 12 horas y cuatro días libres. Es fácil entender por qué llama la atención. También por qué provoca resistencia.
La reforma que finalmente salga del Bundestag tendrá que resolver algo menos vistoso que el calendario pero bastante más importante: hasta dónde puede alargarse un día de trabajo sin que la prometida flexibilidad termine estirando también al trabajador.
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