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OpenAI dispara el gasto y reaviva las dudas sobre la burbuja de la IA

OpenAI multiplica ingresos, pero también pérdidas y gasto. Las cifras reabren el debate sobre si la inteligencia artificial vive una burbuja.

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Un dolar se descomponer por IA

Resumen

  • OpenAI ronda los 50.000 millones de dólares de ingresos anualizados
  • La empresa prevé quemar unos 278.000 millones de caja hasta 2030
  • El enorme gasto en IA vuelve a alimentar el temor a una burbuja

OpenAI sigue creciendo a una velocidad extraordinaria, pero también está consumiendo dinero a una escala difícil de comparar incluso con los excesos históricos de Silicon Valley. La empresa detrás de ChatGPT habría alcanzado en septiembre unos 50.000 millones de dólares de ingresos anualizados, mientras sus previsiones contemplan un flujo de caja libre negativo cercano a 278.000 millones hasta 2030. Dos cifras enormes que, juntas, explican por qué vuelve a pronunciarse una palabra que el sector tecnológico preferiría guardar en un cajón: burbuja.

Eso no significa que OpenAI esté vendiendo menos ni que su negocio haya entrado en crisis. Al contrario. Sus ingresos avanzan con enorme rapidez y la compañía espera alcanzar o superar los 70.000 millones de dólares de facturación anualizada a finales de 2026, impulsada especialmente por el negocio empresarial. El problema está en otro lugar: cuánto capital necesita para convertir ese crecimiento espectacular en una empresa capaz de financiarse algún día con su propia caja.

Los 50.000 millones que hicieron temblar al mercado

La última sacudida llegó después de conocerse que los ingresos anualizados de OpenAI rondaban los 50.000 millones de dólares al terminar septiembre, por debajo de los aproximadamente 70.000 millones que habían circulado anteriormente como referencia. La diferencia fue suficiente para provocar ventas en varias compañías vinculadas a la inteligencia artificial.

Pero hay un matiz importante. Y bastante menos espectacular. No se trata sencillamente de que OpenAI haya perdido de repente 20.000 millones de ingresos previstos. Parte de la discrepancia responde a cómo se contabilizan determinadas ventas realizadas mediante proveedores de nube y a los intentos de comparar las cuentas de OpenAI con las de rivales como Anthropic.

También conviene entender qué significa ingreso anualizado. No es el dinero ingresado durante los últimos doce meses. Es una extrapolación del ritmo reciente de ventas: se toma un periodo corto y se proyecta sobre un año completo. Funciona bien para mostrar la velocidad de una empresa que crece deprisa, pero puede producir fotografías financieras bastante favorecedoras —o alarmantes— dependiendo del momento elegido.

El mercado, naturalmente, no esperó a que se secara la tinta de la letra pequeña. Nvidia, AMD, Broadcom, Intel y otras compañías expuestas al auge de la IA sufrieron presión después de conocerse las cifras. OpenAI se ha convertido en un termómetro de toda la industria: cualquier duda sobre su capacidad para monetizar ChatGPT acaba atravesando fabricantes de chips, centros de datos, proveedores de nube y empresas energéticas.

El verdadero vértigo está en el gasto

Los ingresos de OpenAI impresionan. Sus necesidades financieras, bastante más. Según las proyecciones conocidas, la compañía espera acumular aproximadamente 278.000 millones de dólares de flujo de caja libre negativo entre 2026 y 2030. En ese mismo periodo podría gastar alrededor de 856.000 millones en capacidad informática e infraestructura, mientras la facturación acumulada proyectada rondaría los 840.000 millones.

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Las magnitudes parecen propias de un presupuesto estatal más que de una empresa tecnológica fundada en 2015. Hay una explicación física detrás de tanta cifra: desarrollar inteligencia artificial puntera exige cantidades gigantescas de procesadores, electricidad, redes, refrigeración y centros de datos. Cada salto tecnológico tiene detrás naves industriales llenas de servidores zumbando día y noche.

OpenAI calcula que sus ingresos podrían pasar de unos 36.000 millones de dólares en 2026 hasta alrededor de 350.000 millones en 2030. Es una expectativa de crecimiento brutal. Incluso aceptándola, la empresa prevé consumir enormes cantidades de efectivo durante buena parte del camino.

Más clientes no significan automáticamente más beneficios

Ahí está una de las rarezas económicas de la inteligencia artificial generativa. En muchos negocios digitales, ganar usuarios permite repartir unos costes relativamente estables entre millones de clientes. El software tradicional se copia casi gratis. Con la IA no funciona exactamente así.

Cada consulta utiliza capacidad informática. Los modelos deben entrenarse, actualizarse y ejecutarse sobre chips extremadamente caros. Cuando millones de personas empiezan a utilizar herramientas más complejas —vídeo, programación, agentes autónomos, razonamiento avanzado—, el consumo de recursos también aumenta.

De modo que crecer puede resultar tremendamente caro. Una paradoja incómoda para cualquiera que haya aprendido que las plataformas digitales deberían producir márgenes extraordinarios una vez alcanzada cierta escala.

Microsoft, uno de los grandes socios históricos de OpenAI, ha reconocido que las inversiones en infraestructura de inteligencia artificial y el creciente uso de estos productos están presionando los márgenes de su negocio en la nube. El fenómeno no afecta únicamente a una empresa; atraviesa toda la cadena tecnológica.

Una valoración que corre todavía más que los ingresos

OpenAI cerró en marzo una gigantesca ronda con 122.000 millones de dólares de capital comprometido, que situó su valoración posterior a la operación en unos 852.000 millones. Apenas unos meses después, la compañía ha mantenido conversaciones para captar otros 30.000 millones o más con una valoración previa al nuevo dinero cercana a 1,4 billones de dólares.

La cifra coloca a OpenAI en un territorio empresarial casi inédito para una compañía privada. Y aquí empieza la comparación inevitable con otras burbujas tecnológicas. Cuando las valoraciones avanzan mucho más deprisa que los beneficios —o cuando todavía ni siquiera existen beneficios suficientes para justificarlas—, el precio depende de una hipótesis: que el mercado futuro será gigantesco y que unas pocas compañías capturarán buena parte de él.

Puede ocurrir. También puede no ocurrir.

La diferencia respecto a la burbuja puntocom de finales de los años noventa es evidente: la IA ya tiene millones de usuarios y clientes empresariales reales, produce ingresos considerables y está modificando actividades concretas, desde la programación hasta la atención al cliente. No estamos ante páginas web vacías añadiendo «.com» al nombre para multiplicar su valoración.

Pero aquello tampoco convierte cualquier precio en razonable.

La burbuja de la IA no depende solo de OpenAI

La inquietud resulta mayor porque el dinero no se está gastando exclusivamente dentro de los laboratorios de inteligencia artificial. Alrededor de ellos se ha levantado una gigantesca maquinaria financiera.

Fabricantes de semiconductores venden chips a proveedores de infraestructura; estos construyen centros de datos para compañías de IA; algunos proveedores invierten a su vez en sus propios clientes, mientras fondos y bancos financian nuevas instalaciones confiando en una demanda futura que deberá crecer durante años.

Las estimaciones del sector sitúan en torno a 1,5 billones de dólares las necesidades de financiación externa que podría exigir el despliegue de infraestructura relacionada con la inteligencia artificial hasta 2028. Con los tipos de interés elevados, sostener esa expansión deja de ser un ejercicio gratuito. El dinero también tiene precio.

El problema potencial aparece si una pieza del engranaje decepciona. Un crecimiento menor de las suscripciones, una reducción del precio de los modelos, chips más eficientes, competencia procedente de China o empresas que descubran que algunos proyectos de IA no producen el retorno prometido pueden reducir las expectativas sobre la demanda de centros de datos.

No hace falta que la inteligencia artificial fracase para que exista una burbuja financiera. Internet sobrevivió perfectamente al estallido de las puntocom; lo que desapareció fue la idea de que cualquier negocio relacionado con internet justificaba cualquier valoración.

La competencia también juega contra las cuentas

OpenAI tampoco opera sola. Anthropic ha acelerado su crecimiento y los laboratorios chinos siguen presionando sobre costes y precios. La aparición de modelos más baratos obliga a mejorar prestaciones mientras se reduce el coste por consulta.

Ese detalle puede terminar siendo decisivo. Una inteligencia artificial mucho más eficiente sería magnífica para usuarios y empresas, pero podría convertirse en un problema para las inversiones construidas bajo la hipótesis de que la demanda de capacidad informática crecerá sin límite. Si cada modelo necesita menos chips para realizar el mismo trabajo, parte de la infraestructura proyectada podría generar retornos inferiores a los previstos.

La historia tecnológica está llena de ironías así: una innovación puede triunfar y, al mismo tiempo, hacer perder dinero a quienes apostaron demasiado por una versión concreta de su futuro.

OpenAI tiene algo que las burbujas suelen echar de menos

También existen argumentos poderosos contra el escenario del pinchazo. OpenAI posee una enorme base de usuarios, contratos empresariales, una plataforma utilizada por desarrolladores y una marca que prácticamente se ha convertido en sinónimo popular de inteligencia artificial generativa. Su facturación está creciendo a una velocidad que pocas compañías de semejante tamaño han conseguido.

El salto desde unos 6.000 millones de dólares de ingresos en 2024 hasta un ritmo anualizado próximo a 50.000 millones en septiembre de 2026 muestra que detrás de la fiebre financiera existe demanda real.

La compañía, además, dispone de socios con bolsillos extraordinariamente profundos. Amazon, Nvidia, SoftBank y Microsoft forman parte, de distintas maneras, del ecosistema financiero y tecnológico que sostiene su expansión. OpenAI ha reunido compromisos de inversión de dimensiones extraordinarias mientras acelera la construcción de capacidad informática.

Esto reduce el riesgo inmediato de quedarse sin dinero. No elimina la cuestión fundamental: cuánto capital será necesario antes de que el negocio genere suficiente efectivo por sí mismo.

El examen ya no es tecnológico, sino económico

Durante los primeros años de ChatGPT bastaba casi con demostrar que los modelos podían hacer cosas sorprendentes. Redactar, programar, traducir, analizar imágenes. Cada nueva versión levantaba otro poco el techo.

Ese periodo está cambiando. OpenAI y el resto de gigantes de la inteligencia artificial deben demostrar ahora algo menos vistoso pero bastante más importante para los mercados: que pueden convertir esa capacidad tecnológica en una economía sostenible. No basta con fabricar el mejor modelo si mantenerlo exige continuamente decenas de miles de millones procedentes de nuevos inversores.

La reciente diferencia entre los 50.000 millones actuales y los 70.000 millones esperados resulta reveladora por eso mismo. Una discrepancia financiera relativamente compleja fue capaz de golpear a buena parte del sector tecnológico. El mercado está nervioso porque las valoraciones actuales dejan poco espacio para decepciones.

Hablar de una burbuja de la IA, por tanto, no equivale a afirmar que ChatGPT vaya a desaparecer ni que la inteligencia artificial sea una moda. Sería una conclusión bastante pueril. La cuestión real es otra: si los beneficios futuros justificarán el océano de dinero invertido por adelantado.

OpenAI representa perfectamente esa contradicción. Crece como pocas empresas han crecido, recauda capital a una escala casi inimaginable y, aun así, podría consumir cientos de miles de millones antes de alcanzar la madurez financiera. Tecnología extraordinaria, negocio gigantesco y una factura igualmente extraordinaria.

Entre una revolución tecnológica y una factura descomunal

OpenAI puede acabar justificando cada dólar invertido. Si sus previsiones de ingresos se acercan a la realidad y la inteligencia artificial se convierte en una infraestructura cotidiana para empresas y particulares, las cifras que ahora parecen delirantes podrían contemplarse dentro de unos años como el precio de haber construido una nueva plataforma tecnológica global.

Pero el escenario contrario ya no resulta extravagante. Una valoración cercana a 1,4 billones de dólares, cientos de miles de millones previstos en gasto y la dependencia continua de nuevas rondas colocan el listón extremadamente alto. Un crecimiento espectacular podría no bastar; tendría que ser casi perfecto.

Ahí reside el auténtico temor a la burbuja. No en que la inteligencia artificial sea humo, porque evidentemente no lo es, sino en que el dinero haya corrido más deprisa que los beneficios. Y cuando eso ocurre, Wall Street suele terminar haciendo la misma cuenta, tarde o temprano: cuánto vale realmente todo aquello cuando se apagan las luces del espectáculo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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