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Historia

Un anillo y un lápiz ayudan a identificar a 74 víctimas en Sevilla

En Cañada Rosal investigan la identidad de 74 víctimas de la represión franquista mediante objetos personales, restos óseos y nuevas muestras de ADN.

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Una fosa comun de Franco

Foto: Generalitat de Catalunya / Wikimedia Commons, CC0 (dominio público).

Resumen

  • Los restos de 74 víctimas fueron recuperados de dos fosas de Cañada Rosal
  • Un anillo, un lápiz y unas semillas ayudan a reconstruir sus historias
  • Las pruebas de ADN podrían confirmar la identidad de las mujeres del Aguaucho

Un anillo, unos pendientes, un lápiz o incluso unas semillas de sandía. Objetos aparentemente insignificantes se han convertido en pistas importantes para intentar identificar a 74 víctimas de la represión franquista cuyos restos fueron recuperados de dos fosas comunes en Cañada Rosal, un municipio de Sevilla. Noventa años después de los asesinatos de 1936, un equipo de especialistas trata de reconstruir sus identidades combinando arqueología, documentación histórica y análisis genéticos.

La investigación está dirigida por la arqueóloga e historiadora Carmen Romero, especialista en arqueología forense. En un laboratorio instalado en el cementerio de la localidad se examinan los restos humanos y las pertenencias encontradas durante las excavaciones. El objetivo es determinar quiénes eran aquellas personas y, cuando sea posible, entregar los restos a sus familias para que reciban una sepultura identificada.

Entre los hallazgos hay una incógnita especialmente relevante: diez de las personas exhumadas son mujeres, y algunas podrían pertenecer al grupo conocido como las mujeres del Aguaucho, jóvenes asesinadas por falangistas en agosto de 1936. Los indicios antropológicos e históricos apuntan a esa posibilidad, pero todavía faltan las pruebas genéticas que permitan confirmar las identidades.

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Dos fosas comunes y 74 víctimas de la represión de 1936

Los trabajos comenzaron en julio de 2021 en el antiguo cementerio municipal de Cañada Rosal, convertido posteriormente en un parque periurbano. Tras sucesivas campañas arqueológicas, las excavaciones permitieron localizar 14 personas en una primera fosa y otras 60 en la segunda.

El Ayuntamiento confirmó en septiembre de 2025 que la cifra total de restos localizados ascendía a 74 víctimas. Terminaba así una etapa fundamental de las excavaciones, aunque quedaba pendiente una tarea posiblemente más complicada: averiguar a quién pertenecía cada conjunto de restos.

Las investigaciones históricas indican que las fosas no acogieron únicamente a vecinos de Cañada Rosal. También podrían encontrarse allí víctimas procedentes de localidades próximas, especialmente Fuentes de Andalucía y La Luisiana, donde la represión posterior al golpe militar de julio de 1936 dejó numerosos desaparecidos. La documentación histórica también apunta a posibles víctimas de El Campillo y Écija.

La identificación requiere reunir información de distintas disciplinas. Historiadores y documentalistas reconstruyen los acontecimientos de la época mediante archivos y testimonios familiares; los antropólogos estudian los huesos para establecer características biológicas, mientras los especialistas en genética buscan coincidencias de ADN con los descendientes de las víctimas.

En diciembre de 2025, la Diputación de Sevilla concedió una subvención de 70.000 euros destinada a impulsar la fase final del proyecto y avanzar en los estudios antropológicos y genéticos.

Un anillo, un lápiz o unas semillas pueden orientar una identificación

Los objetos recuperados durante las exhumaciones tienen un valor que va mucho más allá de lo material. Un anillo o un colgante pueden coincidir con las descripciones conservadas por una familia. Los pendientes, las prendas y otros elementos personales ayudan a reconstruir la indumentaria de una víctima. Incluso un instrumento de trabajo puede resultar relevante si guarda relación con una profesión documentada.

Carmen Romero ha explicado que un lápiz encontrado junto a unos restos podría convertirse en una pista significativa cuando existen testimonios sobre la desaparición de una persona que lo utilizaba habitualmente en su oficio, como un carpintero.

No significa que un lápiz permita identificar por sí solo a una víctima. La utilidad aparece cuando ese detalle coincide con otras informaciones: el lugar del enterramiento, las características de los restos, la fecha probable de la muerte y los datos recogidos en archivos o entrevistas. Ningún objeto aislado sustituye a una identificación científica.

Las semillas de sandía y la fecha de una desaparición

Uno de los hallazgos más llamativos son unas semillas de sandía localizadas a la altura del estómago de una de las personas exhumadas.

Este detalle podría ayudar a precisar la época del año en que murió. En la España rural de 1936, cuando la disponibilidad de fruta dependía mucho más de las temporadas agrícolas, encontrar restos de sandía puede orientar la investigación hacia los meses de verano.

La pista resulta interesante porque las fechas de desaparición de numerosas víctimas de la represión están documentadas, aunque sus lugares de enterramiento continúan siendo desconocidos.

Ahora bien, una semilla no constituye una prueba concluyente sobre la fecha de fallecimiento ni sobre la identidad. Su valor depende del contexto arqueológico y de la posibilidad de relacionarla con otros indicios independientes.

Es precisamente esa combinación de pequeñas evidencias la que permite avanzar en investigaciones donde, después de tantas décadas, los testimonios directos son escasos y los registros históricos pueden resultar incompletos.

Las mujeres del Aguaucho: una identificación pendiente desde 1936

Una de las principales líneas de investigación está relacionada con las mujeres del Aguaucho, un grupo de nueve jóvenes de Fuentes de Andalucía, algunas de entre 16 y 22 años, asesinadas durante la represión de agosto de 1936.

Las reconstrucciones históricas señalan que fueron capturadas por falangistas y trasladadas a la finca conocida como El Aguaucho, donde sufrieron violencia sexual antes de ser asesinadas.

Durante décadas se mantuvo la versión de que sus cuerpos habían sido arrojados a un pozo. Sin embargo, las excavaciones en Cañada Rosal han abierto otra posibilidad: que fueran enterradas en una de las fosas comunes del antiguo cementerio.

Los estudios antropológicos han localizado restos de mujeres jóvenes compatibles con las características del grupo desaparecido. La coincidencia entre los perfiles de edad, el número aproximado de víctimas y el contexto histórico refuerza la hipótesis de que algunas de ellas podrían estar entre las personas exhumadas.

El Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía informó en octubre de 2025 de que un estudio provisional señalaba esa posible correspondencia. También manifestó su intención de solicitar la custodia de los restos que pudieran pertenecer a vecinos del municipio, siempre que la identificación se confirmase científicamente.

La cautela es fundamental. No se ha confirmado mediante ADN que los restos pertenezcan a las mujeres del Aguaucho. Las coincidencias antropológicas son indicios, no identificaciones definitivas, y deben contrastarse con las pruebas genéticas y documentales disponibles.

Nuevas muestras de ADN para poner nombre a las víctimas

La investigación ha registrado un avance reciente. El 14 de octubre de 2026, el Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía impulsó una jornada de recogida de muestras genéticas de familiares de posibles represaliados.

La actividad se desarrolló en el Centro de Interpretación del Barroco y estuvo dirigida a obtener información biológica que pueda compararse con los restos recuperados en Cañada Rosal. La iniciativa tiene especial importancia para los familiares de las mujeres del Aguaucho y de otras personas desaparecidas en agosto de 1936.

Los informes preliminares también apuntan a una posible correspondencia entre determinados restos y víctimas de Fuentes de Andalucía desaparecidas entre el 17 y el 29 de agosto de 1936. Entre las personas investigadas figuran mujeres y hombres que podrían haber sido enterrados en el antiguo cementerio.

El procedimiento consiste en estudiar el material genético conservado en los restos óseos y contrastarlo con las muestras aportadas por posibles familiares. Los especialistas valoran después el grado de parentesco biológico y su coherencia con la información histórica.

Sin embargo, noventa años de distancia dificultan las identificaciones. Algunas víctimas no tuvieron descendencia y, en otros casos, los familiares directos han fallecido. Cuando solo existen parientes lejanos, establecer una coincidencia suficientemente sólida puede resultar más complejo.

La conservación del ADN constituye otra dificultad. Los restos enterrados durante décadas pueden presentar degradación del material genético, lo que obliga a aplicar procedimientos especializados y, en ocasiones, impide obtener resultados concluyentes.

Por eso, los investigadores no dependen únicamente del laboratorio. Las fotografías familiares, los registros de nacimiento, los relatos transmitidos entre generaciones y los objetos encontrados junto a los cuerpos pueden contribuir a reducir las posibilidades hasta alcanzar una identificación fiable.

El objetivo de Cañada Rosal: devolver los restos a sus familias

El trabajo iniciado en 2021 se encuentra ahora ante su fase decisiva: transformar los hallazgos arqueológicos en identificaciones individuales verificadas.

Carmen Romero y su equipo aspiran a identificar al mayor número posible de las 74 personas exhumadas. La arqueóloga reconoce que alcanzar el cien por cien de identificaciones parece difícil, aunque confía en que buena parte de las víctimas puedan recuperar su nombre.

Para aquellas cuya identidad no pueda determinarse, se contempla un enterramiento digno que mantenga el recuerdo de las personas desaparecidas que todavía no hayan sido localizadas.

La diferencia entre encontrar unos restos y conseguir identificarlos es fundamental para las familias. La exhumación permite recuperar los cuerpos y conocer mejor las circunstancias de los enterramientos. La identificación, cuando es posible, permite asociarlos a una persona concreta y resolver una incertidumbre que ha pasado de generación en generación.

En Cañada Rosal, los restos ya han sido recuperados. Todavía queda por saber quiénes eran muchas de esas 74 personas. Un pendiente, un anillo, unas semillas o un lápiz pueden aportar información decisiva cuando coinciden con otras pruebas.

Noventa años después de los asesinatos, la investigación continúa sin una fecha definitiva para completar todas las identificaciones. Su resultado dependerá de la documentación disponible, de las pruebas genéticas y de las coincidencias que puedan establecer los especialistas. Recuperar los cuerpos fue solo una parte del trabajo. Falta devolverles sus nombres.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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