Economía
La fiebre de la IA dispara los alquileres y tensiona San Francisco
San Francisco revive la presión inmobiliaria: la llegada de trabajadores de IA empuja los alquileres y abre otra brecha entre salarios y vivienda.
Resumen
- El alquiler medio en San Francisco roza ya los 4.700 dólares al mes
- La llegada de trabajadores de IA acelera la presión sobre la vivienda
- La escasa oferta empuja a muchos residentes cada vez más lejos del centro
San Francisco vuelve a vivir uno de esos auges tecnológicos capaces de cambiar una ciudad en cuestión de meses. Esta vez el motor no son las puntocom, las redes sociales ni las aplicaciones móviles, sino la inteligencia artificial. El dinero vuelve a entrar, las oficinas se llenan y los trabajadores mejor pagados del sector buscan vivienda cerca de empresas como OpenAI o Anthropic. El reverso es bastante menos futurista: los alquileres se han disparado.
Los datos dibujan un mercado extraordinariamente tenso. Zillow situaba el alquiler medio en San Francisco en 4.682 dólares mensuales a finales de agosto de 2026, un 25,2% más que un año antes. Otras mediciones ofrecen cifras distintas porque no calculan exactamente lo mismo, pero coinciden en la dirección: San Francisco se ha convertido en uno de los mercados de alquiler que más se encarecen de Estados Unidos.
Un piso de un dormitorio ronda ya los 4.400 dólares
La escala del problema se entiende mejor al bajar de los porcentajes al recibo mensual. Un apartamento de un dormitorio ronda los 4.400 dólares al mes, mientras que una vivienda de dos dormitorios puede acercarse a los 6.000. Para una familia que necesite cuatro habitaciones en una zona relativamente céntrica, superar los 10.000 dólares mensuales ha dejado de ser una extravagancia estadística.
No significa que todos los habitantes de San Francisco estén pagando esas cantidades. Buena parte de los residentes de larga duración vive en inmuebles sometidos a algún tipo de control de alquileres, de modo que la subida se percibe con especial violencia cuando alguien firma un nuevo contrato, cambia de vivienda o pierde el piso que ocupaba desde hace años.
Ahí está una de las peculiaridades de esta crisis. El economista jefe de San Francisco, Ted Egan, ha señalado que los precios anunciados para viviendas vacías aumentaron alrededor de un 14% entre marzo y julio, un salto que afecta sobre todo al mercado de nuevos contratos. Su diagnóstico apunta a dos fuerzas que se retroalimentan: la llegada de trabajadores vinculados a la IA y una oferta residencial rígida.
El nuevo trabajador tecnológico quiere vivir en la ciudad
La geografía también ha cambiado. Durante otros ciclos tecnológicos, miles de empleados se repartían entre San Francisco y las ciudades de Silicon Valley, con oficinas dispersas a decenas de kilómetros. La nueva ola de inteligencia artificial tiene una presencia particularmente intensa dentro de San Francisco, especialmente alrededor de SoMa, Mission Bay y otros barrios próximos al centro.
Las empresas tecnológicas y de IA alquilaron más de 14 millones de pies cuadrados de oficinas entre San Francisco y Silicon Valley durante 2025, equivalentes a alrededor de 1,3 millones de metros cuadrados. Desde 2019, las compañías dedicadas a inteligencia artificial han contratado unos 21 millones de pies cuadrados en ambos mercados. El regreso de las oficinas, que hace pocos años parecían enormes cascarones vacíos después de la pandemia, está siendo rápido.
En San Francisco, el número de contratos de oficinas vinculados a empresas de IA pasó de apenas dos en 2020 a 167 a comienzos de 2025, según los datos inmobiliarios recogidos por el informe económico municipal. Es empleo, inversión y actividad comercial. También son nuevos vecinos buscando apartamento prácticamente al mismo tiempo, justo donde la oferta disponible es limitada.
Mucho dinero persiguiendo pocas viviendas
Sería cómodo culpar a la inteligencia artificial de todo. Y sería demasiado sencillo. La IA ha encendido la mecha, pero el combustible estaba allí desde hace décadas: San Francisco construye vivienda con enorme dificultad, mientras cada gran ciclo tecnológico introduce miles de trabajadores de rentas altas en un mercado físicamente pequeño.
La ciudad añadió de forma neta 2.669 viviendas durante 2025. La cifra quedó aproximadamente un 26% por debajo de la media de la década anterior, situada en 3.622 unidades anuales. San Francisco tenía al terminar ese año unas 422.958 viviendas. Cuando la demanda puede cambiar en meses y levantar edificios necesita años, las matemáticas hacen el resto.
Sobre el papel existe una enorme cartera de proyectos futuros: el planeamiento municipal contabilizaba más de 75.000 viviendas en distintas fases de tramitación o desarrollo durante 2026. El problema está en la letra pequeña. Solo una fracción se encuentra realmente en construcción; muchas pertenecen a grandes desarrollos que tardarán años en materializarse.
El mercado de alquiler no espera tanto. Una startup puede contratar a cien ingenieros en unas semanas. Un bloque residencial no aparece después del café. Esa diferencia de velocidad es una de las razones por las que el boom de la IA se transmite tan deprisa a los precios de la vivienda.
Los inquilinos antiguos quedan atrapados entre dos mercados
San Francisco posee algunas de las protecciones al inquilino más fuertes de Estados Unidos. Más de 160.000 viviendas están cubiertas por mecanismos locales de control de alquileres, especialmente edificios antiguos. Esa regulación contiene las subidas para numerosos residentes que permanecen en su casa, pero crea una enorme distancia entre lo que paga un inquilino veterano y lo que puede cobrar un propietario cuando la vivienda vuelve al mercado.
Esa diferencia vale mucho dinero. Y cuando una diferencia vale mucho dinero, aparecen los conflictos.
Los avisos de desahucio aumentaron un 44% en el último periodo anual registrado, hasta acercarse a 1.500 casos. El impago continúa siendo la principal causa y no existe base para atribuir cada procedimiento directamente al auge de la IA, pero las organizaciones de defensa de los inquilinos sostienen que la subida del valor de los inmuebles y de los alquileres crea nuevos incentivos para recuperar viviendas con contratos antiguos.
También han aumentado las negociaciones en las que los propietarios ofrecen dinero a sus inquilinos para que abandonen voluntariamente una vivienda protegida. Es una escena muy de San Francisco: un residente puede llevar décadas pagando un alquiler moderado y descubrir de repente que dejar sus llaves tiene un valor de decenas de miles de dólares porque el piso, vacío, puede alquilarse a precios completamente distintos.
De la riqueza tecnológica a los trayectos de dos horas
El impacto termina saliendo de las estadísticas inmobiliarias. Profesores, camareros, sanitarios, empleados de supermercados o trabajadores de hoteles difícilmente pueden competir con salarios tecnológicos de varios cientos de miles de dólares.
La consecuencia es una ciudad donde parte de quienes sirven cafés, atienden hospitales o limpian oficinas ya no puede permitirse vivir cerca de su trabajo. Los desplazamientos de más de 50 millas —unos 80 kilómetros— se han normalizado para determinados trabajadores, con residentes que llegan desde localidades cada vez más alejadas del área metropolitana.
No es un fenómeno nuevo. San Francisco lleva décadas expulsando población hacia Oakland, el East Bay y otras zonas más asequibles. Lo diferente es la velocidad con la que vuelve a abrirse la brecha tras el paréntesis de la pandemia, cuando los alquileres cayeron, las oficinas se vaciaron y durante un breve periodo pareció que la presión inmobiliaria podía aflojar.
Ha ocurrido justo lo contrario. El regreso del capital tecnológico ha devuelto actividad a barrios castigados durante los años del teletrabajo, pero también ha reactivado una competición feroz por cada vivienda disponible. Para el mercado inmobiliario, la recuperación económica tiene otra lectura.
Una nueva emergencia inmobiliaria en San Francisco
El alcalde Daniel Lurie llegó a hablar en septiembre de una “emergencia de alquileres” y presentó nuevas medidas destinadas a reforzar la protección frente a desalojos y grandes incrementos de renta. El Gobierno municipal intenta contener el desplazamiento de residentes mientras acelera la construcción de vivienda, dos políticas que en San Francisco llevan años avanzando bastante más despacio que sus crisis inmobiliarias.
La inteligencia artificial, entretanto, está haciendo exactamente lo que hicieron anteriores revoluciones tecnológicas en la bahía: crear riqueza a una velocidad extraordinaria y derramar parte de ella sobre el suelo que rodea a sus empresas. Las viviendas cercanas a los nuevos centros tecnológicos se convierten así en otro activo escaso por el que compiten salarios, acciones, bonificaciones y capital inversor.
La diferencia entre prosperidad y expulsión empieza entonces a medirse en kilómetros. Quien puede pagar se acerca al nuevo corazón de la economía tecnológica; quien no, se desplaza hacia la periferia. Es una transformación urbana silenciosa, pero muy tangible: más distancia, más tiempo de transporte y más coste para quienes quedan fuera de los salarios de la IA.
La ciudad del futuro tropieza otra vez con la vivienda
San Francisco ha conseguido algo que parecía improbable después del golpe de la pandemia: recuperar inversión, ocupar oficinas y colocarse otra vez en el centro de una revolución tecnológica mundial. La IA está devolviendo dinero y actividad a la ciudad, pero también ha resucitado uno de sus problemas más antiguos.
Un alquiler medio cercano a los 4.700 dólares no es consecuencia de una sola empresa ni de un algoritmo. Es el resultado de juntar una demanda explosiva, algunos de los salarios tecnológicos más altos del planeta y una oferta de vivienda que lleva años creciendo demasiado lentamente.
La paradoja tiene cierta ironía californiana. En una ciudad donde algunas empresas trabajan para construir máquinas capaces de transformar el mundo, encontrar un piso razonablemente asequible continúa siendo un problema mucho más resistente.
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