Economía
El FMI alerta: la economía mundial resiste, pero se acerca a su límite
El FMI mejora su previsión mundial, pero alerta de deuda elevada, menos reservas energéticas y una creciente dependencia de la inversión en IA.
Por International Monetary Fund (IMF) - El Universo, Dominio público, Wikimedia Commons
Resumen
- El FMI eleva al 3,1% el crecimiento mundial previsto para 2026
- La deuda y las reservas energéticas menores reducen el margen ante nuevas crisis
- España crecerá un 2,5%, más del doble que la zona euro
La economía mundial sigue creciendo después de encadenar crisis que hace unos años habrían parecido suficientes para descarrilarla. Pero el Fondo Monetario Internacional (FMI) cree que esa resistencia empieza a tener un precio. Su nuevo diagnóstico mantiene el crecimiento global, aunque advierte de que los colchones que han permitido absorber guerras, inflación, problemas energéticos y tensiones comerciales están cada vez más gastados.
El organismo prevé que el PIB mundial crezca un 3,1% en 2026, una décima más de lo calculado en julio, antes de acelerar hasta el 3,4% en 2027. No es, por tanto, una previsión de recesión. Más bien lo contrario: la actividad aguanta. El problema está debajo de esa superficie relativamente tranquila, donde aparecen reservas energéticas menguantes, deuda elevada, menos margen presupuestario y una recuperación sostenida de forma muy desigual por el boom inversor de la inteligencia artificial.
El FMI ve una economía resistente, pero con menos colchones
La nueva edición del World Economic Outlook, presentada durante las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial en Bangkok, dibuja una economía que ha aprendido a esquivar golpes. Primero fue la pandemia. Después llegaron las alteraciones de las cadenas de suministro, la inflación, la subida de tipos, las guerras, las tensiones comerciales y una reorganización casi permanente de los mercados energéticos.
Hasta ahora, el sistema ha encontrado salidas. Empresas que cambiaron proveedores, países que buscaron nuevas rutas para importar energía, consumidores que ajustaron gastos y gobiernos que pusieron dinero encima de la mesa. Nada especialmente elegante, pero funcionó.
Silvana Tenreyro, economista jefe del FMI, advierte, sin embargo, de que esa capacidad de adaptación está bajo una presión creciente. La economía mundial ha resistido una sucesión extraordinaria de perturbaciones durante los últimos siete años, culminadas por la guerra en Oriente Medio, pero nuevos golpes podrían poner a prueba hasta dónde llega esa resistencia.
La diferencia respecto a crisis anteriores es sencilla: quedan menos comodines.
Los inventarios energéticos utilizados para suavizar los problemas de abastecimiento han disminuido y muchos gobiernos llegan a esta fase con niveles de deuda mucho más altos. Al mismo tiempo, los bancos centrales conservan poco espacio para actuar alegremente porque la inflación continúa siendo una amenaza. Bajar tipos demasiado pronto puede reavivar los precios; mantenerlos altos castiga inversión, consumo y financiación pública.
La inteligencia artificial está sosteniendo parte del crecimiento
Hay otro protagonista mucho menos habitual en los informes económicos: la inteligencia artificial.
El enorme volumen de inversión destinado a centros de datos, chips, infraestructura digital y capacidad eléctrica está funcionando como motor de crecimiento en varias economías. Estados Unidos se encuentra entre los principales beneficiados, pero también países integrados en las cadenas de fabricación de semiconductores y equipos tecnológicos.
Ese dinero ha compensado parcialmente otros frenos. El problema es que el beneficio está muy concentrado. No todos fabrican chips, alojan grandes centros de datos o reciben miles de millones para construir infraestructura tecnológica.
El FMI calcula un crecimiento mundial del 3,1% este año frente al 3,5% registrado en 2025. La fotografía parece razonablemente estable desde lejos; al acercarse, las diferencias son enormes. Estados Unidos crecería un 2,3%, China alrededor de un 4,5% e India un potente 7%, mientras numerosas economías importadoras de energía soportan una factura mucho más incómoda.
El riesgo de depender demasiado del boom tecnológico
La inteligencia artificial tiene además una doble cara. Su expansión impulsa inversión y productividad potencial, pero también ha elevado las valoraciones de empresas tecnológicas y las expectativas de beneficios futuros.
Ahí aparece uno de los riesgos señalados por el Fondo: que esas expectativas terminen siendo demasiado optimistas. Una corrección brusca de los mercados vinculados a la IA podría trasladarse rápidamente a las condiciones financieras, al crédito y a la inversión empresarial.
No sería necesariamente el estallido de una burbuja idéntica a la de las puntocom. La economía de 2026 es otra y muchas compañías implicadas generan enormes beneficios. Pero cuando demasiado dinero corre detrás de una misma historia, incluso una buena historia puede convertirse en un problema.
La energía vuelve a ser uno de los grandes puntos débiles
La guerra en Oriente Medio continúa pesando sobre las previsiones. La economía mundial ha conseguido absorber mejor de lo esperado el encarecimiento de la energía gracias a la reorientación de los suministros, una mayor producción fuera de algunas zonas afectadas y una menor intensidad energética de las economías desarrolladas.
Ese mecanismo tiene límites.
Si el conflicto provoca nuevas interrupciones de suministro, el impacto puede aparecer casi inmediatamente en petróleo, gas, fertilizantes, transporte y alimentos. Después llega al supermercado, a la industria y a las facturas domésticas. Es una cadena conocida, y bastante rápida.
El FMI prevé una inflación mundial del 4,7% en 2026, antes de moderarse al 4,1% en 2027. Son cifras que explican por qué los bancos centrales siguen caminando con cierta rigidez: combatir una desaceleración económica es mucho más complicado cuando los precios aún no están completamente domesticados.
Deuda alta y gobiernos con menos capacidad para reaccionar
Aquí aparece probablemente la parte menos vistosa del informe, pero una de las más delicadas. Muchos países gastaron enormes cantidades durante la pandemia y después tuvieron que responder a la crisis energética, a programas industriales, defensa y ayudas a hogares y empresas.
El resultado es un escenario de déficits elevados y deuda pública creciente. Las grandes economías avanzadas presentan unas necesidades de financiación que recuerdan, en algunos casos, a las observadas durante la pandemia, mientras el coste de emitir deuda ha aumentado.
Eso importa cuando llega una crisis.
Un gobierno con las cuentas relativamente saneadas puede subvencionar temporalmente energía, apoyar empresas o reducir impuestos. Otro muy endeudado tiene que pensárselo dos veces, especialmente cuando los inversores exigen rentabilidades mayores para comprar sus bonos.
El colchón fiscal, dicho sin jerga, es el dinero y la capacidad de endeudamiento disponibles para apagar un incendio. Y ese extintor pesa ahora bastante menos.
España destaca entre las grandes economías europeas
Para España, el informe contiene una noticia bastante más favorable. El FMI eleva en cuatro décimas su previsión y calcula que la economía española crecerá un 2,5% en 2026, frente al 2,1% estimado anteriormente. Para 2027 mantiene una expansión del 1,8%.
La comparación europea es significativa. La zona euro crecería un 1,1% este año y un 1,2% el siguiente. Alemania avanzaría un 1,3% en 2026; Francia, solo un 0,4%; e Italia, un 0,8%.
España conserva así una velocidad claramente superior a la de las principales economías del euro, aunque eso no significa vivir al margen de los riesgos globales. Una subida persistente del petróleo, un empeoramiento del comercio internacional o unos tipos de interés elevados durante más tiempo acabarían llegando también a hogares y empresas españolas.
El otro punto incómodo es la inflación. El FMI sitúa el incremento medio de los precios en España alrededor del 3,7% durante 2026, todavía lo bastante alto como para erosionar poder adquisitivo y mantener presión sobre costes empresariales.
La economía española corre más que buena parte de Europa, sí. Corre por la misma carretera.
Una economía mundial que todavía aguanta, pero ya sin red gruesa
El mensaje del FMI tiene una peculiaridad: los números no parecen alarmantes y, precisamente por eso, la advertencia merece atención.
El mundo crecerá. Estados Unidos evita de momento una fuerte desaceleración, India mantiene un ritmo extraordinario, España destaca dentro de Europa y la inversión tecnológica continúa movilizando cantidades enormes de capital. Sobre el papel, nada se parece demasiado a una crisis global inmediata.
Pero la resistencia no es infinita. Buena parte de las reservas construidas para afrontar emergencias se ha consumido, los gobiernos arrastran más deuda, la energía continúa expuesta a conflictos geopolíticos y la inteligencia artificial está concentrando una parte creciente de las expectativas económicas y financieras.
Durante siete años, la economía mundial ha ido pasando de una sacudida a otra sin romperse. Ha cambiado rutas comerciales, proveedores, combustibles, tipos de interés y prioridades de inversión casi sobre la marcha. Una especie de equilibrista que sigue avanzando mientras alguien mueve la cuerda.
El FMI no dice que vaya a caer. Dice algo más incómodo: cada vez queda menos margen para otro empujón.
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