Historia
Zoroastro y el zoroastrismo: la antigua fe que enfrentó bien y mal
El zoroastrismo situó la lucha entre bien y mal en el centro de la vida y desarrolló ideas sobre juicio, paraíso, castigo y renovación final.
Imagen: Raphael / Web Gallery of Art / Dominio público.
Resumen
- Zoroastro situó la elección moral en una lucha cósmica entre bien y mal
- El zoroastrismo desarrolló ideas sobre juicio, paraíso y renovación final
- Su posible influencia en judaísmo y cristianismo sigue siendo debatida
Mucho antes del cristianismo y del islam, y cuando buena parte de las religiones del mundo antiguo estaban pobladas por dioses con virtudes, defectos, pasiones y bastante mal carácter, una tradición nacida en el antiguo mundo iranio colocó en el centro de la existencia una idea extraordinariamente poderosa: cada ser humano participa en una lucha entre el bien y el mal y sus decisiones cuentan en el destino del mundo.
Esa religión es el zoroastrismo, asociado a Zoroastro —Zaratustra en su forma iraní— y a Ahura Mazda, el «Señor Sabio». Sus textos desarrollaron conceptos que resultan sorprendentemente familiares para un lector actual: verdad y mentira enfrentadas, juicio después de la muerte, recompensa y castigo, paraíso, una derrota definitiva del mal y la renovación final de la creación.
Algunos de esos elementos pudieron influir posteriormente en el judaísmo del Segundo Templo y, a través de los contactos entre tradiciones religiosas, dejar huellas reconocibles en el cristianismo y otras religiones posteriores. La conexión es objeto de un debate académico antiguo y complejo: existen semejanzas poderosas y contactos históricos, pero no una sencilla cadena en la que una religión copie a otra pieza por pieza.
Zoroastro, el profeta cuya fecha sigue siendo un misterio
Hay una dificultad incluso antes de empezar: no sabemos con certeza cuándo vivió Zoroastro. Durante mucho tiempo fue habitual situarlo alrededor del siglo VI antes de Cristo, cerca de la época de los primeros grandes soberanos aqueménidas, pero numerosos estudios lingüísticos han defendido cronologías bastante anteriores.
Las propuestas académicas se extienden por varios siglos y algunas sitúan su actividad aproximadamente en torno al año 1000 antes de Cristo, aunque el margen es considerable. El problema es sencillo de explicar y difícil de resolver: el Avesta, conjunto fundamental de escritos zoroastrianos, no proporciona una fecha histórica indiscutible que permita colocar al profeta en un calendario con la precisión que querrían los historiadores.
La imagen popular de Zoroastro como un personaje perfectamente encajado dentro de la cronología persa es, por tanto, engañosa. Estamos ante una figura envuelta en una antigüedad brumosa, transmitida durante generaciones por una tradición oral y religiosa que después fue reinterpretada, recopilada y desarrollada durante siglos.
Lo que parece más sólido es que su mensaje surgió en el mundo iranio antiguo y transformó ideas religiosas que ya existían. Los himnos más antiguos asociados a su predicación, las Gathas, presentan una visión en la que la conducta moral ocupa un espacio extraordinariamente importante. Elegir correctamente deja de ser un detalle. Se convierte en parte del orden del universo.
El universo convertido en una batalla entre verdad y mentira
Aquí aparece la idea que convirtió al zoroastrismo en una de las tradiciones religiosas más singulares de la Antigüedad. Frente al orden verdadero, denominado aša, aparece la falsedad o mentira, druj. Frente a la elección correcta existe la elección destructiva. Y el ser humano no contempla ese enfrentamiento sentado en la grada: participa mediante sus pensamientos, sus palabras y sus actos.
La fórmula que terminó condensando esa ética resulta casi desarmante por su sencillez: buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. No consiste solamente en comportarse bien para cobrar una recompensa individual después de la muerte. Dentro de la lógica zoroastriana, actuar correctamente contribuye al propio orden de la creación.
Eso explica por qué afirmar simplemente que Zoroastro «inventó el bien y el mal» sería pasarse varios pueblos. Las culturas anteriores conocían perfectamente los conflictos morales. La aportación decisiva fue organizar esa oposición dentro de una cosmología moral muy elaborada, hacer de la elección humana una pieza central y proyectarla hacia un futuro en el que el mal terminaría derrotado.
Ahura Mazda y Angra Mainyu no son simplemente Dios y el diablo
La versión más conocida del zoroastrismo enfrenta a Ahura Mazda, asociado a la sabiduría, la verdad y el bien, con Angra Mainyu, el espíritu hostil que acabaría siendo conocido como Ahriman. La comparación inmediata con Dios y Satanás resulta tentadora. También puede llevar a error.
En las capas más antiguas de la tradición, la estructura teológica es más compleja. Angra Mainyu aparece enfrentado a Spenta Mainyu, un espíritu benéfico vinculado a Ahura Mazda. Con el paso del tiempo, la oposición fue desarrollándose hasta adoptar una formulación más claramente dualista: el principio bueno frente al principio destructivo.
Hay además una diferencia fundamental respecto a la idea de dos poderes eternamente equilibrados. El mal no está destinado a combatir para siempre en igualdad de condiciones. Dentro de la escatología zoroastriana, el bien termina imponiéndose. La historia tiene una dirección y, sobre todo, un desenlace.
Juicio, paraíso y la renovación final del mundo
La muerte tampoco cerraba el expediente. La tradición zoroastriana desarrolló una compleja concepción del destino del ser humano después de morir. Aparece el puente Chinvat, asociado al juicio de las almas y a la separación entre quienes han vivido conforme a la verdad y quienes han escogido la mentira.
Los textos más antiguos ya contienen referencias a un destino mejor para el justo y otro peor para quien elige el mal. Con el tiempo, estas ideas fueron adquiriendo más detalle hasta configurar imágenes de recompensa, castigo, resurrección y transformación final de la creación.
Ese proceso culmina en la denominada frashokereti, la renovación definitiva del mundo. El mal pierde finalmente su capacidad de actuar y la creación queda purificada. Algunas tradiciones posteriores describen incluso una prueba universal vinculada al metal fundido, una imagen considerablemente más física que las representaciones vaporosas que siglos después dominarían buena parte del imaginario occidental sobre el más allá.
La comparación con las grandes religiones monoteístas posteriores aparece casi sola: juicio, cielo, infierno, resurrección, derrota del mal y restauración del mundo. Precisamente por eso la posible influencia del zoroastrismo lleva generaciones ocupando a historiadores de la religión.
La posible huella en judaísmo, cristianismo e islam
Existe una base histórica que hace plausible el contacto. Las comunidades judías vivieron durante largos periodos bajo dominio persa y dentro de sociedades profundamente relacionadas con el mundo iranio. Algunas ideas escatológicas adquieren una presencia especialmente clara en el judaísmo del Segundo Templo, posterior al exilio de Babilonia.
De ahí surge la hipótesis de una influencia persa sobre determinadas concepciones relacionadas con el juicio final, la resurrección, el paraíso, el castigo o la transformación del mundo. El cristianismo, nacido dentro de ese judaísmo, desarrollaría posteriormente una escatología en la que muchos de esos elementos ocupan posiciones centrales.
El asunto, sin embargo, no admite una respuesta de brocha gorda. La influencia no puede demostrarse del mismo modo para cada doctrina, y buena parte de los textos zoroastrianos que describen con detalle estas creencias fueron redactados o recopilados mucho después de la aparición de los primeros textos judíos y cristianos.
Ese desfase documental complica mucho las cosas. Resulta difícil saber qué elementos del zoroastrismo estaban plenamente desarrollados en cada época, cuáles fueron evolucionando y, en algunos casos, en qué dirección circuló realmente una idea. Hubo contacto, semejanzas y trasvases culturales. Lo que no hubo fue una fotocopiadora religiosa funcionando durante mil años.
Por qué se habla de la religión del fuego
Otro tópico necesita algo de agua fría, nunca mejor dicho. El zoroastrismo suele definirse como la «religión del fuego», y sus templos mantienen fuegos consagrados. Eso provocó durante siglos que sus seguidores fueran descritos, de manera simplista, como adoradores del fuego.
El fuego posee una enorme importancia ritual porque representa luz, pureza y verdad, pero reducir toda la religión a su adoración resulta inexacto. Para el creyente zoroastriano funciona como un elemento sagrado y visible asociado a Ahura Mazda y al orden de la creación, no simplemente como una divinidad independiente.
Tampoco todos los elementos que hoy asociamos a estos templos existieron desde el comienzo. Las instituciones religiosas, los rituales y las formulaciones teológicas cambiaron a lo largo de los siglos. Como cualquier tradición que sobrevive durante milenios, el zoroastrismo también evolucionó.
Su historia quedó especialmente vinculada al mundo persa y, siglos después, al Imperio sasánida, donde alcanzó una posición central. Tras la expansión islámica por Persia perdió progresivamente esa condición dominante, pero no desapareció. Comunidades zoroastrianas continuaron viviendo en Irán y otras emigraron al subcontinente indio.
De aquellas migraciones surgieron las conocidas comunidades parsis de la India, que conservaron durante siglos sus prácticas religiosas y desempeñaron después un papel económico y cultural muy relevante, especialmente en ciudades como Bombay.
Una idea antiquísima que todavía nos resulta familiar
Resulta difícil observar el zoroastrismo desde el siglo XXI sin experimentar cierta sensación de familiaridad. Un dios asociado a la bondad y la verdad. Un principio destructivo. Seres humanos obligados a escoger. Juicio tras la muerte. Premio y castigo. Una batalla cósmica. Resurrección. Finalmente, un mundo liberado del mal.
No todo nació con Zoroastro, ni todo lo que apareció posteriormente procede de él. La historia de las religiones raramente funciona mediante líneas rectas. Las ideas viajan, se mezclan, cambian de idioma, atraviesan conquistas y reaparecen transformadas. A veces pasan tantos siglos por el camino que reconstruir su recorrido se parece más a seguir huellas sobre arena que a leer un mapa.
La importancia histórica del zoroastrismo, en cualquier caso, no necesita exageraciones. Una de sus aportaciones más profundas fue colocar la libertad moral del ser humano dentro de una historia universal del bien y del mal. Elegir la verdad, hablar conforme a ella y actuar correctamente no eran únicamente virtudes privadas: contribuían a una victoria que afectaba a la creación entera.
Miles de años después, esa arquitectura moral sigue resultando reconocible. Cambiaron los nombres, desaparecieron imperios y las antiguas lenguas iranias dejaron de escucharse en palacios y mercados. La vieja batalla entre el bien y el mal, en cambio, encontró innumerables maneras de continuar.
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